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31.12.2017 | Columnistas Marcos Filardi, abogado, ex tutor de niños polizones, entre los refugiados y el kuashiarkor

La ruta del hambre en Africa y la utopía de la soberanía alimentaria en Argentina

Dos viajes al Africa le permitieron auscultar un sistema alimentario que mata de desnutrición. Marcos Filardi vio, a los 5 años, "la hambruna televisada" en Etiopía. No la olvidó nunca más. Su trabajo de tutor de los niños polizones que llegan al país sin que los tiren por la borda, su militancia por la soberanía alimentaria, su condena a un modelo que envenena, malnutre y hambrea a niños en la Argentina también es producto de aquella imagen. "Que un solo niño tenga hambre en el país es un crimen". Por Silvana Melo

Silvana Melo
smelo@elpopular.com.ar

Desde que a los cinco años vio por televisión a los etíopes muriendo de hambre a la vera de los caminos Marcos Filardi se preguntó por qué. La imagen lo persiguió desde su crecimiento hasta la decisión de estudiar abogacía para intervenir en las violaciones a los derechos humanos de vastos sectores poblacionales del mundo que no tienen acceso a la alimentación. Fuera y dentro de la Argentina. "Ver en la tele a un chico de la misma edad que yo, que se estaba muriendo frente a una cámara por no tener nada para comer. Esa imagen me impactó y me acompañó toda la vida".

Viajó dos veces al Africa y recorrió la ruta del hambre. En el país, hizo huella en un camino de la soberanía alimentaria. Donde pudo redondear la estrategia de un modelo "que no busca nutrir a su población sino multiplicar las ganancias. Un modelo donde "la gente compite con los tanques de nafta". En el Africa conoció los centros de refugiados, el kuashiarkor como una de las enfermedades más terribles del hambre, los niños soldados, los descastados de la India, los polizones menores de edad que viajan escondidos y los tiran por la borda si los sorprenden.

Marcos Filardi integra la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UBA con Miryam Gorban, fue tutor oficial de los niños que llegaban solos o como polizones en los barcos desde Africa, India, Haití hasta el puerto de Buenos Aires, es profesor universitario y sabe que el Africa de la Argentina está en el impenetrable chaqueño y en el norte de Salta, por dar un par de ejemplos.

Hace una docena de años decidió seguir esa ruta del hambre y ver con su propia mirada "cómo son los sistemas alimentarios de estos países que hicieron posible que cuando yo era chico, en 1985, viera una imagen como la hambruna etíope televisada."

En 2006 saltó el océano para caer en el Africa donde trataba de "identificar las cuestiones más críticas de derechos humanos y me ponía en contacto con las organizaciones". Recorrió 18 países de sur a norte por el este. "La alimentación fue el hilo de Ariadna que me llevó por la ruta, pero vi el sida, los campos de refugiados, los mutilados por las minas antipersonales, la reconstrucción de posguerra en Mozambique, los niños soldados en Uganda. Vi fundamentalmente la desnutrición aguda, crítica, como problema de derechos humanos".

Cuatro escenas

Apenas son cuatro imágenes de un recorrido feroz.

Escena 1: "el primer niño con kuashiarkor que yo vi. Fue en Madagascar. Fui a una unidad de nutrición terapéutica y había muchos chicos con marasmos y conocí el kuashiarkor: esa imagen del niño viejo, con la piel que se le descascara como una cebolla, el pelo rojizo que se le sale del cuero cabelludo. La palabra además es muy fuerte".

Escena 2: "en el norte de Uganda los niños soldados y los night commuters; en ese momento había un conflicto con el Ejército de Resistencia del Señor, un grupo armado que entraba a la noche en las aldeas, se llevaba a los niños reclutados forzosamente, violaba a las mujeres y se llevaba a las niñas como esclavas sexuales. Los nenes cuando llegaba la noche agarraban la frazada y se iban caminando hasta la ciudad más cercana donde estaba el predio del ejército y dormían afuera para protegerse y que no se los llevaran los invasores. Fue un contacto muy fuerte con los que habían sido niños soldados y que eran recuperados y estaban en tratamientos para tratar de sanar sus heridas".

Escena 3: "los campos de refugiados y de desplazados internos. Y las condiciones materiales de supervivencia al límite. La situación de conflicto armado, que hace que la gente se tenga que desplazar; el país que los recibe que dice que no tiene recursos materiales para asistirlos, que lo haga la ACNUR. Uno particularmente en el norte de Uganda, de desplazados internos, llamado Paboo, era muy impresionante por las condiciones. Cuando un chico de moría veías atrás de las casas los montículos de tierra donde los enterraban pero no avisaban para que no les cortaran la ración alimentaria. No pueden trabajar fuera del campo porque generan tensiones con la población local; a veces sobreviven dos o tres generaciones esperando un cambio en su país de origen".

