Edición Anterior: 16 de Septiembre de 2008
Edición impresa // La Ciudad
En el Día de la Industria se premiaron esfuerzos
El reconocimiento del trabajo incansable
Augusto Carreira Neto recibió el reconocimiento como formador por sus 20 años en la enseñanza dentro del Iteco; Daniel Block, como emprendedor luego de 40 años fabricando motores; y Scipioni Hermanos como pioneros en la metalúrgica por varias generaciones. Las tres historias coinciden en sacrificios, el emotivo reconocimiento de la gente y la familia como base en cada paso.
Cada premio, cada historia, tienen en común el esfuerzo, las horas incontables dedicadas al trabajo y la emoción del reconocimiento de los otros. Ascensos emocionantes y caídas vertiginosas. Y la familia detrás, debajo, al lado. Sosteniendo. Empujando. Esperando.

Augusto Carreira Neto recibió el reconocimiento como Formador. Hace 58 años que trabaja. Egresó de la escuela de artes y oficios cuando la Coronel Suárez se llamaba Humberto I, trabajó con Francisco Mazzeo durante 10 años y en 1959 se largó solo en la metalúrgica. Cierta inestabilidad del mercado le hizo pensar en otros caminos y, cuando vio un aviso en el diario en el que se buscaban operarios de construcciones mecánicas, se presentó "como para separarme un poquito del taller", cuenta Augusto. "Pero ese poquito duró 20 años", aclara sonriente.

Augusto tiene el pelo blanco y la voz aterciopelada. Esta gustoso de recorrer su historia mentalmente, se le nota en cada sonrisa que se le aparece en la cara casi como un movimiento involuntario. "Lo que más me gustaba de formar es ver es que los alumnos aprendían un oficio y podían ser más útiles a la sociedad", cuenta el maestro con alivio, y reconoce que tal vez fue algo estricto como docente. "Eran chicos a veces difíciles de manejar. Claro, a lo mejor yo era un poco rígido, tal vez demasiado, pero así me habían criado mis padres", se excusa argumentando que "han salido buenos obreros, unos 70 operarios que hoy son patrones". Eso lo enorgullece. Es la prueba inapelable de que ha hecho un buen trabajo. Eso es lo que hace que al fin y al cabo no importen los acrílicos con inscripciones en forma de premio oficial. Augusto recuerda a sus alumnos y empieza a hablar más lento. Traga saliva y el brillo de sus ojos empieza a titilar. "A fin de año me llaman para agradecerme por cómo los tenía, porque si no, no serían lo que son ahora", cuenta el maestro virando la mirada, como viendo en alguna pantalla invisible el recuerdo de aquellas clases. Algunas lágrimas se asoman por sus ojos pero no las deja caer. "Me emociono un poco porque son cosas que uno no se espera, como el presente ése", admite Augusto, y señala con la cabeza el premio que permanece guardado en una caja, pero a la vista y disposición de quien lo quiera ver.

Carreira Neto hizo a veces de padre. "Cuando sentía una palabra que yo sentía que no correspondía al vocabulario del taller, los reprendía. Acá siempre me importó que cuando el alumno u obrero saliera de acá que ya llevara una educación como para que cuando se fuese del taller, se comporte de manera similar", recuerda, y reaparece tácitamente la figura de sus padres. Y también se manifiestan problemáticas sociales. "Las necesidades de capacitación son enormes. Yo tengo chicos que vienen acá, que son gente muy humilde y quieren salir a trabajar de inmediato, y los tengo que frenar porque primero hay que sembrar para cosechar", relata.

Augusto Carreira Neto tiene 76 años recién cumplidos y está lejos de abandonar el taller. "Bajo ningún punto de vista este premio me significa una razón para retirarme. Todo lo contrario; es un aliciente para continuar", asevera.

La misma fuerza inagotable se escucha en la voz de Daniel Block, que tiene ascendencia alemana y heredó algo más que el pelo rubio y los ojos claros. El tesón también esta en sus venas. Y la empresa, claro. "Mi abuelo hacía este trabajo, mi viejo hacía lo mismo y yo aprendí desde muy chico", cuenta. Sus inicios parecen diminutos dentro del gran galpón que es su empresa. "Tengo 58 años y cuando empecé había terminado el secundario, era muy chico. Abrí un tallercito en la avenida Pringles y República del Líbano y arreglaba motorcitos de heladeras, lavarropas y bombeadores, y un día vino una fábrica y empezamos a hacer pequeños motores de fábrica y después vino uno más grande y fue sacrificado", admite.

Daniel Block creó su propio taller y sus propios trabajadores. Una vez edificada la empresa, procreó con su mujer siete obreros varones. "Después me casé, tuve una familia numerosa y pasamos por muchas crisis y después se empezó a incorporar el más grande de mis hijos, después el otro y así. Y hoy están los siete trabajando conmigo", agrega, siguiendo la cronología de la empresa. Ahora puede estar con ellos todo el día. Aunque sea trabajando. Si no estuviesen en el taller, seguiría siendo duro como antes. "Me han tenido que bancar mucho porque es un trabajo muy sacrificado porque uno viene acá de noche y se va de noche. Todo el mundo me vive esperando, mi señora, mis hijos. Hace 40 años que me están esperando", reconoce con alguna culpa latente aunque no parece reconocerla. "Y me van a seguir esperando porque ya se acostumbraron", lanza casi como una advertencia.

