Edición Anterior: 12 de Abril de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 34
El chamuyo
Victoria caminaba a toda prisa por la calle Vicente López mientras trataba de no pensar en lo sucedido. Otra mujer asesinada… La bocina de un automóvil la hizo detenerse en seco en medio de la vereda. Respiró hondo y no pudo evitar mirar por encima de su hombro con la terrible sensación de que alguien la vigilaba. Se subió el cuello del abrigo, aunque el frío que sentía le venía de las entrañas. Cruzó la calle con cautela y miró su reloj. Estelita la había citado en la confitería París porque tenía que hablar con ella de algo urgente. Había salido un poco más temprano de la biblioteca para poder encontrarse con su amiga, quien sonaba bastante alterada al teléfono.

Cuando entró, barrió el lugar con la mirada, pero no la vio. Se acercó a una de las mesas que daban a la calle y tras quitarse el tapado, se sentó. Un mozo se le acercó y ordenó una naranjada. Antes de que el muchacho se alejara, lo volvió a llamar para cambiar su pedido. Era mejor una taza de café. Lo necesitaba para entrar en calor. Miró el reloj de pared con impaciencia. Estelita no era de demorarse, sobre todo cuando tenía que hablarle con urgencia. Sin saber por qué, comenzó a preocuparse. Vio que un parroquiano estaba hojeando un ejemplar de El Popular. Alcanzó a leer parte de la portada, pero el nuevo crimen todavía no había llegado a la primera plana del diario. Seguramente no tardaría en aparecer. Esperaba que esta vez, Lautaro no se cebara en el comisario Peralta al cuestionar su labor policial.

Como si lo hubiese llamado con el pensamiento, vio que el reportero de sucesos policiales venía caminando por la plaza. Cuando cruzó en dirección a la confitería, supo que Estelita nunca vendría. Su primer impulso fue el de levantarse de la silla, tomar su abrigo y marcharse antes de darle la oportunidad de toparse con ella, pero lo pensó mejor y decidió quedarse. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y se cruzó de brazos.

Lautaro se desplazaba con arrogancia mientras curvaba los labios en una sonrisa.

—Buenas tardes, Victoria —la saludó, quedándose de pie junto a la mesa. Esperaría a que ella lo invitase a acompañarla.

—Hola, Lautaro. No esperaba verte. Tenía una cita con tu hermana, pero al parecer, ella no va a venir.

—¿Puedo? —le preguntó, apoyando la mano en el respaldo de la silla.

Victoria asintió.

—No te enojes con mi hermana. Le pedí que te llamara porque era la única manera de poder hablar con vos sin que salgas corriendo —le dijo, sentándose frente a ella.

—Casi lo hago, pero me arrepentí a último momento —reconoció, molesta más por el engaño de su amiga que por la trampa que le había tendido Lautaro.

Lautaro le hizo señas al mozo y pidió otro café.

—Dejamos una conversación pendiente vos y yo —dijo, estudiando su reacción—. Esa noche prácticamente me dejaste con la palabra en la boca…

—No tenía ánimos para escuchar una declaración de amor —replicó, sosteniéndole la mirada. —Mucho menos, de oír cómo ensuciabas la reputación de un hombre por el simple hecho de que no te cae bien.

Lautaro recibió la estocada casi sin inmutarse. Le costaba digerir que defendiera a Peralta con tanta vehemencia. Si era lo que quería, estaba dispuesto a seguirle el juego.

—Soy periodista, Victoria. Siempre voy detrás de la verdad y no me dejo llevar por habladurías o chismes. La impericia del comisario Peralta quedó una vez más demostrada con la muerte de otra de las muchachas del cabaret…

—¿Han asesinado a una de las chicas de La Nuit? —preguntó Victoria mientras un escalofrío le recorría la espalda.

Lautaro asintió.

—No tengo aún la identidad de la víctima, pero puedo confirmar que sí, trabajaba como alternadora en el cabaret de Santibáñez.

La aparición del mozo con los cafés le permitió a Victoria tomarse unos segundos para asimilar la noticia.

—Supe de casualidad que hubo otro asesinato —susurró mientras endulzaba la infusión.

—El cuerpo fue hallado esta mañana. Me presenté en el lugar, pero Peralta me impidió hacer mi trabajo… como siempre —añadió, con sorna.

—Seguramente estarías entorpeciendo el suyo —alegó Victoria, entrando en su juego.

—Peralta y yo nunca nos vamos a llevar bien —enfatizó—. Más allá de nuestra rivalidad "profesional" ahora hay un motivo, al menos en mi caso, mucho más poderoso.

Victoria se quedó aguardando a que concluyera la frase, pero le bastó ver el brillo en su mirada para comprender que ella era ese motivo de discordia entre ambos.

—No soy tonto, Victoria. —Bebió un poco de café antes de continuar—. He sido testigo de cómo el comisario se ha acercado a vos en más de una ocasión. Intenté advertirte la clase de hombre que era, pero al parecer, no te interesa escucharme.

Victoria volvió a sentir deseos de marcharse. No le agradaba el rumbo que estaba tomando la conversación. Lautaro podía llegar a ser muy pedante cuando se lo proponía. Hubiese querido escupirle en la cara que ese acercamiento entre ella y el comisario había llegado más lejos de lo que él pensaba. Sin embargo, prefirió ocultárselo y no echar más leña al fuego. Ya era suficiente la inquina que ambos se profesaban uno al otro como para que encima ella estuviese metiendo cizaña.

—Si viniste para hablar mal de Martín, será mejor que me retire —le advirtió, haciendo el ademán de levantarse de la silla.

Lautaro se lo impidió.

—No te vayas —le pidió, pero apenas logró que Victoria se quedase, volvió a las andadas—. No sabía que tuvieses tanta confianza con él como para llamarlo por su nombre de pila.

Para no soltarle un insulto, Victoria se quedó callada. Bebió el café y se limpió con delicadeza la boca, manchando la servilleta con el rouge de sus labios.

—No quiero que me alejes de tu lado, Victoria. —Tomó su mano por sorpresa—. Si cometí un error al confesarte lo que siento por vos, te pido disculpas. Sin embargo, sé que no hice nada malo. Me gustás mucho y tengo el mismo derecho que el comisario de conquistar tu corazón. ¿Me vas a dar, aunque sea, la oportunidad de intentarlo?

Victoria guardó silencio y la pregunta de Lautaro se quedó sin respuesta.

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