Edición Anterior: 11 de Octubre de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Crisis energética alfonsinista y la paloma que hizo estallar DEBA (hoy subestación Transba)
Los traumas de 1989: ese verano a oscuras
Además de la hiperinflación y la pobreza, el verano 88-89 trajo la dramática crisis energética de los finales del alfonsinismo. Cortes programados de seis horas y temperaturas altísimas. El 4 de febrero Olavarría sufrió un episodio singularísimo: una paloma voló en la subestación DEBA (hoy Transba) y provocó un desastre que dejó sin luz a la ciudad durante cinco días. Crónica de la oscuridad de un verano.
Claudia Rafael

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Cuando supuestamente dios, medio aburrido en su soledad universal, dijo "fiat lux" y la luz se hizo, tal vez no fuera consciente de que miles de años después el hombre crearía, por pura ambición e ineficacia, la crisis energética. La luz se cayó muchas veces y saltaron las térmicas sociales violentamente. Los veranos feroces de 1988 – 1989 y de 2013 -2014 llegaron con la oscuridad en las espaldas. Para asumirse tortura en su totalidad, la luz que se derrumba viene acompañada por olas de calor. Se retroalimentan las desgracias. Enero de 1989 fue lo más parecido a un apocalipsis: el modelo alfonsinista se caía a pedazos, la hiperinflación era un leviatán que se levantaba de los mares y de los arroyos Tapalqués y la energía se acababa. El gobierno puso en marcha un plan de cortes programados de seis horas diarias en los horarios pico. Todo era un derrumbe programado. Cuando febrero arrancaba, con un sabor acre en la memoria, una paloma abrió sus alas sobre el cableado de DEBA (todavía no había llegado Menem para privatizarlo todo), en lo que hoy es Transba. Y dejó a Olavarría viviendo como en la edad media.

Mariana Enriquez, la gran escritora que hoy es Directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes, depositó en dos cuentos el trauma de esos años. Por si es necesario aclararlo, Enríquez hace literatura de terror. "Ese verano a oscuras" es uno (el mejor de los dos, sin dudas). "Los años intoxicados" es otro, que comienza así: "1989 - Ese verano se cortaba la electricidad en turnos de seis horas, una orden del gobierno porque el país ya no tenía energía y nosotras no entendíamos muy bien qué significaba eso. Nuestros padres decían que el ministro de obras públicas había anunciado las medidas necesarias para evitar un apagón generalizado en una sala iluminada apenas por un sol de noche: como en un campamento, repetían. ¿Qué sería un apagón generalizado? ¿Quería decir que íbamos a estar a oscuras para siempre?"

No para siempre, pero para el imaginario de la época -cuando la caída al pozo era tan profunda que amenazaba con detenerse en las antípodas, en la mismísima China-, era así. Se restringió todo: la vida común, la industria, el comercio: la televisión y los bancos apenas trabajaban cuatro horas diarias. Se cayó el alumbrado público, se prohibió la iluminación de vidrieras y los carteles publicitarios. Se decretaron asuetos administrativos y escolares. La vida misma se detuvo.

Todo comenzó en 1988. El 1 de diciembre el gobierno adelantó una hora el reloj –en esos años era una medida acostumbrada para ahorrar energía- y después restringió los espectáculos deportivos al período de luz solar. Cuando empezaron los cortes programados se anunciaban un día antes para que la gente pudiera juntar agua, comprar velas –que, obviamente aumentaron más aún que la inflación desatada- y "administrar la heladera". Todo se volvió más crítico cuando empezó a faltar agua en distintas ciudades del país y cuando los cambios de tensión quemaban los artefactos. Lo que acentuaba la pobreza y la angustia de ese momento.

Los diarios y la televisión, eran transportes del apocalipsis: gente atrapada en los ascensores, vecinos sin agua, colas enormes para cargar baldes, amontonamientos para comprar hielo en estaciones de servicio y etcéteras.

