Edición Anterior: 12 de Abril de 2020
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La miseria humana en medio de la pandemia y el mundo que vendrá
Más allá del virus, de su letalidad, de una sopa de murciélagos en China y del ataque feroz a la naturaleza que despierta muertes escondidas, está la humanidad. El miedo, el rechazo al otro, la puerta del autoritarismo. La discriminación del enfermo, el aplauso y la condena a los trabajadores de la salud, la individualidad al extremo. La agonía de un sueño colectivo.
Silvana Melo

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De pronto el mundo es otro y la conciencia de que ya no volverá a ser lo que era apenas dos meses atrás se vuelve una certeza inquietante. Quienes sobrevivan con la longevidad y la lucidez necesarias en veinte años hablarán de lo que hacían en la pandemia del 2020, cuando un bicho endemoniado, descripto con lógica bélica, logró abolir la calle, el abrazo, el encuentro y la complicidad de una mirada. Más allá de la zozobra y la tragedia que la cuarentena y el aislamiento –imprescindibles hoy para la vida- generan en las profundas vulnerabilidades sociales, la intención es apuntar fundamentalmente a un comportamiento social que derrumba cualquier sueño de que una nueva sociabilidad humana pueda emerger de este desastre global.

En el delirio del encierro –para quienes tenemos la posibilidad de casa amplia, internet y menos riesgo de psicosis dentro de un mes- teorías de la espiritualidad newage y de los devotos de la ecuación crisis – oportunidad, han serpenteado por las redes con la finalidad de convencer a los incautos de que habrá un mundo mejor después de la pandemia. En el que todos, capitalistas y obreros, opresores y oprimidos, propietarios y cartoneros, se darán cuenta y rearmarán un mundo sobre otras bases.

Sin embargo, las miserias humanas resisten desesperadamente. Como han resistido las cucarachas desde eras geológicas remotas. Como resisten los coronavirus que despiertan ante los ataques feroces a la naturaleza y vuelan en las alas de los murciélagos y de los aviones a todos los rincones del planeta.

La reacción en Olavarría al conocerse el primer caso de coronavirus deja en la boca y en el alma ese amargor que es complicado de matar. Ni con miel ni con azúcar. Desatar una ola de chusmerío barato, descalificar, condenar inexplicablemente por tener una enfermedad, revelar en las redes las identidades, amenazar con apedrear y con incendiar una casa, es algo impensable para cualquier ser humano hecho de buena madera.

Pero lamentablemente sobran los ejemplos. En Mendoza, el municipio de Las Heras tuvo que desinfectar el barrio de la segunda víctima de coronavirus de esa provincia: los vecinos amenazaban con apedrearle la casa a la familia que quedó. Pero además cuentan con una ayudita del gobierno mendocino que creó una aplicación de geolocalización de los infectados, por la que todos pueden ubicarlos.

En Córdoba una mujer hizo correr el rumor, en un chat vecinal, de que uno de los vecinos, internado por una úlcera, tenía covid19. Se desató una semana de amenazas y hostigamiento. Los llamaban a la noche para decirles que les iban a prender fuego la casa con ellos adentro.

Como pocas veces en la historia reciente, el otro se vuelve un enemigo feroz, que carga con el mal, el contagio y la muerte. Un otro del que hay que defenderse, del que hay que alejarse dos metros, del que hay que protegerse con barbijo, guantes y armadura si fuera posible. Un otro que si tose hay que llamar al 911. Y si por el balcón se lo ve salir dos veces en un día, hay que llamar a la gendarmería.

Muy complicado volver de la individualidad después de esto. Muy difícil re pensar una alternativa colectiva en un mundo de cautelas y recelos. Donde el que tiene fiebre es sospechoso.

Contra la salud

En un barrio ilustre de capital, una médica recibió una carta del consorcio que, con vocabulario judicial, la instaba a irse del edificio. En otro, un poco más al sur, Rodrigo Cuba, director de Emergencias de la Cruz Roja, fue expulsado a través de una nota que sus vecinos le dejaron en la puerta de su departamento. Otros edificios personalizan menos e invitan a todos los trabajadores de la salud que anden sueltos –enfermeras y médicos- que se vayan de los vecindarios. "Nos van a contagiar a todos, hdps", dice una de las notas.

