Edición Anterior: 13 de Septiembre de 2020
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Quince niños y adolescentes olavarrienses hablan sobre la cuarentena, el miedo y la nueva normalidad
Sin escuela, con encierro y compleja conectividad: los chicos de la pandemia
Quince chicas y chicos de distintos barrios de Olavarría hablan de la escuela en la pandemia, el problema de la conectividad, las angustias y las clases por Zoom. El encierro y la costumbre. Lo que costará volver a una nueva normalidad. Los que casi nunca tienen voz, hablan hoy para este diario.
Silvana Melo

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La pavorosa desigualdad que atraviesa a América Latina dejará, en la pos-pandemia, 1,2 millones de estudiantes sin regreso a las aulas. En la Argentina, la fundación que encabeza el pedagogo Alberto Croce estima en un 45% el abandono escolar cuando el virus comience a retirarse. Niños y niñas en familias arrasadas por la pobreza y la caída de los ingresos; con videollamada y zoom en exceso, en el caso de los privilegiados por la conectividad. En aislamiento medieval los que no tienen ni notebook ni datos móviles ni celular que no compartan con una familia numerosa en viviendas precarias. Los chicos y adolescentes en encierro van acumulando secuelas que los marcarán para el futuro. En Olavarría, 15 chicas y chicos dan testimonio para este diario sobre cómo viven un tiempo inédito.

Matías vive en microcentro, tiene 12 años y va a 6°. "Los primeros días de cuarentena estaba relajado, comprábamos comida para 15 días y ya está, a los 15 días íbamos a volver a la escuela y todo bien, pero después se agregaron otros 15 días y otros 15 y otros 15 y poco a poco me iba cansando; las actividades que eran normales, como usar el celular, hacer los deberes se volvían repetitivas y ya lo del descanso de la escuela me hacía peor, sin estar con mis amigos". A Matías, en una Olavarría que comenzó a sufrir más tardíamente la entrada del covid, le dio "angustia a mitad de cuarentena. Al principio era un caso en Buenos Aires… y después uno en Olavarría, había gente que no sabía cómo se había contagiado y hacía la cuarentena. Yo me asustaba porque alguien se iba a contagiar de mi familia". Hoy es consciente de que "me va a costar una nueva vida normal".

Pedro tiene 12, vive en Mariano Moreno y comenzó la secundaria virtualmente. "Al principio de la cuarentena dije un mes y ya está, no se va a extener el virus, es para relajarte y no ir a la escuela. Cuando fueron pasando los meses me di cuenta de que no estaba buena. No podés estar con las personas que más querés, tus amigos, tu familia". Aunque "gracias a las redes y a la tecnología estoy en contacto con amigos", este tiempo "te hace pensar mucho, te deprimís por algunas cosas, pensás en algo malo y te ponés triste". Como la mayoría, Pedro asegura que se acostumbró. Como Homero, que tiene seis años, apenas pudo ir tres días a su primer año de escuela y se pasó un mes protestando por la cuarentena. Sin embargo ahora ya no quiere salir de su casa. "Yo estoy muy contento acá adentro con mi mamita", dice. Cuando sale lo asusta la gente y los ruidos. Su vuelta al mundo más o menos normal va a ser compleja.

Más de 165 millones de estudiantes sin clases presenciales dejó la pandemia en América Latina. Un informe de la Fundación Voz redondea las posibles cifras de abandono escolar entre un 25% y un 45%, dependiendo de "los contextos sociales, geográficos, tecnológicos, entre otros".

Magalí tiene 13 años y vive en el barrio Matadero. "Para mí no ir a la escuela fue muy raro al ser mi primer año de secundaria. Las tareas se me complican un poco en las cosas que no entiendo. No tengo compu, me ayudo con mi celular con datos móviles y se complica al buscar señal o cuando tenemos que hacer videollamadas". Como tantos, no pudo conocer a sus compañeros porque "fui sólo 5 días a la escuela; fue todo muy raro y triste a la vez. Y el temor es el de perder el año".