Escena cuatro: "los intocables en la India. Los fuera de casta siguen siendo una categoría oprimida y fuertemente discriminada. El hecho de nacer en una determinada casta o fuera de ella te condena a ser un paria. Un excluido legítimamente, con normas como no poder ingresar en una farmacia, no poder ingresar a un templo o a un hospital porque está impuro y contamina a su alrededor".

Hambre y desigualdad

-Todas esas tragedias están atravesadas por el hambre y la desigualdad...

-La desigualdad es el signo más saliente de nuestros tiempos. Nunca antes la humanidad vivió los niveles de desigualdad actuales. Que tengas ocho personas de carne y hueso, ocho varones con el equivalente en riqueza a la mitad de la humanidad más pobre, te lo indica claramente: el 1% más rico hoy tiene más que el 99% restante. O las diferencias en expectativa de vida: en el Africa subsahariana era de 42 años. La media en europa occidental era de 80. Subirte a una patera para tratar de llegar implicaba la posibilidad de duplicar la expectativa de vida. La mortalidad infantil, era menor al 8 por mil en Japón y en Sierra Leona era 138 por mil.

-Vos aseguraste que se producen alimentos para 12 mil millones de personas, el mundo tiene 7 mil millones pero una parte importante de la población agoniza por hambre. ¿Cómo se digieren esas cifras?

-No es un problema de falta de alimentos. El año bisagra es 1985, porque en ese año alcanzamos por primera vez la suficiencia alimentaria, es decir, tenemos alimentos para todos. Y ese mismo año justo sucedió la hambruna etíope que veo televisada y donde murieron un millón de personas sólo en un país por no tener acceso a las calorías mínimas para mantenerse con vida. Desde entonces es un problema político, de distribución. Lo peor es que entre un tercio y un cuarto de lo que se produce se echa a perder. No llega a la boca de quien lo necesita. Las tierras están destinadas a producir materiales para la industria, los agroplásticos, los combustibles que nada tienen que ver con los alimentos. En vez de usar las tierras disponibles para obtener alimentos variados y nutritivos, tenemos a los seres humanos compitiendo con las industrias y con los tanques de nafta. Que hoy tengamos 842 millones de personas que no tengan nada para comer es la resultante de las relaciones sociales. Coincido con Patricia Aguirre: la alimentación expresa a la sociedad. Estas relaciones sociales generan esta alimentación diferenciada. En la sociedad capitalista no tenés plata y no comés. El alimento se ajusta a la demanda solvente. Tenés poco, el mercado te condena a tener una alimentación pobre. Te vas a llenar de carbohidratos, de grasas, de azúcares, los macronutrientes baratos que este sistema ofrece, pero no te vas a nutrir.

Polizones

-Fuiste tutor de los chicos polizones que viajan en los barcos en busca de esperanza. ¿Cómo sobreviven a esos derroteros?

-Cuando volví del viaje al Africa me convocaron en la Defensoría General de la Nación para trabajar con los chicos polizones que llegaban a la Argentina desde Africa del Oeste. En ese viaje iba a los puertos para conocer las condiciones de los polizones. En una isla de Costa de Marfil, llamada la isla de los polizones, los niños y jóvenes esperan para subirse a un barco clandestinamente. El polizonaje está visto como vía de salvataje, de ascenso social. Es rehacer la vida y volver como alguien. El primer presidente de Ghana fue polizón. Vuelve y se convierte en presidente. Esto habla de una tremenda pulsión de vida. Suelen comer el gari, que es una mezcla de harina de mandioca con leche y azúcar. Esto les produce saciedad y los constipa, para no dar ninguna señal a la tripulación. Son sobrevivientes y con una pulsión de vida alucinante: el niño quiere que su familia esté mejor de lo que está y está dispuesto a hacer ese sacrificio individual a pesar de la crueldad del sistema, estos seres humanos de descarte como dice el Papa en la encíclica Laudato Si y de descarte material: el polizón que es hallado en el barco, es arrojado por la borda, descartado, con mucha saña; los golpean en la cabeza con una llave, los cortan para que atraigan a los tiburones y los tiran al mar.

-¿Cómo era el vínculo con los chicos que lograban llegar?