Ni se arrepiente ni se cansa. Sigue trabajando aún cuando habla. No puede evitar contarme la decena de proyectos que sueña y el entusiasmo irrefrenable del presente. "Especialmente este año estoy muy contento por esta distinción, porque cumplo mis 40 años de actividad y estoy con toda mi familia incorporada acá y hemos tenido 5 o 6 años de crecimiento económico grande", detalla Block y empieza a enumerar su éxito. "Estamos trabajando con 45 personas y estamos haciendo una ampliación de nuestra planta, armando un laboratorio. Tenemos un proyecto de una ampliación muy grande para meternos en el último escalón de lo que es motores tipo turbogeneradores de represas y esos generadores gigantes, y hay alguna utopía de llegar a fabricar de vuelta motores en la Argentina porque a partir del año 1976 empezaron a cerrar las fábricas de motores de las que había cuatro muy grandes y hoy en la Argentina no tenemos fábrica de motores eléctricos. Y estamos muy cerca", vaticina con la adrenalina en las pupilas.

Tanto para tan pocos. Block se preocupa, como muchos, porque falta personal capacitado. "Tenemos problemas de recursos humanos. Nosotros ahora estamos formando gente porque no hay. Entonces lo que estamos haciendo ahora es educar, enseñar y trabajar", explica. Parece que la fórmula de su éxito es ésa. Lo que no existe, lo inventa. Y tanta pasión por la inventiva lo lleva a capacitarse permanentemente. La investigación es lo que más le gusta y está preparando todo para poder correrse un poco del taller y abocarse al laboratorio.

Después de la charla, la respuesta sobre su futuro parece obvia. "No me imagino retirado", concluye.

Abel Scipioni también es imparable. Tiene 64 años y, a pesar de haber pasado momentos muy amargos, nunca dejó de trabajar. Aunque a veces se toma unas merecidas vacaciones, por lo que el testimonio para esta nota lo dio su hijo Martín, de 35 años, quien también forma parte de la empresa. El reconocimiento fue como pioneros, ya que Scipioni S.A. primero y Scipioni Hnos. después lideraron el mercado metalúrgico desde los años 60 hasta entrados los 80. "Primero empezaron con el transporte y fueron entrando en lo que es la metalúrgica, carrocería para camiones y cajas de carga y esas cosas", reconstruye Martín con lo que le contaron alguna vez. No es una tarea fácil considerando que su padre, como su abuelo Agustín Scipioni, es muy introvertido. El joven empresario confiesa que "la mayoría de las cosas que sé de la empresa, las sé por comentarios de otros", de clientes y de amigos. "La metalúrgica arrancó trabajando para el transporte, después pasó a trabajar para el ferrocarril y a su vez después empezó a trabajar para las cementeras. Y hoy en día somos una empresa de servicios más que nada de lo que es servicios mecanizados, mantenimiento, fabricación de piezas especiales para la industria", resume Martín Scipioni. Y en la historia de la firma es ineludible la gran crisis de la empresa que llegó a conmocionar a la ciudad. "Scipioni S.A. no le dejó más que el nombre y la trayectoria a Scipioni Hnos., que no es poco. La empresa quebró en 1981 ó 1982 por situaciones del país, ya que no se dieron las condiciones para seguir. Era una sociedad anónima y en ese momento desapareció la firma y no quedó nada", explica amargamente el más joven de la familia de metalúrgicos. "Yo me acuerdo de eso porque ahí ya tenía 8 años. Y a mí y a mis hermanos, que éramos chicos, nos tocó vivir cosas difíciles, como que vengan del banco a pedirte una camioneta que tenés parada en tu casa o cuando teníamos que ir al colegio con custodia policial porque recibíamos amenazas", relata Scipioni con arrugas en la frente, un poco molesto por lo que considera una actitud injusta de algunos trabajadores de entonces.

En esos tiempos, Abel Scipioni tuvo que volver a su antiguo empleo de asalariado, pero cuando la firma fue adquirida, en 1985, por parte de un empresario porteño importante, le ofrecieron recuperar su puesto. Y fue la primer decisión importante que debió tomar Martín, con sus hermanos, en relación con la empresa. Apenas con 12, 14 y 17 años, los Scipioni tuvieron que optar por sí o por no el futuro de su padre y el de la familia. "Teniendo en cuenta lo que habíamos sufrido como hijos, nos preguntó y le dijimos que no; que no vuelva", relata. El camino fue más difícil, pero pronto se recibió su hermano mayor y la firma recobró fuerza. "Scipioni Hnos. como empresa en sí, renació en 1999", asevera Martín.

El reconocimiento le hace pensar que tanta amargura sirvió de algo. Pero, como Carreira Neto y Block, encuentra la satisfacción mayor en el afecto de los otros y en saber distinguir siempre que el amor de la familia es la base de todo crecimiento.

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