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16.05 | Columnistas A reflotar antiguas estrategias de supervivencia

La gente capitalizará su experiencia

En el primer año del siglo XXI los analistas internacionales vaticinaban prácticamente la disolución del Estado argentino y pocas semanas después del derrumbe del gobierno de Fernando De la Rúa uno de los gurúes financieros del mundo, Rudi Dornbusch proponía que un grupo de expertos extranjeros se hicieran cargo del gobierno de ese extraño país para ocuparse de áreas clave como el control y la supervisión del gasto público, la impresión de dinero y la administración tributaria. Por Daniel Puertas

Daniel Puertas
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Si no hubiera muerto poco tiempo después es probable que ahora dijera que nos pasa lo que nos pasa en estos días porque no se le hizo caso. Aunque las condiciones son notablemente diferentes, aquella no tan lejana experiencia nos marcó tanto que por estos días son muchos los que se acuerdan de 2001 y tiemblan.

Pero un detalle en el que nadie parece reparar es que después del colapso la Argentina emergió de lo que parecían sus cenizas de manera sorprendente. Aunque algún dirigente político se arrogue el mérito o se hable de cambio de circunstancias externas que favorecieron el despegue, lo cierto es que en el momento crítico la gente puso en práctica estrategias de supervivencia que se mostraron efectivas y permitieron que poco a poco se rearmara tanto el circuito económico como el andamiaje institucional.

Ahora se ven algunos tibios signos de que la experiencia ha sido capitalizada y se restablecen mecanismos sepultados hace tiempo en la memoria. En 2001, a medida que se licuaba el poder político y económico y muchos de los que tenían capital fugaban su dinero para ponerse a salvo del temporal que rugía cada vez con más fuerza se agigantaba la Red Global del Trueque, una organización cuyos fines eran más modestos de salvar del hambre y la miseria a millones de personas.

Sin embargo, hay familias olavarrienses que sobrevivieron meses gracias al trueque, en locales de barrio, cambiando acenite y azúcar por comidas preparadas, prendas por electrodomésticos, tortas por yerba. En otras ciudades pequeñas empresas sobrevivían trocando sus productos, médicos cambiaban consultas por cualquier cosa que necesitaran.

En esos días crueles en que en estas mismas páginas aparecían testimonios de pobres de toda pobreza que lamentaban que en la basura lo más comestible que encontraban eran cáscaras de papa se montaban comedores infantiles por toda la ciudad.

Empleados de EL POPULAR Medios aprovechaban sus contactos para conseguir donaciones de víveres y armar un comedor infantil en uno de los barrios periféricos, amigos que se juntaban un día por semana en peñas donde se comía y reía prescindían de postres y de los alimentos más caros para llevarlos al día siguiente a cualquiera de los comedores populares que florecían en Olavarría al misdmo ritmo que los clubes de trueque.

No había ninguna gran campaña mediática para impulsar a los vecinos a montar comedores populares o colaborar con ellos. Todo nacía espontáneamente.

Una de las diferencias importantes del presente con aquél pasado es que por entonces la ayuda oficial a los más necesitados no estaba tan desarrollada como hoy. La Asignación Universal por Hijo no existía y nadie se había jubilado sin aportes.

Los desamparados estaban más desamparados y los comedores populares que surgieron en Olavarría y en todas las ciudades del país seguramente salvaron de un destino aciago a muchas personas, ya que no sólo los niños obtenían proteínas indispensables gracias a la solidaridad popular.

Pero si el trueque y los comedores mantenían a flote a muchas personas, empresarios también salvaban sus negocios gracias a la colaboración. Industriales y comerciantes acordaban con proveedores mecanismos para mantenerse con la cabeza por sobre el agua prescindiendo momentáneamente de las reglas clásicas de las transacciones.

Muchos recordarán como en algunos hipermercados y supermercados aparecieron repentinamente estufas de querosén que habían sido enviadas tiempo atrás al terreno neblinoso de los recuerdos nostálgicos. Fue porque uno de los grandes empresarios del comercio se enteró que en Mar del Plata existía una fábrica cerrada años atrás que conservaba la matricería para fabricar esas estufas.

Entonces dueños de grandes cadenas comerciales, el ya ex fabricante de estufas y un banco oficial acordaron financiar la resurrección de las estufas a querosén y así estas volvieron al mercado al mismo tiempo que unas cuantas personas conseguían un trabajo.

Es solamente uno de los ejemplos de las estrategias posibles para capear un temporal económico.

También hubo múltiples ejemplos de que era posible vivir con lo nuestro. Por caso, en Olavarría el empresario Alberto Nievas se había quedado, como tantos otros, con una industria paralizada y un plantel de empleados quizá menos que mínimo.

La salida de la Convertibilidad y la inevitable escalada del dólar, que había triplicado oficialmente su valor aunque en el mercado negro era todavía mucho mayor había llevado el precio de los herbicidas a valores inalcanzables para los chacareros.

Un día un productor agrario le encargó a Nievas una desmalezadora mecánica, convencido de que no había más remedio que volver a modos de trabajo abandonados. Enseguida Nievas ya había contruido tres desmalezadoras más y su empresa volvía a ponerse en marcha.

Historias de esa índole se vivían a lo largo y a lo ancho del país. Los argentinos sobrevivíamos y la enorme bronca popular sólo se canalizaba con cacerolazos, el grito para que se fueran todos y asambleas populares, pero no se dejaba de trabajar cuando se podía.

Mientras tanto, más de un experto analista norteamericano, alemán o francés debería mirar azorado como a pesar del corralito, la licuación de la moneda nacional y la existencia de catorce monedas provinciales sin más respaldo que las buenas intenciones, la pérdida absoluta de confianza en las instituciones y la dirigencia política, ese extraño país austral no se incendiaba, especialmente si se tenía en cuenta que Fernando De la Rúa recién había renunciado después de 39 muertos.

Más aún, seguía adelante.

Ahora, cuando el déficit público, la falta de dólares, los problemas tributarios vuelven a estar en el centro de la escena y el recuerdo de los días difíciles de casi tres lustros atrás asalta de nuevo mentes y corazones, no está de más recordar algunas de las cosas que nos ayudaron a superar emergencias que parecían ser insuperables.