135056

02.09 Capítulo 2

Al verla pasar

Novela en entregas escrita por Andrea Milano. Género: policial histórico.

Lautaro intentaba concentrarse en la lectura, pero era inútil. Aunque era evidente para todo el mundo -menos para ella- que la música no formaba parte de sus dotes artísticas, su hermana Estelita se empeñaba en seguir tocando el piano. Como si de un ritual se tratase, solía hacerlo todas las tardes mientras su padre se encontraba recorriendo el campo y él se echaba un rato a descansar después de regresar del diario. Dejó el libro a un lado y la observó. Estaba sentada bien erguida, con la cabeza levemente alzada y los ojos entornados. A pesar de la diferencia de edad entre ambos; la temprana muerte de su madre cuando él tenía quince años y Estelita apenas acababa de cumplir los siete, los había vuelto inseparables. Solapaba sus travesuras delante de su padre, pero también la regañaba cuando hacía falta. Miró la hora. Necesitaba ir a la ciudad y se le estaba haciendo tarde. Ni bien se puso de pie, la música cesó de repente. Estelita se giró hacia él y arrugó el ceño.

-Si vas a volver a salir, quiero que me lleves.

Lautaro se acercó con una sonrisa condescendiente. Tenía una reunión con alguien de la comisaría y no podía presentarse en el lugar de la cita con su hermana menor.

-No puedo, Estelita...

-¿Cómo que no podés? -La joven se cruzó de brazos y le dedicó una mirada hierática.

-Voy por asuntos de trabajo, ya sabés... -trató de explicar.

-Yo no voy a meterme donde no me llaman. Me dejás en la biblioteca y después de que terminés con tus "asuntos" me pasás a buscar. -Antes de que Lautaro pudiese decir algo, Estelita le dio un beso en la mejilla y subió corriendo a su habitación para cambiarse.

Resignado a cumplir por enésima vez la voluntad de su hermana, se puso el saco y salió al patio. El sol otoñal pintaba de tonos ocres y rojizos la frondosa arboleda que rodeaba el casco de la estancia. Unos cuantos metros más allá, un grupo de garzas blancas sobrevolaba las aguas del arroyo que atravesaba La Isolina y que los araucanos habían llamado "Tapalqué"

Estaba subiéndose a su moderno Ford A cuando vio que su padre se acercaba a caballo.

Don Cosme Madariaga era uno de los ganaderos más influyentes de la provincia, formaba parte de la Sociedad Rural Argentina y hacía tres años que viajaba a Palermo para exponer sus mejores toros. La prematura muerte de su esposa lo había convertido en un hombre esquivo y dedicado al trabajo. Lautaro lo saludó con un movimiento de cabeza y se dio media vuelta. Su padre no se acostumbraba aún a la idea de tener un hijo aficionado a las letras; no cuando pretendía que su primogénito emulara sus pasos y se ocupase algún día de la administración de sus tierras. Absorto en sus pensamientos, no oyó que Estelita se acercaba. Dio un respingo cuando la muchacha cerró de un golpe seco la puerta del auto. Estuvo a punto de soltarle un sermón, pero fue imposible después de que lo mirase con ese gesto de inocencia del cual se valía cada vez que buscaba evitar un regaño.

Durante los siete kilómetros que separaban a la estancia de la ciudad, Estelita se la pasó hablando. Él fingía prestarle atención mientras apretaba con fuerza el volante. Su cabeza estaba ocupada en un asunto mucho más importante y escabroso que el libro de poemas que su hermana se había devorado a la hora de la siesta. Esa tarde tenía un encuentro con alguien que podía darle información precisa sobre el crimen de La Morocha y se regodeaba al imaginarse la reacción del comisario Peralta cuando leyera su próxima nota en el diario. Condujo a través de la calle Alsina con una sonrisa de triunfo en los labios. El bocinazo de un automovilista que en ese momento cruzaba a la altura de Belgrano y el grito de advertencia de Estelita evitaron la colisión.

-¿En qué estás pensando, Lautaro? -lo increpó su hermana al tiempo que se llevaba la mano a la garganta. Su rostro regordete se había puesto blanco como un papel.

-Perdoname, Estelita. Me distraje...

-A veces pienso que papá tiene razón en enojarse con vos. La vida de un ganadero es mucho más tranquila que la de un periodista entrometido.

"Y más aburrida" pensó Lautaro.

Cuando estacionó su Ford A color verde oliva frente al edificio de la biblioteca se bajó a toda prisa para abrirle la puerta a su hermana. Como si fuese el más atento de los caballeros, le tendió el brazo en un gesto conciliatorio, pero Estelita le esquivó la mirada. Estaba molesta con él y con las decisiones que tomaba y no pensaba disimularlo. Se quedó un rato en la vereda hasta que ya no la vio más. Ni siquiera le había dicho cuánto tardaría. Se subió el cuello del abrigo y observó su reloj. El cabo Zabala seguramente estaría esperándolo en la confitería "Gran Munich" De repente, el repiqueteo de unos zapatos de tacón atrajo su atención. Al darse vuelta, se topó con una visión deliciosa. Una mujer envuelta en un largo tapado color beige caminaba hacia él. Unos rizos oscuros se asomaban debajo de su elegante sombrero cloché y se mecían al compás de sus pasos apresurados. Tenía la tez muy blanca y los labios pintados de rojo carmesí. Cuando la tuvo un poco más cerca, la miró directamente a los ojos. Por un instante, sus miradas se encontraron. Lautaro le sonrió e inclinó la cabeza hacia abajo a modo de saludo. La joven lo ignoró y subió las escalinatas de la biblioteca dejando en el aire el aroma dulzón de su perfume. Sintió el impulso de seguirla, sin embargo, no lo hizo. Ya habría otra oportunidad para volver a verla. ¿Trabajaría en la biblioteca o, al igual que su hermana, sería aficionada a la lectura? Con su olfato de periodista no le llevaría mucho tiempo averiguarlo. Sonriendo, se subió al auto, y al llegar a la calle Rivadavia, giró a la izquierda. Estacionó justo enfrente de la confitería y al ingresar al local descubrió que Zabala no estaba. En su lugar, se encontró con el comisario Martín Peralta.