Paloma sin paz

Recuerdan los memoriosos –en este caso, Daniel Ramos, entonces jefe de mantenimiento de Deba- que "la paloma entró en la zona alta tensión y redujo la distancia entre los conductores que estaban energizados y tierra. La paloma abrió las alas para volar y cuando se achicó la distancia se inició el arco eléctrico. Lo que ocurrió después fue un fenómeno netamente físico que se denomina ionización del aire. Es decir, el aire pasó a ser conductor" de electricidad.

A partir de ese instante comenzó la magia. Lo que inició como un cortocircuito entre una fase y la tierra se generalizó, alcanzó la siguiente fase y devino una gran bola de fuego que el sistema interpretó como un consumo excesivo. Las temperaturas altas de aquel 4 de febrero a las 13 contribuyeron, el aceite de los transformadores comenzó a salir por unas válvulas y el incendio se propagó hasta alcanzar a los tres transformadores de la Subestación, recuerda Ramos.

Olavarría quedó completamente sin energía eléctrica. Y la paloma, por supuesto, no sobrevivió.

El problemita "puso al distrito al borde del colapso". Decía El Popular: "Las fábricas debieron parar, el hospital y las clínicas corrían riesgos impensables, los teléfonos podrían funcionar un tiempo hasta que se agotaran las baterías, la ciudad y las localidades iban a estar toda la noche sin luz, lo mismo que las cárceles de Sierra Chica, el agua corriente se iba a agotar cuando se vaciara el tanque".

Juan Manuel García Blanco, que tuvo un infalible imán para la desgracia, estaba en Mar del Plata. Mientras, Defensa Civil se puso en marcha a toda velocidad y con una eficiencia que luego El Popular se encargó de elogiar. "Se lograron, en algunos casos sin demasiada cortesía, generadores para el hospital y las clínicas y se adoptaron de inmediato una serie de medidas, entre ellas prohibir toda reunión pública así fuese a la luz de velas para evitar que quedaran casas solas a merced de ladrones y reducir los riesgos de accidentes".

Al caer la noche la ciudad parecía estar bajo el más estricto estado de sitio. (Y treinta años después una pandemia…) "También se emitieron comunicados -Radio Olavarría dispone de generadores de emergencia- instruyendo a la población sobre ahorro de agua y teléfonos y se indicó que policías, personal del Servicio Penitenciario y del Ejército patrullarían enérgicamente". ¿Penitenciarios y ejército en las calles? Impensable. Años después, quien hizo semejante anuncio confesaba "lo único que teníamos eran los pocos vigilantes de siempre, pero nos salió redondo: no hubo un solo accidente de tránsito ni una sola denuncia por robo o hurto, que era lo que queríamos".

Hubo pedidos de excepciones: un casamiento, que se desarrolló a la luz de los soles de noche. Pero el que guardaba dos toneladas de helado en freezers desactivados recibió una respuesta mucho menos amistosa: "regálelos o tírelos", fue la repuesta obvia. El comerciante se los llevó a Azul.

En la madrugada, "con un trabajo ímprobo de la gente de DEBA y Coopelectric, se logró una conexión precaria con una vieja línea en desuso que unía a Olavarría con Azul". A la mañana llegó García Blanco tras su frustrado fin de semana de descanso "y se puso -tarde, como era su costumbre en todo acto público, pero no tanto como para perder el rol de primer actor que le entusiasmaba tanto desplegar- al frente del operativo a la vez que reclamó a DEBA el envío de transformadores de repuesto, que estaban lejos y eran de poca capacidad pero servirían para salir de lo peor de la emergencia".

Como siempre sucede, cuando se pudo "proporcionar un poco de energía para los servicios esenciales, apareció el lado oscuro". Defensa Civil e Inspección General tenían que lidiar con comerciantes que querían prender luces como si nada pasara. Con gente que jugaba al carnaval como si el agua sobrara. Con otros que querían que los cortes programados fueran en otro barrio y no en el propio. Y a las ocho de la noche, cuando arrancaba la televisión, "todo el mundo encendía los aparatos y saltaba todo el sistema". El intendente y funcionarios "fueron a Radio Olavarría a explicar la precariedad de la situación y se quedaron afónicos explicando que el encendido simultáneo de miles de televisores no era soportado". Fue unos minutos antes de las 20; a esa hora iban bajando las escaleras de la emisora y "casi se dan un colosal porrazo porque volvió a colapsar el servicio. Era el momento de la tele. Ahí mismo se decidió cortar tanto las emisiones de los canales 8 de Mar del Plata y 5 de Olavarría".

