Edición Anterior: 15 de Marzo de 2020
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Mariano Melotto, antropólogo olavarriense al frente del Instituto Universitario de Gendarmería Nacional
"Si no tenés legitimidad no podés gestionar la seguridad"
El antropólogo olavarriense Mariano Melotto es el nuevo rector en el instituto universitario de formación de la Gendarmería. Asumió de la mano de la ministra Sabina Frederic, con quien había trabajado largamente en investigaciones sobre las fuerzas de seguridad.
Claudia Rafael

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Es antropólogo, tiene 41 años y nació en Olavarría. Hasta hace apenas un manojo de días ejercía como docente en la Universidad de Tierra del Fuego, a la que llegó en 2017. Mariano Melotto asumió el jueves 5 de marzo como rector del Iugna (Instituto Universitario de Gendarmería Nacional Argentina). Su nombre resuena en la ciudad por otros recorridos. Es uno de los tres hijos de Graciela Tirador, la primera víctima de feminicidio del país desde la incorporación de la figura penal al Código en un hecho que siete años atrás conmocionó a la ciudad. Melotto tiene una trayectoria de más de diez años como docente e investigador de las fuerzas de seguridad. Y, en particular, su tesis de doctorado versó sobre la formación de la Gendarmería. Fue parte de un grupo de estudios sobre policías y fuerzas de seguridad liderado por las antropólogas Sabina Frederic, la ministra de Seguridad que lo convocó ahora para este rol, y Brígida Renoldi.

Con su compañera, un par de gatos y bolsos y mochilas, llegó a Buenos Aires la noche antes de su jura. Y a la distancia, sigue siendo parte del grupo que trabaja para la creación de un ciclo universitario complementario en la formación en seguridad pública para la policía provincial y la fuerza penitenciaria de Tierra del Fuego. Dentro del paradigma de seguridad ciudadana y democrática. "La idea es dar una perspectiva en seguridad más social, teniendo en cuenta derechos humanos, garantías constitucionales, historia social latinoamericana y argentina, abordaje del delito desde las ciencias sociales y de cuestiones de género", contó en entrevista con El Popular.

-¿Qué implica la formación de la Gendarmería teniendo en cuenta el rol de la fuerza en los últimos tiempos?

-Estamos hablando de un Instituto Universitario que no deja de ser una dependencia de Gendarmería. La idea es tratar de adaptarlo lo más posible a la Ley de Educación Superior pero no deja de depender de una fuerza. Que es la que lo financia. Más allá de eso, esta gestión apunta a ganar un paradigma de seguridad democrático y ciudadano, respetuoso de los derechos humanos, de las garantías constitucionales, que entienda que la seguridad se cogestiona entre varios actores sociales y no sólo desde la fuerza. Que elige la prevención antes que la represión del delito y que no habla de delitos ni de guerra sino de la existencia de conflictos. Interhumanos, sociales.

-¿Cómo se fue planteando la formación a lo largo de los últimos años?

-Hubo políticas pendulares. Incluso, en ocasiones, dentro del mismo signo político. Tenías, por ejemplo, fuerte incidencia del CELS pero, en la misma época, propuestas para bajar la edad de imputabilidad o la ley antiterrorista. El gobierno anterior fue mucho menos ambivalente. Fue un paradigma de seguridad para disputarse los sentidos y prácticas de las fuerzas. Y es un avance que esté en debate el paradigma. Hay cuestiones sociales que hace 30 ó 40 años eran vistas como el resultado de problemas psicológicos, muy relacionados con la mirada más positivista y hoy se los entiende como problemáticas sociales. Incluso se logró que cale en el sentido común el pensar que las condiciones socioculturales determinan cierto tipo de delitos, el hecho de que haya delitos que se muestren y otros que se oculten.

-¿Que cale más hondo como discurso o desde lo social?

-Tanto a nivel de gestión como desde el sentido común. Hace 40 años había discursos en la calle, que planteaban la mano de dura como única mirada. Y hoy es algo mucho más disputado. Obviamente que en el sentido común las cuestiones se suelen polarizar. O sos pro mano dura o super garantista. Y, en verdad, es todo mucho más complejo. Una persona que comete un delito (y hablamos de los delitos de la pobreza) es victimario pero también víctima. Las condiciones sociales de producción generan que las personas no tengan posibilidad de formarse, no tengan por qué levantarse, no tengan anhelos. Y no hablamos sólo de dinero. Es una cuestión de expectativas, respeto, dignidad. Y a quien más afectan esas personas es justamente a los más pobres. Porque las personas de clase media y media alta tienen mayores herramientas para defenderse de ese tipo de delitos. Entonces, queremos profundizar en la formación en seguridad democrática a sabiendas de que más allá de la formación hay muchas otras condiciones que determinan la actuación de una fuerza. Y si bien al interior de la fuerza hay discursos que están más instalados que otros, sería mentira creer que todos piensan igual o que no entienden los beneficios de prevenir un delito. También tienen miedo en un enfrentamiento armado y la mayoría va a intentar evitar reprimir. La disputa también se da al interior de la fuerza.

