Edición Anterior: 9 de Junio de 2019
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Entrevista a Eduardo Grutzky, azuleño que forma parte de la Policía Nacional de Suecia en el área de ciberpedofilia
"Mirar pornografía infantil fomenta una industria que viola y explota niños"
Fue preso político durante siete años. Nació en Azul y vivió en Olavarría. Una buena parte a la fuerza: dentro de la cárcel de Sierra Chica. En 1981 logró que Israel lo cobijara. Y desde 1984 vive en Suecia. Eduardo Grutzky va tras las huellas de los pedófilos desde la estructura nacional de la policía sueca.
Claudia Rafael

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Eduardo Grutzky nació en Azul hace 62 años. Pero más de la mitad de su vida transcurrió en Suecia. En esa tierra que lo cobijó desde 1984, tras una estadía de tres años en Israel, destino al que se había autorizado su salida del país. Hasta el último instante de su vida sobre tierra argentina tuvo una pistola que lo apuntaba. A las 6 de la mañana de un día de final de julio de 1981 lo sacaron de su celda de la cárcel de Caseros. Le dijeron que se iba. Y -extrañas vueltas de la vida- a miles de kilómetros de distancia Lady Di y el príncipe Carlos se casaban. Grutzky pispeaba el aparato de televisión que le permitió ver con entusiasmo el aburrido momento de las dos celebridades en un altar. Hacía siete años -mientras entre torturas y todo tipo de crueldades deambulaba por los penales de Sierra Chica, Rawson, La Plata, Azul, Caseros- que no estaba ante las imágenes en movimiento de un televisor. Atrás quedaban sus días de militante montonero y los siete años como detenido político.

Ese mundo está lejos. Dentro de la Policía Nacional sueca hoy se ocupa de rastrear y perseguir pedófilos. En un país en el que la violación es concebida y penada de la misma manera tanto si ocurre en el mismo espacio físico como a través de internet.

Desde Estocolmo dialogó largamente -a través de una llamada de facebook- con esta periodista. En un castellano con fluidez argentina en donde sólo se le pierde una que otra palabra entre los recovecos de su memoria. Y asegura que haber sido preso político y hoy policía sueco no ofrece contradicciones. "Cuando participé en la política argentina fue para defender a los más débiles contra los poderosos, tratar de que el mundo sea un poco más justo. Y yo no cambié. Lo sigo haciendo. Sigo creyendo en una sociedad más ecuánime y en el respeto a los derechos humanos. Y si no funcionara así, no podría hacer mi trabajo. Jamás podría hacerlo si fuera de otra manera. Acá no existe la corrupción. O, en todo caso, existe en altos niveles políticos. Si vos tratás de ofrecer una coima a un policía, te meten preso. Ni siquiera se hacen bromas de eso". Por si quedara alguna duda de cómo se para ante la vida cita a León Gieco cuando canta "los pensamientos quedarán". Y, a la hora de mencionar el nombre de un viejo amigo de Olavarría, no duda en nombrar a Carmelo Vinci, ex detenido desaparecido e histórico luchador por los derechos humanos.

Tras la detención en Argentina de un pediatra del Hospital Garrahan y las múltiples historias de pedofilia dentro de la iglesia católica, la mirada de Eduardo Grutzky amplía el horizonte sobre este tipo de delitos que tienen a la infancia en peligro.

-¿Cómo son, en este tipo de delitos, las metodologías de acercamiento a las víctimas?

-Los pedófilos son muy creativos. La vieja idea de que hay un profesor de educación física que trata de tocar a sus alumnos existe todavía pero la mayor parte de los crímenes de ese tipo se cometen a través de internet. Internet te da cierto grado de anonimato. Y cuánto más sofisticado sos y más destreza tenés, más anonimato conseguís. La mayor parte de los pedófilos son hombres y ellos se acercan a niños de todas las maneras posibles. Hay chicos de 6 ó 7 años jugando a Minecraft, que es un juego de bloques y se pueden comunicar con otro nene que está jugando. Y que tiene la misma edad y quiere hablar, empiezan a hablar de cosas de interés común. Y hacen un trabajo de destreza mayor en la relación. Hasta que consiguen que el chico les mande fotos de sus partes íntimas. Si logran romper la barrera para que el chico haga algo de ese tipo, es muy difícil salir. Porque, por lo general, empiezan a chantajear a los niños. Y a decirle: si no me mandás más fotos, la primera que enviaste se la mando a tu papá. Es una mezcla de grooming, que es un proceso lento y manipulativo de seducción, con amenazas. Donde vemos todas las etapas. Y es espeluznante. Ver las imágenes cuando atrapamos a un pedófilo y empezamos a abrir teléfonos y computadoras, es para vomitar.

-¿De qué modo procesás internamente el estar todo el tiempo con ese tipo de imágenes?

