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01.12 

Capítulo 15: Cuando tallan los recuerdos

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

-¡Al fin solos! -exclamó Felipe Santibáñez después de que lograse que Mirna saliera del despacho junto con la policía. Se dejó caer pesadamente en la silla y encendió ese puro que había estado deseando durante toda la noche-. ¿Le molesta?

Victoria, aturdida todavía por lo que acababa de ocurrir, negó con la cabeza.

-Lamento que haya tenido la desafortunada coincidencia de cruzarse con el comisario Peralta, señorita Insaurralde. Le aseguro que la policía no suele visitar mi local a menudo. Han venido ahora porque una de las muchachas ha aparecido muerta y quieren hablar con todos los que la conocíamos. -Puso cara de circunstancia mientras le daba una honda calada a su cigarro-. Es una situación desagradable, me temo, pero quiero que se quede tranquila. Lo que le pasó a La Morocha no tiene nada que ver con nosotros o con este cabaret.

Victoria no supo qué responder. Estaba absorta en sus propios pensamientos, tratando de adivinar qué quería un hombre como el comisario Peralta con ella al seguirla hasta su casa. Como si fuera poco, estaba a punto de aceptar la oferta de Santibáñez y cantar en el club nocturno donde trabajaba la mujer asesinada unos días atrás. Cualquiera en su lugar, habría salido espantada de allí. Sin embargo, Victoria no era de esas muchachas que se amilanaban ante el primer obstáculo... aunque se tratara de un crimen y de un policía que la inquietaba tanto. Ella había enfrentado a la muerte en España y había salido apenas con unos raspones. Se le nubló la vista al recordar lo que había sucedido en la Casa Profesa de Jesuitas, en Madrid, tras proclamarse la Segunda República. Ella concurría a la biblioteca después de clases y ese mediodía del mes de mayo, durante la fatídica quema de los conventos, una ola de violencia anticlerical contra las instituciones de la Iglesia Católica que duró cuatro días, el antiguo edificio de la biblioteca fue incendiado, perdiéndose así una gran cantidad de incunables, entre ellos, varias primeras ediciones de Lope de Vega o Calderón de la Barca. Victoria, junto con un grupo de monjas, había alcanzado a salir por la parte de atrás antes de que las llamas se extendieran por toda la propiedad. Fue ese trágico evento el que había orillado a sus padres a tomar la decisión de enviarla lejos.

-Victoria, ¿me está escuchando?

La pregunta de Santibáñez la trajo de regreso al presente. Respiró hondo y trató de sonreír.

-Perdóneme, me distraje.

-No importa. Le estaba diciendo que me gustaría mucho que empezara a cantar esta misma noche. ¿Qué le parece? -La miró de arriba abajo-. Creo que se vino preparada para debutar hoy.

Victoria asintió mientras se pasaba la mano por la peluca.

-Con respecto a esto... Prefiero mantener mi identidad en el anonimato, al menos por el momento.

-No se preocupe. Estoy más que dispuesto a oír sus condiciones.

-He decidido usar un nombre artístico. Creo que usar el mío sería demasiado arriesgado.

-¿Tiene uno en mente ya?

Victoria sí lo tenía. Se le había ocurrido mientras iba hacia el cabaret. Una vez que se convenció de que sería el indicado, ni siquiera se lo había comentado a sus amigas. Era mejor darles la sorpresa. Cuando se lo dijo a Felipe Santibáñez, él asintió satisfecho.

-Entonces, ¿le parece que suba al escenario en media hora?

La emoción le impidió a Victoria contestar de inmediato.

-Sí... por supuesto.

-Bien. Le sugiero que hable con los músicos y se ponga de acuerdo con ellos. Le ofrezco cantar todas las noches y descansar el domingo. No pretendo abusar de su confianza, mucho menos de su talento. -Se levantó y se aproximó a ella. Tomó un papel, una pluma y escribió una cifra-. ¿Está de acuerdo? Es lo que puedo ofrecerle por cada show. Elija su repertorio y si alguno de los presentes le pide algún tango en especial, trate de complacerlo. Ese es el lema de La Nuit, siempre satisfacer los deseos de sus clientes.

Victoria observó el número en el papel y asintió. Aunque ella no estaba allí por el dinero, era más de lo que hubiese esperado.

-La acompaño. -Extendió su brazo para invitarla a ponerse de pie y ella no pudo hacer nada cuando le tomó la mano-. Le voy a presentar a los músicos así se va familiarizando con ellos.

Salieron del despacho y rápidamente todas las miradas se posaron en ellos. Pasaron junto a la mesa en donde esperaban Lautaro y sus amigas y apenas pudo intercambiar un par de palabras con ellos.

Desde un rincón, el comisario Peralta tampoco le quitaba los ojos de encima. A su lado, el oficial Rivas hojeaba su libreta para asegurarse de que no se había olvidado de anotar ningún detalle. Tras hablar con tres de las muchachas del cabaret solo pudieron llegar a una conclusión: Rosa Cardozo estaba bastante nerviosa poco antes de morir. Incluso el día en que fue vista por última vez, se había levantado muy temprano para salir a la calle. Sus compañeras coincidieron al responder que había regresado recién al mediodía. Lo más extraño fue que esa misma noche, después de las diez, había vuelto a la calle, y esta vez, para ya nunca más aparecer. Sin dudas, sus últimos movimientos resultaban bastante sospechosos. Cuando el comisario les preguntó si Rosa en alguna ocasión había mencionado el nombre de Alcira Grimaldi, las muchachas dijeron que era la primera vez que lo oían.

Peralta se rascó la barba, señal inequívoca de que algo lo preocupaba. Rivas tuvo la certeza de que no se trataba del caso. Guardó la libreta y miró por encima de su hombro. La muchacha del cabello platinado se encontraba al lado de Santibáñez, charlando con los músicos de la orquesta. En una de las mesas, había un hombre acompañado por dos señoritas. Descubrió que era el tal Lautaro Madariaga, el periodista que disfrutaba enfrentarse al comisario valiéndose de sus artículos en el diario El Popular. Quizá era su presencia en el cabaret lo que tenía a su jefe de ese modo. Sin embargo, su intuición le decía que existía una razón más poderosa para que Peralta no le prestase atención... ¡la rubia platinada!

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