-Fui tutor entre 2007 y 2013. Yo me convertía en el representante legal de un niño solo o separado de su familia. Cuando llegaban solos y querían ser reconocidos como refugiados, los jueces de familia me designaban a mí como tutor, era el responsable de la vivienda, alimentación, salud, educación. Con muchas limitaciones y dificultades pero lo fuimos logrando. Hoy son mayores de edad, muchos formaron su propia familia, han tenido ocasión de volver de visita a su tierra, muchos son ciudadanos argentinos. Me saludan para el día del padre, para las fiestas, me llaman para que conozca a sus hijos.

-¿Cuál es el mecanismo para que el trabajo aquí salve a su familia allá?

-Cualquier manifestación de la riqueza genera la obligación de compartirla y con un número mucho más amplio de lo que llamamos familia nuclear. Cuando un chico empieza a trabajar y genera ingresos, su primo tercero se siente legitimado a reclamar que comparta parte de los ingresos y él se siente compelido moralmente a hacerlo. Y esto les genera mucha presión por generar los ingresos y por compartirlos. El objetivo primordial de la migración es la remesa. Trabajar con mucha autoexplotación. Sacrifican mucho su calidad de vida acá para que esa remesa sea mayor y genere un cambio del otro lado del charco. Es una comida más, la posibilidad de un emprendimiento para una salida y la educación para los niños. Es muy interesante como construcción social. Es un mecanismo de redistribución de la riqueza.

Genocidio

-¿Cómo definiste la ruta del hambre en la Argentina?

-Aquí fue la ruta de la soberanía alimentaria, que es un paradigma transformador de nuestras relaciones sociales y de cómo inciden en nuestro sistesma alimentario. Quería ver los territorios, los impactos y las violaciones a los derechos humanos que genera el sistema alimentario dominante. Y rescatar lo que estuviera planteando una alternativa. En un país que en su imaginario tiene la idea de haber sido el granero del mundo y que ahora quiere ser el supermercado del mundo, tenemos un sistema que apunta a la producción de commodities exportables y que está destinado a producir ganancias para unos pocos y no alimentos para todos. No se trata de alimentar adecuadamente a nuestra población y el excedente lo exportamos. No, está todo mirando a la exportación. Hoy es la soja, que ocupa el 60% de la superficie cultivada, que destruye los suelos, los bosques, los humedales, que desplaza otros cultivos, y sacrifica otras produccioens alimentarias.

-Con un costo enorme en la salud de la gente...

-Sobre todo por el impacto de los agrotóxicos. Este modelo se sustenta en monocultivos, transgénicos destinados a la exportación y resistentes a herbicidas. Entonces usa 400 millones de litros de agrotóxicos con un verdadero genocidio en nuestros pueblos rurales fumigados. Un veneno cotidiano a través del aire que respiramos, del agua que bebemos, de los alimentos que consumimos. Cánceres, malformaciones, trastornos del sistema endocrino, enfermedades neurodegenerativas, abortos espontáneos. Estamos introduciendo al ambiente un sinnúmero de moléculas de síntesis química cuyos efectos a largo plazo nadie conoce, cuyos efectos acumulativos y sinérgicos nadie conoce. Somos un laboratorio a cielo abierto. Nuestros cuerpos están siendo objeto hoy de un experimento a gran escala. Nuestra salud está a expensas de los intereses de un puñado de corporaciones.

-En tu recorrido, ¿viste malnutrición y enfermedades parientes del hambre? ¿Fuiste tras las historias de los niños muertos por desnutrición?

-Claro que encontramos hambre. Es lo más terrible y perverso de este sistema que se jacta de venir a alimentar a 400 millones de personas, pero no alimenta ni siquiera a nuestra población. La cara más cruel es que en este país es podríamos tener una población excelentemente alimentada. Podríamos generar tejido social, rural, integración social, integración entre los productores de la agricultura familiar campesino indígena y los habitantes urbanos y garantizar que todos estemos adecuadamente alimentados. Por eso es que si en Argentina tenemos un pibe, uno solo, con hambre, es un crimen. No admite otro calificativo. Y lo peor de todo es que sucede. En el Impenetrable chaqueño. En Santa Victoria Este, en Salta. El hambre silenciosa, el hambre crónica, no genera titulares. Se naturaliza.

-A los 5 años te cuestionaste la condición humana por primera vez. ¿Cómo ves su costura ahora?

-Tiene las dos cosas porque también es la maravilla del ser humano, que es divinidad y miseria al mismo tiempo. En lo personal haber visto lo que yo vi me hizo sellar un compromiso. Haga lo que vaya a hacer en mi vida va a estar vinculado a la lucha colectiva para tratar de cambiar este estado de cosas, hasta donde me dé el cuero y la vida.