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17.07 | Carta de Lectores Cartas de Lectores

Nuestra herencia (l)

Sr. Director:

Embarcarse a estas tierras, era huir de la realidad. Además, limpiaba de su carga de venganza de familia sin dinero y sin lastre, a quienes dejaban sus tierras en busca del azar y la fortuna.

No traían proyectos que tuvieran que esperar la gestación de un embarazo. La llanura era el mar, sin caminos. Vinieron a exigir, a llevar, a que le obedecieran y, sobre todo, a robar.

A América había que hacerla. Pero el recién llegado no pretendía colonizar ni poblar. Sólo podía ansiar la posesión de la tierra. Trabajar, ceder a las exigencias de la naturaleza, significaba ser vencido, barbarizarse. Desde entonces, la unidad de medida es la hectárea. Capitanear una gavilla de contrabandistas y traficar con esclavos, era más honroso que levantar un muro; robar era mejor que trabajar. Los cargos públicos eran para quienes podían comprarlos. Los cargos judiciales y docentes eran para los sacerdotes, la clase intelectual. Sólo quedaba la tierra. Millares de leguas.

En los cerebros limitados del conquistador, la inmensidad de las tierras prometía la aparición de ciudades fantásticas de oro. De Trapalanda, de La Ciudad de los Césares, de El Dorado, de Argentina o tierra de plata, o como queramos llamarla.

Pero aquí no había minas de oro, ni ciudades de viejas civilizaciones para destruir. Sólo tierra y millares de indios semidesnudos. Así la tierra se constituyó en un bien de poder, de dominio, de jerarquía. En Europa, poseer tierra era un honor, emparentarse con la historia. En estos lares es la venganza por la inexistencia del oro, es la codicia; quedaba como botín al huir el indio; el despojo fue el premio del combate.

El Conquistador dominaba extensiones y contaba las hectáreas como si fueran onzas; pero no había oro. Era el dominio de su orgullo sobre su propia ignorancia. Estaba vencido. Decía Valdivia que esta tierra era una sementera y una mina de oro. Tenía que poblar, tenía que sembrar; tenía que trabajar pero sólo quería robar. Y no podía llevarse la tierra. Hizo que el indio la trabajara para obtener así lo que se le había negado. Por eso el terrateniente de hoy es el noble en nuestro capitalismo bárbaro. Desde Buenos Aires, controla que los negros produzcan para él.

Los colonos también vinieron a colectar y partir. En vez de amar, poseían. El ganado cimarrón los arrastraba. Era cruel con el indio y el gaucho. Ignorante y avaro, quiso lavarse el estiércol de las manos en la pila de agua bendita, y donó un trozo de su embrutecimiento al templo, transfiriéndose a la otra vida. No procuró la grandeza de un país que desconocía y despreciaba, al que jamás había amado y al que miraba con rencor, vencido. La cosecha abundante y el alto precio del producto los había engañado, como El Dorado al Conquistador. La cosecha dependía del azar. El precio de su trabajo dependía del precio de carnes y ganado en mercados ignotos. El arriendo del campo y el transporte lo dejaban sin nada. Tenía ovejas, vacas, su rancho, pero él era una res en el cálculo del terrateniente y el financista.

Néstor Mineo
DNI 5.498.259