Edición Anterior: 22 de Noviembre de 2020
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En Azul: Ella internada en el hospital pediátrico; él encerrado en el instituto Lugones
Ella 13; él, 16: un intento de femicidio como pintura de la condición humana
El martes pasado un chico de 16 intentó, de varias puñaladas, asesinar a una nena de 13. Ella permanece internada en terapia intensiva del Hospital de Pediatría. El, con confirmación de prisión preventiva, está alojado en el Instituto de Menores Leopoldo Lugones. Una historia que obliga a debatir y a modificar seriamente construcciones sociales que siguen ubicando a la mujer en la categoría de objeto.
Claudia Rafael
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A los 13 la vida planta infinitas disyuntivas. Se está en el punto exacto en el que se es niña aún y se empieza, a la vez, a asomar al universo de mujer. A los 13, una nena está internada como ella en la Unidad de Terapia Intensiva Pediátrica del Hospital Zonal Materno Infantil "Argentina Diego", sobreviviente de varias puñaladas que le perforaron los dos pulmones y se pregunta –horrorizada, ante las noticias televisivas- si realmente la quisieron asesinar. A los 16 la vida planta también infinitas disyuntivas. Se puede amar libre y amorosamente como se ama en la adolescencia, con la convicción de que será para siempre y se puede también creer que se ama cuando, en verdad, se toma como objeto inanimado, propio, personalísimo, a la otra persona que, en este caso, tiene apenas 13. Se puede negar el abandono y estar convencido de que nadie tiene ni tendrá jamás el derecho de abandonarnos y creer que las otras personas están en el mundo para ser colonizadas, con la imposición de la muerte, cuando simplemente dijeron no, dijeron basta. Mientras ahora, se consume sabiendo que el futuro depende totalmente de otros dentro de una celda del Instituto de menores de máxima seguridad Leopoldo Lugones. Y que la espada de Damocles penderá sobre su cabeza por al menos 180 días, como se definió en el otorgamiento de prisión preventiva el viernes pasado por intento de femicidio, ocurrido el martes poco después de las 19 en San Martín entre Leyría y Castellar, de la ciudad de Azul. Y esa espada penderá con mayor fuerza aún a la hora del juicio en el que la pena –por tratarse de una tentativa de homicidio calificado por femicidio- oscilaría, al ser menor de 18, entre los 5 y los 10 años. Es decir, que saldría en libertad recién a los 21 –con la pena mínima- o a los 26, si le otorgaran la máxima. Y cabe preguntarse cómo se sale a los 26 de ámbitos concentracionarios, en gran medida hacinados, olvidados de la vida misma, insertos en otras pujas de poder en las que probablemente sea muchas veces, él mismo, victimizado.

No hay que esperar a la adultez para bucear en las figuras penales de femicidios o de intentos de femicidios. Y la tragedia azuleña (porque para la humanidad es una tragedia que un chico de 16 haya intentado asesinar a una chica de 13) obliga a repensar, una vez más de miles, qué construcciones sociales se han forjado en comunidades afianzadas en estructuras patriarcales intensas.

Números que desnudan

Las estadísticas, en todo caso, más allá de servir para fijar políticas, permiten hacerse una idea de la cantidad de historias similares en cada geografía.

La organización feminista "Ahora que sí nos ven" publicó en octubre los resultados de un informe que da cuenta de los femicidios consumados durante este año pandémico. El 23 por ciento ocurrió en la calle, como el intento del martes en Azul; el 21,2 por ciento fue con el uso de arma blanca, tal como sucedió el caso desarrollado en esta nota y 43 de los más de 250 tuvieron víctimas con menos de 20 años. Puntualmente, 18 tenían menos de 12; 5, entre 13 y 15 años (como en esta historia) y las restantes 20, estaban entre los 16 y los 20 años (en este rango está incluida la olavarriense Valentina Gallina).

A su vez, las cifras de la Corte Suprema de Justicia (basadas en el Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina) plantean que entre 2017 y 2019 hubo 47 niñas menores de 14 años, víctimas de ese delito. Fueron 9 en 2017; 20, en 2018 y 10, en 2019 y se suma a esa data que hubo 8 víctimas de femicidio vinculado (4 en 2017 y 4 en 2019). "Este total de 47 víctimas menores de 14 años representan el 5,7% del total de víctimas de femicidio de 2017 a 2019", se lee en el informe. Analizadas las cifras desde otra perspectiva, las víctimas de femicidio con menos de 20 años fueron, entre 2017 y 2019, 119. Es decir, una cada 9,2 días.

