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13.01 | Columnistas 

El Megaplán de 2009, una pintura del uso político de la obra pública

Era enero de 2009. Se avecinaba una elección legislativa crucial. El kirchnerismo puso en manos del eseverrismo un Megaplan de 200 millones de pesos a un año. A cambio, la doble candidatura testimonial. De Vido y López, los factótums de la obra pública para Olavarría. La derrota dejó todo en stand by. Algunas rémoras están empezando a terminarse ahora.

Silvana Melo
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A diez años del Megaplan de 2009, cuando la Nación le entregó a José Eseverri una promesa para ofrecer, la obra pública como moneda de cambio ya forma parte del folclore vernáculo. Desde la dictadura al menemismo, desde el kirchnerismo hasta la gente pro, las empresas y los empresarios se han replicado como salidos del mismo molde sistémico. No hay ideología para un sector que históricamente se enriqueció con botines de guerra como las autopistas de Cacciatore, las privatizaciones de Dromi y la obra pública entregada como garantía de lealtad partidaria por un lado y de pago por financiación política por otro, en los tiempos de De Vido. En esta última década y media los Eseverris llegaban desde capital con los brazos repletos de proyectos y contratos firmados. En algunos casos las obras fueron orgullo para mostrar, en otros no llegaron nunca. Y en los restantes, desaparecieron a la hora de la ruptura política.

Fue el 17 de enero de 2009 cuando José Eseverri anunciaba mil viviendas, 300 cuadras de pavimento, 2 nuevos accesos (por Autopista y Frontera Sur), cloacas en San Vicente y Loma Negra, el ingreso al Aeropuerto, Parque de Granos y PIO II, entre otras cosas. Un megaplan de obras públicas por 176 millones de pesos con fondos de Nación y a ejecutarse en un año. Es decir, para enero de 2010 debía estar todo concluido.

En 2009 CFK iniciaba su segundo año de gobierno, la amenazaban las elecciones legislativas, Solá, Macri y De Narváez habían constituido un trío de galanes para jaquear a la dama y a José se le exigía una prueba de amor. Inmensa. Demasiado, para su gusto. Con el Megaplán de enero, que debía deslumbrar a un electorado ya esquivo, llegaba la exigencia de que se convirtiera en un dirigente de cuerpo pequeño y dos cabezas, ambas guillotinables: una para poner en el primer lugar de la lista de concejales y la otra para colocar al frente de la lista de senadores de la Séptima. Dos cargos para no asumir ninguno porque él era intendente y seguiría siéndolo. Dos cargos ficticios. Para la gilada, que nunca entiende nada.

Pero en enero tenía 176 millones prometidos, que después fueron 203. Y un espejismo para mostrar en tiempos áridos. Nadie imaginaba el invierno que se vendría, con gripe A, elecciones perdidas y un qepd temprano para el kirchnerismo que los malos analistas le asestaron cuando todavía le quedaban seis años de plena vida.

Poderes

Ese Megaplán era una extensión de aquellos planazos que Helios y José conquistaron en la Rosada en los primeros años de Néstor, cuando se construía con el pragmatismo de los que aman el poder más que a nada en el mundo. Para esas construcciones -en lo simbólico y lo concreto y cementario- estaban Julio De Vido -columna de la obra pública desde Río Gallegos- y el silencioso José López, que perdería después estilo y chaveta en una madrugada conventual inolvidable. Ellos desde el poder político. Desde el otro poder, el menos vulnerable, el que no se acaba, el que permanece en una línea de tiempo y espacio por la que transcurren los gobiernos, tejían los empresarios. Las mismas empresas, los mismos hombres. Que van envejeciendo, cambiando de nombres, de razones sociales, pero la médula es la misma. La masa a-ideológica que sólo construye concentración de la riqueza a cambio de apoyos financieros a uno o a otro para llegar. Y para que después haya contratos a larguísimo plazo.

De estas cosas escribió Hugo Alconada Mon durante años ("La raíz de todos los males" es su último libro y habla del financiamiento de la política). Trascendiendo gobiernos, odios, grietas e intereses mediáticos. Los macris, calcaterras, cristóbales y etc. son como la Buenos Aires de Borges: tan eternos como el agua y el aire. O más.

A diez años del Megaplán que Néstor y Cristina le pusieron a José bajo la nariz para que él colocara las dos cabezas en la guillotina, el camino de la obra pública como herramienta de extorsión política y empresarial quedó desnuda para las últimas cuatro décadas de la Argentina. Que no fueron los doce años del kirchnerismo sino un mal sistémico que sólo podrá analizarse y atacarse cuando la estupidez y la mezquindad dejen de atribuirlo exclusivamente a una identidad partidaria.

Las dos caras

La cara bicéfala del peronismo, con las dos grandes movidas del último cuarto de siglo, tuvo en claro cuáles son los caldos para el cultivo de la corrupción, con sus corruptos y sus corruptores: por un lado el neoliberalismo y sus oleajes privatizadores y la necesidad de reactivar la economía después del desastre, por otro. El menemismo destruyó el estado y enriqueció a dirigentes, empresarios y sindicalistas. El kirchnerismo aplicó megaplanes de obra pública para reactivar el cementerio que era la Argentina. Enriqueció a dirigentes, empresarios y sindicalistas.

