Edición Anterior: 14 de Septiembre de 2020
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Historias del crimen
A balazos y hachazos: la masacre en una estancia que sacudió a Médanos
Fue en 1927. Una pareja italiana y dos cómplices mataron a seis personas. Los enterraron y escaparon. Fueron atrapados y condenados.
Ante la falta de noticias de Antenor Galíndez, uno de los trabajadores de sus tierras, Serafín Pérez, ingresó a la estancia Salinas Chicas, en la localidad de Médanos, y lo primero que vio fue manchas de sangre, mal limpiadas, en las paredes. Fue a buscar a la Policía, que no tardó en llegar. En tres pozos a metros de un galpón del casco de la estancia, los efectivos comenzaron a desentrañar una escena dantesca. Una mano y una zapatilla asomaban debajo de la tierra, mal tapada con ligustros.

En esos pozos encontraron seis cuerpos, consecuencia de una masacre que sacudió la tranquilidad de esa pequeña localidad del partido de Villarino, allá por 1927. Uno de ellos era de Galíndez, un septuagenario dueño de la finca, que murió como consecuencia de un disparo en el cuello. Su esposa, Elena Molina, de 65, y sus hijos, Samuel e Irene, habían sido asesinados a hachazos y martillazos. Los otros cuerpos eran de personal que trabajaba en el lugar: una mucama llamada Emilia de García, también muerta por hachazos y martillazos, y el encargado de la estancia, Federico Winkler, que tenía su cráneo partido en dos por golpes de un machete.

¿Quiénes eran las víctimas? Los Galíndez, una familia de hacendados con unas 50 mil hectáreas en la zona y, según algunas versiones, poco gentiles con sus empleados. ¿Quiénes eran los sospechosos? Salvador Marino, de 24 años, Elvira Farulla, de 20, Gregorio Russin y Jacobo Presberg, todos trabajadores del campo. ¿El motivo? En primer momento se manejó una hipótesis de una deuda, otra de la mafia y hasta se habló de malos tratos, pero a ciencia cierta, se desconoce qué motivó a semejante salvajada.

La masacre se cometió el 22 de marzo, pero fue recién el 30 cuando la Policía encontró la escena en la estancia cuyo nombre coincide con el de las Salinas Chicas de Villarino, donde se mezcla el monte, el desierto pampeano y la estepa patagónica. Antes de encontrar los pozos, un pantallazo por las habitaciones vaticinaba lo peor. Manchas de sangre por todos lados, pese a que quisieron limpiar las paredes y los pisos, todo en medio de un desorden.

Al momento en que los investigadores empezaban a trabajar en el lugar, la pareja de italianos con su hija Pola, de 3 años, y Russin ya habían pasado por Bahía Blanca, desde donde partieron con dinero, armas y joyas hacia Santa Fe. Sin embargo, como relata Walter Katz en su libro La masacre de Salinas Chicas, Presberg, el otro cómplice, se había quedado en el pueblo y cayó fácilmente en manos de la Policía. Para salvarse, o al menos para alivianar su culpa, tuvo que hablar. Y habló.

Paso a paso

Presberg contó que el primero en morir fue Galíndez, en manos de Elvira. Mientras tanto, Salvador le partió la cabeza con un hacha a la mujer del productor. "El ruso", dijo que justo llegó a la escena con Russin y la mucama, y que ante los gritos de ella, la pareja de italianos decidió matarla. Y agregó que ellos dos se salvaron porque le ofrecieron ayudarlos a escapar. "Yo sé manejar", les rogó Russin.

Samuel e Irene, los hijos de la familia llegaron cuando el sol se despedía de esa jornada de inicio de otoño. Elvira le disparó a Samuel y Salvador atacó con el hacha a Irene, para luego rematar a su hermano que aún se movía. El último en llegar al lugar fue Winckler, el capataz que estaba recorriendo los campos a caballo. Al regresar, lo mataron a machetazos. La primera parte de la tarea estaba terminada. La segunda, ocultar los cuerpos, les demandó menos tiempo.

Pese a que eran años donde las comunicaciones hacían todo mucho más lento, con las imágenes difundidas sobre las letras de "se buscan", no pasó más de una semana para que la pareja italiana fuera encontrada. Elvira y Salvador cayeron en Cañada de Gómez, Santa Fe, mientras se desempeñaban en un campo. Su dueño, un tal Rosso, llevó sus sospechas a la comisaría local. Un operativo que incluyó a siete policías de civil los detuvo, aunque no les resultó fácil. Dieron pelea.

Russin, el último de los prófugos, fue encontrado cuatro semanas después en San Cristóbal, también provincia de Santa Fe. Su nuevo patrón, le hizo un favor a Julio Liberson (nombre que usó Russin para engañarlo): llevarle una carta al correo. Pero el chacarero, que ya venía sospechando de algunas actitudes, abrió la carta y vio que era dirigida a los padres de Russin que vivían en Bahía Blanca. Como el caso había ganado páginas enteras en los diarios de la época, dio aviso a la Policía, que lo detuvo.

Si bien en un principio Salvador dijo en principio que "unos enmascarados" había cometido los crímenes y ellos pudieron escapar, ante el juez simuló demencia y hasta involucró a Benito Mussolini en el caso. Lo cierto es que al año, la Justicia emitiría las sentencias: Russin y Marino, prisión perpetua, sindicados como los asesinos; Presberg, 20 años de prisión, y Elvira, 17 por complicidad, aunque tiempo después obtuvo la libertad condicional.

Una década después del caso, mientras pasaban sus días en el penal de Sierra Chica, Salvador escribió una carta en la que confesaba su autoría de la masacre, pese a que en un primer momento apuntó a Russin y Presberg, quienes señalaron en todo momento que habían colaborado para evitar que también los matasen. En esas líneas, el condenado italiano buscó exonerar a Elvira, aunque ya era muy tarde. La Suprema Corte bonaerense confirmó las sentencias. DIB

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