Edición Anterior: 25 de Noviembre de 2009
Edición impresa // La Ciudad
Pinceladas de un barrio en que un pequeño núcleo cargó de estigmas al barrio
Vecinos "del 104" condenados al éxodo
Esta semana se terminaría de conformar la decena de familias que van dejando paulatinamente el barrio Ituzaingó, al que todos siguen y seguirán llamando "el 104". Emigran a otros lugares de la ciudad e incluso a otra provincia. Malvendieron su casa y, algunos, hasta la cerraron para irse. El Estado no logró darles una vida tranquila como respuesta. Y el conflicto violento se siguió entronizando.


Claudia Rafael

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Parece un éxodo paulatino y silencioso. Esta semana son seis las familias que abandonan definitivamente "el 104". Que dejan atrás todo para tratar de empezar de nuevo en otro lugar. Pero en los últimos tres meses ya suman una decena. Una familia malvendió la casa y se fue a San Juan. Otra, simplemente la abandonó. Se están vendiendo a 6.000, a 12.000 pesos con mucha suerte cuando en otro contexto, las de una habitación podrían venderse entre 48.000 y 50.000 pesos; las de dos habitaciones, entre 60.000 y 65.000 y las de tres, 90.000. "En buenas condiciones y con otro contexto, ésos serían los valores", se analizó desde una conocida inmobiliaria local.

"En mi inmobiliaria hace ya un tiempo que decidimos no tomar ni para la venta ni para alquilar. No se pueden vender ni revisar. Antes ibas, se comercializaban, se vendían, se alquilaban y ahora ya es imposible", dijo otro rematador.

El contexto de violencia se viene profundizando paulatinamente en el último tiempo. Y con un particular pico de crecimiento en lo que va de noviembre a esta parte. Los disparos son moneda corriente. Y los más perjudicados y violentados son los mismos habitantes del barrio. Hay casas con cuatro, cinco o hasta nueve integrantes de una misma familia. En total, con un promedio de cinco por 104, se está hablando de alrededor de 500 personas. La casi totalidad vive del trabajo. Intenta salir adelante como puede. Riegan las plantas. Escuchan música. Toman mate. Los chicos van a la escuela. Tienen sueños. Buscan construirse un lugar en el mundo.

Hay, sin embargo, un pequeño núcleo que vive de otra vida. Tres o cuatro adultos. Que regentean a pibes sin rumbo. No más de una decena. Que juegan al juego del reparto de la droga. Algunos vecinos hablan de que hasta hace poco habrían habido unos dos kiosquitos personales de venta y, dicen algunas voces, se sumó un tercero que destruyó el frágil equilibrio e hizo multiplicar la violencia.

¿Qué es lo que se distribuye? Marihuana, cocaína y pastillas. Una nena de no más de cinco años dice "el cigarrillo de la risa lo venden en lo de...". Sobre las pastillas, en cambio, hablan de extraños orígenes. Cuentan de robos a una estructura sanitaria en las afueras.

Se habla de mezclas raras que queman la cabeza de los chicos. Que les quita capacidad de razonamiento y energía.


Hay dos familias enfrentadas. Marcan territorio. Dividen aguas. Hasta acá lo mío. Hasta ahí lo tuyo. En algún momento todo se desmadra. Los límites se borran. Crecen los kioscos de la ilegalidad. Se violan los códigos. Se roba dentro del barrio y -añoran los vecinos- antes no ocurría.

Hay -dice la gente del lugar- tres o cuatro adultos al frente. En medio de un barrio de medio millar. Tres o cuatro adultos que digitan vidas, tiempos y pertenencias. Que comandan a un grupito de chicos que los terminan teniendo como referentes en un mundo hostil que no deja lugar a sueños. Que transforma todo en cosas demasiado concretas. Vivir y crecer en medio de la droga, del abandono y del delito. Sin valor para la vida. Tomando atajos que demasiadas veces concluyen en destrucción.

Una punta, una navaja, un arma de fuego parece ser para ese núcleo moneda más que cotidiana. Hay quienes perciben extraños y estrechos vínculos con la policía. "¿Por qué en el barrio se sabe desde el mediodía que va a haber un allanamiento cuando el allanamiento se hace a las cinco y media de la tarde?", preguntaba alguien. El interrogante es demasiado interesante. Y más interesante aún sería la respuesta. ¿Alguien se atrevería a darla? Porque, por cierto, hay alguien desde algún espacio de poder que está dejando conocer la información. ¿Se está tratando de preservar algo? ¿Se brinda un halo de protección?