-¿En qué momento la mirada represiva fue un bloque monolítico y en qué momento empiezan a plantearse las disputas de sentidos?

-Obviamente que el discurso monolítico se afianza con fuerza en el 76 aunque podríamos rastrearlo desde mucho antes. Pero es hacia los 90 en que se empieza a generar una crítica por parte de la propia población hacia la actuación policial y se empiezan a dar ciertas disputas en el pensamiento. Hasta el 2015 hubo medidas afines al paradigma de la seguridad ciudadana democrática y otras afines al paradigma de ley y orden. Pero en 2015 hubo una vuelta rotunda con una forma fuerte de gestionar las fuerzas de seguridad. La identidad de los gendarmes, que es el tema específico de mi tesis, no se logra exclusivamente con lo que es el dispositivo disciplinario al estilo de Foucault de dominar el cuerpo para dominar las voluntades sino además por cuestiones de estrategia. Antes, los chicos de los sectores populares adquirían su identidad en el pasaje del mundo a la escuela del trabajo. En los 90 eso se destruyó. Y las fuerzas de seguridad fueron, en parte, una de las opciones para el reemplazo. En gran parte de los sectores populares el trabajo del policía y del gendarme es respetado. En gran medida porque en los barrios más pobres el rostro del Estado es la policía. En las entrevistas a chicos que estudiaban en policía federal o gendarmería decían "cuando vuelvo a mi casa con el uniforme de salida, mi papá se siente orgulloso". Son pibes con expectativas, con deseos.

-Javier Auyero habla en su libro "La violencia en los márgenes" de cómo los pibes en Budge, que es donde se desarrolló la investigación, a veces terminan queriendo ser transas, policías o gendarmes según el rol que consideren más poderoso en relación al resto. ¿Cómo se rompe esa puja de sentidos?

-Yo creo que cuando llegan a la escuela, por lo menos en Gendarmería que es la que yo más conozco, hay una ruptura con esto. Me cuesta pensar que un chico pueda estar durante años con ese plan. Las razones que yo observé en la investigación para el ingreso a la fuerza es que hay quienes hablan de vocación (tengan o no familiares) o por necesidad. Pero coinciden en que después de un tiempo para todos termina siendo vocacional. Las posibilidades que ven en su futuro, sobre todo para los que vienen por necesidad económica, están ligadas a que hacer las cosas bien es lo que les va a permitir tener estabilidad laboral. Después, si desde alguna fuerza de seguridad se termina gestionando la droga, no es algo que ocurra durante la formación sino que es posterior.

-¿Qué te atrapa de este desafío?

-Para mí la cumbre de la carrera de un investigador es poder aplicar eso en un lugar de gestión. Me parece valiosísimo que personas que tienen trayectoria académica sobre un tema se ubiquen en la gestión pública para aplicar esos conocimientos en las instituciones que investigaron antes. Es como una obligación. Yo estudié en universidades públicas. Toda la población pagó mi formación e investigar es una forma de devolver eso pero esto es una forma más directa. Y creo que es un enorme desafío. Me genera ansiedad. Yo pienso que la ciencia debe ser al servicio de la comunidad, cercana al territorio, para resolver problemas cotidianos y estructurales. Creo que una fuerza de seguridad tiene que estar al servicio del pueblo más allá de que no siempre se las utilizó para eso. De hecho, en momentos de nuestra historia fue todo lo contrario. Pero para mí hay que lograr que la seguridad como tema de estado esté para resolver los problemas de las personas y no para reprimir.

-¿Cuánto daño creés que se le hizo a la Gendarmería con gestiones como la de Bullrich?

-Es difícil de cuantificar. Lo que sí sé es que como la Gendarmería tenía y tiene, en el sentido común, un prestigio entre las fuerzas, se daña su imagen. Así como pasó en los años 90 con la maldita policía hay que buscar que no se llegue a la maldita prefectura, la maldita gendarmería. Creo que gestiones de ese tipo conducen a eso. Aunque hay que ser realistas. Hay una parte de la población muy grande que entiende que eso debe ser la seguridad. No estoy de acuerdo con esa opinión pero la respeto. Entonces tal vez la palabra daño es desde nuestra perspectiva cuando muchas otras conciben que el daño se está haciendo hoy. Por eso creo que es relativo.