En una triste paradoja, se sigue aplaudiendo a las 9 de la noche a los trabajadores de la salud. Precarizados, mal pagos y discriminados por contagiadores seriales.

El filósofo y sociólogo esloveno Slavoj Zizek –en el libro Sopa de Wuhan, donde los pensadores intentaron comprender este desconcierto- piensa en otras contradicciones: "en la era en la que el ser humano más aislado se encuentra, ahora deberá aislarse aún más; en el tiempo en el que más necesita contacto humano real y no meramente virtual, ahora parece que el contacto físico será tabú. Pero quizá de este aislamiento surgirán nuevos valores y se reafirmará la importancia de la comunidad, la convivencia y la intimidad. Lo que es indudable es que es tiempo de reflexión, tiempo en el que hay menos ruido y por lo tanto la posibilidad de mayor claridad".

Sin embargo el coreano Byung-Chul Han esboza un pensamiento sombrío. "El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte (…). La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus".

Matanzas

Un ex concejal de Juntos por el Cambio de Capilla del Monte, Julio Carballo, fue sorprendido diciendo lo que tantos piensan. "El peroncho entiende a balas, a palos, a patadas en el culo, es de la única forma, porque es negro. Yo lo único que espero es que esta pandemia haga una limpieza étnica que todos nos merecemos. Por mí que se quede en La Matanza y haga honor al nombre. Capaz con cinco o seis millones de peronistas menos, de negros menos, por ahí este país arranca". Esta maravilla discursiva no difiere nada de lo que se escucha en la calle ni de lo que se lee en las cloacas de Twitter y de los foros de diarios respetables con directores de nombres fundacionales de la patria. Los que desean un coronavirus en el centro de La Matanza para matar cinco millones de negros también definen las hilachas de la condición humana.

Tal vez alguien /alguienes puedan ayudar a comprender por qué las dirigencias locales no soportan que en las crisis tienen que poner más los que tienen más. Máxime en tiempos en que el hambre va a asolar pueblos, barriadas y gran parte de la clase media más esforzada. Sin embargo, bastó que se cuestionara a uno de los hombres más ricos del país –con una fortuna de más de 9 mil millones de dólares- por la virtual cesantía de 1.450 obreros, para que aparecieran cacerolas pidiendo que la política se bajara los sueldos. Una provocación absurda. De la mano de un sector del frente político que dejó en diciembre de 2019 cuatro millones y medio de pobres más que cuando asumió en 2015.

Sin embargo ese mismo sector terminó abortando la iniciativa con que primereó, hábil y oportunista, Sergio Massa: descontar un 40% el sueldo de los diputados. Es que no les gustó. Una cosa es cacerolear y otra es concretar. Pero tampoco a las grandes fortunas. "Es inconstitucional", dicen y ven la uña de Cristina.

No es Cristina ni es inconstitucional. Es abrumadoramente justo.

El periodista y economista Alejandro Bercovich recuerda el proyecto de la senadora y ex precandidata demócrata para las primarias estadounidenses Elizabeth Warren: que los millonarios aporten el 3% de lo que excede de determinada cantidad de millones de dólares de patrimonio. Bercovich ejemplificó con restar el 3 % de lo que excede de mil millones a las aproximadamente diez familias que tienen semejantes patrimonios. Es decir: de una fortuna de 1050 millones, lo que excede son 50 millones. Sobre ese monto sería el tributo.

Sergio Massa había calculado ahorrar 143 millones de pesos. Bercovich calculó que con el porcentaje tributado por los diez megamillonarios, se recaudarían 28.600 millones de pesos.

Sin embargo, los que siguen perdiendo todos los partidos de esta liga son los que no existen en los registros, los que se amontonan en los barrios sin posibilidad de aislamiento, los que no comen si no trabajan, los que están condenados a la muerte si el virus los caza más allá de co-morbilidades: de pura mala alimentación, de pura explotación, de pura fragilidad.

Dice Judith Buttler desde Sopa de Wuhan: "La desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine. El virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo".

Cuando pase la pandemia, habrá que rehacer el mundo. Y habrá que ver qué fuerza gana, de todas las que estarán en tensión. El día que la pandemia pegue el portazo habrá que recuperar la calle y el sentimiento colectivo fuerte, ése que espera el filósofo coreano Byung-Chul Han.

Y que se haga viral.

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