29.08 | Columnistas 

Adiós a una fiscal sensible y solidaria

El fallecimiento de Susana Alonso.

Daniel Puertas

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El por entonces importante dirigente político fue claro cuando le pregunté las razones por las cuales Susana Alonso no había sido designada fiscal en lugar de secretaria a pesar de haber sido la mejor en el examen al que habían sido sometidos los aspirantes: "Daniel, vos la conocés a Susana, es demasiado sensible para cumplir esa función ¿Te la imaginás con esa vocecita reclamando castigo para un asesino?"

Era comprensible. La imagen que generalmente se tiene de los fiscales, en lo que mucho tienen que ver el cine, la literatura y la televisión es la de un hombre enérgico, implacable, feroz y Susana, ya con una respetable trayectoria pública encima, era diametralmente opuesta.

Militante política destacada, consejera escolar, secretaria del Concejo Deliberante, era uno de los cuadros peronistas más capaces y eso no se ponía en duda, pero eso no fue suficiente para convertirla en la primera fiscal de la ciudad porque quienes tenían la influencia política suficiente como para pesar en las decisiones creían que era demasiado tierna, dulce, quizá ingenua, excesivamente buena persona.

Pero ella soñaba con ser fiscal y finalmente lo consiguió en 1999.

Yo la conocía desde años atrás y teníamos una relación de mutuo afecto, aunque recién tuvimos un contacto habitual en razón de nuestras actividades profesionales, la política y el periodismo.

Era muy cierto que Susana no respondía exactamente al estereotipo del funcionario representante del Estado para reclamar el castigo para quienes violen las leyes, pero desde el principio de su labor en el Ministerio Público Susana mostró su capacidad para desempeñarse en ese ámbito.

Alguna vez le tocó tomarme declaración en alguna causa en la que me veía involucrado por mi investigaciones periodísticas. Inevitablemente, las charlas fueron progresivamente más extensas y después de unos cuantos de esos encuentros hallé un  par de certezas: una fue que Susana contaba con un gran bagaje técnico para su función, otra que su sensibilidad permanecía intacta a pesar de que por fatalidad de oficio pasaba largas horas del día en contacto con las aspectos más oscuros del ser humano.

A poco de haber quedado a cargo de una Unidad Fiscal quedó en claro que esa carga tan notoria de humanidad no era una traba para el ejercicio de su misión. El seguimiento de distintas causas que ella instruía me hicieron ver que había un aspecto de su personalidad que no se advertía a simple vista y que le permitía ser una fiscal implacable.

Otra cosa que la destacaba era su honestidad. Aunque muchas de esas cosas se presentían desde el momento de conocerla, el trato habitual a través de los años permitían confirmarlo.

Aunque nunca se lo dije, una vez dudé de ella.

Era una tarde fría de otoño cuando llegué a la Redacción y un compañero me dio un papelito con un número telefónico anotado. "Mirá, habló un hombre que dice que a un pariente lo golpearon en la comisaría".

Enseguida me acerqué al escritorio de Nacho, el periodista que se encargaba de las crónicas policiales, le pasé el papel y le di las explicaciones del caso. Me miró con cierto aire de desamparo y me preguntó "¿eso no puede esperar? Tengo otros tres casos de violencia policial ahora".

Tomé el papel y llamé a ese teléfono y poco rato después estaba un hombre ante mi escritorio relatando con voz indignada un episodio difícil de creer por lo terrible.

Pero tenía un diagnóstico médico que avalaba su relato. La revisación médica había sido ordenada desde la fiscalía de turno, pero el denunciante, tío de la víctima, decía que nadie se había presentado para ver a su sobrino, para enterarse de qué había ocurrido realmente en la Seccional Primera de Policía.

Sabía que la fiscal de turno era Susana, lo que recordé con una punta de desazón. Me acerqué a Nacho de nuevo con la copia del diagnóstico, le pedí que dejara lo que estaba haciendo porque esto era más importante y que llamara a Susana Alonso, le leyera la descripción de las lesiones y le preguntara por qué no se había hecho nada todavía.

No le conté, y espero que no se notara, el nudo que me cerraba la garganta y el peso que me aplastaba el estómago. Fingiendo que estaba ocupado en otra cosa trataba de oir la conversación telefónica de Nacho con Susana.

Entre los ruidos propios de la Redacción alcancé a escuchar la lectura del diagnóstico. Y entonces, por primera y única vez hasta ahora, una puteada a voz en cuello me devolvió la tranquilidad.

