Edición Anterior: 19 de Enero de 2020
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Capítulo 22
Trago amargo
La expresión de dicha que iluminaba el rostro de Lautaro se borró de un plumazo cuando descubrió que el comisario Peralta acababa de entrar al cabaret. En esta ocasión venía solo y se acomodó en una de las mesas que se encontraban más cerca del escenario. El joven periodista sintió que lo estaba desafiando y que trataba de ganarse la atención de Victoria con el único propósito de pegarle donde más le dolía.

—Deberíamos haber ocupada otra mesa —se quejó al tiempo que intentaba aplacar su mal humor con un trago de ginebra.

Estelita y Dorita se miraron. Ambas se dieron cuenta que la reciente aparición del tal Peralta lo había puesto nervioso. Para ellas también resultaba extraño que hubiese vuelto. ¿Qué quería con Victoria en realidad? A Estelita le preocupaba que ese hombre se interpusiera en el camino de su hermano. Dorita, quien ya estaba al tanto de lo que el comisario provocaba en su amiga, rezaba para que lograse conquistar su corazón y así, tener alguna oportunidad de acercarse a Lautaro. Mientras los tres cavilaban sobre la misteriosa presencia del comisario Peralta en el cabaret, Gardelia caminaba rumbo al escenario para entonar el primer tango de la noche. Un aplauso caluroso le dio la bienvenida.

—Buenas noches, querido público. —Sonrió y se acomodó la peluca platinada. Para su segunda actuación, sabiendo que él estaría allí, había elegido uno de sus mejores vestidos. Nunca había sido demasiado coqueta ni vanidosa, sin embargo, esa noche se había esmerado mucho en su arreglo. El vestido de seda color verde esmeralda resaltaba el color de sus ojos y los finos zapatos de tacón alto la hacían lucir más esbelta. Fue inevitable no cruzar su mirada con la del comisario. Estaba a tan solo un par de metros del escenario y como ocurriese la primera vez, Victoria sintió que no había nadie más en el lugar. Ese hombre tenía el extraordinario poder de hacer que la gente de su alrededor desapareciera. Por eso cuando cantaba, lo hacía para él. Le hizo señas a la orquesta de que ya estaba lista y, de inmediato, el salón principal de La Nuit se llenó con los alegres acordes de Milonga sentimental. Era una de sus melodías favoritas, cuya letra había sido escrita por el gran Homero Manzi.

Durante el intervalo, ni Lautaro ni el comisario pudieron acercarse a ella porque fue rápidamente acaparada por un par de caballeros que no dejaban de elogiarla. Julio Pagano también se sumó al séquito de admiradores. Se presentó como periodista de espectáculos de El Popular y le dijo que quería hacer una nota con ella para el diario. Le entregó su tarjeta y se marchó, saludando con la mano a su colega cuando reparó en su presencia. Victoria volvió al escenario y cantó dos tangos más. Cuando uno de los miembros de la orquesta anunció que esa noche Gardelia cumpliría el deseo de alguno de los presentes, entonando un tema de su preferencia, Peralta consiguió adelantarse al resto y pidió Yo no sé qué me han hecho tus ojos. Ese tango ya les pertenecía a ellos y Gardelia lo interpretó poniendo el alma en cada nota.

Cerca de la medianoche se despidió de su público hasta el lunes. Bajó del escenario y al pasar por la mesa del comisario, él se puso de pie para impedirle el paso.

—Gracias —le dijo.

Ella sonrió. Entre Gardelia y Martín Peralta se había establecido un lenguaje propio casi desde el mismo momento en el cual sus ojos se encontraron por primera vez. Una conexión mágica y misteriosa en donde, muchas veces, no hacían falta las palabras. Bastaba una mirada, un gesto para decírselo todo.

Lautaro, impulsado por el sentimiento de la rabia, se aproximó a ellos a paso acelerado y, sin siquiera saludar al comisario, le comunicó a Victoria que ya podían marcharse. Peralta también lo ignoró. No tenía caso iniciar una discusión con el periodista. Enseguida aparecieron Estelita y Dorita. Saludaron al comisario y trataron de convencer a Lautaro de que saliera para encender el auto mientras ellas se preparaban. Pero Victoria dijo algo que ninguno de ellos se esperaba.

—Si no les molesta, esta noche me iré con el comisario Peralta.

Lautaro se detuvo en seco. Miró al policía con la cabeza ligeramente elevada, en una clara actitud beligerante. Parecía que no estaba dispuesto a permitirle que ganara la batalla. Una vez más, la acertada intervención de su hermana evitó que la situación se saliera de control. Cuando Estelita se acercó a Victoria para darle un beso, le lanzó una amenaza al oído:

—Mañana me vas a contar todo con lujo de detalles. —Le dedicó una sonrisa y logró empujar a Lautaro hacia la puerta de acceso sin mayores complicaciones. Dorita se despidió de su amiga con un abrazo y se fue detrás de los hermanos Madariaga antes de que se la olvidaran en el lugar.

La gente también comenzó a retirarse. Algunos caballeros, aprovechando la presencia de Gardelia todavía en el salón, se acercaron para felicitarla. Peralta apenas podía creer que esa mujer que despertaba la admiración del público hubiese aceptado irse con él.

—Regreso en un momento —le dijo, dándose media vuelta.

—La estaré esperando —prometió él, perdiéndose en el pronunciado escote del vestido que dejaba al descubierto parte de su espalda.

El par de minutos que tardó en ir por su abrigo y su sombrero le parecieron una eternidad. La escoltó hasta su auto y sin previo aviso, la sujetó suavemente de la mano para ayudarla a subir.

—No necesita preguntarme hacia dónde ir —comentó ella con picardía mientras el Chevrolet se echaba a andar por la calle Necochea.

Peralta apartó un instante la vista del camino para mirarla.

—Así es —aceptó—. Sé dónde vive y gracias a mi trabajo, no me costaría nada averiguar quién se esconde detrás de Gardelia… Una bella cantante de tangos que embruja a todo aquel que la escucha.

Victoria tragó saliva. La conversación empezaba a ponerla nerviosa.

—Tranquila, no lo haré… al menos por ahora —aseguró. —A veces, el misterio tiene su encanto, ¿no cree?

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