25.10 | Columnistas Desde Silvia Saravia a Abigail Riquel y su paralelismo con el crimen de Yenifer Falcón, 19 años atrás

Femicidios, dominación y vidas en las antípodas

Crímenes de poder. Por múltiples razones. El femicidio de Silvia Saravia, en un country de Pilar y los intentos clasistas del entorno por tergiversar lo ocurrido. El femicidio de la pequeña Abigail Riquel, en Tucumán y el linchamiento posterior del sospechoso. Violencias nacidas "de las formas de adueñamiento masculino", como define Rita Segato.

Claudia Rafael // [email protected]

No importa la pertenencia social. En el instante mismo en que un femicidio se produce se pone en juego una estrategia en la que queda al desnudo toda una estructura de poder tanto de jerarquías como de contenido patriarcal. Tal vez ese sea el único punto de contacto entre Abigail Riquel y Silvia Saravia. Nada más. Sus vidas transitaban en las antípodas. Sin embargo, ambas fueron víctimas de los dispositivos violentogénicos (violentos desde la misma génesis) de los que los crímenes de género vienen revestidos.

Silvia Saravia tenía 69 años. Era socióloga recibida en la UCA, solía pasar los inviernos nuestros en su departamento de Manhattan, se codeaba con artistas como Marta Minujín y era posible hojear fotos suyas en revistas como Hola, amaba a Albert Camus, era activa partícipe de la Fundación de Amigos del Teatro San Martín en medio de un infinito abanico de actividades sociales. Y, desde julio de 1974 era la esposa de Jorge Neuss. Un hombre asociado al nombre de unas históricas gaseosas que, sin embargo, eran apenas lo anecdótico. Su fuerte estaba en otro lado. Hay negociados corruptos en el mundillo financiero y energético que lo llevaron a estar en la mira de investigaciones pero como suele suceder en ciertos andariveles del poder nada lo rozó seriamente hasta la bala del final. Que, por supuesto, fue producto de su propia decisión. No permitiría que ninguna institucionalidad ajena a su poderío lo afectara.

La biografía de Abigail Riquel es mucho más escueta. Tenía 9 años. Cursaba la primaria. Vivía en Villa Muñecas, en el pobrerío tucumano. Nombre de barrio que alude a una historia de hadas que no es. El domingo a eso de las 9 de la mañana quiso ir a lo de una amiguita y no regresó. La familia quiso denunciar su ausencia pero en la comisaría no hubo más respuestas que la de no tener estructura ni tiempo como para ocuparse. Fueron los mismos vecinos de la barriada los que salieron a buscarla y encontraron su cuerpito semienterrado a 400 metros de su casa. El que se cree fue su victimario no tenía el tipo de negociados de Neuss. Se dedicaba a otros rubros.

Silvia Saravia fue victimizada desde su femicidio al menos dos veces más. Cuando su entorno intentó dibujar el crimen porque más que la necesidad de justicia y la rabia por la pérdida primó la vergüenza de clase. Que llevó a hacer un fingido funeral compartido presidido con la foto de ambos en amplia y amorosa sonrisa, incluso de los hijos, capaces de mentir para tapar. Algo así como que "a gente como uno no le ocurren ciertas cosas". Pero además, con esa decisión macabra de que aún tras la muerte no habrá quien pueda separar lo que dios unió. Ahí no corrió aquello de "hasta que la muerte los separe".

En Villa Muñecas, a 1200 kilómetros del country de Pilar en el que vivían Saravia y Neuss aunque a millones de años luz de sus vidas de carne y hueso, fueron los mismos vecinos los que decidieron a golpes de furia terminar con la vida del sospechoso. En un linchamiento moralizador que desnuda la parte más horrible de la esencia humana.

Dimensiones

A lo largo de su historia, la antropóloga Rita Segato escribió largamente sobre crímenes de poder. "Todos y cada uno de los crímenes de género tienen una dimensión de impersonalidad y antagonismo genérico emanada de la estructura de poder jerárquica y patriarcal", analizó. Y agregó que "la posición masculina sólo puede ser alcanzada -adquirida, en cuanto estatus- y reproducirse como tal ejerciendo una o más dimensiones de un paquete de potencias, es decir, de formas de dominio entrelazadas: sexual, bélica, intelectual, política, económica y moral".