Lo que sí estuvo claro desde el principio es que no hay uno sin el otro. No hay De Vido sin Macri (Franco) y Calcaterra y tantos otros. No hay Jaime sin Cirigliano. No hubiera existido la caída definitiva del sistema ferroviario sin Menem y sin José Pedraza, el sindicalista que acaba de morir condenado por la muerte de Mariano Ferreyra. No hay Cambiemos posible sin la entrega del estado a las empresas representadas por sus gerentes.

Más allá del fracaso del Megaplán, que no se concretó en un año ni en diez, ¿qué hubiera sido de la obra pública en Olavarría sin la Uocra en manos de Héctor D'Amico? ¿Qué hubiera sido sin el hombre que hace 45 años sostiene el gremio y que ahora está bajo la lupa de la Justicia y que fue durante años concejal del Eseverri hijo y progresista?

Mil viviendas prometió el Megaplán, que se diluiría sin vueltas ante la derrota K y la de Eseverri, que perdió dos veces la cabeza. Y se empezó a ir despacito, como quien se va hasta la esquina y vuelve, no vaya a ser que le cambien la cerradura. Mil viviendas sabiendo que ése es el sueño de miles de familias que tal vez nunca llegarán a una casa propia. Nunca superaron las ciento veinte del Pikelado, que recién comenzaron a entregarse en 2018.

En su discurso de anuncio del planazo, Eseverri habló de que por fin "más de 6 mil familias tendrán respuestas a sus demandas" y deseó que "Olavarría siga siendo una tierra de oportunidades". Lo aplaudieron desde la primera fila Roberto D'Amico (Uocra) y José Stuppia (Municipales). El 2 de abril de 2010 EL POPULAR publicaba un suelto bajo el título "Sin megaplan". Era el presidente del PIO, en su calidad de socio de una empresa que se jugó a la licitación de dos de las obras más grandes de aquel anuncio. "Fue muy fuerte la apuesta que hicimos. Eso nos mató". Y con ese dolor del que sabía pero fue para adelante, cerró: "nosotros éramos conscientes porque eso venía del gobierno nacional, sabíamos a lo que nos exponíamos porque vivimos en la Argentina".

Dos años después, el intendente regresaba al despacho de la Rosada donde De Vido y José López le volvían a prometer planes de obras. Había ganado las elecciones con tanta espectacularidad como Cristina, ya había empezado a decirle Sergio a Massa, pero jugueteaba con su supremacía en la Séptima antes de dar el portazo.

Hilos políticos

El poco más del diez por ciento de las casas prometidas y las cloacas para Loma Negra -partes del Megaplán- fueron saliendo por obra y gracia de las militancias vecinales.

La Nación dejó de enviar fondos con el mismo énfasis con que Eseverri abandonó el oficialismo.

Si le hubiera tocado la intendencia con Vidal y Macri, la historia hubiese sido la misma.

En 2015, durante el salto político más escandaloso de José Eseverri (su vuelta al kirchnerismo a través de un acting increíble durante una visita de Florencio Randazzo a Olavarría) se habló de una reunión con Julio De Vido para cambiar el pase por un megaplán (otro...) por 400 millones de pesos. Más del doble de aquel del que se cumple una década.

Pero nada fue como lo planearon. Perdió José. Perdió Scioli. De Vido está preso. Cambiemos gobierna el país, la provincia y la ciudad. En una línea monocorde que en otro momento disfrutó José. Y hoy aprovecha Ezequiel Galli, cuyo gobierno sería difícilmente pensable sin esa sintonía.

Autovías

El primer tramo de la autovía Azul - Olavarría se inauguró en febrero de 1999, construida por Camino del Abra, la misma empresa que después cobró peaje durante años. En la fiesta recaudatoria que el menemismo abrió con las concesiones de todos los servicios posibles.

Veinte años después aún no hay fecha para el comienzo de las obras que extenderán la autovía desde Azul hasta Monte. Y ni hablar de llegar a Las Flores.

Durante estos veinte años, Olavarría aportó decenas de muertos en el camino de la desidia. La ruta 3, angosta y antigua, no se ha ensanchado por mezquindades políticas, por inacción, por decisiones financieras que siempre marcaban otras prioridades.

La autovía nunca fue la obra soñada. Así y todo, lo que viene no será más que una réplica. Nada superador. Nunca la autopista que se prometió en la prehistoria de los 90 y que tres profesionales reclamaban hace veinte años, cuando estaba claro que la obra sería algo más pequeño de lo previsto. "La empresa ha cumplido a medias con lo que en un principio estaba obligada a realizar", aseguraron. Aunque el cambio seguramente tuvo que ver con renegociaciones, cobro de peaje y concesiones políticas al poder empresarial.

Para 2019 es el enésimo plazo de comienzo de obras para la extensión de la autovía. Veinte años después. Los tiempos de la obra pública en la Argentina.