Edición Anterior: 5 de Julio de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 46
La reja
Lautaro sabía que esa noche, Victoria se iría con el comisario Peralta.

Los escasos minutos que había conseguido estar a solas con ella, no habían sido suficientes para calmar esa acuciante necesidad que tenía de tenerla cerca; ni siquiera el hecho de que hubiese confiado en él para contarle la procedencia de ese montón de dinero que escondía en su bolso. Era un punto importante en esa batalla desigual que libraba casi a diario en contra de Peralta y de sus propios sentimientos. Sin embargo; no se conformaba. Mientras él pensaba en ella y apretaba los dedos alrededor del volante de su lujoso Ford A; el comisario gozaba de su compañía. Estelita le decía algo, pero no conseguía concentrarse en su perorata. Hacía ya unos cuantos minutos que habían dejado a Dorita en su casa y se dirigían a La Isolina. Manejaba con cuidado porque la lluvia de la noche anterior había dejado profundos surcos en el camino de tierra y se había convertido en un lodazal.

Escuchó que su hermana se quejaba.

—No puedo ir más ligero —repuso, lanzándole una mirada reprobatoria.

Estelita bufó, impaciente y se cruzó de brazos. Intentó distraerse con el paisaje, pero más allá del cristal de la ventanilla, todo se veía negro. Un escalofrío recorrió su espalda cuando el auto dio un salto al chocar con uno de los pozos del camino. Suspiró hondo hasta que los latidos de su corazón recuperaron su ritmo normal.

Lautaro, con la habilidad que lo caracterizaba, consiguió dominar el volante sin perder el control de vehículo en ningún momento.

—Fue solo un surco. No te asustes —le dijo, endulzando su expresión con una sonrisa.

Estelita asintió.

—No sé por qué, pero tengo un extraño presentimiento —se atrevió a confesarle. Quizá motivada por la situación o por esa angustia inexplicable que llevaba en su pecho desde que se había levantado esa mañana—. Tengo miedo que le haya pasado algo a papá…

Lautaro casi da un volantazo.

—¿Qué decís? Papá está bien. Vuelve de Buenos Aires en un par de días.

—Ya sé, no me hagás caso. Es solo que he estado todo el día inquieta, como si en cualquier momento, algo malo fuera a suceder.

Lautaro no era aprehensivo; tampoco les daba importancia a las tonterías de su hermana. La mente de Estelita, propensa a las novelas de misterio y al radioteatro de las tardes, se dejaba influenciar con demasiada facilidad; sobre todo, después de los tres crímenes que se habían perpetrado en la ciudad y que continuaban sin resolver.

—Se lo dije a Dorita, pero al igual que vos, me dijo que no me preocupase.

—Tu amiga es muy sabia —retrucó él, más calmado. Experimentó un inusual alivio al ver la tranquera de acceso a la estancia.

—Dorita y vos se parecen —comentó Estelita, como quien no quiere la cosa. Le había prometido a su amiga que intercedería a su favor para que Lautaro comenzara a verla con otros ojos. —Sé que no le has prestado atención porque estás embobado con Victoria, pero deberías expandir tu rango de visión. Dorita es una joven encantadora. Lee cada uno de tus artículos y los pega en un álbum de recuerdos.

A Lautaro lo tomó de sorpresa aquel detalle.

—¿A tu amiga de verdad le interesan mis artículos?

Estelita asintió.

—Te admira mucho, pero no se ha atrevido a decírtelo. —Iba a agregar algo más, pero Lautaro se bajó del auto para abrir la tranquera de La Isolina. Preparó un discurso mejor hasta que él regresó para impresionarlo con las cualidades de su amiga. —Es muy inteligente y el otro día me dijo que su sueño era que la invitases a tomar un chocolate en la confitería París.

Lautaro se dejó caer en el asiento. Frunció el ceño al descubrir cuál era la intención de su hermana al hablarle de Dorita.

—No voy a negar que tu amiga tiene cierto… encanto —reconoció, especialmente después de enterarse que lo admiraba en secreto—. Pero sabés que la que me interesa es Victoria. No sería justo invitarla a salir a ella cuando pienso en otra.

Muy a su pesar, Estelita debía darle la razón.

—¿No lo intentarías al menos? —insistió de todos modos.

Lautaro se tomó los segundos que le llevó en bajarse del Ford A y volver a cerrar la tranquera para darle una respuesta.

—¿Y? —quiso saber su hermana.

—Está bien. Supongo que una inocente salida a tomar un chocolate no le hará mal a nadie.

Estelita se inclinó hacia él y le estampó un beso en la mejilla.

—¡Gracias, hermanito!

Lautaro, resignado a complacer un nuevo capricho de Estelita, esperaba no arrepentirse de la decisión que acababa de tomar.

*

A varios kilómetros de distancia, en el interior de otro automóvil, el comisario Peralta aprovechaba los últimos instantes de esa noche para disfrutar de los besos de Victoria. Había estacionado el Chevrolet en la esquina de su casa y se resistía a dejarla irse.

Victoria, sintiéndose un poco culpable por haberle ocultado el hecho de que Lautaro había ido a verla al camarín, tampoco se quería separar de él. Cuando la mano de Martín se deslizó por su espalda hasta apoyarse en sus caderas, abandonó sus labios y lo miró.

—Debería bajarme. Conociendo a mi tío; estoy segura que está esperándome levantado. Ahora que descubrió mi secreto, empezará a preocuparse, lo sé.

—Yo también me preocupo —Peralta se apartó de ella de mala gana.

—¿No has conseguido nada con Santibáñez?

Peralta negó con la cabeza.

—Oculta algo; pero cuando le mencioné el dinero que Tita tenía en su poder, me di cuenta que no sabe nada.

—¿Dinero? —Victoria miró su bolso. El fajo de billetes que le había dado Leonor seguía allí.

—Sí, pero no quiero que te involucres en la investigación.

Victoria pensó que ya era demasiado tarde. Le sonrió para cubrir cualquier rastro de nerviosismo y se acomodó el abrigo antes de disponerse a bajar del auto.

Peralta insistió en acompañarla, pero ella le dijo que no hacía falta. Lo despidió con un beso y transitó esos pocos metros que la separaban de la casa de sus tíos con el corazón en la garganta. Cuando estaba a punto de abrir la reja que daba al patio, vio que un objeto brillante colgaba del picaporte.

No podía ser, pero allí estaba… su medallita de la suerte extraviada.

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