Y nadie, absolutamente nadie, protege de ese modo si no es a cambio de otra cosa. Los kiosquitos ¿tendrán beneficiarios mediatos?


Siempre que ocurra algo llamen a Emergencias, dicen las autoridades policiales. Denuncien, insisten y proclaman.

La mujer les creyó y llamó al 101. La respuesta que le dieron hablaba de cuadrículas que no se podían dejar y que había dos móviles y que... ¿Alguien podría desmentir a una mujer mayor que ni siquiera sabía qué significaba una cuadrícula?

"No me puedo hacer cargo de los de abajo", cuentan que dijo el jefe policial. Las múltiples lecturas que derivan de esa frase resultan una radiografía casi perfecta. ¿Acaso es inmanejable la más grande de las fuerzas de seguridad del país?

"La otra vez allanaron en la casa de víctimas. ¡Qué lección para la gente!", dijo el hombre.

"Nosotros no tenemos seguridad. Ningún tipo de seguridad. ¿Quién nos cuida? Absolutamente nadie. Nuestras familias están a la buena de Dios. Así estamos todos. Laburamos, nuestros chicos estudian, tratamos de hacer todo lo mejor que se puede pero... Somos rehenes de una situación espantosa", dijo el muchacho.

Los diez móviles llegaron. Rodearon parte del barrio. Buscaban un arma. Encontraron una calibre 22. No mucho más. Fue exactamente un mes atrás. Son muchos los que dicen que ya se sabía que los patrulleros irrumpirían.


El número de armas habría crecido notoriamente en el barrio. Son muchas las viviendas en las que se habría decidido que ya no había otro camino. Hay chicos en esas casas. Que ven el arma e intuyen de qué se trata.

Un nene escuchó un ruido fuerte el otro día y se hizo pis encima del susto. Están preparados para reaccionar ante el miedo.

Tal vez los mismos chicos u otros parecidos a ellos hace un año y medio asistían casualmente al crimen de Nary Salvaresqui. Y vieron cómo a veces esa violencia atroz con la que se convive cotidianamente se transforma en irreversible. Se viste de muerte y no se vuelve. Hasta corrieron riesgo de que una bala los atravesara. O más bien corren ese riesgo a diario.

¿Qué significa que muchos vecinos hayan rescatado un arma vieja utilizada en otros tiempos para cazar o hayan conseguido una recientemente? ¿Qué simboliza? ¿Qué está diciendo del Estado y de su rol?


El Estado tiene múltiples brazos. Que no atinan a llegar o bien que llegan de los modos menos indicados o más atroces.

Muchos chicos siguen figurando en los largos listados educativos. Y, sin embargo, hace rato ya que dejaron de ir a la escuela. Pero continúan -teóricamente, al menos- como parte del sistema. Chicos permanentemente al borde. Caminando sobre una cuerda endeble y haciendo constante equilibrio entre caerse y no caerse.

La escuela no los enamora. Los aburre. Los desconoce. No los seduce. No habla de ellos. Ese mismo chico tiene que dejar la vida afuera, en las puertas, al momento de trasponer los umbrales. Como decía Arturo Jauretche, la escuela no continuaba la vida sino que abría en ella un paréntesis diario. La empiria del niño, su conocimiento vital recogido en el hogar y en su contorno, todo eso era aporte despreciable.

La escuela demasiadas veces además, se parece en mucho a una reproductora del sistema que sigue empujando a los bordes a los mismos chicos que en el barrio 104 están en los bordes.

Encima, cargan con el mote y el estigma de un barrio que pesa y al que se le tiene miedo. Un barrio en el que se engloba a todos por igual. A los casi quinientos que buscan una vida normal por la escasa quincena que escogieron atajos.

Diez familias sumarán las que se terminarán de ir en la última semana. Que constituyen el 9 por ciento de todo el barrio. Para entender la magnitud, si esto mismo se trasladara al barrio CECO que tiene 1136 viviendas ese nueve por ciento representaría 102 viviendas y la ciudad se sentiría azorada. Se horrorizaría. Pero una vez más, atraviesa al barrio 104 y nadie se rasgará las vestiduras.

El Estado intentó romper el núcleo ganado por el delito e impulsar proyectos de capacitación y trabajo. Pero el círculo continuó girando. No supieron o no lograron destruirlo. Y son cada vez más los vecinos de carne y hueso que decidieron que ya no hay modo de seguirla peleando. Por ellos, por sus chicos. Se fueron a las otras puntas de la ciudad o, incluso, a otras provincias. Y ganó la violencia.


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