28.06 Capítulo 45 - Al compás del corazón

El esquinazo

"Al compás del corazón", una novela en entregas de la escritora local, Andrea Milano. Un nuevo capítulo cada domingo con tu diario El Popular.

-Lautaro, ¿adónde vas? -Estelita quería impedir que cometiera una nueva tontería, pero nada pudo hacer cuando su hermano se perdió entre la multitud que de a poco iba abandonando las instalaciones del cabaret.

-Dejalo, Estelita -manifestó Dorita, suspirando desilusionada. Otra noche más que estaba cerca de Lautaro y él ni siquiera la miraba.

Estelita rezongó cuando vio que su hermano se dirigía hacia el pasillo que llevaba al camarín de Gardelia.

-El comisario está con ella. Tengo miedo que se enfrente a Peralta y termine la noche en un calabozo.

Dorita arrugó el ceño. ¡Eso no podía ocurrir! ¡Lautaro no tenía la culpa de haber puesto los ojos en una mujer que prefería a otro hombre! Entendía la preocupación de su amiga porque a ella la carcomía la misma zozobra.

-Esperemos a ver qué pasa -sugirió, poco convencida.

Estelita negó con vehemencia.

-¡Ese hermano mío es un atolondrado y es capaz de cualquier cosa!

Dorita, acostumbrada a los arrebatos de su amiga, la siguió cuando enfiló hacia el oscuro pasillo por el cual acababa de desaparecer su hermano.

*

Victoria se dio vuelta de un sopetón cuando Lautaro entró al camarín.

-Perdón, pero la puerta estaba abierta -se disculpó. Sonrió aliviado al comprobar que el comisario Peralta no se encontraba en el lugar.

Victoria intentó esconder el dinero; sin embargo, no lo logró. Entre la angustia de haber perdido su medallita de la suerte y los nervios por la imprevista aparición de Lautaro, terminó tirando el fajo de billetes al suelo.

Lautaro se agachó y lo recogió.

-¿Qué estás haciendo con tanto dinero encima?

Victoria atinó a quitárselo, pero él no se lo permitió.

-No es mío -explicó, sin entrar en más detalles.

-¿No es tuyo?

Victoria no le respondió.

-¿Entonces por qué estaba entre tus pertenencias?

Ella no supo qué decirle.

-Victoria, no soy de entrometerme donde no me llaman...

-Lo dudo -masculló ella, molesta por haber permitido que la sorprendiera con las manos en la masa.

Lautaro hizo caso omiso a su comentario.

-Si te metiste en problemas y no querés contárselo a la policía, podés confiar en mí.

Victoria no tenía demasiadas opciones. ¿Qué podría decirle para que dejara de preguntar sin involucrar a Leonor? La verdad es que no sabía de dónde la alternadora había sacado tanto dinero y por la expresión de su cara al pedirle que se lo guardara, debía ser algo muy serio.

-No es mío. Es lo único que puedo decirte. -Le dio la espalda con la excusa de ordenar la toilette para que ya no insistiera en sus preguntas.

Lautaro se paró detrás de ella y la miró a través del espejo. En su mano derecha sostenía el fajo de dinero. Sin contarlo, dedujo que era una suma bastante considerada.

-No voy a obligarte a que me lo cuentes -le dijo. Sonrió cuando ella le devolvió la mirada-. Solo quiero que sepas que si necesitás ayuda o alguien con quien hablar fuera del ámbito... policial, no dudés en buscarme.

Victoria no supo por qué; pero en ese momento de incertidumbre en el que sentía que estaba inmersa en un gran problema sin siquiera proponérselo, necesitaba confiar en alguien.

-Una de las chicas me pidió un favor y no pude negarme -dijo por fin. Le arrebató el fajo de las manos y volvió a meterlo en su bolso-. No me explicó de dónde lo había obtenido; solo quería que se lo guardara por esta noche.

-Es mucho dinero -comentó él, tratando de discernir si sabía algo más y se lo estaba ocultando.

-Lo sé. Otra de las chicas, una pelirroja llamada Fanny tenía mucho interés en saber de dónde lo había sacado. Las encontré peleándose en el pasillo. Quizá por eso Leonor me pidió a mí que se lo guardara.

Lautaro sonrió. Acababa de soltarle un nombre. Era suficiente para comenzar a averiguar por qué una alternadora de La Nuit andaba con tanta plata encima. No pudo seguir indagando porque su hermana y Dorita irrumpieron en el camarín con la excusa de despedirse de Gardelia.

*

Peralta se cruzó de brazos. Frente a él estaba Santibáñez; tan inquieto como de costumbre y con esa absurda manía de mostrarse demasiado amable, como si no tuviese nada que ocultar, cuando en realidad solo deseaba que se fuera y lo dejara en paz.

-Comprenderá que, con las muertes de dos de sus muchachas, la investigación se enfoca en el cabaret -manifestó, mirándolo fijamente. Notó que un hilo de sudor le bajaba por la frente-. Me dijo que tenía poco trato con Rosa Cardozo porque hacía poco tiempo que trabajaba para usted. ¿Qué hay de Laureana Pacheco, alias Tita? ¿Tampoco tenía demasiado trato con ella?

-A Tita la conocí mejor -se atrevió a confesar-. Era una de las muchachas más antiguas. Entró a La Nuit pocos meses después de su inauguración. Aunque no me lo crea, me afectó mucho su muerte.

-¿Dónde se encontraba usted la noche en la que fue asesinada?

Santibáñez se aflojó el nudo de la corbata. Parecía que de repente le faltaba el aire.

-Aquí mismo.

-¿Hasta qué hora se quedó?

-No lo recuerdo exactamente, pero cerca de la madrugada.

-¿Y luego hacia dónde se dirigió?

Santibáñez tardó unos cuantos segundos en responder y Peralta supo que le había mentido o que estaba a punto de hacerlo.

-Me fui derecho a mi casa. Le diría que le pregunte a mi madre para corroborar mi coartada, pero sería inútil. Se duerme temprano y nunca, o casi nunca, me escucha llegar de la calle; sobre todo cuando lo hago tan tarde.

Peralta también intuía que la madre de Santibáñez no iba a poner en evidencia a su hijo.

-He hablado con Beatriz, la hermana de Tita. -No notó ninguna turbación en su semblante-. Me dijo que Tita tenía escondida una importante suma de dinero en su casa y que nunca le había mencionado su procedencia. ¿De casualidad sabe dónde lo pudo obtener?

Felipe Santibáñez se encogió de hombros.

-Le pregunta a la persona errónea, comisario. Le aseguro que no tengo la más mínima idea de qué dinero me habla.

El comisario Peralta; llevado por esa intuición que muy pocas veces le fallaba, le creyó.

Ese hombre que siempre se mostraba reacio a responder a sus interrogatorios, no sabía nada del dichoso fajo de billetes que Tita tenía escondido.