02.02 | Columnistas Mensaje lanzado como una botella al mar

Carta abierta al lector/a desconocido/a

 En verdad, es poco gratificante llegar al fin de una carrera profesional sólo con unos cuantos recuerdos amontonados desordenadamente y dos vergüenzas en flor que pesan como una deuda impagable.

Daniel Puertas

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Pero, haciendo honor al compromiso con la verdad presuntamente propio del oficio informo a esa persona desconocida que, me gusta suponer, viene leyendo mis artículos desde hace una punta de años que llegada la hora de la jubilación esa es, básicamente, la magra cosecha obtenida después de un largo período cultivando el periodismo.

La primera de esas vergüenzas no tiene mucho que ver con el ejercicio del que, en un tiempo y en un país donde no estaba tan devaluado como hoy en la Argentina, Gabriel García Márquez definió como el mejor oficio del mundo.

Pero como tiene mucho que ver -o todo- con mi vida es que no puedo por más que quiera desprenderme de esa vergüenza o, cuanto menos, esconderla para que nadie la vea.

Nació cuando mi vida era sólo un cúmulo de promesas, algunas de las cuales ya estaban frustradas según algunos familiares severos y poco proclives a comprender a los jóvenes. Por entonces me dedicaba a una vaga e inorgánica militancia, al teatro, la poesía, al ajedrez.

Es decir, a una serie de cosas a las cuales mi santa madre definió un mediodía en el que me despertó con el diario en la mano, donde había una noticia con foto sobre alguna cosa, quizá un torneo de ajedrez o la puesta en escena de una obra de teatro, en la que yo había participado.

La nota completa en la edición impresa de diario EL POPULAR