Hubo grandes apagones a lo largo de las últimas décadas. Los hubo derivados de tornados, de grandes tormentas, de fallas internas del sistema o bien, como en junio del año pasado, un desbalance y baja en la frecuencia del Sistema Argentino de Interconexión. En 30 segundos, una serie de desconexiones del sistema alcanzaron a 50 millones de usuarios entre Argentina, Uruguay y Paraguay.

A aquel gran apagón del 4 de febrero de 1989 los condimentos múltiples lo distinguen de todo el resto: altas temperaturas, los difíciles días de la crisis energética del alfonsinismo y la hazaña de una paloma que simplemente quiso desplegar sus alas sin otro deseo más que el de volar en libertad.

Cortes emblemáticos

A la 1 de la madrugada del 5 de febrero de aquel 1989 caliente, Olavarría volvió a tener luz en la planta urbana. Era un parche cuyo arreglo definitivo se lograría 22 días más tarde cuando se terminó de instalar un nuevo transformador en la Subestación Deba (hoy Transba) tras el episodio libertario de una paloma.

Son grandes cortes emblemáticos que quedan en la memoria de unos pocos en tiempos en los que suele primar la memoria Dory (aquella amiga del pececito Nemo que padecía de amnesia para los recuerdos más cercanos). Cuatro años después, exactamente el 13 de abril de 1993 ocurrió la gran "noche de los tornados" que dejó a oscuras a la ciudad y no sólo.

Entre las 20 y la medianoche del 13 de abril de 1993 "un extraordinario sistema de tormentas severas afectó los partidos de Pehuajó, Carlos Casares, Bolívar, Daireaux, La Madrid, Olavarría, Tapalqué, Azul, Laprida, Juárez, Tandil, Necochea, Balcarce, Mar del Plata. Una sucesión de tornados de intensidad F1 a F3 -es decir, con vientos de entre 180 y 300 km- produjo severos daños a lo largo de franjas orientadas de noroeste a sureste. El área total afectada fue superior a 4.000 km2.", describió en "Tormentas severas y tornados" la doctora María Luisa Altinger desde la UBA.

Algunos años más tarde, el 4 de junio de 2007 –según reconstruye Coopelectric en sus archivos- hubo una falla interna que terminó afectando al sistema urbano. Y, con menos fuerza, el 29 de noviembre de 2011 hubo un tornado con una franja de daño muy ancha "de más de dos kilómetros y medio que venía desde el oeste y se dirigió para la zona de La Máxima. Era un torbellino de media escala, un mesociclón con ráfagas de hasta 150 kilómetros de intensidad". La energía eléctrica recién se recuperó por la noche, varias horas después, tras varios intentos fallidos por reponerla.

Hace algo más de un año, cuando la pandemia no asomaba siquiera en las pesadillas más febriles irrumpió un apagón masivo que atravesó a gran parte de Argentina (excepto Tierra del Fuego), Paraguay y Uruguay. En este caso tuvo que ver con tareas de mantenimiento de Transener programadas para ese día del padre. "Hubo una falla por 1200 MW (megawatts) en el DAG (Desconexión Automática de Generación), un exceso de generación, y la pérdida de sincronismo de las centrales hidroeléctricas de Yacyretá y Salto Grande, lo que hizo perder otros 3200 MW. Desencadenando así un desbalance y baja en la frecuencia del Sistema Argentino de Interconexión. En 30 segundos, una serie de desconexiones del sistema alcanzaron a 50 millones de usuarios", reconstruye hoy Coopelectric a través de los recuerdos del equipo de técnicos especialmente para esta nota en El Popular.

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