Edición Anterior: 16 de Agosto de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 52
Muñeca brava
La inesperada llegada de Lautaro provocó incomodidad entre Victoria y Dorita. Las muchachas se estaban despidiendo en el salón cuando don Armando apareció en su compañía.

—Querida, tu amigo el periodista insiste en verte —le anunció su tío, percibiendo la tensión que se generó en el ambiente.

Lautaro no pudo disimular lo avergonzado que se sentía de encontrarse con Dorita después de no haberse presentado en la biblioteca. Lo primero que intentó hacer apenas don Armando se marchó fue pedirle perdón.

—No hace falta que digás nada —lo interrumpió la joven bibliotecaria antes de dejarlo que se deshiciera en disculpas.

—Se me presentó un contratiempo de último minuto —se excusó Lautaro poniendo su mejor cara de circunstancia.

Dorita lo miró; luego hizo lo mismo con su amiga.

—Es más que evidente qué clase de contratiempo te impidió ir a buscarme —le dijo con los ojos centellando de rabia. No quería enojarse con Victoria después de la conversación que habían compartido; pero ver a Lautaro allí, en su casa, era una realidad difícil de asimilar.

—Dorita… —Victoria, presintiendo que estaba a punto de irse, la retuvo—. No quiero que te vayas enojada conmigo.

Su amiga la miró, y tras dejar escapar un resuello, le sonrió.

—Tranquila, Victoria. No estoy enojada con vos. —Le dio un beso en la mejilla y sin despedirse de Lautaro, se marchó con la cabeza en alto como si el plantón del cual había sido víctima no le afectara en lo más mínimo.

—¡No debiste tratarla de esa manera! —le recriminó a Lautaro apenas la puerta del salón se cerró detrás de su amiga.

—Lo lamento, Victoria. Te juro que hice todo lo posible para llegar a la cita. Surgió un imprevisto, y cuando me quise dar cuenta, se había pasado la hora. —Necesitaba justificarse de algún modo y para ello, se aferró a una mentira—. Fui hasta la biblioteca para pedirle perdón por mi retraso y preguntarle si todavía seguía en pie nuestra cita; pero cuando llegué, no había nadie.

Victoria lo miró con cierto recelo. Podía creerle; sin embargo, su presencia allí la hacía desconfiar.

—¿Por qué has venido a verme?

—¿Me invitas a sentarme? —retrucó él, con una sonrisa seductora en los labios.

—No tengo mucho tiempo —respondió Victoria, cortante—. Debo prepararme para el show de esta noche.

—Será solo un momento —y sin esperar a que ella se lo indicara, se acomodó en el sofá.

Victoria se sentó frente a él para poner un poco de distancia entre ambos.

—¿Has podido devolver el dinero que te pidieron guardar?

Ella oteó por encima de su hombro para asegurarse que ni Corina ni sus tíos pudieran oírlos.

—No. Planeaba hacerlo esta noche.

Lautaro se inclinó un poco hacia adelante con la clara intención de estar más cerca de ella. La respuesta de Victoria fue moverse de su sitio para impedir que se saliera con la suya.

—No me gusta que te hayas involucrado en ese asunto. Me huele muy mal —manifestó, negando con la cabeza.

—Te agradezco la preocupación, Lautaro. Si ese era el motivo de tu visita, ya puedes irte. —Atinó a ponerse de pie y él se lo impidió, sujetándola del brazo.

—No he venido solamente a eso —le aclaró. Cuando logró que volviera a sentarse, metió la mano en el bolsillo interno de su saco y le mostró un papel—. Esto llegó hoy a la redacción de El Popular. Tu jefe se lo mandó a Julio Pagano, el periodista que te hizo la nota que sale mañana en el diario.

Victoria tomó el papel y, presa de la curiosidad, lo desplegó para leer su contenido.

Julio, necesito que me pongas en contacto con algún pez gordo de la prensa de espectáculos de Buenos Aires. Gardelia merece ser conocida a nivel nacional. Llámame cuanto antes.

F. Santibáñez.

—Parece que tu jefe no se conforma con que salgas en el diario local; quiere aprovecharse de tu talento para llegar a los escenarios de Buenos Aires.

Victoria se quedó callada. Se sintió invadida por una mezcla de sentimientos que no le permitió reaccionar. Su sueño siempre había sido cantar y lo había cumplido gracias, nada más y nada menos, que al gran Carlos Gardel. La idea de pisar un teatro en la Capital o de que su voz se escuchara en todo el país a través de alguna radio, era algo inimaginable… hasta ahora.

—¿No decís nada? —Lautaro arrugó el ceño—. Veo que la posibilidad no te disgusta.

Ella le devolvió la nota y abandonó el sofá. Lautaro la imitó.

—No tenía idea que Santibáñez tuviese planes para mí –comentó, pensativa.

—Si consigue que te llamen desde Buenos Aires, ¿aceptarías ir?

Victoria volvió a quedarse sin respuesta.

—Sería una gran oportunidad para Gardelia –insistió, parándose junto a ella para poder mirarla a la cara. No le agradó demasiado el brillo que percibió en sus ojos.

—Es un asunto que no pienso discutir contigo –replicó Victoria, molesta por su actitud.

—Sospecho que al comisario Peralta no le va a gustar nada saber que Santibáñez tiene la intención de llevarte a probar suerte a la gran ciudad.

Su comentario, cargado de mala intención, no hizo más que molestar a Victoria.

—Creo que será mejor que te vayas, Lautaro. –Se encaminó hacia la salida y abrió la puerta del salón. Esperaba encontrarse con Corina pero no había nadie en el pasillo.

Lautaro, aprovechándose de esa oportuna soledad, se acercó y le puso una mano en el cuello.

—Lo único que hago es preocuparme por vos, Victoria. No deberías tratarme así –le recriminó sin soltarla.

Victoria se apartó rápidamente de él, pero no logró zafarse de su agarre.

—Vete antes de que digas alguna cosa inapropiada o de que yo haga algo de lo que luego pueda arrepentirme.

—¿Es una amenaza? –había un tono burlón en sus palabras.

—Es solo un consejo —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos sin amilanarse.

Lautaro la desafió aproximándose más todavía. Sin darle tiempo a reaccionar, la sujetó por la cintura y la apretó contra él. Victoria quiso empujarlo, pero apenas podía moverse.

Adivinando cuál era su propósito; ella lo fulminó con sus ojos negros.

Cuando Lautaro la besó a la fuerza; se retorció entre sus brazos.

Cuando Lautaro la soltó, Victoria le cruzó la cara de un sopapo.

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