Edición Anterior: 21 de Enero de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Ni propios ni extraños le conceden un período de gracia
Alberto Fernández, en delicado equilibrio
Daniel Puertas

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Curiosamente, el ministro de Seguridad bonaerense Sergio Berni, quien se preocupó desde el principio de aclarar que su jefa política es Cristina Fernández de Kirchner, una manera de decir que su jefe no es Alberto Fernández, corrió al Gobierno desde la derecha.

De tal manera, el líder moderado, Alberto, quedó defendiendo a su ministra de Seguridad Sabina Frederic, progresista, ante las críticas de Berni, con una visión de la materia que comparten más cercana a la derecha. Para Frederic las pistolas Taser son una forma de picanear a la gente en la calle, para Berni, una herramienta útil para combatir el delito.

Este conflicto interno del oficialismo puede tener a futuro consecuencias importantes. Paradójicamente, si el Gobierno tiene éxito en el manejo de la economía estas diferentes miradas sobre las políticas públicas de seguridad pueden causar enfrentamientos más graves.

La población se preocupa más por la seguridad cuando mejor le van económicamente las cosas, es decir, cuánto más tiene para perder.

Justo es decir que desde el o mano de la historia viene el debate sobre mano dura o mano blanda. En realidad, la experiencia internacional indica que la manera más eficaz de mejorar la seguridad pública es construir sociedades prósperas y justas.

Países ricos y desiguales, como Estados Unidos, tienen graves problemas de inseguridad. Países ricos,menos poderosos pero más justos, como los de Europa Occidental, tienen que pensar qué destino le dan a los edificios carcelarios vacíos por falta de presos.

Pero Berni tiene razón en algo: la mayoría de los bonaerenses disienten con la forma de encarar las políticas de seguridad de Sabina Frederic, lo que no significa, claro está, que esté equivocada, sino que la mano dura es más popular que el garantismo.

De todos modos, no es el único conflicto interno que afloró en los últimos días en el oficialismo, aunque en general los roces de Alberto Fernández con su propia tropa vinieron desde el ala más de izquierda. Juan Grabois, que acompaña al Gobierno pero sin espacios de poder propio en él, criticó la forma de distribuir la ayuda social y dijo que se favoreció alos grandes supermercados, además de "tomar por boludos" a los pobres.

Desde el ala sindical Hugo Moyano parece estar a la expectativa pero poco cómodo con las políticas oficiales y muy molesto con no haber recibido puestos importantes para su gente.

Y los roces con el kirchnerismo puro vienen por el lado de los presos. Tratando de conservar un delicadísimo equilibrio, Alberto Fernández apeló a la retórica para tratar de no ofender demasiado a nadie y dijo que Milagro Sala no es una presa política sino la víctima de una "detención arbitraria".

Sumarse a la corriente cada vez má fuerte que arremete contra el law far podría llevarlo a un enfrentamiento directo con los medios más poderosos y con sectores de la Justicia que todavía conservan mucha fuerza. Aunque más no sea porque tiene otros problemas muy gaves que enfrentar, es comprensible que el mandatario elija eludir esta clase de choques.

Pero figuras importantes del kirchnerismo,como Oscar Parrilli, salieron a cruzarlo y a asegurar que sí existen presos políticos en la Argentina. Ya Julio De Vido había declarado que no puede ser que habiendo llegado su partido al Gobierno sigan presos.

Es comprensible que De Vido en su desesperación por encontrarse privado de la libertad reclame airadamente, pero otras figuras políticas debieran comprender las dificultades en las que se encuentra Fernández. Por un lado ¿qué pretenden que haga? Lo único que legalmente está a su alcance es un indulto, algo que tendría un fuerte impacto político, en general poco favorable al Gobierno.

En el caso de Milagro Sala, a quien Fernández defendió cuando estaba en el llano, la única forma en que podría hacer algo por ella es interviniendo la provincia de Jujuy.

La mayor parte de las causas contra CFK y otros de sus ex funcionarios se irán cayendo por sus propios vicios. La causa llamada de los cuadernos o de la fotocopia de los cuadernos ya fue destrozada en dos fallos judiciales en procesos que se iniciaron partir de ese expediente.

Hubo dos resoluciones judiciales y dos dictámenes fiscales que demolieron prolijamante las bases de lo actuado por el juez federal Claudio Bonadío usando hasta la ironía de calificar de "excursión de pesca" lo que se había hecho.

En esos fallos no hay nada demasiado original, ya que en general se trata de cosas planteadas hasta el hartazgo por los abogados defensores de los imputados, pero hasta ahora ni Bonadío ni la Cámara Federal los habían aceptado.

Pero son tan groseros los vicios de procedimiento que a la hora de fallar ningún juez puede avalar que se haya violado la ley del arrepentido al no grabar ni filmar los testimonios, a darle total credibilidad a cuadernos que no se sabe cuándo se escribieron, que se dijo que se habían quemado y luego reaparecieron misteriosamente.

Ni hablar del hecho que el presunto autor del relato contenido en esos cuadernos, el chofer Oscar Centeno, haya mentido en sus testimonios y, por si fuera poco, hace unos cuantos años haya sido declarado inimputable por la Justicia.

Uno de los costados menos gratos de esta historia de los cuadernos es que dominados por el temor de ir a la cárcel más de un imputado haya revelado hechos de corrupción que realmente ocurrieron, pero por los manejos de Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli se va a caer todo lo actuado y delitos efectivamente cometidos quedarán irremisiblemente impunes.

En ese contexto, todo lo que puede hacer Fernández es aguardar que las cosas vayan cayendo por su propio peso en materia judicial. Se le pidió que interceda por Amado Boudou, condenado en juicio oral. Se puede cuestionar, y se lo ha hecho, que el juicio contra Boudou no fue precisamente justo y estuvo cargado de vicios, pero sobre eso se debe pronunciar, en última instancia, la Corte Suprema.

Pero muchos parecen decididos a no concederle a Fernández ni un día del período de gracia que supuestamente le corresponde.

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