27.09 

Capítulo 58: El milagro

Victoria se quedó paralizada, con la mano alrededor del pomo de la puerta recién cerrada y el bolso en donde guardaba la peluca pegado contra el pecho. Seguí leyendo

Victoria se quedó paralizada, con la mano alrededor del pomo de la puerta recién cerrada y el bolso en donde guardaba la peluca pegado contra el pecho. Buscó a su tío con la mirada; pero era evidente que no iba a estar allí para defenderla. Seguramente su tía lo había enviado a la habitación para que no tratase, por enésima vez, de solapar a su sobrina.

Cuando se le acercó con ese andar firme que solía ser el preludio a un sermón, Victoria se recostó contra la puerta. Atinó a decir algo; sin embargo, su tía no le dio la oportunidad siquiera de abrir la boca.

-Intuí que algo estaba pasando cuando comenzaste a acostarte más temprano de lo habitual -la enfrentó. -Supongo que has podido escabullirte sin ser vista gracias a la complicidad de Corina...

-Ella no tiene la culpa de nada -manifestó Victoria, saliendo en defensa de la mucama.

-Ya hablaremos luego de la culpabilidad de esa irresponsable en todo este asunto.

Victoria apenas consiguió asentir con un breve movimiento de cabeza. La expresión severa en el rostro de su tía la amilanó. La había visto enojada muchas veces; pero en esta ocasión, temía las medidas que pudiese llegar a tomar para hacerle pagar por su afrenta. Esperaba que no le prohibiera seguir cantando porque, aunque le costase un techo en donde dormir, ella no iba a abandonar su sueño.

-Si Armando no hubiese dejado caer las llaves cuando llegó, quién sabe cuándo iba a descubrir lo que hacés por las noches. No tuvo más remedio que contármelo todo y juega a su favor que se haya enterado hace poco. Lo que no les voy a perdonar, ni a vos ni a él, es que no me hayan invitado para ir con ustedes.

Al principio, Victoria creyó que había entendido mal. ¿Su tía le estaba reclamando que se hubiesen ido al cabaret sin ella?

-Yo... no pensé; bueno, no pensamos que...

Doña Bárbara abandonó la postura amenazante y suavizó la expresión de su rostro con una sonrisa.

-No soy un ogro, Victoria. Si me hubieses contado todo desde el principio, no habrías tenido la necesidad de escaparte por las noches para ir a cantar. -La sujetó del brazo y la acompañó hasta el salón. Tomó su bolso, lo dejó caer sobre el sillón favorito de su esposo y la instó a sentarse-. Reconozco que me llevé una gran sorpresa cuando tu tío me confesó lo que sucedía. Aunque no esté demasiado de acuerdo con el sitio que has elegido para desplegar tu talento musical; entiendo que era una gran oportunidad y no podías dejarla pasar.

-El mismísimo Carlos Gardel me recomendó al dueño del... de La Nuit -dijo Victoria, aliviada de que todo estuviese resultando mejor de lo que imaginaba-. Me habría gustado que usted lo supiera desde el principio; pero tenía miedo de que me lo prohibiera. Yo misma la escuché hablar en malos términos de ese lugar. Pensé que jamás aprobaría que cantase allí.

Doña Bárbara hizo un mohín con los labios.

-La verdad sea dicha, querida sobrina. No es el lugar más apropiado para una muchacha como vos; sobre todo porque las dos mujeres que fueron asesinadas trabajaban en ese cabaret.

Victoria prefirió no hacer ningún comentario al respecto. Ignoraba hasta dónde le había contado su tío sobre sus escapadas nocturnas o si había incluido sus encuentros con el comisario Peralta.

-Lo que me deja más tranquila es que al menos ibas acompañada por tus amigas y por ese muchacho, el periodista... ¿cómo se llamaba?

-Lautaro, tía.

-Sí, ese mismo. -Doña Bárbara la miró fijamente, como si tratase de descubrir algún gesto que delatara una posible relación sentimental con el hermano de su amiga. -Me pareció muy agradable esa vez que vino a visitarte y a interesarse por tu salud.

Victoria sintió que su tía la estaba acorralando para sonsacarle una verdad que deseaba oír pero que ella no podía decirle. ¿Sería el momento adecuado para mencionarle a Martín? Después de todo, él acababa de invitarla a cenar en su casa para que conociera a la señora Eulalia, la mujer a quien trataba como a una madre. Lo más lógico era que su tía se enterase de una vez por todas qué clase de relación la unía al comisario.

-Tía, no niego que Lautaro sea un muchacho agradable. Es más, estoy muy agradecida con él y con Estelita por las veces que me han acompañado, viniendo desde el campo solo por mí...

-¿Pero? Porque veo un pero aflorando en tus labios -la interrumpió doña Bárbara.

Victoria suspiró.

-Es un buen amigo, nada más. Aunque él me ha demostrado que tiene un interés amoroso hacia mí, yo no siento lo mismo. -Percibió cierta desazón en el semblante de su tía-. No sé qué más le habrá contado el tío Armando, pero la verdad es que. -¡Dios ni siquiera sabía cómo decírselo! -Hay alguien más.

Doña Bárbara abrió bien grande los ojos.

-¿Conociste a otro hombre? No habrá sido en ese sitio, ¿verdad?

Ahora Victoria no sabía si contárselo o no. ¿Cómo decirle que había visto por primera vez a Martín en el cabaret y que esa misma noche él la había seguido hasta su casa y ella había salido corriendo, asustada?

-No quiero que me juzgue ni que se enoje.

-Entonces es eso... ¡Estás saliendo con alguien de La Nuit! No será el tal Santibáñez, ¿no? Armando me dijo que no le da muy buena espina.

-No, por supuesto que no es él.

-¿Y de quién se trata? -insistió en saber.

-De Martín Peralta; el comisario Peralta -se apresuró a aclararle.

-¿Estás viéndote con un policía? -exclamó doña Bárbara, estupefacta.

Victoria asintió.

-Supongo que es quien investiga las muertes de esas muchachas.

Victoria volvió a asentir con la cabeza.

-¿Lo querés?

-Sí, tía.

-Tenés que traerlo a casa cuanto antes. Tu tío seguramente ya lo conoce y creo que estoy en todo mi derecho de verla la cara al famoso comisario Peralta yo también. Con tu padre al otro lado del océano, es nuestro deber preocuparnos por tu bienestar y, en este caso, comprobar si ese hombre es merecedor de tu cariño. Como entenderás, no podemos consentir que te relaciones con alguien que no te convenga.

La sonrisa de Victoria se fue apagando. ¿Y si a su tía le parecía que Martín no era para ella?

No estaba dispuesta a renunciar a su sueño... tampoco al hombre que amaba.