135586

16.09 

Capítulo 4: La novia ausente

Andrea Milano acerca el capítulo número 4 de la novela por entregas. Todos los domingos, con la edición impresa de diario El Popular

Maldiciendo por enésima vez el nombre de Lautaro Madariaga, el comisario se estacionó frente a su casa y permaneció sentado en el interior del Chevrolet durante un largo rato. Sus ojos azules parecían fulgurar de rabia en medio de la oscuridad. Cerró los puños alrededor del volante mientras trataba, en vano, de calmarse.

Aún resonaba en su cabeza, como un eco molesto e insistente, la incómoda afirmación que había pronunciado el muchacho antes de que él se levantase de la silla y abandonara la confitería dejándolo con la palabra en la boca. ¿Cómo se atrevía a provocarlo de esa manera? Se había librado del inepto de Zabala, pero era evidente que antes de abandonar Olavarría le había sonsacado algunos pesos más al joven periodista con ínfulas de investigador a cambio de un poco de información.

Seguía de cerca cada una de sus publicaciones en el diario con el único propósito de estar pendiente de lo que hacía o descubrir cuánto sabía. ¿Era posible que Zabala le hubiese hablado sobre el pañuelo hallado entre las pertenencias de Rosa Cardozo y que pertenecía a Alcira? Si era así, Madariaga no lo había mencionado todavía en las páginas de El Popular. Quizá estaba esperando el momento indicado y darle una nueva estocada para volver a dejarlo en ridículo. No se lo iba a permitir. Se bajó del auto, se quitó el sombrero para acomodarse el cabello y constató que su aliento no apestara demasiado a alcohol.

Eulalia estaría esperándolo con la cena lista y no tenía ánimos de oír otro de sus sermones. La casa chorizo, que había pertenecido a sus abuelos, estaba ubicada en la intersección de la Avenida Uriburu y Fassina, a unas pocas cuadras de la comisaría. Apenas entró al zaguán, percibió el olor dulzón de la vainilla y supo que Eulalia le había preparado su torta favorita. Aunque estaba pisando los cuarenta, la vieja seguía tratándolo como si fuese un niño. Se limpió la suela de los zapatos en el felpudo, se aliñó un poco la ropa y con paso cansino atravesó la galería. Se detuvo un momento antes de ingresar a la cocina. Abrió despacio la puerta y la espió.

Eulalia estaba de espaldas, revolviendo con una gran cuchara de madera el dulce de leche que ella misma elaboraba y que él saboreaba desde que tenía uso de razón. Se acercó y la sorprendió con un beso en la mejilla. Poco le importó en ese momento si descubría que había estado bebiendo. Eulalia era lo más parecido a una madre que tenía y de vez en cuando le gustaba consentirla.

-¿Y eso? -Se llevó una mano a la cintura y lo miró. -¿Se ha portado mal o qué?

Martín sonrió. Estaba a su lado desde que usaba pañales y seguía tratándolo de usted.

-¿Por qué la pregunta, Eulalia? -Cuando la mujer se distrajo, pasó el dedo por el borde de la olla para robarse un poco de dulce.

-Porque cuando se muestra así de cariñoso, es porque algo le pasa. -Levantó la cuchara de madera mientras movía la cabeza en un gesto de preocupación-. Usted está raro, Martincito. Llega a esta hora con cara de cansado, y aunque trate de disimularlo, estuvo bebiendo.

Martín podía fingir delante de cualquiera, menos de la querida Eulalia.

-¿Se trata de la difunta? ¿Ha vuelto a pensar en ella? -insistió en saber.

No podía contarle que el crimen de la muchacha que trabajaba en La Nuit tenía que ver con el de su prometida. Era una verdad que aún lo inquietaba demasiado como para pronunciarla en voz alta sin que se le formase un nudo en la garganta. En la comisaría ya barajaban la posibilidad de que Rosa Cardozo y Alcira Grimaldi hubiesen sido víctimas del mismo asesino. De otro modo, ¿cómo se explicaba que el pañuelo con sus iniciales hubiese aparecido entre las pertenencias de la joven que trabajaba en el cabaret? Él mismo lo había reconocido al verlo por primera vez y no cabía ninguna duda de que era el que usaba Alcira la noche de su desaparición.

-Nunca dejé de pensar en ella -le confesó Martín ahogando un suspiro. -Su muerte me pesa demasiado...

-Lo que a usted le pesa es no haber encontrado a quien la mató -replicó Eulalia. -El día que eso suceda, podrá recuperar esa paz que perdió cuando la señorita Grimaldi murió. Recién entonces -entrelazó las manos como si estuviese suplicando- estará listo para olvidarla y volver a enamorarse.

Martín no dijo nada. Perder a su prometida en tan terribles circunstancias le había endurecido el corazón. No había lugar para otra mujer en su vida, mucho menos para un nuevo amor.

-Otra vez se queda callado. -Eulalia le sirvió la sopa de verduras y se sentó a su lado-. No hablar sobre lo que pasó, no hará que sea más fácil olvidar.

El comisario la miró. Una nube de tristeza nublaba el azul intenso de su mirada. ¿Olvidar? Jamás podría hacerlo mientras el asesino de Alcira siguiera suelto.

Cenaron en silencio. Martín, perdido en sus propios pensamientos y Eulalia, angustiada por la vida aciaga que llevaba ese hombre al que había visto crecer y quería como a un hijo.

-Espero que tanta preocupación no le impida cumplir con lo que prometió -le dijo mientras él degustaba su postre: una generosa rebanada de torta de vainilla.

Martín entonces recordó que había aceptado acompañarla al Cine-Teatro París para ver a Gardel. Podía estar con un humor de perros, pero jamás faltaría a su promesa.

-Quedate tranquila, Eulalia. -Le sonrió-. Pasado mañana saldré antes de la comisaría para llegar temprano al recital y puedas estar cerca de tu querido Carlitos.

Eulalia, devolviéndole el gesto que él había tenido con ella al entrar en la cocina, le dio un beso en la mejilla.

-Debería afeitarse, Martincito.

-Estoy bien así.

Eulalia iba a decir algo, pero unos fuertes golpes en la puerta principal se lo impidieron.

Martín miró su reloj. ¿Quién podría ser a esa hora? Presuroso, cruzó la galería y preguntó quién llamaba antes de abrir. Cuando escuchó la voz del oficial Rivas, se alarmó.

-Comisario, vengo a buscarlo porque apareció un testigo. Lo está esperando en su despacho, dispuesto a declarar lo que vio la noche en la cual asesinaron a Rosa Cardozo.