Edición Anterior: 19 de Enero de 2020
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El derrotero de la familia de Valeria Cazola y su hija Valentina en el relato de Hosanna, una de sus integrantes
"Todos los efectores del Estado tienen que revisar su trabajo y darle mirada de género"
Hosanna Cazola es familiar de Valeria y Valentina, madre e hija víctimas de femicidio. Con una militancia desde el feminismo popular analiza a fondo el derrotero de su familia y el rol del Estado.
Claudia Rafael

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La vida y la muerte arrasaron como un terremoto a la familia Cazola. Con una historia repetida en sus ribetes más perversos. En 2008 y 2020 el mazazo de la violencia de género los atravesó y les plantó heridas que no cicatrizan solas. Que requirieron de la elaboración y la comprensión colectiva para seguir. Hosanna Cazola tiene hoy 33 años, tres hijos de 6, 3 y un año y medio, es profesora de Filosofía y una militancia que le aportó solidez y comprensión en el análisis. Cuando mataron a su prima Valeria tenía 21 años. En un femicidio que no despeinó demasiado a la ciudad y que a la familia la revictimizó en el tiempo. Valeria tenía tres hijos. A la más grande, Valentina, la había parido siendo apenas una adolescente. Ya hacía tiempo que Hosanna y Valeria habían tomado distancia de una relación estrecha entre dos primas. En este inicio de año la historia circular les asestó la misma y exacta cuchillada: un femicida arrancó la vida de Valentina.

-Más allá de ser familiar directa de Valeria y Valentina, todo este tiempo tuviste un fuerte protagonismo en el análisis de las violencias de género. ¿Cómo llegaste a este punto?

-Soy profe de Filosofía. Y a los 22 ó 23 años arranqué a militar en la juventud de la CTA y cuando me recibí de profe me sumé a Suteba. Siempre laburando desde la perspectiva de género. Posteriormente me sumé al Frente Ni una Menos y cuando mis viejos empezaron a trabajar en el barrio con un merendero desde la comunidad menonita a la que pertenecen, comencé a asistir, con apoyo escolar y talleres de educación sexual y de anticoncepción. Cuando falleció mi abuelo, la familia cedió esta casa para que funcione un comedor y, automáticamente, surgió la idea de pensar en Valeria, de recordar su nombre y resignificar lo que a ella le pasó. Porque familiarmente fue muy duro por la revictimización que sufrimos. Son casos en los que incide mucho la culpabilización a la víctima. Hasta que surgió el término de femicidio y nos empezamos a adentrar en la problemática de género, familiarmente no se la nombraba a ella. Porque había un dolor tan grande que no podíamos pensar por qué había pasado. Y nos preguntábamos en qué habíamos fallado, en qué había fallado ella.

-Y a partir de ahí ¿qué cosas cambiaron?

-A mediados de 2018 empezamos a pensar cuáles habían sido las violencias que habían atravesado a Valeria, en qué había fallado el Estado, la falta de contención… y cuando en febrero de 2019 se inauguró la casa, ya se incorporó Valentina. Ella ya venía con una sensibilidad propia. Estaba muy presente en el barrio con las historias de embarazos adolescentes, acompañando a las pibas al médico. Y en la casita empezó a pensar las cuestiones más teóricas del feminismo y de la violencia de género.

-Vos y Valeria ¿tenían un vínculo cercano como primas?

-Sí, teníamos mucho vínculo. Las dos nos criamos en la casa de mis abuelos, la casa que lleva su nombre. De chiquitas acá vivían tres familias. Mi papá, el hermano y otro hermano más, junto con mis abuelos. Luego ellos se hicieron la casa a una cuadra y media de acá. Compartimos mucho en la infancia y la adolescencia. Hasta que a ella la empezaron a atravesar problemas de adicción y situaciones más complejas vinculadas a la violencia. Ya ahí nos alejamos. Recuerdo que cuando ella quedó embarazada de Valentina, ya nos veíamos poco nosotras. Sí recuerdo su embarazo, el nacimiento de Valentina, pero ya no éramos tan cercanas.

-En el momento en que Valeria fue asesinada ¿qué te preguntabas? ¿qué te respondías?

-Cuando lo pude empezar a pensar sentí que se había llegado tarde. No sabía bien si habíamos sido su familia, sus amigos, la escuela… En lo personal nunca me pasó de pensar "se lo buscó", "les gusta" como aparece tantas veces en las historias de violencia de género. Pero sí había una dificultad para identificar lo que pasó que creo que tenía que ver con el dolor. Fue un proceso difícil, largo y que pudimos realmente hacer a partir del 2015 cuando surgió el "Ni una menos". Las chicas del Frente en ese momento me pidieron una foto de Valeria y empezó todo el proceso de resignificar lo que le había pasado.