Muchos alumnos hacen lo que pueden con escasa o nula conexión a Internet; sin computadora ni celular o compartiendo el mismo dispositivo entre varios hermanos y a veces con los padres, hacen malabares para cumplir con las consignas docentes. A eso se suma la pérdida de sentido, en una escuela que dejó de ser el lugar de encuentro, de contención, de socialización y donde volcar la tragedia del abuso o la violencia hoy casi carcelaria en algunos hogares.

Abigail tiene 15 años y vive en barrio Cuarteles. "Para mí ha sido un poco complicado porque me resulta más difícil hacer las tareas en casa; por suerte tengo mi propio celular y eso es una gran ayuda. No estar en contacto con mis compañeros no me gusta, aunque nos mandamos mensajes". Su temor es que "siga esto de la pandemia y no volver a estar con mis seres queridos".

Ana, Benja y Rosario viven en una quinta. Sin escuela, los tres van todos los días con su madre a la empresa que ella administra. Y se quedan hasta el final del horario de trabajo. Benja tiene 10 años y va a 4°. "Me preocupa un poco no poder ir a la escuela porque me puedo retrasar en los estudios y no aprender todo lo que debería en cuarto. Con mis amigos estoy en contacto a través de una aplicación todos los días. Me siento bien al poder hacer eso", dice. Ana tiene 12 y empezó primero de la secundaria. "Estoy aprendiendo pero sé que en clases presenciales estaría aprendiendo más. En cuanto a mis compañeros, yo empecé la secundaria y apenas fui tres días a la clase y les vi las caras nada más. No los conozco para extrañarlos".

Rosario apenas cumplió dos años y sufre el mismo sindrome que sus hermanos: la vida es ellos y sus padres. Nada más. "Rosario no ve otras personas que nosotros cinco. Un día no me quedó otra que llevarla al super y estaba a los gritos, "¡chicos, chicos! ¡un bebé! Estaba asombrada de que había otros seres humanos de su tamaño", dice su madre, preocupada por el regreso a una normalidad nueva que les costará "muchísimo" a sus hijos.

"La pandemia generó condiciones educativas totalmente diferentes a las que acostumbrábamos a transitar. Los estudiantes las han vivido de manera muy traumática. Cuando está en juego el miedo a la muerte de forma tan cercana, todo se vuelve más complejo", reflexiona Alberto Croce, director de Fundación Voz.

Tomás vive en microcentro, tiene 16 años y está en 5°. Extraña la presencia de sus amigos a pesar de que "puedo conectarme con ellos por la compu o el celu. Cuando estábamos en fase 5 pudimos juntarnos y me vino bien. No tuve momentos de angustia pero sí de aburrimiento. De querer volver a la escuela. Ahora me acostumbré, tengo los horarios cambiados como la mayoría". La costumbre del encierro es una constante en los chicos que habrá que remontar en la pospandemia. "La nueva normalidad no me asusta pero me preocupa que me cueste mucho volver a empezar a las 7 de la mañana para ir la escuela".

Por la pandemia, 10.500.000 niños, niñas y adolescentes dejaron de asistir a clases (70% en escuelas públicas). Así lo indica el estudio "Covid-19 en Argentina: impacto socioeconómico y ambiental" de Naciones Unidas. El 18% de los adolescentes de entre 13 y 17 años no tiene Internet en casa y el 37% carece de dispositivos electrónicos para las tareas escolares. Entre los que se educan en escuelas estatales, crece al 44 %.

Lupe vive en el barrio San Vicente. Tiene 16 y va a 4° de la secundaria. "No se me dificultó adaptarme a la virtualidad. En algunas materias me cuesta no tener una explicación presencial, pero mediante videos o consultas en plataformas como Zoom se me hace más fácil. En lo personal, estar en cuarentena me afectó por no estar en contacto con mis amigos. Por redes sociales o videollamada no es lo mismo que estar en el aula, en el parque o en una casa". Pero a la vez, "yo este año lo quiero terminar virtualmente. Adaptarme a la nueva normalidad me va a costar".

