Edición Anterior: 6 de Octubre de 2013
Edición impresa // La Ciudad
ENTREVISTA. Daniel Arroyo, ex ministro de Scioli, ex viceministro de Kirchner y el problema de los jóvenes sin rumbo
"Si no dimos vuelta la situación social en 15 años, fracasamos como generación"
Son 900 mil. No trabajan ni estudian. Les cuesta sostener el ritmo laboral. Sienten que la escuela secundaria no les cambiará nada. Y que trabajar tiene poco sentido: gana más el dealer o el que se vincula con la política. Crecieron sin ver trabajar a padres y abuelos. No tienen movilidad social ascendente. Las políticas sociales que transfieren ingresos se vuelven asistenciales. Y ellos no reconocen ningún futuro por delante. Daniel Arroyo y la generación del desasosiego.
Silvana Melo

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Daniel Arroyo tiene 47 años y seis años de gestión en el Estado. Licenciado en Ciencias Políticas, se especializa en el diagnóstico de los quiebres sociales en el país, fundamentalmente los que atraviesan a la adolescencia y la juventud. Arroyo, después de ser funcionario de Alicia Kirchner durante la presidencia de Néstor (2003 – 2007), encabezó dos años el caliente Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia. El problema social más serio y complejo de estos tiempos define, son los 900 mil jóvenes que no estudian ni trabajan en el país. Sin enunciados acusatorios ni demagogias de infancia penalmente imputable, habla de las políticas sociales asistenciales que hay que reconvertir para no perder una generación entera en el camino.

-La situación de un sector amplio de la adolescencia y la juventud se define, en los últimos años, con el fenómeno "ni-ni". ¿Es éste uno de los problemas sociales más profundos de la Argentina?

-El país tiene hoy 900 mil jóvenes de 16 a 25 años que no estudian ni trabajan. Hay un problema de pobreza, de informalidad laboral, de desigualdad, pero el núcleo central del problema tiene que ver con los jóvenes que no estudian ni trabajan. Están en la esquina sin hacer nada o están un tiempo en la escuela, no logran mantenerse y quedan afuera o están un tiempo en el trabajo, no logran mantenerse y se quedan afuera. No son jóvenes que nunca estudian y nunca trabajan sino que no logran mantenerse en ninguno de los dos mundos.

-¿Cómo se origina y en qué etapa de la historia reciente un problema que parece estar enraizado con los profundos quiebres de los últimos veinte años?

-La explosión aparece en los 90, sobre todo a mediados, con la primera crisis económica fuerte, el efecto Tequila. Hoy tenemos tres elementos clave: venimos de tres generaciones de jóvenes que no han visto ni a sus padres ni a sus abuelos trabajar. No tienen problema con la tarea, les toca ser repositor, tornero y lo hacen bien. Pero les cuesta sostener el ritmo de ir todos los días a trabajar ocho horas. No es un problema de tarea, sino de sostén del ritmo laboral. A estos jóvenes se los puede dividir en cuatro: los que no estudian ni trabajan, los que trabajan, los que trabajan y estudian y los que sólo estudian. Todos tienen problemas. El que trabaja, cuando vuelve al barrio gana menos que el que vende drogas o está vinculado a la política. No es el modelo en el barrio. El pibe se pregunta si trabajar tiene sentido cuando engancha una changuita. Es una característica de los grandes centros urbanos.

-El Estado cambió empleo por clientela y muchas familias quedaron atadas a ser clientes de una oficina, de un Ministerio, de un puntero…

-El Estado se retira, privatiza y produce un efecto de desindustrialización. Son hijos de la caída del proceso industrial. Son jóvenes de familias que tienen ingresos porque se han extendido las transferencias de ingresos a través de planes sociales. La política social en la Argentina equivale a 43 mil millones de pesos. 38 mil son transferencias de dinero. Entonces son jóvenes con familia con una base de ingresos, que les da una base de arranque pero no tienen resuelto su problema de entrada al mundo laboral o al educativo. No tienen un mecanismo de movilidad social ascendente. Alguien para que le vaya bien en la vida debería estudiar, trabajar o hacer las dos cosas. Pero ese esquema se quebró.

-La escuela fue y debería ser una pata fundamental de la movilidad social…

-Hasta los 70 y 80 el esquema era el estudio, el trabajo que era estable y el ascenso de categorías, siempre en un camino de mejoramiento. Hoy la escuela está desbordada. Nosotros somos la primera generación de adultos que no tenemos capacidad para transmitirles conocimientos a los jóvenes porque la tecnología quebró el esquema. Antes era ‘mi abuelo sabe, le enseñó a vivir a mi papá, mi papá me enseñó a vivir a mí y yo les enseñaré a vivir a mis hijos’. Eso se quebró. Porque un joven accede al conocimiento de la tecnología mejor que sus padres. A nivel escuela pasa lo mismo. El pibe se aburre en la escuela, sale y se pone a chatear con cinco personas en cinco continentes distintos. El joven pobre o no pobre, accede a la información. El modelo anterior era ‘yo en la escuela aprendo’. Hoy aprende fuera de la escuela. Antes era ‘la escuela me forma para el trabajo’. Hoy no queda claro para qué terminar el secundario.

-Y además existe un modelo de familia distinto, que el Estado todavía no registró…

-El 30% de las madres son menores de 24 años. Cuando hablamos de jóvenes ‘ni ni’ estamos hablando de padres a la vez. Es una situación nueva para ellas/ellos y una problemática muy fuerte que debería llevarnos a replantear qué cosa es la familia y que será en los próximos años.

-¿Cómo analiza la nueva marginalidad a partir de la entrada de la droga en los barrios?

