Edición Anterior: 25 de Noviembre de 2009
Edición impresa // La Ciudad
INDUSTRIA HOTELERA Y GASTRONOMICA. Rodolfo Abraham
"Para mí son todos iguales: al más rico y al más pobre los atiendo igual"
Comenzó a los 9 años limpiando la vajilla. Su padre atendía y su madre cocinaba. Hoy organiza fiestas de 2.000 personas. Rodolfo Luis Abraham relata su historia "bien desde abajo", habla de las mejores épocas, de los tiempos oscuros y recuerda anécdotas imborrables como un plato de pasta con tuco en el saco blanco de un comensal.


Desde lavar la vajilla y limpiar el salón después de la fiesta hasta ser uno de los organizadores más prestigiosos de la ciudad, pasó mucha historia en la vida de Rodolfo Luis Abraham. El apellido sirio libanés ya habla de un abuelo -de quien heredó el segundo nombre- que vendía ropa en el campo. El primer nombre vino desde su padre, aquel que lo inició en el oficio, desde la infancia. El abuelo Veyrand, el del brazo materno, trabajaba en las canteras.

Rodolfo tenía apenas 9 años cuando su padre "tomó la concesión del Club Social". Fue en junio de 1978, "antes del Mundial", recuerda. Y fue su debut laboral: "empecé a cargar las heladeras, a limpiar la vajilla; después, al otro día, a arreglar todo después de la fiesta, ordenar la camioneta...". Cuando fue creciendo ascendió: "me convertí en mozo y atendía a los socios del Club Rotary".

Las anécdotas son inevitables. "Recuerdo a don Alfredo Ballesteros: yo llevaba tres platos de pasta con tuco y uno se lo puse en la espalda. Fue terrible. Lo miré y estaba todo rojo...". Tenía apenas 13 años y esas experiencias, que ahora se recuerdan con risas, en ese momento marcaron profundamente su camino. "Le tuve que mandar el saco a la tintorería". Y era blanco.

"Una vez mi papá, en pleno salón, se resbaló y se cayó y el plato que tenía en la mano lo revoleó de la bronca. Estaba lleno de gente y cuando suceden esas cosas todo el mundo se da vuelta y mira...". La exposición del mozo es durísima: cuando se hace todo bien es natural. Pero "un error es carísimo".

Todo empezó con Enrique Rodolfo Abraham y aquel emprendimiento en 1978. Su hijo creció junto a él sin saber que estaba demasiado cerca el momento en que todo pasaría a sus manos. "En 1989 falleció papá. Murió un lunes a la noche y el viernes teníamos la fiesta de los municipales, con 800 personas en San Antonio. También les dábamos de comer todos los días a los obreros de Pennachioni. Después dejamos ese comedor y yo seguí con el Social". La noche de la muerte de su padre supo que ahora todo recaería sobre él. Y que tenía la enorme responsabilidad de mantener y hacer crecer aún más lo creado por Enrique. "Eran las doce de la noche; lo llevé a lo que entonces era el Policlínico Ferroviario y falleció a las 0,30". En esos días "me fue a ver el secretario general de los municipales y me dijo que me daban todas las tranquilidades, que hiciera el trabajo. Para mí era un tremendo desafío porque yo estaba muy metido en la cosa interna y no en el desarrollo general de la fiesta".

Ahora, a punto de cumplir 41 años en diciembre, puede relatar estas cosas con serenidad. "Llevo 20 años de trabajo solo y antes fueron once con mi papá y mi mamá. Porque ella cocinaba mientras nosotros dos atendíamos".

Los eventos más espectaculares que recuerda "son las cenas show en las que rifaban autos. Había entre 1.500 y 2.000 personas". Las épocas de mayor esplendor, curiosamente, fueron "los años después de asomar de la peor crisis: entre el 2002 y el 2005. La sensación fue que sacaron la plata y la gastaron. Fue tremendo lo que se gastó en ese momento. Si ponías una fábrica de botones te hacían hacer los botones para la fiesta". Otro período que recuerda como bueno fue "la primera etapa de Menem, entre el 93 y el 95". En "un solo salón del Social, en un año bueno, se hacen 50 fiestas".

Los años malos, en cambio, no parecen haber sido tantos. "El 97 por ejemplo, fue malísimo, pésimo. Hubo 17 fiestas en el Social nada más en todo el año. Otro muy malo fue 1985, con el plan Austral, cuando el desagio nos costó un auto".

Lo que pareció la crisis más profunda de la historia reciente, la de 2001, no presentó, dice, un gran desequilibrio. "Pero después fue notorio que se tiró manteca al techo".

Abraham no emplea a una cantidad de gente determinada siempre. "Es relativo, para un fin de semana se necesitan diez personas, que es más o menos el círculo de efectivos que tenemos". Después, "a mayor cantidad de personas en la fiesta, se incluye más gente que se contrata por el día. Para 2.000 personas se necesitan 70 mozos y 15 más atrás".

Lamentablemente, no tiene una mirada optimista del futuro. "Lo que viene es pésimo. No hay plata, la gente gasta cada vez menos. Si el campo remontara las cosas serían mejor". Pero no sólo depende de políticas económicas, "sino de que les llueva, de que el clima sea más piadoso".

Rodolfo Abraham tiene dos hijos, uno de ocho años y otro de once. "Yo mismo les inculco que se dediquen a otra cosa", dice, tratando de descartar una sucesión que repita su historia. "Esto es muy sacrificado. Son 16 ó 18 horas los sábados. Un personal de cocina trabaja 22, 24 horas. Y no sólo el sábado, es toda la semana. Todo lo que se trabaja a la noche durante el día no se recupera".

Sin embargo, rescata su propia historia. El trabajo desde tan chico "me ha dado más alegrías que amarguras". Alguna vez soñó con otra profesión. "Me gustaba abogacía pero como no me gustan los libros, empecé Ingeniería y cuando falleció mi papá tuve que dejar todo".

La experiencia de "atender gente es impresionante. Acá le hemos servido a artistas, cuando se hacía la Feria de Cine y venían grandes personalidades, atendimos a Mirtha Legrand, a políticos que fueron presidentes, como Menem, Duhalde, De la Rúa, vinieron Alsogaray, los dos Alemann... pero eso sí", y ahí se define: "para mí son todos iguales. El más rico y el más pobre. Yo los atiendo a todos de la misma manera. No me importa si es presidente o no. Si me saluda lo saludo y si no, no".


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