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13 de Mayo de 2021
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11 de Abril de 2010
El experto Mario Dehter habla de la cultura de emprender, a pesar de todo
"Los políticos deben dejar tranquilos a los emprendedores, no meterse"
Todos somos emprendedores, pero hace falta trabajo en equipo, decisión y audacia para alcanzar el éxito. Así lo plantea Mario Dehter, un experto en fomentar la cultura de hacer. Habla de la Universidad y dice que los políticos -en general y no sólo en Argentina- no acompañan, sino que entorpecen. Se fue del país y le pesa. Vino a Olavarría y rescató el interés universitario, comunitario y municipal.



Karina Gastón

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"En la Argentina la gente le tiene miedo al fracaso: sos una tonta, fracasaste. ¿Perdiste el empleo?, ponete un emprendimiento". Es la imagen que tienen del emprendedor, un marginal". Mario Dehter sabe de qué habla, por experiencia propia y ajena. Sin alcanzar el título universitario, que se le truncó en tiempos de dictadura, hace sociología de hecho y desde hace 20 años dedica sus horas a sembrar la semilla del poder hacer. Vive en España desde 2004 y llegó a Olavarría invitado por la Facultad de Ingeniería, el gobierno municipal y la CIC a explicarles a docentes, alumnos, empresarios, dirigentes y líderes comunitarios que la toma de decisiones, el trabajo en equipo y una fuerte cuota de audacia son las clave del éxito. Pide, mientras tanto, que los políticos no entorpezcan y habla del rol de la Universidad. Le pesa haberse ido del país y cuando se baja del avión lo primero que pide es un bife de chorizo, Havannas y Melba. A los 60 años, ya no dice cosas por compromiso ni se preocupa por lo políticamente correcto. Cuarenta minutos de charla para conocer a mucho más que un no-sociólogo dispuesto a correr riesgos.

-¿Por qué es hora de hablar de una cultura emprendedora?

-Siempre lo fue. Desde la época de los dinosaurios. Los dinosaurios no hablaban de emprendedores y desaparecieron. Es algo inmerso al ser humano. No es un descubrimiento. En la Argentina la formación emprendedores surge a mediados de los 80 con Aldo Ferrer, un economista radical que presidía el Banco Nación y vio un programa de Naciones Unidas para la formación de capacidades empresariales. La Argentina levantó la mano cuando dijeron de aplicarlo y así nació Empretec. Unos descubrieron que eso podía ayudar algunas personas a generar riqueza y otros descubrieron que es un gran negocio político, un captavotos de magnitud.

-¿Y usted qué opina?

-Ambas cosas. El problema es cuando los políticos vienen con el tema de los votos y nada más.

-Es que generalmente los negocios políticos difícilmente se traduzcan en un negocio social.

-Es que tengo una gran angustia, lo confieso, porque no sé si lo que quiero decir es lo quieren escuchar: los políticos deben dejar tranquilos a los emprendedores, no meterse. Hay que crear condiciones ambientales para que crezca...

-Se supone que los líderes políticos representan, o deberían, a la gente y tendrían que motorizar eso.

-Busca a los empresarios de Olavarría, de Siberia o de Sudáfrica, y pregúntales cuántas veces han ido a golpear la puerta del sector público para que los ayuden. Lo que menos quieren es que se metan con ellos, sí quieren que el Estado regule, ayude, facilite.

-Claro, sin entorpecer.

-Exacto. Que ya es facilitar mucho. Después de 20 años en la academia enseñando a emprendedores, me pregunto si la Universidad debe ocuparse de eso o qué actores de la Universidad deberían hacerlo. Hay docentes universitarios y funcionarios políticos muy ocupados por la perpetuidad de sus contratos y la cultura empredendora desafía dos cosas: la ley de gravedad y la economía de la sobrevivencia. Si tengo que defender mis contratos, mi permanencia a un sistema, no tomaré el riesgo de sacar la cabeza, innovar y generar un salto. El empresario siente que el que le habla al oído sobre emprender es un tipo que nunca en la vida firmó un cheque o compró una máquina sin tener el dinero.

-Pero entonces, ¿emprendedor se nace o se hace?

-Hay un mix. Todos somos emprendedores. Si no, no podríamos, hablar, caminar, escribir algo que sea significativo para quienes lean esto. Si haces eso puedes fundar otra Loma Negra, creéme. La discusión no es ésa, sino qué clima debemos crear desde las instituciones educativas, el sector público y privado para lograrlo. Rescato el interés de Olavarría. Estas cosas no pasan porque a un tipo le sobra un poquito de presupuesto y busca una excusa para hacer un eventito.