-Qué importante es cuando desde el Estado o desde la sociedad, se asuman procesos como el de discutir la existencia de los femicidios que después vuelven hacia las familias como la tuya y les permitieron replantearse lo ocurrido…

-Totalmente… me acuerdo que para la primera marcha –en que yo ya estaba en Suteba- me pidieron una foto. Y yo no me animé a pedírsela a mi tía, la mamá de Valeria. Era como un tabú que me impedía pensar el tema, pensarla a ella. Para el siguiente año ya habíamos hablado, lo habíamos pensado más y la que nos dio la foto fue Valentina.

-Me imagino que para tus tíos, toda la movida social les permitió también correrse de esos lugares tan terribles como la culpa. Muy propios de los seres humanos cuando no podemos darnos explicaciones sobre una tragedia que nos atraviesa.

-Sí, para ellos fue re importante. Y con lo que pasó con Valentina también. Porque repetían todo el tiempo que lo que le pasó a ella no le debe pasar a ninguna piba más. Ahora estuvieron muy enteros, a diferencia de aquel tiempo en el que se enfermaron mucho. Y hoy están mucho más fortalecidos. Y les permite comprender cómo se da la dinámica de la violencia, que hoy estamos ante una emergencia y entender, además, que el piso de violencia en la vinculación entre los jóvenes es tan alto que muchas veces no da tiempo a nada.

-Por más que hoy en lo penal existan figuras como la del femicidio y hay conciencia más masiva de cómo son estos procesos, seguimos en el mismo punto en cuanto a la realidad. Cuando Villanueva asesinó a Valeria en 2008 dijo "me mandé una macana" con lo que eso implica para la valoración de la vida humana… más de una década después parece que estuviéramos en un punto similar…

-Sí. El primer impacto fue ése. La similitud. Nos rompió. No te entra en la cabeza. Cómo once años después el caso puede tener tantas semejanzas… Valeria tenía una relación reciente con su femicida. Valentina también. En el caso de Valeria él dice "me mandé una macana". En el de Valentina, él niega conocerla. Con esto que vos decís: la poca dimensión de lo que significa otra persona. Y eso mismo es lo que moviliza a una de las vecinas, que es la primera que denuncia. Por la impotencia que le genera que él dijera no saber quién era Valentina. Cuando ella la veía todos los días.

-¿Cómo creés que este tipo de situaciones se revierten? Porque las figuras penales y las condenas altas no parecen frenar a los femicidas… ¿Qué análisis hacés?

-En un inicio no teníamos respuesta a esa pregunta. Es todo tan abrumador… Lo primero que se piensa es "que lo metan en cana y que no salga nunca más". Pero ahora, tras las reuniones con diferentes organismos del Estado, nos damos cuenta de que lo que hoy necesitamos es que todo se piense desde la perspectiva de género. Que todos los ámbitos que atraviesan mujeres y disidencias se piensen desde el lugar de que ya tienen una historia de violencia de género. Si llega una persona con una urgencia, desde el vamos tenés que presumir que hay quien la está violentando. Me parece que es el único modo para prevenir los desenlaces fatales. En lo que hace a la prevención, hay que trabajar mucho con la ESI (Educación Sexual Integral) como herramienta que es poco y mal usada. Creo que en algunos años vamos a ver los resultados. Pero hoy, en la emergencia, todos los efectores del Estado tienen que revisar su trabajo y pensar con esta perspectiva. Sin revictimizar ni subestimar a la mujer. Pero contemplando las situaciones de violencia que la están atravesando.

-¿Cómo creés que interviene en el análisis la perspectiva de clase? Los servicios estatales suelen tener poca presencia de referentes de los barrios populares…

-Lamentablemente interviene muchísimo porque hay prejuicios. Los representantes del Estado nos dicen que no hay discriminación, que atienden a todo el mundo, pero en un momento, uno de ellos planteó en una reunión que "si hay una dificultad para la alimentación, tienen que ir y pedir la tarjeta". Eso claramente implica que no tiene la menor idea de cómo vive la gente. Porque la tarjeta, ante una emergencia alimentaria, no es la respuesta para una familia que tiene que dejar su casa, que tiene que abandonar su barrio porque el violento vive cerca. Que le contestes "puede tramitar una tarjeta de alimentos", más allá del prejuicio, la estigmatización y la expulsión, implica falta de conocimiento, falta de territorio. Es no poder comprender la manera en la que viven las personas.

