Edición Anterior: 8 de Agosto de 2021
Edición impresa // La Ciudad
Desde las Juanas (la de Arco y la Loca) hasta el acoso mediático a Florencia Peña
La mujer reducida a un instrumento sexual: misoginia con sello nacional
Las acusaciones de locura, brujería o prostitución hacia las mujeres han sido una constante a lo largo de la historia. Han sido los tiempos los que terminaron marcando cuál sería el mote a asestar. Desde Juana de Arco o de Juana la Loca a esta parte simplemente hubo modernización en los métodos. Ni Iglesias ni Wolff acosaron a figuras como Brandoni, Suar o Rottemberg que, por los mismos motivos que Florencia Peña, ingresaron a Olivos en lo más estricto de la pandemia.
Claudia Rafael

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Cinco años después de filmar "Lo que el viento se llevó", George Cukor creó en los personajes de Ingrid Bergman y Charles Boyer una historia ficcional (en la que ella es puesta en el lugar de la locura por la crueldad de su pareja) que aún hoy se aplica para acosar judicial y mediáticamente a infinitas mujeres. En un vínculo de pareja rota, en la acusación de fiestera, de prostituta de lujo o de pacotilla, todo vale. Da igual. En verdad, las acusaciones de loca, bruja o meretriz vienen de mucho antes de aquel 1944 en que Cukor filmó Gaslight. Juana de Arco supo mucho de eso y su cuerpo ardió en el fuego. Juana I de Castilla (Juana la Loca) pagó con el encierro por años a partir de las pujas de poder y la locura de su mote impuesto la acompañó por los siglos de los siglos.

Hoy no escandalizaría demasiado que a Florencia Peña le adjudicaran el sello de loca como precepto derivado de la locura entonces se lo asestaron en otra de sus derivaciones: prostituta y petera. Término, este último, introducido por un legislador que poco legisla y marca territorios en los ámbitos de poder en los que elige jugar. Masivizado en las redes con el #lapeteradelpresidente. Iglesias no aplicó ninguna de las calificaciones usadas para Peña en relación, por ejemplo, a Luis Brandoni, Adrián Suar o Carlos Rottemberg, que ingresaron a la residencia de Olivos en los mismos días y con los mismos propósitos. Las opciones serían: o Florencia Peña es una figura más jugosa para explotar y exponer o bien a los diputados Iglesias o Wolff no se les cruza mínimamente la posibilidad de un affaire gay del presidente. No se atreverían a semejante afrenta que les pondría en cuestión sus propias masculinidades.

Desde el viejo mito de Eva Perón acostándose con el cantante de tango Agustín Magaldi para poder escapar de su pueblo a todas las historias creadas o fogoneadas acerca de cuanta mujer ocupó puestos de poder o estuvo a punto de hacerlo. Cabe transportarse en el tiempo hacia los días del debate sobre la resolución 125, hace ya 13 años, que promovía retenciones agropecuarias, y recordar a los dirigentes ruralistas vociferando que "no nos vamos a poner de rodillas" y que "queremos de rodillas a Cristina". Siempre aparece esa misma y sistemática postura con inequívocas connotaciones.

Por estos días el intercambio twittero entre Iglesias y Wolff llevó agua para el mismo molino. "Para mí la señorita iba a ayudarlo a encontrar la perilla que enciende la economía para poner a la Argentina de pie", escribió Iglesias. Y la respuesta de Waldo Wolff remató: "Pero de rodillas no?". A la entonces presidenta la deseaban de rodillas. A Florencia Peña la imaginaron de rodillas. Una postura que parece representar la sumisión sexual más absoluta ante el poder en tiempos de feminismos y avanzadas de las mujeres en la búsqueda de igualdades.

