18.10 

Capítulo 61: Cuesta abajo

Antes de que cometiese un error del cual seguramente se terminara arrepintiendo, Estelita decidió entrometerse por el bien de Victoria y por el de su propio hermano. Tomó a Lautaro del brazo y comenzó a retroceder sin darle tiempo siquiera a reaccionar. Seguí leyendo

-Estelita, ¿qué haces? -la increpó el periodista, oponiendo resistencia.

-Impido que hagas otra de tus locuras -respondió ella, poniendo cara de circunstancia mientras Victoria no dejaba de observarlos.

-Solo quiero hablar con ella -le dijo cuando estuvieron lo suficientemente lejos como para hablar sin ser oídos.

-¿Para qué? Ya la felicitaste y Victoria te dio las gracias. -Lo tironeó de la manga del saco cuando Lautaro atinó a regresar al lado de la mujer que le gustaba. -Olvidate de ella; es lo mejor que podés hacer, querido hermano. Si seguís buscándola con cualquier excusa, vas a terminar por perjudicar su relación con el comisario Peralta.

Lautaro curvó los labios en una sonrisa casi maquiavélica.

-Eso es lo que buscas, ¿no? -Estelita le dio un pellizco en el brazo-. ¡Debería darte vergüenza! ¡Humillarte por una mujer que no te quiere cuando siempre has tenido un tendal de señoritas dispuestas a dejarse conquistar por vos! ¡Te miro y no te reconozco!

El sermón de su hermana lo dejó sin palabras. Nunca antes le había rogado a ninguna mujer... pero eso había cambiado el día que conoció a Victoria. Por ella estaba dispuesto a humillarse y a enfrentarse al mismísimo comisario Peralta si hiciera falta. ¿Por qué su hermana no era capaz de comprenderlo?

-No vas a estar siempre cerca, Estelita -farfulló, molesto.

-Si de mí dependiera; no volverías a acercarte más a Victoria. Mucho menos con intenciones amorosas. Dejala que sea feliz con el hombre que ella eligió y seguí mi consejo. -Con disimulo le señaló a su otra amiga, quien seguía toda la escena desde un rincón de la biblioteca-. Dorita se muere por vos. Deberías tratarla un poco más. Estoy segura de que te sorprenderías...

Lautaro ya lo había intentado y todo resultó en un rotundo fracaso. La había dejado plantada porque Victoria o la idea de volver a verla, se había interpuesto en su camino. Dudaba que Dorita se lo perdonase algún día. Intentó soltarse del brazo de su hermana, sin éxito.

-Nosotros nos vamos -anunció con voz fuerte y clara-. Hoy llega papá de Buenos Aires y le gusta que estemos en la estancia cada vez que vuelve. -Miró de reojo a Lautaro-. Mi hermano vino a buscarme por eso, ¿verdad, querido? Tengo que supervisar la cena para que papá se sienta a gusto en casa después de tantos días fuera de la ciudad. Hoy no podremos acompañar a Gardelia.

-No te preocupes, Estelita. Tu padre se sentirá feliz de estar acompañado de sus dos hijos. -Victoria se les acercó y le dio un beso a su amiga en la mejilla y le susurró un "gracias" antes de apartarse de ella.

Lautaro quiso decir algo más; aunque sea, intercambiar algunas palabras con Victoria, pero Estelita consiguió sacarlo a empellones de la biblioteca antes de que pudiese abrir la boca.

Dorita se puso a ordenar unos libros en la mesa principal para no tener que mirar a Victoria a la cara. Aun así, ella se acercó y trató de entablar conversación. Ya había asumido que no era culpa suya que Lautaro no la dejase en paz; sin embargo, no podía evitar sentirse mal por su querida amiga. Cuando se dio cuenta que Dorita no estaba de ánimos para hablar; optó por no importunarla. Se internó en uno de los amplios pasillos de la Biblioteca Popular de Olavarría, y se puso a canturrear un tango de Gardel mientras acomodaba algunos ejemplares que estaban mal puestos en los estantes. Pensar en que esa noche volvería a ver a Martín borró cualquier pensamiento triste de su cabeza.

*

A unas cuantas calles de allí, en el interior de su despacho, el comisario Peralta rumiaba su mal humor. La búsqueda de Leonor Acuña no había arrojado ningún resultado. Tras enviar varios agentes a recorrer los lugares que solía frecuentar cuando no estaba en el cabaret, no había señales de la muchacha. Parecía que se la hubiese tragado la tierra y esa posibilidad no hacía más que acrecentar las peores sospechas.

La llegada intempestiva de Rivas, con cara de haber descubierto algo importante, le cambió el semblante.

-¿El perito ha conseguido identificar alguna huella que nos resulte útil? -preguntó, con impaciencia.

Cuando el agente Rivas negó enérgicamente con la cabeza, las esperanzas de Peralta se evaporaron como por arte de magia.

-El experto dijo que es imposible obtener una identificación que nos sirva en la investigación, comisario. Es dinero y, como tal, ha pasado por muchas manos. Es como buscar una aguja en un pajar.

Martín Peralta asintió resignado. Había sido una apuesta inútil. Sentía que con cada paso que avanzaban en el caso, retrocedían dos.

-No todo está perdido, comisario -comentó el agente Rivas, entusiasmado a pesar de las malas nuevas.

-¿Qué querés decir?

-No se pudo conseguir nada con los billetes; pero con el fajo que envolvía el dinero tuvimos más suerte.

Peralta lo miró, sorprendido.

-¿Han encontrado alguna huella latente?

-No, comisario. Llegaron a la misma conclusión con el fajo: demasiadas huellas como para aislar la que buscamos.

-¿Entonces? -El comisario no estaba siguiendo la lógica del agente.

-Después de salir del laboratorio, decidí pasar por otro lado.

Rivas hizo silencio y Peralta ya comenzaba a perder la paciencia.

-Fui a visitar al señor Dante Grimaldi y le mostré el fajo de tela que envolvía los billetes. ¡Lo reconoció, comisario! ¡Es el mismo que utilizó él para sujetar el dinero que les pagó a los chantajistas!

Peralta ensanchó los labios en una sonrisa. ¡Ahí estaba la conexión que buscaban y que confirmaba sus sospechas! Leonor Acuña había participado en el chantaje y ese dinero seguramente era parte del pago o un buen incentivo para que mantuviese la boca cerrada.

-Ahora más que nunca debemos encontrar a esa mujer, Rivas -manifestó Peralta con el ánimo renovado. Quizá aún estaban a tiempo de hablar con ella y cerrar el círculo alrededor del cabaret.