Edición Anterior: 2 de Febrero de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Mensaje lanzado como una botella al mar
Carta abierta al lector/a desconocido/a
Daniel Puertas

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En verdad, es poco gratificante llegar al fin de una carrera profesional sólo con unos cuantos recuerdos amontonados desordenadamente y dos vergüenzas en flor que pesan como una deuda impagable.

Pero, haciendo honor al compromiso con la verdad presuntamente propio del oficio informo a esa persona desconocida que, me gusta suponer, viene leyendo mis artículos desde hace una punta de años que llegada la hora de la jubilación esa es, básicamente, la magra cosecha obtenida después de un largo período cultivando el periodismo.

La primera de esas vergüenzas no tiene mucho que ver con el ejercicio del que, en un tiempo y en un país donde no estaba tan devaluado como hoy en la Argentina, Gabriel García Márquez definió como el mejor oficio del mundo.

Pero como tiene mucho que ver -o todo- con mi vida es que no puedo por más que quiera desprenderme de esa vergüenza o, cuanto menos, esconderla para que nadie la vea.

Nació cuando mi vida era sólo un cúmulo de promesas, algunas de las cuales ya estaban frustradas según algunos familiares severos y poco proclives a comprender a los jóvenes. Por entonces me dedicaba a una vaga e inorgánica militancia, al teatro, la poesía, al ajedrez.

Es decir, a una serie de cosas a las cuales mi santa madre definió un mediodía en el que me despertó con el diario en la mano, donde había una noticia con foto sobre alguna cosa, quizá un torneo de ajedrez o la puesta en escena de una obra de teatro, en la que yo había participado.

Mientras exhibía el ejemplar de EL POPULAR ante mis ojos lagañosos, con una mirada en la que se mezclaba el orgullo con la desazón de que su hijo pródigo fuera un vago irredimible al que había que despertar a esa hora para que no se le hiciera tarde para dormir la siesta, pronunció unas palabras que me acompañaron por el resto de mi vida: "Danielito, Danielito ¡las cosas que sos capaz de hacer con tal de no trabajar!".

En esa época que hoy debería recordar como feliz y en cambio tengo grabada como una larga noche infausta por la razón sencilla de que penábamos bajo la dictadura militar me nació la primer vergüenza: por estar vivo.

Salvo quienes lo sufren, creo que no deben ser muchos los que comprendan lo que es eso que ha dado en llamarse la culpa del sobreviviente. Se lo puede definir simplemente como la vergüenza de estar vivo, con todo lo que eso implica.

Por entonces creía que mi conflicto principal pasaba por la dificultad de combinar mi carácter de poeta adolescente atormentado con la conciencia social y de la gran aventura colectiva que parecía estar en marcha en la Argentina.

Hasta hoy me cuesta recordar como los pibes de entonces nos fuimos rodeando de muertos que hasta hoy suelen acercarse a flotar cerca en las noches tristes. Ni siquiera tengo claro cómo íbamos sabiendo de torturas atroces y crímenes terribles.

Así fue como poco a poco, a mí y a otros como yo, nos fue naciendo la vergüenza de seguir vivos mientras tantos otros mejores que nosotros iban siendo prolijamente aniquilados por verdugos sin redención posible.

Todavía gemíamos bajo el yugo cuando casi por casualidad terminé fungiendo de periodista. Primero con un emprendimiento aventurado, vagamente divertido y que, como era inevitable, terminó económicamente mal. Pero sirvió para llamar la atención sobre mi persona y el flamante carácter -autoproclamado- de periodista.

Por eso terminé aterrizando en una silla de la Redacción de EL POPULAR sin saber muy bien cómo, ya que no pedí empleo y tampoco me lo ofrecieron.

Simplemente, me pidieron una nota y cuando me presenté a cobrarla me llevaron de nuevo a la Redacción y Julio Mario Pagano me dijo "este va a ser tu escritorio ¿te parece bien empezar mañana a las cinco de la tarde?".

Como casi todos los jóvenes de la época -al menos los que seguíamos vivos-, trataba de disimular todo rasgo de rebeldía, salvo el pelo largo, más propio de hippies que de guerrilleros, por lo que me cuidé bien de poner de relieve mis diferencias políticas con la línea editorial, aunque Julio quizá sospechara algo porque enseguida me aclaró que él defendía "el amplio espacio del centro" si bien tenía simpatía por "una leve inclinación a la derecha".

Espero que haya sido entonces cuando surgió el vínculo con el lector/a al que dirijo este artículo. Supongo que debe existir esa persona que por alguna razón misteriosa se haya sentido atraída o identificada con un texto o algún concepto y desde esa época haya seguido, quizá sin saberlo, mi larga aventura con el periodismo.

