Edición Anterior: 6 de Octubre de 2013
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Las perspectivas del desencanto y la ausencia de mañana
Muertes jóvenes recurrentes: ante el futuro negado y el acecho de la droga
La Olavarría de los últimos años ha dejado al desnudo un infinito listado de jóvenes deglutidos por la muerte violenta. Mientras el listado crece no ha habido diagnóstico ni esbozo de soluciones más que los típicos de tiempos electorales. Ni desde el oficialismo ni desde la oposición. La sociedad, en tanto, suele hacer la vista gorda ante lo que aparece como el germen mismo de su destrucción.
Claudia Rafael

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Ya casi nada quedaba de ella. Pasó la barrera de los 20 hace seis o siete años. Llegó con su ramillete de chicos a cuestas. El más chico, de apenas dos. La más grande, con una adultez precoz, a los 12 años. Los dejó en el lugar seguro, les acarició la cabeza, dio media vuelta y se fue. En el medio del paco que le atravesó su crónica de vida cotidiana hace ya demasiado, nadie logra entender aún hoy qué resquicio sano de sí misma conservó como para llevar a sus hijos a brazos amorosos.

El paco no había sido pensado para ella. Ni su pertenencia social, ni la historia de sus padres -intelectuales brillantes los dos-, ni tampoco los sueños que alguna vez tuvo posibilitaban esa caída en picada que le destruyó el cerebro, el presente y el futuro, la utopía, la maternidad y cuanto rincón de su identidad. Los que la quieren, los que alguna vez abrazaron a aquella otra y depositaron en ella infinitos deseos, los que supieron-creyeron saber que ella dibujaría delante de sí una autopista de éxitos vitales, deben bucear en sus ojos para tratar de reconocer algo, apenas algo de lo que fue. La muerte ronda a su pareja, demacrado y destrozado ya, y a ella la sobrevuela como fantasma.

Con J. ni se conocen. Ella vive en las afueras de la gran capital. El, en ese interior que se encuentra a 350 kilómetros al sur. No hay paco allí, dicen. A Olavarría -insisten- no llegó todavía ese veneno de destrucción rápida. Otros, en cambio, en ciertas barriadas de los márgenes, perciben que anda merodeando para atacar cuando sea el momento exacto. El paco se agazapa y cuando da el salto, se aferra a su víctima para destrozar en muy poco tiempo.

J., diez años más chico que ella, tampoco estaba hecho para ese mundo. Sus días de arrullo y sueños infantiles se hundían en el abrazo de los que lo quieren. Nadie sabe bien cómo procesan en la identidad y en la construcción de la persona los golpes a las sensibilidades profundas, los dolores de que se va nutriendo el crecimiento. Y se suele creer vanamente que alcanza con amar mucho a un niño para protegerlo de todo. Bastó, como juego adolescente, en esa etapa donde el ser humano cree con ingenuidad que podrá manejar absolutamente todo en su vida, que las drogas constituirían para él apenas un pasaje temporal a un mundo absolutamente manejable. Primero fue el juego; ya después, el refugio al que volver una y otra vez. Más tarde, la necesidad irrefrenable de la que era imposible huir y finalmente, el lugar de rehén del que tantos no logran zafarse.

Para J. o para la joven de 26 ó 27 de las afueras de Buenos Aires, cabe seguramente aquello que alguna vez graficó el sociólogo francés Edgar Morín: "¿Qué queda por hacer cuando se ha perdido el futuro y cuando el presente es angustiante y aciago?"

Inexplicables muertes

La Olavarría de los últimos años ha ido deglutiendo jóvenes. Los ha devorado. Los ha ido empujando a abismos impensables. Les ha destrozado esa identidad en la que se estaban construyendo y después los desconoció para hacerlos culpables de todos los males del planeta.

La Olavarría de los últimos tiempos ha sido permeable al ingreso de drogas diversas. En donde -se quiera o no mirar- aparecen fuera de foco distribuciones, consumos, pactos, connivencias, negociados, ventas al por menor y al por mayor con ligazones ocultas hacia algunos de los brazos del Estado. La Olavarría de la historia reciente ha sido testigo de muertes estruendosas y de otras, silenciadas cotidianamente por el ninguneo.