-Ni siquiera pasa por pensar si el funcionario es o no una buena persona...

-Claro. Y hasta puede tener las mejores intenciones y estar verdaderamente preocupado por la causa pero al tener tan poca visión de lo que realmente pasa día a día con las familias no puede intervenir correctamente. Además, tenemos una crítica en torno a las casas que se hicieron para mujeres violentadas en una localidad. Cuatro casas para una ciudad como la nuestra es nada. Y, además, ¿qué tipo de solución se le daría a una persona que vive una situación de extrema violencia en la que en lugar de sacar al violento de la casa se la saca a ella? Seguramente tiene muchos chicos y te preguntás ¿cómo va a hacer para venir todos los días a la psicóloga, a desarrollo social o al servicio local con los nenes? ¿Cómo hace una persona que tiene entre 5 y 6 hijos para venirse en colectivo? Es inmolarse. Y exigir eso a alguien que está en una situación de vulneración extrema es tremendo. Porque esto no tiene que ver con la voluntad sino con la falta de conocimiento que tienen de la realidad de lo que implican las vulneraciones que se sufren cuando se padece una situación de violencia. La subjetividad de esa persona, la construcción en torno a sí misma, está en función del violento. No hay una propia construcción.

-Y en donde cuando por primera vez se logra poner de pie para pedir ayuda se le dice que tiene que dejar su casa e irse con sus chicos del barrio…

-Creo que es pedirle mucho a alguien. Por eso decimos que el Estado tiene que empezar a territorializar. No puede ser que en barrios como Matadero, Isaura, Belén y Eucaliptus haya una sola sala con una sola trabajadora social. Por supuesto que no va a dar abasto. Y al haber pocos recursos del Estado se comienzan a resentir las relaciones. Es inviable. Y puede haber la mejor voluntad y predisposición. Pero si no se ponen en jaque los recursos económicos que se van a destinar para la emergencia, todo es imposible. Las instituciones son expulsivas. Y cuando decimos esto se generan roces con compañeras que son muy piolas que siempre están disponibles pero no alcanza con la buena voluntad. Tenemos médicas amigables que te atienden sin turno pero hasta cuándo vamos a estar exigiendo a estas personas.

-¿Cuáles son hoy las principales exigencias que plantean como colectivo?

-Lo que más nos interesaba era poder generar una mesa en torno de la emergencia. Donde confluyeran los referentes del Estado y las organizaciones sociales abocadas a la problemática. Primero que nada para que conozcan la información que tenemos. Arrancamos una sistematización de datos en los barrios. Que es algo que en alguna medida hemos logrado. Estuvieron en Casa Valeria en estos días. Pero planteamos además que hay que reformular el presupuesto. Entre el 75 y el 80 % de la partida presupuestaria está destinada a salarios. Entonces si piensan seguir incorporando trabajadoras y trabajadores con el mismo presupuesto no hay solución. Pedimos que se incorpore personal especializado con sensibilidad y conocimiento del territorio y pedimos también poder intervenir en esa decisión. Y por último generar políticas focalizadas para cada barrio y cada sector. Y consideramos que no es imposible. El Estado tiene las herramientas para poner en marcha el paliativo de una emergencia. Y en cuanto a la prevención hacernos partícipes. Pedimos que ante todas las iniciativas, nuestra voz pueda ser escuchada. Porque somos las que día a día acompañamos a las mujeres. Esta semana entre el domingo y el miércoles hemos acompañado 4 ó 5 mujeres a la comisaría. Y eso implica quedarse en la comisaría desde las 9 de la noche hasta las 5 de la mañana hasta que esa persona puede salir con una medida de resguardo. Reconocemos también que hay una parte en la que este Estado no va a llegar. Nosotras podemos hacerlo pero necesitamos efectividad en el trabajo que nos lleve a decir: hicimos nuestro esfuerzo, el Estado intervino y logramos salvar a la compañera. Si no, siempre queda ese sabor amargo de que le pusiste el cuerpo, estuviste y del otro lado, nada…


En primera persona

-¿Cómo recordás haberte enterado de las muertes de Valeria en 2008 y de Valentina ahora?

-De lo de Valeria, yo estaba en mi casa y viene mi mamá a buscarme. A decirme que habían matado a Valeria. Tengo ese recuerdo y automáticamente, el del velorio y del entierro. Como que hay una parte que tengo perdida. Recuerdo mucho la angustia. Me acuerdo de que no caí en el momento. Recuerdo la angustia de mis tíos y mi abuela. Y después, el posterior silencio que siempre me quedó muy marcado.