Algunos roces más o menos apasionados con algún superior casi siempre por razones políticas me decidieron a marcharme después de más o menos un año, aunque transcurridos unos pocos meses renació el vínculo con el diario mientras aguardaba un nuevo empleo en Buenos Aires, a la larga frustrado porque el contacto que planeaba hacerme ingresar en un diario nacional grande quedó fuera él mismo después de una dura batalla interna en la cual un grupo político derrotó a otro.

Después de algunos años como free lance y profesor de ajedrez, ya en plena era democrática, reingresé al diario, por entonces el único que había quedado en la ciudad sin sospechar que no volvería a marcharme. De todos modos, ya sabía que mi destino se había enlazado al del diario por una circunstancia que no por azarosa fue menos decisiva.

Cuando el diario me compraba un par de columnas semanales, una de comentarios sobre las por entonces muy de moda películas en video y otra sobre el mercado automotor, y alguna nota sobre un tema de impacto en esos días, investigué el caso de una adolescente cuyos restos habían aparecido meses después de su desaparición en una zanja al costado de la avenida Colón a la altura del por entonces muy poco poblado barrio Vifinco.

Trabajamos juntos con Marta Ferro, una de mis amigas del alma, editora de policiales de Crónica, y ciertos elementos nuevos que encontramos llevaron a que la Policía reabriera las pesquisas.

En una tarde invernal, brumosa, con una llovizna intermitente, debía ir a esa zona de casas diseminadas en terrenos que no habían perdido del todo el tono rural, a interrogar a una mujer que conocía a la víctima y podía tener datos sobre un posible sospechoso.

Pasé por el diario en busca de un medio de transporte y Julio Pagano ofreció su auto y sus servicios de chofer. Respetando los sentimientos del responsable de la información policial, periodista maduro y de larga trayectoria, Julio le pidió que viniera con nosotros.

No se podía llegar en auto a la casa señalada ya que una cuadra antes la calle quedaba convertida definitivamente en un pantano de desagradable aspecto. Julio se bajó de inmediato, sin preocuparse demasiado por unos zapatos impecablemente lustrados y con aspecto de costar unos cuantos pesos más que mis modestas zapatillas.

El cronista de policiales se quedó cómodamente instalado en el asiento del coche tras decir que por nada del mundo pensaba transitar ese poco amable camino y menos gastar su tiempo visitando una casucha de pinta tan miserable y seguro que maloliente.

Unos minutos después estábamos sentados en una cocina humilde y tibia. Julio en un banco largo de aspecto vetusto y algo tambleante, con un mate en la mano y hablando amablemente con una mujer robusta y con arrugas surgidas más por la pelea diaria con la vida que de los años.

A Julio le brillaban los ojos mientras hacía cuidados preguntas a la mujer, ya que aprovechó uno de mis silencios calculados para ir ablandando al interrogado y se hizo dueño del interrogatorio, sin tener en cuenta técnicas o tretas.

La dueña de casa arrojaba tortas de harina y agua a una sartén con aceite hirviente y se la notaba un poco apabullada por ese señor encorbatado que le arrojaba una pregunta tras otra.

El diálogo se interrumpió bruscamente por un gruñido que por momentos se convertía en una increíblemente desafinada melodía o en una suerte de mala imitación del barrito de un elefante. No había que ser un experimentado detective para concluir que se trataba de un ebrio que había despertado en una habitación sin que se se hubieran evaporado los vahos del alcohol.

Instantes más tarde esa deducción fue confirmada y el supuesto dueño de casa irrumpió en la cocina sin dejar de gruñir, intervino en la conversación con incoherencias y tornó imposible seguir con la charla. De cualquier modo, lo importante que podía aportar la mujer ya lo había hecho.

Pero yo iba hacia el auto con una certeza imprevista. Había visto a Julio mientras intentaba extraer jirones de información de una desconocida en un ambiente extraño y su visible estrañamiento no lo había alejado del objetivo de buscar datos.

"Carece de técnica pero es un periodista convencido", recuerdo que pensé antes de llegar a la conclusión de que "no puedo decepcionar a este tipo". Recién años después supe que ciertas notas sobre casas encantadas en Olavarría que habían inflamado mi imaginación de niño y me habían hecho pensar que quizá fuera una buena cosa ser periodista las había escrito él. A veces la vida tiene esas cosas.

Más allá de cualquier diferencia política, de criterios periodísticos y de lo que fuera, esa capacidad de Julio para descubrir dónde estaba la miga de cualquier asunto me sorprendió y de algún modo me ató para siempre al diario que él dirigía,

Los años pasaron y de ser el "cronista de sucesos", categoría que incluye el ser cazador de ovnis, videntes o fantasmas, el detective improvisado que indaga sobre crímenes o robos y cualquier otra cosa que impacte fui subiendo categorías, asumiendo responsabilidades.

