18.10 | Columnistas 

Pan fumigado: el trigo transgénico llega con su agroquímico propio

Un ingeniero agrónomo olavarriense y dos productores agroecológicos -uno local y otro de Bolívar- analizan la llegada del trigo transgénico.

Silvana Melo

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El gobierno argentino acaba de aprobar el primer trigo transgénico del mundo. No es cualquier cultivo: es el trigo. Es el pan, como símbolo de la vida, del alimento como derecho de la humanidad. El pan imprescindible en todas las mesas, el manjar de los pobres. 24 años después de la entrada triunfal de la soja transgénica y el paquete tecnológico de Monsanto que condicionó la matriz productiva del país, el gobierno está listo para impulsar el cultivo masivo de una nueva transgénesis. Con una sujeción: que Brasil, el primer importador del trigo argentino, lo acepte. Es decir que si esta nueva aventura del agronegocio naufraga, no será por razones éticas, humanitarias o de soberanía alimentaria sino estrictamente financieras. Las mismas razones por las que se intenta poner en marcha: la necesidad desesperante de divisas que subordina el poder político al poder de las multinacionales.

La variedad HB4, que no fue producida por Monsanto -para hablar de un demonio ya legendario- sino por Bioceres, llega con su veneno estrella en el paquete tecnológico que se sentará amablemente a las mesas y terminará con la escasa soberanía alimentaria que se sostiene en los platos de esta tierra. Donde el hambre es uno de los principales comensales.

El primer maridaje célebre de la agroindustria tecnológica fue la soja transgénica y el glifosato. Ahora llegan, en alfombra roja, el trigo de Bioceres con el glufosinato de amonio, que matará toda maleza de la vecindad pero no tocará la espiga.

El trigo transgénico autorizado tiene dos características: resistencia a la sequía y a la salinidad de suelo y fue aprobado por la Resolución 41/2020 del 7 de octubre de la Secretaría de Alimentos, Bioeconomía y Desarrollo Regional del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, publicada en el Boletín Oficial el 9 de octubre.

Para el ingeniero agrónomo Alberto Miotti, "es un anuncio positivo porque la investigación argentina está produciendo cosas importantes para solucionar problemas y es un orgullo". Pero fundamentalmente, lo entusiasma "la posibilidad de ampliar la frontera agropecuaria: si hay espacios con salinidad del suelo o muy bajo nivel de precipitación, con esta variedad se podrá cultivar trigo lo mismo en forma rentable".

Sin embargo, el uso del HB4, dice el abogado ambiental Marcos Filardi, "multiplicará, como todos los transgénicos, el consumo de herbicidas ya que ésa es la razón para la que se han desarrollado". Por eso "el uso de agrotóxicos se ha incrementado exponencialmente desde su introducción: en Argentina ya se usan más de 525 millones de litros de agrotóxicos por año y esta autorización implicará aumentar aún más esa cantidad de por sí exorbitante".

El herbicida al que es tolerante el trigo aprobado es más tóxico que el propio glifosato. En este sentido, Miotti cree que "si el mercado ofrece una línea de trigo que resiste a la salinidad y la sequía y que a su vez tiene la capacidad de resistir a determinado herbicida, eso no significa que haya que usarlo. Pero da tranquilidad saber que esa arma está". Porque, asegura en una afirmación al menos cuestionable, "la agricultura sin el herbicida es imposible".

Tierra viva

Elbio Sarnari tiene una producción agroecológica en Bolívar y forma parte del colectivo Tierra Viva. Está convencido de que "la búsqueda de la resistencia a la sequía se da porque el agronegocio está haciendo un malísimo manejo del agua: muchos de los suelos de la pampa húmeda no retienen agua porque no tienen la misma cantidad de materia orgánica que antes, no tienen la misma micro fauna y micro flora y no retienen agua". Desde su sistema, asegura, "pretendemos aumentar la biodiversidad en el suelo, eso retiene el agua y tenemos beneficios rápidos en la salud del suelo".

Unos catorce millones de personas están sometidas a fumigaciones en los territorios cultivados del país. Hasta ahora las pulverizaciones masivas "se circunscribían a las temporadas de primavera y verano" pero la llegada del trigo transgénico con la compañía del glufosinato de amonio generará fumigaciones también en invierno. Cuando la inmunodepresión que produce el sometimiento a los agroquímicos -comprobada científicamente- alentará a las enfermedades respiratorias.

Miotti admite que "el problema de los agroquímicos ha ido creciendo y el tema de las malezas se ha ido complicando, el costo de los insumos es cada vez más alto. Lo más importante de este trigo para mí no es que sea resistente al glufosinato, sino a la sequía".

