Edición Anterior: 8 de Agosto de 2021
Edición impresa // La Ciudad
Cervecero, gastronómico, abogado, José Eseverri fuera de la representación política
"Hubo un conformismo impensado sobre el rol policial del Estado en la pandemia"
Hace exactamente hoy diez años. José, Cristina y Scioli arrasaban en las PASO de 2011. Más del 50% de los votos. Y el poder parecía para toda la vida. Hoy el eseverrismo dejó de tener representación parlamentaria por primera vez desde 1983. Y el hijo de aquel hombre que gobernó veinte años piensa y se repiensa mientras construye una vida privada. Ve "muy mal" a la Argentina, no acepta "el capitalismo de la vigilancia" y asegura que sin "una mirada estratégica" no hay futuro.
Silvana Melo

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Tiene la edad de su padre la primera vez que fue intendente. Pero está muy lejos de aspirar a un regreso al despacho municipal. La invulnerabilidad electoral histórica del eseverrismo quedó golpeada después de dos derrotas. Y hoy, en un vacío impensado, ese eseverrismo de Helios y José se quedó incluso sin representación legislativa. Una virtual inexistencia política que él abona con su perfil comercial de gastronómico y cervecero, para descomprimir los pleitos que sigue tratando de dirimir desde su estudio de abogado. Asegura que nunca dejará de hacer política, aunque no es imprescindible hacerlo desde un cargo público. Cree que la incursión de nuevas generaciones "nos dejó afuera" y habla de los pre 55 como él. Exige una mirada estratégica en la política de estos tiempos que reemplace "al plan y al subsidio como respuesta". Y se asombra de "el capitalismo de la vigilancia" que, dice, se desarrolló durante la pandemia, "sin reacción de la ciudadanía ni del progresismo".

Hace exactamente diez años, un domingo como éste, José Eseverri arrasaba en las PASO con más de un 50% de los votos. Como Daniel Scioli en la provincia y Cristina Fernández en la Nación. En las generales José superaría el 52 % y Cristina el 54%. Eran tiempos en que no era fácil pararse a pensar en que el poder es peligrosamente efímero.

Una década después él tiene barba tupida y el cabello blanco, no usa más anteojos y asegura estar dispuesto a repensarse a sí mismo.

Exodos y respiros

Pasó lo peor de la pandemia levantando su emprendimiento cervercero. Los Monos Sabios buscan "ser una fábrica importante a nivel nacional" y por eso "la peleamos día a día para invertir, pagar sueldos y tratar de no fundirnos". En un país, dice y repite durante toda la conversación, donde "los marcos regulatorios del empleo o los fiscales, imposibilitan desarrollar una actividad económica".

Quienes lo conocen, un poco no más, ven cómo uno de sus socios se muda a España y cómo su última representación legislativa, Victoria De Bellis, dejó la banca con el mismo destino. Algunos se atreven a presagiar un derrotero similar para él. Pero su desmentida es contundente.

Recordó que "dije que este año no iba a intervenir en la política local, no me interesaba cómo se estaba conformando; había liderazgos claros que llevaban adelante el Frente de Todos y había que dar un respiro a la gente de mi presencia electoral después de tanto tiempo". Su vínculo con el Frente de Todos es tan ambivalente como ha sido su ida y regreso del kirchnerismo y su construcción amorodiante en el peronismo. Hoy sigue sostenido por las cuerdas de los intendentes y del ministro de Obras Públicas Gabriel "Katopodis que es uno de los mejores ministros del gobierno".

Es la primera vez que el eseverrismo no late en las venas políticas de la ciudad. No está. Y él dice no sentirlo como traumático. "No es mi momento, tengo que repensarme a mí mismo".

Rumbos y transiciones

Desde esa decisión de quedarse y repensarse puede ver "muy mal a la Argentina, con una necesidad urgente de encontrar otro rumbo. Somos presa de una democracia que después de 40 años tiene que rendir cuentas; estamos con niveles que, pre pandemia, ya eran catastróficos en pobreza, indigencia, economía en negro". El país, dice, "nunca hizo una transición a una economía capitalista moderna, donde valga la pena invertir y generar trabajo". Entonces "se ha ido consolidando una economía basada en los planes. Cuando ves que el mundo va hacia una economía del conocimiento, que la pandemia aceleró mucho más, aquí hay sólo recetas viejas que hace cuarenta años que se ponen en práctica".

Mira hacia atrás y enumera. "Ya gobernaron todos. Macri, Alfonsín, De la Rúa, Menem, Kirchner, que para mí marcó algunas pautas de cómo había que gobernar la Argentina cuando habló de los superavits gemelos, pero eso se tiró por la borda después de 2010. Todos hicieron más o menos lo mismo. Encontraron distintas formas de financiar el déficit fiscal, que fue el que arruinó el plan Austral, la Convertibilidad y el orden que había puesto Kirchner en las cuentas públicas. Los resultados fueron altísima inflación o endeudarse como nos endeudó Macri con una receta que ya habían usado los militares".

Pandemia, salud y vigilancia

En este año y medio "lo más preocupante que se generó en los gobernantes es lo que en el mundo se llama el capitalismo de la vigilancia: todos, sin distinción de espacio político, crearon mecanismos de control ciudadano impensados que no produjeron reacción ni en la sociedad ni en los sectores progresistas". Dice Eseverri: "hubo progresistas que propusieron políticas de alta vigilancia, de control policial, de seguimientos por las app, frente a las que sectores de derecha se sentían muy cómodos con mucha policía en las calles desplegando mucho poder y mucho exceso también; no importa quién gobernara en las ciudades, todos tomaban las mismas medidas. Y no eran sanitarias, eran de control policial sobre la libertad de las personas".

