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18.06 | Columnistas Graciela Angriman, jueza en lo Correccional

"Las mujeres detenidas ya llevan otros grilletes cuando ingresan a prisión"

Cárceles y mujeres. El libro que acaba de editar la jueza Graciela Angriman, resultado de una tesis doctoral, aborda de lleno esa relación en la que abundan los efectos de la sociedad patriarcal. El impacto del "ni una menos". La sexualidad en la prisión. Los embarazos no deseados. Los abandonos. Y el tipo de delitos preeminentes. Por Claudia Rafael

Claudia Rafael

crafael@elpopular.com.ar

La criminalización de la mujer en una sociedad patriarcal deja entrever entramados profundos. La relación pocas veces analizada entre género y cárcel, zambulle de lleno en una temática que la sociedad y las instituciones suelen mirar de reojo y sin entusiasmo. Graciela Angriman, jueza en lo Correccional de Morón, publicó recientemente "Derechos de las mujeres, género y prisión". Un libro que permite entender la particular radiografía que deja al desnudo prácticas de control social que evidencian -como graficó Angriman en entrevista con este diario- "un fenómeno que constata que el poder penal no es susceptible de ser utilizado indistintamente tanto para el hombre como para la mujer sino que encarna un auténtico poder de género".

-¿Cómo fue variando, a lo largo de la historia de la criminología argentina, el tipo de delitos que han llevado a las mujeres a la prisión? ¿Han crecido las prácticas de criminalización de la mujer?

-Desde una mirada retrospectiva, la mujer no había sido mayormente criminalizada, porque prevalecían mecanismos de control social netamente patriarcales llevados a cabo por el padre o el marido. Incluso era encerrada en conventos o en casas de corrección; excepto, en aquellos hechos vinculados con su rol reproductivo. Por ejemplo, por aborto, infanticidio o por el ejercicio de la prostitución. Esta situación cambió cuando la mujer comenzó a ganar autonomía, se debilitaron los mecanismos de control social patriarcal y empezó a protagonizar delitos menores contra la propiedad. Es que el Estado, a través del sistema penal, realiza un control formal que tiende a aumentar cuando se reducen los mecanismos de control informal. Este panorama pegó un giro copernicano de la mano del proceso de prisionalización inaugurado por las políticas de control de narcocriminalidad con la denominada "guerra contra las drogas". Y permitió reconocer entre sus principales "bajas" a las mujeres, ya que dio paso a una dinámica ascendente en la criminalización femenina. Que aparece retratada por las conocidas "mulas": mujeres provenientes de estratos empobrecidos que reflejan el pasaje de la feminización de la pobreza a la feminización de la subsistencia.

-¿Qué características en particular hacen de la provincia una geografía propicia para mayores tasas de encarcelamiento?

-Por empezar, nuestro país no ha sido ajeno a ese fenómeno global que se manifestó en un sensible incremento de la población carcelaria femenina en el ámbito nacional a partir de los noventa. Y que llegó a triplicar en tres años la presencia de mujeres en las prisiones bonaerenses cuando se comenzaron a perseguir las conductas de tráfico menor de drogas en la órbita provincial. Este vehemente crecimiento está impregnado por las tensiones que conllevan las demandas de control de criminalidad convencional y la acentuada presencia de prejuicios basados en mitos y funciones estereotipadas de género, ampliamente publicitadas, que tienen como desenlace un mayor nivel de represión contra las mujeres que delinquen que contra los hombres. Aunque cometan hechos de igual naturaleza. Para los medios, si el hombre comete un delito, será tratado como delincuente, pero si se trata de la mujer, aparecerá como un "monstruo".

-¿Cómo ha ido mutando la mirada judicial sobre la mujer frente casos en los que se defienden de la violencia machista?