La historia de las violencias reales y simbólicas hacia las mujeres data de mucho más tiempo que la arremetida actual. Y en el mismo Congreso de la Nación hubo reacciones a medias y de las otras. José Alperovich, denunciado por violación por una sobrina segunda y ex asesora suya, logró extender su última licencia hasta diciembre, en que concluye su mandato como senador. El diputado Juan Ameri se vio obligado a renunciar tras aparecer, durante una sesión legislativa virtual, besando el pecho de su propia pareja.

Acoso olímpico

Y nada de todo esto se acota exclusivamente al universo político.

Nadia Podoroska, la tenista rosarina que en 2020 pasó del puesto 255 del ranking al Top 50, que llegó en Tokio a la tercera ronda, fue víctima de acoso en las redes. "No vi ningún partido de Podoroska, pero voy a ver el próximo así pierde. No quiero a ningún kirchnerista feliz", le escribían. "La inflada Podoroska cayendo como buena zurdita kirchnerista que es. Seguro que después lo culpa a Macri". Una década después de Gisela Dulko, la rosarina logró estar en un puesto de elite en el tenis mundial. Pero fue víctima, como ninguno de sus pares varones, de la crueldad del acoso.

La nadadora Delfina Pignatiello, a sus 21 años, llegó a los juegos olímpicos pero ante los resultados adversos pasó en un instante a ser la más odiada del mundo. "La gente es muy cruel, y por más que la ignore quiero cuidar mi salud mental por sobre todas las cosas", publicó al mismo tiempo que se iba de todas las redes sociales por los ataques imparables que recibía.

El fin del patriarcado

Alberto Fernández, en su discurso del 14 de enero pasado, cuando promulgó la ley de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), se atrevió a una frase para la historia que probablemente, ni siquiera él mismo se creyó. "Estoy muy feliz de estar poniéndole fin al patriarcado", pronunció flanqueado de Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad, y de la secretaria de Legal y Técnica Vilma Ibarra.

La arremetida contra Florencia Peña, después de una visita a Olivos, le debe haber permitido entender que la famosa frase era apenas un manojo de pompas de jabón lanzadas al aire.

Hubo un tiempo en que a las mujeres las quemaban por brujas y por locas. Las encerraban en un psiquiátrico, en una cárcel o en un hospicio de por vida. Les hacían creer que estaban desquiciadas o las enloquecían para aleccionarlas ante elecciones o decisiones consideradas por fuera de la norma. Había que quemar para normatizar al resto. Había que encerrar para enseñar con el ejemplo. Había que someter para hacer entender que no se pueden sacar los pies del plato.

La modernidad, los avances tecnológicos, las redes sociales proponen otras herramientas. Que, en muchos casos, tienen como aditamento las descalificaciones desde lo sexual. A Evita la quisieron bajar de los altares con el mote de prostituta o le dedicaban un "viva el cáncer" en las paredes. A las desaparecidas de la última dictadura las quisieron someter bajo torturas que incluían la violación y todo tipo de abusos de connotación sexual. A las Madres de Plaza de Mayo les colgaron el sanbenito de "locas". A Cristina Fernández le gritaban "yegua" o se lo dedicaban en pancartas pletóricas de odio.

El ex juez Carlos Rozanski decía en una charla en Bariloche que "el cuestionar el equilibrio emocional de las mujeres víctimas, tratar de loca a la denunciante es inequívocamente parte de la estrategia y no se desarticula esa estrategia, hay que trabajar en desenmascararla".

Detrás del affaire Peña podrán esconderse otros aditamentos que, por otros carriles, requerirán de respuestas en medio de situaciones de mucha angustia y desamparo que impedían reuniones, festejos y despedidas. Pero el camino elegido por una parte de la clase política para cuestionar no tiene claramente ese fin sino el de profundizar el viejo sendero de la inequidad de género. Y nunca, a la hora de aleccionar, se elige a las anónimas. El sometimiento es mucho mayor si a quien se logra poner de rodillas –como en definitiva y sin sutilezas siempre se busca- es a una mujer que goza del reconocimiento masivo y se salió de la horma.

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