Muchas de las muertes de jóvenes de tiempos recientes han tenido directa relación con una pugna perversa por el territorio. Esquinas demarcadas prolijamente con resaltador por una u otra bandita que, en un pase de facturas, derivaron en un tiroteo, un cuchillazo, una venganza que luego, nadie se atreve a explicar en palabras. Sólo hallan su esclarecimiento en voz baja, en el vasto universo de los rumores de pasillo. Pero que, a la vez, terminan naturalizadas o en insertas en el paisaje cotidiano por la indiferencia generalizada.

Más allá de tratarse de expedientes judiciales que embocaron callejones sin salida, que fueron muriendo por olvido en algún cajón, sin responsables mediatos ni inmediatos, no hay -desde las autoridades políticas, judiciales, legislativas, policiales- quien haya ensayado un análisis real y profundo del porqué de muchas de esas muertes.

¿Por qué Ariel Téves, con sus 17 años, se subió a una tolva en noviembre de 2010, perdió la conciencia y murió allí por asfixia? ¿Por qué Jonathan Stramessi terminó ahogado en las aguas del arroyo Tapalqué? ¿Por qué, ahora habría pasado algo similar con Jesús Zurita, en un zanjón cercano a las vías? ¿Por qué jóvenes como Guido González, Waldemar Siles Gumier, Jonathan Carrizo, Juan Carlos Vivas, Héctor Martínez, Leandro Soraiz, Fabián Fernández, Ever Heffner, Sergio Lizondo, Axel Soraiz, Renzo Sánchez o Emanuel Rojas Mairani, entre tantos otros, murieron violentamente en la ciudad? Todas estas preguntas siguen sin respuesta. Y tal vez nunca se sepa qué motivaciones reales tuvieron esas muertes.

En tiempos prolíficos de dar respuestas de campaña, muchos se apuran a reclamar o a exponer el problema que, sin embargo, no es abordado a fondo. Ni oficialismos ni oposición han logrado esbozar con claridad el diagnóstico y advertir sobre la solución. Porque, además, hay pactos intocados que llevarían irremediablemente a estructuras del Estado que incluso, judicialmente, fueron rozadas y esbozadas en el marco de otras causas penales.

¿Cuál es la salida para una sociedad que se autoflagela, que ve minada sus semillas, que se autodestruye de manera sistemática?

El estrecho vínculo que muchos jóvenes terminan estableciendo con ciertas drogas tiene una íntima relación con el padecimiento que es, al mismo tiempo, una expresión del desencanto. Y que se torna imprescindible en un contexto lleno de perplejidades.

En entrevista con EL POPULAR, Daniel Arroyo (ver en esta misma edición) plantea que "en la esquina empieza a consumir paco porque si no consume no se integra al barrio, rápidamente tiene un problema de salud pero también de endeudamiento. Cuando se endeuda hay un vivo que se le acerca para plantearle cualquier idea para cancelar esa deuda (...) Y se completa con todos nosotros diciendo ‘estos chicos son los culpables de todo, hay inseguridad porque están estos chicos’. Entonces es la profecía autocumplida: un pibe que arrancó sintiendo que no tenía futuro y llegó a la conclusión de que no tiene futuro".

Esta semana, las Madres contra el Paco de Salta salieron a denunciar abiertamente que la casa de una de sus referentes había sido atacada con bombas molotov. Una de ellas revelaba -en conferencia de prensa- que "hay que desenmascarar esta hipocresía, porque anuncian ayuda que nunca llega, porque llenan las planillas de beneficiarios de los programas de rehabilitación con gente ligada a los punteros políticos y porque -si quieren pueden verificarlo-, los adictos, las verdaderas víctimas del flagelo de la droga se siguen pudriendo en las esquinas esperando una ayuda que sólo llena los bolsillos de los funcionarios".

Esa descripción que cala hasta los huesos es en sí misma una denuncia al sistema. En donde hay una sociedad que barre con sistematicidad bajo la alfombra aquello que le duele / que no quiere mirar / que teme y un poder político (de color partidario múltiple y variado) que juega al juego del Antón Pirulero. Ese en el que cada cual atiende su juego. Pero como política férreamente establecida desde el poder nunca jamás una prenda tendrá.

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