Respira, piensa y sigue: "esto no es simpático, no es cómodo decirlo, pero a futuro quedamos todos registrados en una app, todos vigilanteados, con la policía resolviendo los problemas. Cuando el gobierno debió empoderarnos a los ciudadanos y responsabilizarnos a nosotros". Pero "ves a estos estúpidos que llegan del exterior y no se aíslan por sus propios medios; cómo vamos a necesitar un gendarme para cada tipo que venga del exterior y que el imbécil no nos meta la cepa Delta en la Argentina". Estos episodios "son parte de nuestra irresponsabilidad individual. Era impensable sospechar el conformismo que hubo en sectores progresistas sobre el rol policial que tuvo el estado en la pandemia. Se callaron la boca todo el año pasado".

El covid y sus infinitas variantes "sorprendió a los Estados con muy poca inversión en la salud pública. Hay excepciones como Olavarría, con el sistema de salud que dejé yo en 2015 y alguna inversión más. Pero también hay que ser justos con los gobernantes porque se gobernó sin un manual, entonces es muy fácil criticar, opinar, pero había que estar ahí. Más de una vez me he puesto en la piel de Ezequiel (Galli) cuando uno tiene que enfrentar una situación tan desconocida como fue la pandemia".

Trabajo y planes

De regreso a sus obsesiones, a la "necesidad de una mirada estratégica", evaluó como "fantásticas" medidas como "el IFE y el ATP que hicieron que el país no se prendiera fuego". Pero otras "salieron de esa caja de herramientas vieja que desalientan la inversión: un gobierno totalmente conservador en leyes laborales, donde Macri tampoco tocó una coma. Conservadores han sido todos. Nadie modificó las leyes laborales y los convenios hechos hace 45 años".

La mirada de Eseverri sobre el sindicalismo es impiadosa. "En la economía del conocimiento no puede haber este sindicalismo. Cuando gran parte de las prestaciones públicas son on line, se necesita un Estado moderno. El gran desafío es ofrecer en 2023 un modelo de desarrollo que incluya a las provincias, al interior bonaerense, al sur petrolero, donde se generan las divisas pero recibe el golpe de un Gran Buenos Aires que necesita recursos crecientes para atender a una masa de gente a la que no se inserta en el mundo del trabajo". Y vuelve: "por razones educativas, culturales, fiscales y legales como son los marcos regulatorios del empleo, que imposibilitan desarrollar una actividad económica".

El hombre que fue dos veces intendente, hijo del que gobernó gran parte de esta historia, piensa que "nadie puede estar contento con pasar de tener, en plena crisis de 2001, dos millones de planes a hoy, veinte años después, superar los diez millones: es la expresión más clara del fracaso". Por eso insiste con la necesidad de "ideas nuevas y coraje; si no estamos condenados a vivir en una sociedad pobre donde los pibes se te van. Física o digitalmente. No están interpretados por el marco legal ni las leyes laborales", reitera su obsesión.

Si no hay mediano plazo, analiza, "no es posible el mantenimiento preventivo de la realidad. Hoy el único acuerdo tácito de la política es que las cuestiones sociales no exploten: el plan y el subsidio son la respuesta más fácil". Entonces "hay que modernizar la cabeza de nuestros dirigentes. Cambiar la caja de herramientas. Ver qué hace el peronismo. Si no lo va a hacer la derecha y va a ser muy duro para la gente".

A los 53 años José Eseverri parece algo decepcionado de la política dura y ejecutiva a la que se vio empujado casi de prepo en ese 2007, cuando el candidato real, su padre, abdicó. Enfermo y sin energías. Moriría un mes y siete días antes de la elección que su hijo ganaría para ocupar ese despacho. Todavía lastimado por una vida que lo apuró.

Hoy, cuatro años después de que Esteban Bullrich aconsejara a los desocupados del conurbano que se dedicaran a la cervecería artesanal, José entronizó a los monos con ínfulas de sabiduría y los etiquetó en las botellas de su propia cerveza. Mientras firma los últimos papeles de la jornada en el estudio siente que en estos días la vida está pasando por ahí.

Treinta años de ciudad

"Las ciudades tienen su ciclo", asegura. "Con mi viejo marcamos un ciclo de treinta años y quedó la importancia de las políticas sociales, del progreso e inversión constante en obra pública. Es lo que me mantiene en la buena opinión generalizada según las encuestas". Afuera de ese oleaje, "tengo hecha mi propia autocrítica pero sé que también fui víctima de una forma de hacer política muy cruel y destructiva de los que no pensaban igual y de no entender que me tocó en lo personal hacer esfuerzos para que Olavarría se subiera a un tren de inversión nacional del que estaba convencido y que trajo obras enormes que no se verán en años". La experiencia de la adhesión al kirchnerismo más duro fue un trauma político. "Era otra forma de gestionar el Estado".

Después "el proceso natural que vivió el peronismo y el propio Cambiemos con la gente que se incorporó a nosotros nos dejó afuera". Asegura que "nunca pensé en la eternidad del poder ni en quedarme en la Municipalidad toda la vida". Pero a la vez "no creo en las leyes que imponen cortar períodos (impedir reelecciones). Lo legal que se quiera imponer por sobre la voluntad popular no es sano".

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