Sin embargo, a la hora de analizar la edad de quienes son definidos como "los sujetos activos de femicidio directo", es decir, los sospechados o imputados por este tipo de delitos, las cosas cambian. Los números de la Corte Suprema respecto de 2019 ubican el promedio etario en 38 años. "Del total de los 266 sujetos activos, sólo 4 tenían menos de 18 años al cometer el femicidio directo y de ellos solo 1 tenía 15".

Esta seguidilla de números, porcentajes y edades demuestran que el chico hoy encerrado en el Lugones tiene una de las edades más bajas para este tipo de tentativas. Si bien hasta ahora se negó a declarar, fue entregado por su propio padre, indicaron dónde estaba el cuchillo utilizado, se secuestró el celular del chico (que está por ser revisado por expertos informáticos) y se está a la espera de un turno para las pericias psicológicas y psiquiátricas. Y no se trata de concentrar en él todas las culpas de la historia completa de los femicidios consumados y en tentativa a lo largo de la humanidad como suele hacerse. Más bien se trata de desmenuzar las construcciones sociales que llevaron a que un adolescente piense en asesinar a una chica con la que tuvo un vínculo amoroso de meses. Ella –como suele ocurrir en la enorme mayoría de los casos de femicidios consumados o en grado de tentativa- simplemente dijo "no", según los testimonios familiares. Y el "no", en estructuras sociales forjadas en torno a un modelo patriarcal (que, además, tiene los nefastos condimentos del extractivismo y del capitalismo), suele activar la crueldad como mecanismo obturador de la vida.

Seguramente habrá quienes pugnen por declarar la inimputabilidad del chico por problemas en su salud psíquica. Pero el resultado de las pericias podrá responder únicamente por este caso puntual y no así por la realidad del enorme universo de femicidios y de tentativas. En este universo hay otras variables que tienen directa relación con un modelo de pensamiento forjado a lo largo de las décadas. Que implica una puja de sentidos que se dirime en una batalla cultural de siglos. En la que hubo avances y retrocesos pero también una reacción violenta del machismo exacerbado ante la sólida avanzada feminista de los últimos tiempos.

No es posible pensar únicamente en tiempo presente. Es imprescindible tener la perspectiva histórica y traer nuevamente a esta columna las palabras del psiquiatra Alfredo Grande, cuando definió que "cuando se habla de femicidios, el mayor a lo largo de la historia fue la quema de brujas. No se puede perder de vista que la matriz del femicidio ha estado dada por las estructuras religiosas y la institución más siniestra fue la inquisición".

Pasaron cientos de años. Y si bien ya no existe la quema de brujas del modo en que se desenvolvió esa práctica siglos atrás, hay otros modos de "quema" que persisten en el tiempo (e, incluso, el milenario Satí de la India en el que las mujeres deben inmolarse al entrar a la viudez). Hay, en la actualidad, prácticas más modernas en las formas de vinculación social pero el trasfondo y los condimentos propios de las pugnas de poder no cesaron.

Las Mariposas

Este miércoles se cumplirán los 60 años desde el crimen de "las Mariposas" Mirabal, en República Dominicana que dio lugar a que cada 25 de noviembre se conmemore el "día de la no violencia contra la mujer". Con la certeza, además, de que se trata de una violencia de raiz profundamente política. No sólo por el significado de "las Mariposas" que, con su lucha, sumaron a la caída del dictador Trujillo. Sino porque además, es una determinación de base política la de concebir a una parte de la humanidad como objeto digno de ser crucificado, quemado, acuchillado, baleado.

Esta semana, Marta Montero, enfermera, trabajadora marplatense pero más conocida como la madre de Lucía Pérez, asesinada hace cuatro años por un grupo de hombres apañados por la justicia, mostró su infernal crecimiento de conciencia cuando escribió –dirigido simbólicamente a su hija- "pronto tendremos justicia. Se va terminar el colonialismo con el cual quieren seguir vulnerando tus derechos y creen que vamos a tolerar este genocidio y esta tortura que hicieron con vos". Y convocó a salir a las calles por todas las víctimas de femicidio.

También por aquellas que podrían haberlo sido y sólo el azar lo impidió. Pero que, como la niña de 13 años azuleña, internada aún en el hospital materno infantil, quedarán tatuadas para siempre por la crueldad femicida que intentó bloquear, con su vida, la decisión de decir férreamente que no.

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