-Es un tema complejo. Porque las mujeres y hombres que trabajamos en el sistema de justicia penal inexorablemente dejamos filtrar en nuestro quehacer representaciones inferiorizadas de las mujeres. Y a pesar de que nuestra Constitución, con la incorporación de los pactos de derechos humanos, se ha ubicado a la vanguardia en el reconocimiento de los derechos de las mujeres, en la cultura jurídica de las y los operadores judiciales persiste la ausencia de la perspectiva de género. Y las mujeres siguen siendo juzgadas con parámetros sexistas que impiden visibilizar y dar respuesta a la histórica relación asimétrica entre hombres y mujeres. Sumado a las dificultades para garantizar el derecho a la diferencia. El modo de abordaje de los casos de defensa necesaria de las mujeres que matan en contextos extremos de violencia de género, su negación, el alto grado de descreimiento hacia las mujeres que denuncian, entre tantos otros, es prueba de estas limitaciones.

-¿Cómo impacta en esa mirada la lucha por el "ni una menos" y contra las violencias hacia las mujeres, las mujeres trans y travestis?

-El fenómeno "ni una menos" viene jugando un rol clave para desestabilizar prácticas judiciales discriminatorias en general. Lleva a interpelar distintos modos de construcción de género. Y provocó un auténtico tembladeral en el ámbito académico que se refleja en la alta demanda de capacitación jurídico-profesional en estudios de género y derecho penal. Yo creo que el desafío es instalar el paradigma de la multiplicidad de géneros y revertir el uso de modelos uniformes de mujer en el ámbito penal. Intentando ser más permeables a las expectativas y necesidades de todas las identidades vulneradas.

-En los informes anuales del Comité contra la Tortura se suele reflejar el reclamo de mujeres detenidas por la ausencia de controles ginecológicos periódicos, la falta de entrega de métodos de prevención para enfermedades de transmisión sexual y de embarazos, la falta de medicación para VIH...

-La cárcel expone agigantadamente los peores males del mundo libre. Y las serias dificultades para las mujeres jóvenes para ejercer sus derechos sexuales y reproductivos adquiere una magnitud superlativa en prisiones que albergan a la franja más empobrecida del entramado social y con menos acceso a educación y a recursos para tener capacidad de elección. El problema es que la cárcel es una institución concebida desde una perspectiva androcéntrica: creada por el hombre y para el hombre, donde es retaceado el derecho a la diferencia sexual bajo una falsa noción de igualdad "para iguales". Por eso evidencia un trato discriminatorio para las mujeres pasando por alto la nocividad de tener que cumplir con el mandato social de ser madres en esas condiciones.

-¿Cuáles son los particulares formatos -que imagino se modifican respecto de los hombres detenidos- de la violencia institucional intracarcelaria contra las mujeres y de las prácticas de control social?

-Desde su origen la cárcel es una institución constitutivamente violenta para hombres y mujeres. Pero en contextos de encierro, la discriminación y la violencia machista son un maridaje sin tapujos atravesado por un orden patriarcal que se sostiene con violencia contra las mujeres. Los directores de cárceles femeninas que entrevisté en mi trabajo coincidieron en que cuando hay conflictos intervienen grupos de elite explicando que "la mujer a quien obedece es al hombre". A pesar de que las mujeres detenidas suelen poner en palabras sus demandas y tienen menos tendencia a llegar al uso de violencia física, son las más reprimidas por los penitenciarios. Allí se cuelan visiones estereotipadas de género bajo el resonado mote de "locas" y son expuestas a altos niveles de violencia psíquica y física, que incluyen la arbitraria privación de visitas de sus hijas e hijos, desnudos coactivos, golpizas, traslados injustificados que las alejan de sus afectos, lo cual es particularmente dañoso cuando hay menor disponibilidad de cárceles femeninas y sufren mayor alejamiento de sus hogares. Otro aspecto es que es conocido que denunciar malos tratos en prisión es muy difícil porque no hay mecanismos de protección. Y esto se agrava con creces para las mujeres porque, al igual que en todos los casos de violencia de género, deben superar muchos obstáculos, romper cadenas para ser dignas de credibilidad. Pero a su vez en las cárceles femeninas no hay programas de prevención de violencia de género institucional y suele ser bastante invisibilizada por todas las instituciones del sistema penal.

-En aquellas que son madres ¿la maternidad las torna particularmente rehenes del sistema institucional?