El grito de Susana fue tan fuerte que llegó hasta mi escritorio. Antes que Nacho me lo viniera a contar ya sabía que quien recibiera en la UFI la denuncia que llevó a que Diego González fuera revisado en el Hospital no había informado a Susana bien del caso.

Después supimos que sólo se le había comunicado que había entrado una denuncia contra la policía, como si fuera una más de tantas.

Pocos minutos después de haberse enterado, Susana estaba ante la humanidad lacerada de Diego González enterándose de primera mano de lo ocurrido. Inmediatamente después se iniciaron las diligencias investigativas que varios meses después culminarían con tres policías presos tras un proceso que alcanzó repercusión nacional.

Nunca le confesé que por unos minutos dudé de ella, que admití que en el camino duro que transitaba diariamente pudiera haber perdido retazos de integridad y fuera capaz de permitir que torturadores quedaran sin sanción.

En ese caso habría debido revelarle también cuánto me había afectado esa posibilidad. Y ya basta con el peso de la propia conciencia como para aceptar que nuestras flaquezas pueden dolerle a otro más que a uno mismo.

A medida que pasaba el tiempo y los casos nuestras charlas eran cada vez más largas y se mezclaban lo que estrictamente profesional con lo personal. Así ella una vez definió a esas charlas como "terapéuticas".

Una vez que nos encontramos en persona y no a través de los teléfonos me pareció advertir que la envolvía un halo invisible en el que se amontonaban todas las angustias, todos los dolores, todas las frustraciones con las que se topaba todos los días al encontrarse con víctimas y victimarios.

En ese momento pensé, en un relámpago de lucidez, en la posibilidad que esa carga terminara enfermándola de algo más grave que el estrés que confesaba y que trataba de disipar en furiosos partidos de padel.

Es que ella no sólo trataba de confortar a las víctimas que le tocaban en las causas que instruía sino que podía presentarse de improviso en la casa de una persona cuya denuncia se tramitaba en otra UFI si se enteraba que necesitaba consuelo, apoyo moral, asesoramiento o cualquier cosa que le hiciera más liviana la pena.

En más de un caso de violencia doméstica o abuso que yo investigaba Susana tuvo esa actitud. Bastaba contarle lo que sucedía para que ella se pusiera en marcha para llevar su hombro para que sirviera, aunque fuera sólo eso, como paño de lágrimas para cualquier persona hasta entonces desconocida.

Muchas veces escribí sobre el exceso de trabajo de las fiscalías locales. Por eso me resultaba difícil de comprender como Susana además de instruir una enorme cantidad de causas encontraba tiempo -y ganas- para transformarse en una suerte de enfermera de almas a tiempo completo.

Pero no olvidaba que su función era perseguir el delito. Siempre hablábamos de la delincuencia local, nos confesábamos nuestra impotencia al vislumbrar parte de ese universo siniestro y no poder exponerlo públicamente en mi caso y encarcelar a los responsables en el suyo.

La imposibilidad de conseguir pruebas, la protección de distintos niveles del Estado, el poderío económico esos y otros factores hacían -y seguramente hacen- que determinadas actividades delictivas no puedan ser erradicadas.

Susana era perfectamente consciente de ello. Alguna vez me dijo, con frustración evidente, que "ni siquiera podemos terminar con los robos a los autos que se secuestran y siempre terminan desmantelados".

Cuando tuvo que ocuparse del crimen de Marcos Alonso parte de ese mundo siniestro quedó expuesto y el tribunal ordenó que fuera investigado. Pero, aunque todavía no se supiera para Susana, se estaba haciendo tarde para encarar esa tarea.

El último caso resonante que le tocó en suerte fue el del recital del Indio Solari en Olavarría,aunque se lo sacaron de las manos antes de que ella probablemente lo hiciera un poco más resonante.

Cuando el fiscal general decidió hacerse cargo personalmente de la causa Susana se aprestaba a pedir el listado de efectivos que estuvieron de custodia.

Se debía determinar si el número coincidía con las cifras oficiales o, como ha ocurrido otras veces, en la nómina aparecían muertos, retirados y otros ausentes por distintas razones. Aunque ese es un dato clave para la investigación  nadie, ni en el ámbito judicial ni en el político, se preocupó por investigarlo.

Susana ya no está.

La amistad tiene distintas dimensiones. Más de una vez Susana me dijo que le hacía bien hablar con un amigo como yo. Recién ahora advierto el orgullo que me asalta porque una persona tan admirable me honrara con su amistad.

Pero ya es tarde para decírselo.