-Entonces: ¿desde tu perspectiva?

-Creo que corrés el riesgo de deslegitimar la fuerza, de generar temor. Que es lo contrario a lo que debe ser. Es mucho más fácil destruir algo que construir. Y Gendarmería se preocupa mucho por su imagen y por lo que refleja. Que aparte es fundamental para gestionar la seguridad. Si no tenés legitimidad no podés gestionar la seguridad. Y creo que los últimos gobiernos han tomado a Gendarmería como su fuerza más importante. Porque tiene legitimidad en el sentido común.

-En el imaginario, se supone que es la fuerza preparada para resguardar las fronteras y hoy te la encontrás en todos lados.

-Sigue vigente esa idea de que un gendarme tiene mayor legitimidad que otras fuerzas. Y si hacés algo que manche esa legitimidad, recuperarla cuesta muchísimo. Si bien no es lo que más les gusta a los gendarmes, que casi siempre prefieren la vida en las fronteras, creo que llegaron para quedarse.

-Vos trabajaste durante mucho tiempo con Sabina Frederic en investigaciones. Y supongo que sus posicionamientos fueron determinantes a la hora de aceptar el cargo de rector. ¿Es así? ¿Por qué?

-Claro. Sabina Frederic viene trabajando en relación a las fuerzas de seguridad y fuerzas militares desde hace más de diez años. Tiene libros y papers escritos. Y lo hace desde la etnografía, que implica tratar de comprender el punto de vista de la otra persona. Es decir, no parte de un prejuicio de ir en contra de, porque ella conoce a la fuerza de primera mano, sabe cuál es el potencial de cada fuerza y su idea es la de trabajar en conjunto y no enfrentada a ellas. Pero no hace oportunismo punitivo sino que su compromiso es con la seguridad y también con las fuerzas de seguridad. Su mirada es que no son ni santos ni demonios, son personas, son instituciones. Y ésa es una de las cuestiones que me convencen. El hecho de que deja de lado los maniqueísmos. Eso implica salirse de las puestas en escena del "los quiero o los odio". Y hacer el análisis científico de la cuestión y ver qué clavijas hay que ajustar para que todo funcione como la gestión pretende que funcione.

-¿Cuál es el desafío desde la formación?

-Estamos en la etapa de hacer el diagnóstico. De todos modos, me gustaría integrar al Iugna al sistema universitario nacional más allá de lo que ya lo está. Tiene una impronta muy castrense y quisiera quitarle algo de eso, aunque partimos de la base de que es necesaria la disciplina y la jerarquía. Pero así como en cuestiones operativas está muy bien la disciplina y el mando, en las universidades, está bien la crítica y el disenso. Y no implica deslealtad. Más allá de eso, tenemos pensado revisar estatutos, planes de estudio y la situación de los docentes.

-Al momento de que un gendarme se reciba, se le hace entrega de un sable como cuestión simbólica de peso. ¿Cuál fue la importancia real de que Gendarmería entregara un sable a Patricia Bullrich?

-Es el símbolo de mando. Entiendo que hubo mucha aceptación en muchas fuerzas a la gestión de Patricia Bullrich y sería necio no reconocerlo. Hay mucha gente que cree que el paradigma de seguridad de ley y orden es el que debe funcionar. Esos sentidos están en disputa y habrá que seguir, el tiempo que haga falta, tratando de disputar esos sentidos y prácticas. Porque el que piensa distinto no es ni por tonto ni por malo. Creo que le dieron ese sable convencidos. Veo, eso sí, que hay una cierta puesta en escena en una suerte de oportunismo punitivo. Pero hay que tener en claro que por fuera de los ámbitos universitarios y de la izquierda, hay discursos punitivos muy instalados en la sociedad. Y es muy difícil cambiarlos. El olfato policial es un olfato social suele decir un investigador de la Unqui (Universidad de Quilmes). Y son sentidos que están compartidos por una gran parte de la sociedad y nosotros estamos disputando esos sentidos. Entonces pienso que la entrega del sable a Patricia Bullrich es un reconocimiento a esas políticas. Espero que nosotros logremos disputar esos sentidos y cambiarlos. Eso sí: sabemos que hoy están en disputa. Hace 30 ó 40 años no lo estaban. Son procesos sociales largos en el tiempo. Nos golpearemos mil veces contra una pared pero vamos a disputar los sentidos y las prácticas reconociendo que el otro parte de su buena fe, aunque pensemos distinto.

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