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04.11.2018 | Columnistas Los símbolos, la decadencia de dirigentes y un tiempo binario

El fin de la Cherokee y el Polo Judicial postergado, como la justicia misma

Bomberos pudo sortear la Grand Cherokee. Un símbolo de lo que fue el final del eseverrismo en el poder, en 2014. En la búsqueda de un vecinalismo o de un lugar en el peronismo "racional" Eseverri ya no es el dirigente que era. Galli es más espejo del olavarriense medio. El edificio judicial y la Justicia pospuesta para 2020. Otro símbolo de los tiempos.

 

Silvana Melo
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Cuando el jueves Agronomía Olavarría se llevó la ya célebre Grand Cherokee que Eseverri José compró en 2014, se cerró un círculo acaso amargo para el intendente que no esperaba ser ex con tanta celeridad. La compra de una 4x4 de alta gama como vehículo oficial rompió con la austeridad republicana (una virtud teologal del viejo eseverrismo, es decir, del helioseseverrismo). En siete días se cumplen exactamente cuatro años de lo más parecido a un escándalo en la gestión de José, con una repercusión popular inédita. A meses de la elección de 2015 que Eseverrijosé terminó perdiendo en una mixtura de transformer político y hedonismo inédito en su apellido, que le restó confiabilidad. Hoy José apuesta a un vecinalismo que sabe que no funciona en Olavarría. Y a un tercer sector (un peronismo no K que terciaría) para pelear hegemonías a Cambiemos y a Unidad Ciudadana. La mayoría de los oráculos le bajan la persiana.

La Grand Cherokee se cotizó en dólares (155.000), es decir que de los 8,50 pesos de 2014 a los 35 del primer día de noviembre de 2018, el dólar se disparó y la camioneta se revalorizó con entusiasmo.

Entre Walsh y el corralón

Unos años antes (exactamente seis) José Eseverri estrenaba su gobierno casi buscando cómo y dónde pararse. En diciembre de 2008 el Municipio cedía el edificio del Corralón Municipal para construir el polo judicial. Durante todo ese año quiso ser otro y lo castigaron por serlo. Se sentó a la izquierda de los organismos de Derechos Humanos, recitó a Rodolfo Walsh y se presentó en las casas de los vecinos en conflicto. Rápidamente viró. No le resultó en una ciudad que pedía más cemento y menos charla. Ya lo había dicho Helios: el problema de la política es el blabla del Congreso. Que dilata hasta lo insoportable la resolución de los temas.

La clave de esos días y la vuelta a los orígenes se dio en 2010, cuando la derrota K lo comenzó a alejar de un espacio al que nunca terminó de volver. Y que hoy lo espanta y lo horroriza. Y fue la foto del festejo de un partido del mundial de Sudáfrica el que habló definitivamente del futuro: era Salta, era la casa de Urtubey y estaban: el marido de Isabel Macedo, Diego Santilli, Sergio Massa, entre otros. Fue un espacio del que José nunca se fue del todo. A pesar de que, compulsiva y espasmódicamente, se fue con otro y volvió, eligió a un tercero y dio un giro y así a tal punto de ser protagonistas de memes, ironías y desconfianzas de propios y extraños.

La Grand Cherokee y el viaje al Caribe que lo devolvió con un bronceado magistral fueron tal vez las dos gotas que rebasaron la capacidad de aceptación popular a alguien que fue demasiados durante sus dos gestiones.

"La sensación de que con las tasas aumentadas el año pasado al ciento por ciento José se compró una camioneta de lujo (así de lineal) irrita hasta la desmesura. Porque se convierte en un símbolo: el de la agonía de la austeridad eseverrista. Y de la impunidad de aquel que ostenta el capital de los votos y está convencido de que nada ni nadie desactivará el atractivo ciego de la gestión", se escribió desde esta columna en esos días.

Espejos

La campaña de Galli, que sumó hábilmente la promesa de donar la camioneta si ganaba, sumó credibilidad popular al hacerlo efectivo. Los símbolos tienen una enorme importancia en los imaginarios populares. La Grand Cherokee fue un símbolo negativo para José. Determinante. Y fue otro positivo para Galli. Lo acaba de cerrar el jueves, a las puertas de un año electoral.

Eseverri El Joven tuvo la suerte -si así puede llamársele- de que el rugoso bienestar del sector popular estaba mucho menos mellado en 2014 que hoy, cuando los 155.000 dólares de la camioneta serían más de cinco millones de pesos en un vehículo en tiempos de 80 pesos el kilo de pan.

