Edición Anterior: 26 de Noviembre de 2020
Edición impresa // La Ciudad
El último inmortal
Daniel Lovano

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Como cada martes, como cada día de la semana durante mi infancia, ese martes de agosto de 1973 cerca de las 14 también fui a esperar a mi viejo a la parada de Saavedra y Las Heras.

Más o menos a esa hora llegaba el micro "La Estrella del Sur" con los obreros de Calera Avellaneda, pero los martes eran distintos a todos los demás días porque mi viejo siempre descendía con la revista "El Gráfico" debajo del brazo.

La puedo describir porque aún la conservo, no porque cuente con una memoria prodigiosa: en la tapa destacaba el empate 1-1 entre la selección argentina y Atlético de Madrid en España y, como en esa época ni la publicidad ni el autobombo antes de la publicación tenían el carácter hiperbólico de la actualidad, cada vuelta de página constituía un nuevo descubrimiento.

Hasta que llegué a un lugar que cambió mi vida futbolera para siempre.

Una doble página enfrentada, con la firma de Horacio Del Prado sobre los "Cebollitas", aquel mitológico equipo de Argentinos Juniors.

"Estos pibes la rompen" era el título.

Entre todas las fotos un pibito, la pelota en el aire, el trote, la mirada fija y un epígrafe premonitorio que decía: "Diego Maradona. Correntino (sic) de 12 años. Ya las sabe todas".

No me olvidé más de la escena.

Mi viejo tomando la merienda, yo leyendo "El Gráfico"; cuando terminé la nota lo miré y le dije: "Mirá si este chico llega a ser mejor que Pelé".

Levantó la vista con la taza de mate cocido aún en su mano y con una mirada indulgente me respondió: "Ojalá Dani, pero Pelé es muy grande".

Mi viejo lo perdió por unos cuantos años; yo traté de seguir de todas las maneras posibles el derrotero de ese pibe morchito, de una zurda prodigiosa, con sonrisa cristalina, la lengua afuera y la pelota siempre pegada al botín zurdo.

Como se pudo ver en esa época de antenas altísimas y señales débiles, en aquellas imágenes haciendo jueguito para el programa de Pipo Mancera. "Mi primer sueño es jugar en el Mundial y el segundo salir campeón" soñó esa tarde.

Cuando los noticieros lo pasaban haciendo malabares con la pelota en los entretiempos de los partidos de Argentinos.

Escuchaba "La Oral Deportiva" del "Gordo" Muñoz por si decían algo, no me perdía los partidos de los domingos al mediodía en Canal 7 por el campeonato Evita.

Lo recuperé en otra foto de "El Gráfico", consolando a la sombra el llanto de un pibe correntino que había quedado eliminado en las finales nacionales de los Evita, que se hacían durante aquel peronismo de los ‘70 en Embalse Río III.

Los años pasaban y una tarde, con mi radio portatil en mano y mi viejo arriba de un andamio, levantado las paredes de la nueva cocina, llegué corriendo y le grité: "Papi, papi, debutó Maradona en la primera de Argentinos Juniors. El pibito que había salido en una revista El Gráfico, ¿te acordás?".

La historia dejó grabado para siempre ese 20 de octubre de 1976.

La misma escena un par de semanas más tarde, cuando le hizo a Lucangioli, el arquero de San Lorenzo de Mar del Plata, sus dos primeros goles como profesional en el demolido estadio "San Martín".

Maradona me siguió y lo seguí desde mucho antes de ser Maradona; me obligó a hacerme hincha de Argentinos Juniors y a buscar en el dial con la paciencia de un arqueólogo alguna radio que transmitiera los partidos.

No era tarea fácil.

Maradona fue el causante de las cargadas en la secundaria, porque reconozco que yo era insoportable y monotemático cada lunes que había un nuevo prodigio dominguero para contar con esa camiseta de color rojo sangre.

"Es un gordito agrandado por la prensa" era la ironía más común que escuchaba.

Nada bastaba, tampoco el Mundial juvenil de 1979. "Jugó contra chicos..." me cuestionaban.

En la previa a la Navidad de 1979 abrí EL POPULAR y anunciaba que esa noche Maradona patrocinaba una fiesta del Patronato de la Infancia (Padelai) en el Luna Park y, en lugar de una foto había un dibujo de Diego.

Le robé a mi vieja una cartulina que usaba para darles altura a las tortas, hice una cuadrícula sobre el dibujo original, la repliqué en la cartulina en tamaño ampliado y línea por línea fui copiando esa imagen caricaturesca, con Diego, su sonrisa y la pelota.

Me acordé el título de una película sobre Muhammad Alí de 1977, y rodeando la figura escribí "Diego Maradona - El más grande", lo firmé y debajo puse la fecha (23-12-79).

Doblé esa cartulina en unas cuantas partes, la guardé y pensé: "Algún día nadie me va a poder decir nada sobre esta frase. Y ese día voy a poder mostrar este dibujo a todos".

Diego nos regaló durante muchos años motivos para ser inmensamente felices cada siete días. Diego atravesó fronteras, razas, religiones.

Un mes en nuestras vidas nos hizo madrugar para ver un campeonato Mundial de pibes en Japón; prender la tele los domingos a la mañana para seguir a su Napoli, y nos regaló con un protagónico excluyente ese invierno de 1986 único, irrepetible, intransferible, inexplicable.

Nos hizo gritar, nos hizo llorar, nos abrazamos con desconocidos, besamos más fuerte que nunca a los conocidos por él.

El crack ya estaba; en México 86 nació el mito inmortal.

Con una pelota en sus pies, Diego fue arte en su máxima expresión.

Fue Mozart, fue Picasso, fue Beethoven, fue Da Vinci, fue Michelangelo, fue Los Beatles.

Se fue joven Diego, como los grandes mitos de la argentinidad.

Se fue un 25 de noviembre, el mismo día -cuatro años después- que su gran amigo Fidel Castro, el mismo día que mi abuelo…

¿Adónde se fue Diego?

Si los inmortales no se van nunca.

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