Una aclaración importante: a lo largo de toda mi carrera mantuve un honestidad quizá un tanto rígida. Esto fue así por mis concepciones morales, por mi compromiso con la ética periodística y por otro factor que no podría medir cuánta influencia tuvo en mi línea de conducta: nunca hubo nadie demasiado interesado en comprarme.

Así llegué al final de mi carrera con otra incógnita sin despejar: no sé si fui honesto por convicción o, simplemente, por falta de buenas oportunidades.

Cuando era muy joven y daba mis primeros pasos en el periodismo escuchaba cosas sobre los regalos que solían recibir quienes ocupaban cargos jerárquicos, casi siempre cajas de bebidas de calidad. Cuando me tocó desempeñar cargos en el diario esa costumbre había desaparecido o, quizá, en realidad nunca existió.

En más de treinta años de carrera sólo recibí para fin de año algunas botellas de vino enviadas por la Asociación Bancaria cuando era un simple redactor, órdenes de compra para librería del Centro Empleados de Comercio, sorpresivamente una vez una botella de Barón B de parte de Graciela Gianettassio cuando era legisladora y algunos obsequios simpáticos de Camuzzi por razones que jamás me pude explicar. Fueron cosas como un pen drive, un jarro térmico o un equipo de mate termo incluido.

Ninguno de esos regalos alcanzó montos que pudieran considerarse sospechosos.

El periodismo fue, finalmente, el ejercicio de una pasión y un medio de vida, por lo que, lo confieso, durante años me sentí medianamente satisfecho. Hasta que, a fuerza de leer y escuchar noticias falsas o malinterpretadas me fui resintiendo con colegas capitalinos. Dos hechos terminaron por hartarme: uno fue el caso Angeles Rawson y el otro las supuestas revelaciones de Leonardo Fariña a Jorge Lanata.

Del crimen de Angeles yo escribí muy pocos días después del hallazgo del cadáver, fundamentalmente porque ya estaba molesto por las idioteces que se escribían y decían en medios porteños. En ese artículo decía que la única certeza del caso era que se trataba de un crimen que podía definirse como "de psicópata" teniendo en cuenta cómo se encontraba el cuerpo, la forma en que se había intentado hacerlo desaparecer y otros detalles.

La prensa de Buenos Aires indagaba en las relaciones familiares buscando allí al posible asesino. La forma en que agobiaban a unos pobres seres agobiados por el dolor era tan indigna como irrelevante para resolver el caso.

Viendo noticieros de TV sentí vergüenza ajena, a medida que pasaban los días y se amontonaban las estupideces comencé a sentir vergüenza propia.

Del caso Fariña tuve las primeras noticias por radio durante un viaje a San Luis. Primero escuché a un periodista conocido criticando acremente al Gobierno de CFK por no haber respondido a las acusaciones vertidas en el programa de Lanata. Transcurridos varios minutos de pontificaciones nada se decía sobre esas acusaciones.

Todos parecían haberse puesto de acuerdo; dardos hacia el kirchnerismo por no decir nada sobre la denuncia pero nadie hablaba sobre la denuncia en sí.

Bastante rato después supe de los dichos de Fariña. Claro que no había prueba alguna que los avalara. Entonces comprendí las razones del silencio del Gobierno y la falta de precisiones de los periodistas sobre la denuncia. Y la vergüenza me asaltó de nuevo.

En 2013, en el programa que conduje en mi única experiencia televisiva, cuando se debatía sobre periodismo revelé por primera vez la existencia de mis dos vergüenzas dolorosas. Varios años después admito que no sólo no desaparecieron sino que ni siquiera se mitigaron.

Si existe ese lector/a desconocido que ha seguido mis notas a través del tiempo le ruego que nunca jamás me piense siquiera cercano a esos personajes que pueblan pantallas y firman artículos en diarios importantes. Quién iba a decirlo. Alguna vez cuando alguien me presentó como periodista sentí un orgullo secreto y amable. Hoy pienso que me pueden igualar a tantos que andan pregonando irrealidades, poniéndose al servicio de tal o de cual a cambio de avisos o sobres y el sentimiento que me domina es la vergüenza.

Es duro avergonzarse del modesto oficio ejercido durante una punta de años. Claro, tal vez no sea nada teniendo en cuenta que también tuve vergüenza de estar vivo.

Si existe ese lector/a desconocido al que he acompañado sin saberlo durante años, le pido que me comprenda estas dos vergüenzas. Y, si es posible, que me perdone.

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