Pero a la vez la 4x4 llegó cuando el apellido Eseverri había pegado una vuelta descomunal: de un extremo el austero, autoritario, cultor de la filosofía antipolítica, pragmático, localista hasta el patronazgo de estancia. Del otro, el mutante partidario eterno, gozante de la buena vida, viajero incansable, político a la argentina. El que en 2013, massista hasta los huesos, ante la victoria festejó en tierra propia y en la de Massa a los quince minutos. Porque se movió en avión. Habían cambiado rotundamente las razones por las cuales José no era Helios. Al olavarriense medio no le gustó ninguna de esas razones.

Entonces votó por Ezequiel Galli. Joven, pro, estético, de derecha amarilla, insospechable para la opinión pública de patinar éticamente. A pesar de que se ha puesto en las fuentes del banquete unas cuantas veces como para que lo devoren. Y le perdonaron la vida. Como se la perdonaron a Eseverri Helios. Tal vez Galli es más el espejo en el que los olavarrienses quieren mirarse que José. Apenas una copia de un original intocable. Galli es el original. Y tiene, arriba, sustento más que aprovechable. José no lo tuvo ni lo tiene. Cristina lo crucificó, Massa no le perdonó nunca sus idas y vueltas, le retiró la confianza y se la puso en mano a Liliana Schwindt.

Hoy tiene esa soledad que lo impulsa a activar las antenas y monitorear posibilidades hacia las que mutar. Desde el vecinalismo hasta el peronismo (no K, vade retro Satán) federal o racional o como le quieran llamar a ese peronismo tan poco cercano a la gente de los arrabales, a los derechos adquiridos, a la educación sexual en las escuelas, a los migrantes de las vecindades, etc. etc.

José sabe que los vecinalismos en Olavarría no funcionan. Ya lo probó Portarrieu, aquel prócer de la construcción de la ciudad que rifó su procerato como intendente de la dictadura. Lo probó Jorge Larreche, lo heredó Marcelo Urlézaga, pero nunca funcionó. Eseverri El Padre construyó una especie de vecinalismo pero siempre tuvo una referencia nacional. Siempre. Aunque no saliera a hacer política para arriba desesperadamente como su hijo.

Por eso José amenaza con el vecinalismo pero busca cerrar el círculo de volver a la Salta del Mundial 2010 con Urtubey y Massa. Con Pichetto aportando el choripán.

Pero esa elección lo coloca en una tercera opción que a él lo asquea. El, que siempre fue primera opción en la vida. Hasta que dejó de serlo. La ancha avenida del medio que le propuso Massa (que antes era Sergio) fue tan angosta que terminó expulsando a la mayoría. Ya lo dijo Andrés Malamud: en la política Argentina no hay terceros. Hay polarización. Como en el fútbol no hay campeón y subcampeón. Hay triunfador y fracasado.

Entonces José está en una encerrona. Hasta llegar a decir que no quiere ser candidato para regalarle una victoria a la Unidad Ciudadana que parece encabezar Federico Aguilera, concejal. Porque en la Argentina Cristina y Mauricio siguen siendo los más elegidos. Con cuadernos, devidos presos, bóvedas con plata y bolsos en los conventos, Cristina sigue pisándole los talones a Mauricio sin ser candidata. Eso habla muy mal del resto. Y habla pésimo del peronismo (el no K) que no haya podido generar otro candidato mejor que un José que especula por interés propio.

Los que le quedan, incondicionales, al ex intendente son Margarita Arregui y Gerardo Ripoll de la vieja guardia. Y Einar Iguerategui, entre los que él mismo formó. El resto son "gente nueva que se va acercando", según apuntan. Antiguos pilares como Eduardo Rodríguez y Héctor Vitale parecen parte del pasado. Casi un tango.

Diez años atrás José mandaba al Concejo la ordenanza que le permitiría ceder el corralón municipal para construir la sede de la Justicia.

Un edificio magnífico, enorme, que está cambiando la estética de ese sector de la ciudad.

Pero que, dentro del ajuste severísimo -que afecta profundamente a la obra pública- ha quedado relegado para ser finalizado en 2020.

Doce años, en el tercer milenio, para convertir un proyecto en edificio concreto.

Los avatares sinuosos de la política. Y los mismos tiempos de la Justicia.