Varios de los componentes de ese entrelazamiento abarcaron a Silvia y a Abigail. En el caso de la nena tucumana podría haber sido ella o cualquier otra niña o adolescente que estuviera sola en ese lugar y a esa hora de aquel domingo del día de la madre. Como hace 19 años en Olavarría podría haber sido Yenifer Falcón o cualquier otra nena que hubiese cruzado sus pasos, al ir al almacén del barrio, con el asesino femicida Mario Sallago. Yenifer y Abigail se hermanan en lo que les ocurrió. No se trataba de ellas en sí mismas, con sus nombres y sus edades, con sus cuerpitos tenues y sus fragilidades. Se trató de cualquier nena que, por puro azar, se cruzó con un perverso que las destrozó. Y en los dos casos -y acá no hay casualidades sino una reiteración sistémica a lo largo y ancho del país- hay una desidia institucional que podría haber impedido pero no lo hizo. En el caso de Yenifer que tendría -en esta pandemia 2020- 24 años la desidia tuvo que ver, por un lado, con la inacción policial frente a una denuncia anterior contra Sallago y, por otro, con la mala praxis de estructuras políticas y judiciales de otras provincias que permitieron que en ese febrero de 2001 Sallago estuviera libre y en Olavarría.

Muy distinta es la historia de Silvia Saravia como de tantas otras mujeres que en Olavarría podrían ejemplificarse (desde el tipo de vínculo con el femicida) en los nombres de Graciela Tirador, Tamara Bravo, Olga Yapour, Karina Mairani y tantas otras. Las víctimas debían ser ellas y solo ellas. Las que -cada una a su modo, con sus propias herramientas- cometieron el tremendo pecado de desafiarlos. Con una promesa de abandono, con un desaire a su poderío, con una negativa, un rechazo o hasta con un tibio no. No se trata de esa típica caracterización del femicidio como un crimen contra una mujer por el hecho de ser mujer. Hay algo más. Hay algo del poderío amenazado. Algo del vínculo de quien recita un serás mía o de nadie. Y ese nadie tiene directa relación con el asesinato. Que, en un 20 por ciento de los casos, termina además, como Jorge Neuss, en un suicidio. Quien se siente en la cima del poder -político, sexual, económico, intelectual o del tenor que sea- no aceptará juzgamientos -morales, judiciales, políticos- y como un mago atroz se esfumará por la vía de la muerte autoinfligida.

Relaciones de poder

Está a la base de la sociedad femicida una particular construcción de la masculinidad. El filósofo Rocco Carbone plantea que el heteropatriarcado ha elevado al hombre como subjetividad superior y "ha inferiorizado a la mujer. Amplia mayoría en términos numéricos y minorizada en términos de poder".

No es la cárcel de por vida ni la muerte vengadora y moralizante de los lobos devoradores de otros lobos lo que torcerá el rumbo de una sociedad que gira en torno del hombre como un sol al que adorar. Esas vertientes han probado largamente que el modelo de dominación no se ha modificado mínimamente a pesar de los avances en materia de géneros y las fuertes prácticas penalizadoras.

Esas son -aunque no lo parezcan- maquillajes destinados a actuar a la hora de las consecuencias. Nunca antes. Porque, en definitiva, no modifican sustancialmente las estructuras de dominación. El mismo Rocco Carbone advierte que "cada vez que el heteropatriarcado es puesto en estado de crisis, interrogación o tela de juicio, reacciona de forma violenta. Y es en este contexto, que hay que discutir el femicidio y las estructuras profundas -sociales- que lo posibilitan. Que no haya ni una menos implica que no haya ni uno más. Y de esto desciende la necesidad (en el sentido griego del anankaion aristotélico: inevitable) de un nuevo contrato social que replantee nuevas relaciones de poder despojadas de dominación".

Silvia Saravia y Abigail Riquel, en las antípodas de la vida en sentido etario, social, vital y de clase, son dos símbolos de las consecuencias de ese heteropatriarcado del que habla Carbone. Son dos espejos diferentes entre sí de lo que Rita Segato define como la violencia nacida de las formas de adueñamiento masculino.