-Estas tres puntas, trabajo, escuela y familia, están cruzadas por la extensión de la venta de droga frente a cada escuela o en el barrio. La mayor parte de los jóvenes tienen mecanismos para acceder a la droga. El chico está hacinado en la casa, no tiene lugar, no tiene dónde estar y se va a la esquina. En la esquina empieza a consumir paco porque si no consume no se integra al barrio, rápidamente tiene un problema de salud pero también de endeudamiento. Cuando se endeuda hay un vivo que se le acerca para plantearle cualquier idea para cancelar esa deuda. En los grandes centros ese ciclo son seis meses: hacinamiento, adicción, endeudamiento. Y se completa con todos nosotros diciendo ‘estos chicos son los culpables de todo, hay inseguridad porque están estos chicos’. Entonces es la profecía autocumplida: un pibe que arrancó sintiendo que no tenía futuro y llegó a la conclusión de que no tiene futuro.

-Usted ha hablado de varios quiebres. Pero también existe el quiebre de la mirada del Estado: sus números hablan de un 22% de pobreza estructural, para el Gobierno es el 5,4%. Usted dice que la brecha entre ricos y pobres es de 22 a 1; para el Gobierno es de 13 a 1. Un candidato a senador sale a festejar que existan los ni- ni porque son las mamás jóvenes que gracias a la asignación están donde deben estar: en la casa cuidando a sus hijos. ¿Cómo se hace cuando se vive en dos mundos distintos?

-El gran problema es que tenemos que darle visibilidad al tema e instalarlo en la agenda pública. Cuando hay estadísticas que lo minimizan, tiende a desaparecer. Ese quiebre es complejo además porque si las temáticas duras se instalan es más fácil llegar a acuerdos para resolverlas. Cuando se trata del problema de las adicciones, los jóvenes tienen la idea de que uno puede entrar y salir y que un poco es manejable. Otro quiebre transversal tiene que ver con la falta de modelos. Al quebrarse el esquema de movilidad, ya no existe el ‘yo quiero ser como mi papá o mi abuelo y para eso tengo que estudiar y trabajar’. No queda claro qué formas hay para alcanzarlo y se produce una sensación de vacío importante que construye la idea de no futuro. Algunos jóvenes se enganchan con lo colectivo, con la política, pero el grueso comparte esa idea de no futuro, de no estar en ningún lugar en concreto. Y esto les abre una fuerte brecha de desazón.

-¿Cómo construir algo diferente?

-Tenemos que lograr que las empresas busquen jóvenes. Para esto se les deben dar exenciones impositivas claras. Son 900 mil jóvenes que si van a parar al Estado lo hacen explotar. Hay que construir una red de 20 mil tutores, una maestra, un cura, un técnico de un club de barrio, un pibe de la esquina, el pastor, una red de creíbles. Cuando un chico hace días que no va a la escuela, que no va a trabajar, golpear la puerta de la casa y decirle ‘dale, ponete las pilas, rescatate’. Es reconstruir y ayudar a reconstruir. Armar una red para reconstruir a un sector en crisis fuerte y profunda. Si no hay red no va a funcionar ningún programa para jóvenes. Y se construye de abajo hacia arriba. Si yo voy a un pibe de Olavarría y le golpeo la puerta me va a decir vos quién sos. Si lo hace la maestra piola o el profe tiene otro condimento. Hay que repensar mucho lo que se está haciendo. Transformar el eje de las políticas.

-Pero mientras tanto nos estamos llevando puestas a un par de generaciones de pibes.

-Si nosotros nos llevamos puesta a una generación de pibes estaríamos cometiendo un pecado inmenso. Porque a nosotros nos tocó vivir 15 años con la economía para arriba. Diez años con la economía creciendo al 8% anual y todo indica que en los próximos cinco va a crecer al 3, 4%. Si en 15 años no dimos vuelta la situación social hemos fracasado como generación.


Unidad económica

-Un sector amplio de la adolescencia y la juventud está estragado por la droga. E institucionalmente existen complicidades y connivencias policiales, entre otras. ¿Cómo se controla la venta en el barrio si la llave la tienen el puntero o la fuerza de seguridad? ¿Cómo si los chicos ven como futuro la posibilidad de ser dealer o policía?

-Hay que crear una unidad especial para controlar la venta de drogas. Ir y cortarla directamente. La oferta de droga quiebra todo. Una unidad especial por fuera de la institucionalidad que hoy existe. Hay que crear otra cosa. Hoy una familia se pregunta si no le conviene poner una cocina de paco; porque saca cuentas y entiende que eso es una unidad económica. No sólo es una problemática social.


Transferencias

-La Asignación por Hijo es una de las transferencias de ingresos más grandes y democráticas de las últimas décadas. ¿Considera que hay que modificarla para que tenga alguna posibilidad de transformación?

-Creo que hay que ir a un nuevo ciclo de políticas sociales, pero tomando las que están como base. No quitando lo que está. No es lo mismo que la familia tenga ingreso y que no lo tenga. Las políticas sociales se pueden dividir en dos: en problemas de primera y de segunda generación. En los problemas de primera, hablamos de subsistencia, de hambre, que era la Argentina de 2001. Los problemas de segunda generación son trabajo, escuela, movilidad social ascendente, desarrollo local. La primera parte la hemos resuelto bastante. No hay problemas de hambre generalizado. En la segunda parte, todo lo que se hace es transferir dinero. Se trata de problemas de segunda generación pero se aplican soluciones de subsistencia, asistenciales. La AUH tiene que quedarse por muchos años y construir una base a partir de ahí.

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