Sin embargo, sería inevitable que el glufosinato formara parte de las mesas diarias argentinas en cada pan, sumándose a las decenas de agroquímicos que pueblan la alimentación, tan lejos de la soberanía alimentaria. "La alimentación sana es lo que queremos todos, pero la respuesta a cómo hacerlo no es fácil -sostiene el ingeniero agrónomo-. Se puede hacer una producción muy ecológica en espacios razonables, pero hay que alimentar 7 mil millones de bocas". Una de las ventajas que Miotti plantea acerca de la transgénesis del trigo, es la posibilidad "de exportación a países africanos con un severo problema de alimentación; no es que comen bueno o malo, no comen. Se mueren más por hambre que por covid. Y por la falta de alimentos se suceden guerras civiles, mortandades feroces y malnutrición en niños. Esto puede modificar las dietas y solucionar parte del problema".

Verde sin revolución

Hoy la FAO (la organización contra el hambre de las Naciones Unidas) reniega de su propio invento: la revolución verde, que se puso en marcha en los años 60 con la intención de aliviar el hambre en el mundo. Se desarrollaron semillas de alto rendimiento resistentes a todo y que permitían tres cosechas al año y monocultivo. No solucionaron el hambre, agotaron los suelos y generaron la necesidad del uso indiscriminado de pesticidas que se extiende hasta hoy. La FAO misma dice "hemos llegado al límite del paradigma de la revolución verde (...). Los transgénicos son hoy la mejor encarnación de ese paradigma y avanzar hacia una producción agroecológica libre de venenos y transgénicos es el principal desafío que hoy tenemos como humanidad".

Sin embargo, la Argentina insiste. En un producto que la mismísima Monsanto descartó en su momento.

Enrique Hohl tiene una producción hortícola y avícola agroecológica en Olavarría. Su postura no es productiva sino profundamente filosófica: "los pequeños agricultores, los trabajadores de la tierra que la habitamos, la cuidamos y la producimos, creemos que es nuestro medio de vida y nuestro principal recurso a cuidar". Por esa razón "la introducción de las prácticas del modelo agrícola tradicional, la transgénesis de las semillas que se utilizan para los monocultivos masivos de trigo, soja y maíz generan un desequilibrio grande en la biología del suelo y en el hábitat". Que "por una cuestión obvia se traslada a los alimentos que consumimos todos los días y tiene un impacto en la salud".

En estos conceptos basa su rechazo "a la instalación de los transgénicos en la Argentina, para todo tipo de cultivo: porque modifican en forma negativa el ecosistema".

Para Miotti está claro que la implementación del trigo transgénico depende de la aprobación de la nueva Ley de Semillas, porque "hasta ahora no se permite cobrar las regalías del obtentor, del que investigó para lograr la semilla". Una ley que, a la vez convertirá a las semillas en una mera mercancía.

"Intervenir en cómo la naturaleza va dando forma a la genética de un cultivo es sólo mejorar la cuestión productivista", opina Elbio Sarnari. "Quedan afuera de ese análisis lo que la economía ecológica llama externalidades, que tienen que ver con los graves problemas de salud que la humanidad tiene hoy como consecuencia de ese modelo de producción ultra intensivo".

Miradas antagónicas en la tensión extrema entre los modos de producción en el país. Y una matriz productiva hegemónica que supera todas las grietas pero que está al límite de la inviabilidad. Un debate imprescindible.

Si los trigos se mezclan, no

El trigo se autofecunda en un gran porcentaje pero también se cruza con cultivos de cercanía, como sucede con la soja. Y ése parece ser el gran problema del trigo transgénico: el casi inevitable cruce con el trigo común.

Elbio Sarnari parte de la vereda de enfrente de "las transgénesis por manipulación del hombre". Explica que "a los maíces de variedad es muy difícil mantenerlos libres de genes de maíces híbridos; lo del trigo es un gravísimo problema, porque se contaminarán todos los trigos".

"Bioceres estaría proponiendo un sistema de comercialización de la semilla que implique que no se mezcle con el trigo común", analiza Alberto Miotti. Pero "no hay certificación de que los países compradores lo acepten". En el mismo sentido, Sarnari apunta que "nosotros como país no tenemos certezas de comercializar sin problemas un trigo transgénico".

Miotti fue más allá: "esta semana participé de un zoom con especialistas de Argentina y del exterior. Se dijo que la cadena de molinería brasileña amenaza informalmente con suspender la compra de trigo argentino si se aprueba el trigo transgénico sin poder asegurar su separación del trigo no transgénico".

El agrónomo consideró que no es muy viable. "Es un suceso bueno, bien orientado, pero inmaduro aún para volcar al mercado".