-Bueno, pero si no hay clima...

-No hay cultura emprendedora. Hay mucho esfuerzo y recurso que se destina a la formación emprendedora que es despilfarrado y sirve para algún trasnochado que cree que con eso gana votos o para alguien que se alivia la conciencia porque no sabe qué hacer con la pobreza. A lo que se suma una clientela en busca del almuerzo, el cafecito y algún subsidio.

-¿Eso es típicamente argentino?

-No, es universal. Les pasa a los norteamericanos y básicamente a los iberoamericanos. También a los anglosajones, con una diferencia: no castigan el fracaso cuando no hay mala fe. A un comerciante le va mal, le cierran el crédito pero no lo matan si demuestra que no equivocó sus cuentas por inconsciente sino por avatares del mercado. Se tolera el riesgo y no confía demasiado de un empresario que propone una inversión de riesgo si en sus fojas alguna vez no tuvo un problema en el banco. Aquí se terminaría tu vida económica. El fracaso es vergonzoso. La gente tiene miedo a fracasar: "Sos una tonta, fracasaste, tarada". "¿Perdiste el empleo? Ponete un emprendimiento". Es la imagen que tienen de los emprendedores, que es un marginal. A la gente que salió del sistema del trabajo y no consigue empleo le dicen que emprenda.

-¿Y emprender el capital más importante es la cabeza más que el bolsillo?

-Sí. Hay que tener relaciones sociales y para eso hay que ser inteligente pero no desde lo académico. Si uno pregunta a cualquier emprendedor si le preocupa el dinero, la respuesta es no. El emprendedor quiere realizar lo que se propone. El dinero es un barómetro, una unidad de medida de rendimiento. Y el trabajo en equipo y la decisión son claves.

-Y una importante cuota de audacia...

-Exactamente. Esa es la palabra: audacia. No irresponsable, de arrojarse al vacío, sino de querer poder hacer y para eso se necesita afiliación. Las relaciones sociales son básicas. Tenemos valor en la medida que estamos vinculados a otros. Hoy las tecnologías nos permiten mantener relaciones antes distantes como tremendamente cercanas y sostenemos lazos afectivos fortísimos a través de las redes sociales con personas que no te interesa su sexo ni su edad, el color de ojos ni su aliento, afiliación política, sino la persona.

Desde el Google

-¿Cómo no académico qué rol le asigna a la Universidad?

-La mejor respuesta la escuché hace 48 horas a Marcos Lavandera (se refiere al secretario de Extensión de la Facultad de Ingeniería), que me aclaró la dicotomía que sentía. La Universidad siempre estuvo por delante marcando la tendencia y advirtiendo lo que podía pasar. Hoy quedó atrás, empieza a explicar lo que pasó. Interpreta.

-Eso es preocupante.

-Muy preocupante porque está falta de un conocimiento de punta que vaya por adelante, desarrollando. Lo bueno es que la sociedad, nosotros, tomamos mayor protagonismo que los catedráticos. Antes de Google la palabra la tenían los profesores. Ahora los estudiantes dejaron de encontrar conocimiento en lo que decía el profe en el aula. Y es bueno para la gestión, para el proceso revulsivo que vivimos en el mundo mundial porque las personas empezamos a tomar protagonismo por sobre lo que son la islas del poder.

-Cuando llega a la Argentina, ¿qué clima respira?

-Encontré a los argentinos más desacelerados. En 2005 esto era el fin del mundo. Hasta les ha cambiado la voz, la forma de hablar. Siento más amigables a mis compatriotas. Gritan, gritamos, menos.

-¿Pero se sigue sintiendo argentino?

-Tengo algo para decir a los que van a emigrar: que lo piensen dos veces. Cuando sales de tu tierra, te sales y no entras en la nueva. Es una situación incómoda. Vivo en España por amor a mi esposa y me fui por miedo la inseguridad de mi país, después de un asalto. Si hoy pegaría ese salto, trataría de persuadir a la galleguita de probar un tiempo más aquí. Me llevó un año asimilar irme y otro año en generar una contención económica en España. Dejé de tirar jabalinas y me transformé en blanco: ya no formé emprendedores, sino que me transformé en uno y aprendí más en ese proceso que los años que me pasé leyendo literatura sobre cómo hacerlo.

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