-Antes de que completes el relato, pensaba en que los silencios familiares abarcan a este tipo de historias de violencias como también abarcaron a otros silencios familiares en historias como las de la dictadura… El silencio ha sido protagonista…

-Me pone la piel de gallina esto. Porque el mismo día en que nos enteramos de lo de Valentina y activamos la decisión de ser protagonistas en la búsqueda de testigos y gente que declare para que esto no quede nuevamente en un homicidio simple, Rosana Cassataro (familiar de desaparecidos) me mandó un mensajito diciendo "fuerza hermanita". Y en ese momento sentí profundamente esa vinculación. Porque hoy sabemos que los femicidas matan a las mujeres pero también sentimos que las mata el Estado ausente, un Estado que no reconoce la problemática, que no quiere ocuparse.

-Ahora sí, contame lo de Valentina…

-Yo estaba en lo de mi abuela por parte de mi mamá y mi hermana más chica, que tiene 14 años, me manda un mensaje de whatsapp diciendo "mataron a Valentina, mamá está desesperada". Me subí al auto, fui a buscar a mi mamá y fuimos para la casa de mi tía que todavía no sabía, la abuela de Valentina.

-¿Le dijeron ustedes?

-No, para cuando llegamos mi tío había podido decirle pero había estado desesperado llamándonos a todas diciendo que no sabía cómo se lo iba a decir a ella. Fue un momento de enorme desconsuelo. Yo siempre les digo a las chicas que a mí me cuesta mucho llorar y en ese momento no era un llanto lo que tenía. Era un grito. Fue muy impactante. Mi psicóloga me dice que no salgo de ahí y que la mayoría de nosotras estamos en shock. Que transcurren los días y todavía permanecemos en ese sábado y ese domingo. Así que creo que va a llevar un tiempo. Por eso creo que cuando baje me voy a pegar un porrazo bárbaro. A los tres días tuvimos asamblea aunque habíamos estado todo el tiempo en asamblea permanente. Creo que ahí resignifiqué la palabra acuerparse. Fue eso: las pibas estaban acá, tomando mate, esperando a que llegáramos y era abrazarnos. Fueron tres días en que la casa no descansó y ahora hay que sentir la ausencia. Y ahí bajamos el nivel de confrontación. Nos pasó a varias eso de mirarnos y entender que Valentina no está más.

-¿Cómo les explicaste a tus hijos que son tan chicos? Sobre todo a la nena de 6…

-Ella me preguntó enseguida. Le conté que había un hombre que había lastimado a Valentina y que mamá estaba haciendo todo lo posible para que eso no le pase más a ninguna mujer. Fue una charla difícil y necesaria. Hoy ella me contó que en la colonia unas nenas le preguntaron qué color le gustaba más y ella les contestó que el celeste. Y las nenas le dijeron que no, que a las nenas les gusta el rosa y el violeta. Y ella les contestó que el rosa no le gusta porque es feminista. Y cuando yo le pregunté por qué decía ser feminista ella me dijo "soy feminista porque no voy a dejar que ningún hombre me diga qué tengo que hacer. Las feministas hacemos todo lo que nosotras queremos". Lo sentí como esperanzador.


Emergencias

Hosanna Cazola advierte que más allá de una emergencia en violencia de género "hace mucha falta una emergencia en atención a las juventudes". En los testimonios que reciben a diario en Casa Valeria escuchamos cómo "el inicio de las relaciones vinculares entre jóvenes tiene un piso de violencia que está naturalizado y que es muy peligroso. En estos días hemos recibido, en términos de violencia de género, relatos de tortura. En donde los tipos no las matan pero las están torturando. Y ¿cómo abordás con el protocolo actual esas situaciones?. Cuando se les exige tanto a la persona en términos de decisión, de voluntad.

-¿Qué edades tienen las chicas que se acercan?

-Entre 16 y, a lo sumo, 30 años. Lo difícil es el trabajo previo que hay que hacer con ellas antes de una denuncia formal. Para la construcción de la subjetividad en torno a otro tipo de proyecto, de vida. Y en esto nosotras hemos podido avanzar en el territorio. Hay chicas que hace años son violentadas brutalmente y es imposible ir y plantearles de una "te tenés que ir", "tenés que hacer una denuncia". No hay posibilidad de que eso ocurra cuando se empieza a abrir y a reconocer la violencia de la que es víctima. No puede hacer un salto al abismo. A la nada misma. Hasta que el otro formato de vida empieza a tomar lugar es mucho el trabajo que hay que hacer.

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