-La maternidad es un fenómeno complejo porque las cárceles ofrecen condiciones de habitabilidad hostiles para personas adultas y suman más contenido de castigo para mujeres que cargan con la mochila del cuidado de sus hijas e hijos, en un escenario desconocido por los hombres presos. Además serán sobrepenalizadas si se desvían del rol de madre culturalmente construido. Las juntas de evaluación criminológica, cuando deben dictaminar sobre las condiciones de libertad condicional o pena domiciliaria, emiten juicio sobre la función materna de la mujer detenida, a pesar de que esto es ilegal. La prisión refuerza brutalmente el ideario materno como dispositivo cultural de reproducción social.

-¿Cuáles son los métodos femeninos de supervivencia a la crueldad de la cárcel? ¿Se diferencian a los masculinos? ¿Agregan otros aditamentos o son los mismos?

-El paisaje carcelario atestigua el encarnizamiento del poder penal contra los sectores más pobres de la sociedad, pero las mujeres detenidas ya llevan otros grilletes cuando ingresan a prisión. Son mujeres muy pobres, jóvenes, con una múltiple y temprana maternidad, resultado del embarazo adolescente y de un legado de violencias machistas que las han estaqueado dentro del espacio doméstico. Y que les colocó la "primera reja", que les impide hacer pie en la esfera pública, estudiar, trabajar, elegir autónomamente su proyecto de vida. Además en general son jefas de hogares monoparentales.

-¿Cómo actúan los hombres cuando sus parejas mujeres, sus hijas, hermanas o madres son las que están presas?

-Hay una regularidad muy palpable: sus parejas varones las abandonan a su ingreso a prisión. Este componente tiene vasos comunicantes con las cárceles de mujeres del mundo occidental y podría ser atribuible a la crisis de la pareja heterosexual tradicional.

-Un libro como el que acabás de publicar ¿Qué mirada tiene en un universo judicial tan ganado por el patriarcado como el resto de la sociedad?

-Soy muy optimista a la luz de la respuesta de mis compañeros y compañeras. Aprobé mi tesis doctoral hace 7 años y cuando planteaba el eje temático, el desinterés era apabullante. Sentía que mi propuesta lindaba con lo esotérico. Pero ahora asistimos a un nuevo contexto que viene incubándose desde hace décadas como resultado de un proceso que alumbraron los feminismos de la región. Que han confluido con la academia y el movimiento de mujeres. Sin dudas, el cimbronazo provocado en este renovado espacio de impugnación a los campos de poder masculinos comienza tenuemente a calar en un sistema de justicia penal que también es parte de esta sociedad, que está plagado de colectivos que sufren en carne propia la discriminación. Y que actualmente transita entre la resistencia al cambio de paradigmas y el desconcierto. Y se ve sacudido por un sector que pugna por nutrirse de nuevos esquemas conceptuales y por modificar sus prácticas jugando un rol preponderante en la construcción de mayores espacios de igualdad y equidad de género.

Sexualidad muros adentro

-¿De qué modo se vive la sexualidad muros adentro de la cárcel? Si las relaciones lésbicas suelen ser más invisibles en el afuera, ¿se podría decir que en la cárcel es al revés?

-Es muy interesante la pregunta porque yo mantuve entrevistas abiertas y profundas con las detenidas y constaté su inclinación desesperada a la búsqueda de afecto. Esto, en medio del desesperante abandono y deterioro personal que sufren. Y también pude observar la naturalidad con que experimentan relaciones con otras mujeres sin llegar a despertar reacciones en las agentes penitenciarias. Esto es explicable porque en las cárceles existen muchos aspectos que quedan librados a una dinámica interna surcada por las propias contradicciones del modelo heteropatriarcal como la que vos señalás.

-La lucha por la igualdad de género, la no discriminación y el respeto a las identidades sexuales ¿ha ganado algún tipo de terreno en las cárceles?

-En América Latina y el Caribe la cárcel mantiene intacto un modelo anacrónico, basado en la lógica del orden y la sumisión. Es una institución que no ha sido modificada con la restauración de las democracias de la década del ochenta y, por lo tanto, es muy resistente a toda innovación. La otra cara de esta situación es que, en estas condiciones, el personal penitenciario lleva a cabo un trabajo "penoso" -según las observaciones de Naciones Unidas- y también padece las secuelas de una sociedad que sigue siendo discriminatoria y por eso en algunas franjas se observa una sana curiosidad frente a los cuestionamientos de los movimientos de mujeres.