Catalina y Martín viven en Roca Merlo. Ella tiene 9 años y va a 3°. Extraña todo: amigos, actividades extracurriculares, la plaza, los parques. Extrañan la rutina. Incluso la tortura diaria de levantarse temprano. Martín tiene 15 y va 4° del secundario. Evalúa que "en términos generales lo vivo bien, tenemos todo lo necesario en casa. Pero es aburrida la cuarentena, porque no podés salir a ningún lado. El encierro se vuelve muy pesado". Para Martín "las clases virtuales intentan suplantar o llenar el vacío de las presenciales y no lo van a llenar nunca porque no es lo mismo una clase por una pantalla que una presencial donde el profe te controla y podés preguntarle cualquier duda".

Las pruebas Aprender habían desnudado casi un 20 % de alumnos de primaria sin conectividad en casa. Un cuarto no tiene computadora. En el norte ese porcentaje llega al 40%.

Emma tiene 40 años y vive en una piecita precaria del barrio Isaura. Tiene un niño de 8 años y un adolescente de 16. "Se nos complicó -dice- porque somos de bajos recursos, no tenemos posibilidades de tener internet ni computadora; para las tareas teníamos que bajar cosas, tener una compu y yo no tengo la posibilidad. Ellos no pudieron casi hacer nada. Pude tener un teléfono con whatsapp y recibían cosas de la escuela, pero después se me rompió y no pude tener más contacto, lamentablemente mis hijos no pudieron estudiar vía internet como los demás. Somos humildes y no pudimos. Tampoco tenemos tele para informarnos sobre todo lo que está pasando. Desgraciadamente mis hijos este año perdieron todo".

Como los hijos de Emma, habrá más niños en los arrabales de la ciudad descolgados del sistema. Otros, encerrados en sus dispositivos, tendrán miedo de volver a salir. La pandemia habrá dejado, cuando el virus retroceda, angustia, desconfianza y el temor de abrir las nuevas ventanas de la normalidad. Los chicos, casi siempre sin voz, son los más castigados por este tiempo viral.


En busca del futuro

Enea tiene 18 años y comenzó en 2020 una carrera universitaria. "Al principio estaba muy emocionada y contenta ya que la facultad es algo nuevo para mí, me entusiasmaba empezar a estudiar Psicología y a su vez iba a vivir sola en otra ciudad". La pandemia trastrocó todo. "El primer cuatrimestre fue muy estresante pero por suerte aprobé todas las materias. La mayoría de los profesores acompañan y eso ayuda un montón, al igual que los compañeros, a pesar de no conocerlos personalmente". El segundo cuatrimestre "lo arranqué un poco desmotivada, pero ahora estoy con la misma predisposición que antes". En lo personal, "me ayudó un poco porque tuve tiempo de pensar algunas cosas y además de pasar más tiempo con mi familia. Pero obviamente extraño mucho juntarme con mis amigos". Al principio "tenía bastante miedo de contagiarme, ahora por ahí lo que me preocupa es que le pase a mi familia pero igualmente trato de no pensar mucho en eso, no soy de ver muchas noticias ni números de casos porque me bajoneo un montón".

Luisina tiene 18 y vive en Hinojo. "Cuando salí del secundario me anoté en la carrera de Trabajo Social. El día en que empezaba a cursar empezó el aislamiento y comenzamos directamente de manera virtual, con muchas tareas por realizar en un principio, pero sin clases por zoom. Al estar ingresando a lo que es un sistema universitario, se complicaba mucho". Entonces "comencé a cursar, me añadieron a un grupo de WhatsApp, de compañeros, donde planteábamos nuestras dudas y entre todos podíamos ayudarnos y explicarnos. Así terminé el cuatrimestre, con videollamadas, con grupos con profesores, foros, audios, etcétera. Fue cansador a nivel personal, porque todo era nuevo para mí". En el medio Luisina se mudó para vivir con su pareja y "cada vez se complicaba más, porque no contamos con internet, se hacía más difícil hacer fotocopias, cargar crédito, pero igual seguía como podía cursando. Hasta que se complicó mucho y tuve que abandonar mi carrera". Hoy está buscando trabajo, con la esperanza de que el próximo año pueda retomar una carrera. "Temo no poder terminarla", lamenta.

Su mayor miedo "es que mis abuelos se contagien de covid, son mayores y personas de riesgo los dos. Y son todo lo que tengo, son mis abuelos, mis padres, mi sostén".

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