-Yo no sabía cómo iba a reaccionar cuando viera el material que tengo que ver. Me considero una persona normal, salí de la cárcel con estrés postraumático como todo el que sale de la tortura, del aislamiento, de un sitio como ése. Y deja sus secuelas. Tuve la suerte de vivir en un país en el que me ofrecieron tratamiento gratuito durante mucho tiempo y me considero una persona normal: tengo cuatro hijos, tres nietos, he tenido una cantidad respetable de relaciones. Y ahora hace 12 años que estoy con la misma mujer y no tengo desviaciones ideológicas ni por derecha ni por izquierda. Pero a pesar del trauma me considero una persona hasta más normal que otras que no pasaron el trauma que yo pasé. Pero no sabía cómo iba a reaccionar ante esto. Y al principio me daba miedo abrir la computadora. Porque no hablamos de una película. Hablamos de que mi jefe me da un disco duro con 60 GB lleno de mierda del principio al fin. Pero no me afectó como imaginé. La pantalla de la computadora en la que trabajo está, a la derecha, cubierta con una película carísima que hace que sólo yo pueda ver lo que se ve en la pantalla. Porque si mirás apenas de costado se ve negro. Y eso no es porque estoy en un lugar en el que la información es confidencial. Porque acá todo es confidencial. Pero no querés que pase alguien que vea lo que estás mirando y quede traumatizada. Porque no todos trabajan con lo mismo.

-¿Qué es lo que más te golpeó?

-A mí hasta ahora lo que más me impactó fue ver una serie de películas en la que hay una nena de 10 años que estaba siendo víctima de grooming por parte de un pedófilo y al principio no hay nada sexual. Le muestra su perrito, su hermano chiquito, su pieza, sus juguetes. Y en una película le muestra, de repente, cómo se pinta los labios. Y cuando la vi, me puse a llorar y me tuve que ir a mi casa. A pesar de toda la mierda que había visto, la destrucción y la violencia contra niños, la imagen de la nena pintándose los labios fue ver el momento en que el pedófilo consiguió entrar en su cabeza.

-A partir de ahí todo podía ocurrir…

-Sí. En ese momento fue eso lo que sentí. Y me tuve que ir a hablar con alguien. A mí todo esto me produce una gran compasión con la víctima y sinceramente un gran odio hacia los pedófilos. Entiendo que hay una cantidad de gente que es así porque fue abusada durante la niñez pero si te soy sincero, siento odio. Después de ver esa película especialmente, cuento los días para meterlo adentro. Y lo voy a lograr.

-Un pedófilo, un violador, ¿tienen vuelta?

-Pienso que los seres humanos son individuos y cada quien tiene su historia. Quien tiene un estilo de vida criminal y encontró ahí su identidad, por lo general, no deja de cometer crímenes hasta que no le pasa algo muy terrible. En quienes cometen crímenes sexuales, hay cierta estadística que muestra que hay una tendencia a reincidir muy alta. El servicio penitenciario tenía una especie de tratamiento (bien entrecomillada la palabra) para la gente que había cometido delitos sexuales y lo terminaron anulando porque quienes pasaban por ese programa cometían más crímenes que antes cuando salían. Hay una cierta desesperación para conseguir tratamientos pero no todo se puede tratar. Y la gente que tiene predilección sexual por los niños, se va a morir con eso. Hay mucha gente que la tiene pero que no hace nada en la realidad. Es un secreto que guardan dentro de sí. Saben que es moralmente incorrecto, que es ilegal y no hacen nada. Y hay una parte que consume pornografía infantil. En Argentina no está penalizado y acá sí. Porque para que haya pornografía infantil tienen que cometerse muchos crímenes. Hubo violaciones, por ejemplo. Y aunque lo único que hagas sea consumir un film, el hecho ocurrió, alguien lo filmó, ganó dinero y se produjeron un montón de crímenes.

-Hubo una larga cadena de producción previa…

-No me podés decir que sos un pedófilo inofensivo porque sólo mirás películas. Porque al mirar películas estás fomentando una industria que mata, viola y explota niños incluso en otros lugares del mundo para que vos puedas masturbarte mirando eso. Una de las cosas que en la legislación argentina no existe y nosotros aplicamos todo el tiempo, es que la violación no necesita ser física. En el sentido de que el pedófilo no necesita encontrarse con un niño para violarlo sino que puede conseguir violar a niñas o niños a través de internet. Cuando logra que, las niñas especialmente, se desnuden y hagan las cosas que le pide. Si hay una forma de penetración, el pedófilo la instruye para hacerlo. Acá es considerado violación como si ocurriera de manera física, en el sentido de que las dos partes estén presentes en el mismo lugar y la condena es la misma. La explicación es muy simple: cuando ocurre una violación de manera tradicional, produce un trauma enorme pero la violación como hecho concreto terminó. Después habrá que procesarlo, hacer terapia de trauma, etcétera. Pero la violación virtual nunca termina. Porque el pedófilo va a estar muerto. La nena, también. Y la película de la violación todavía va a estar dando vueltas por internet. Quiere decir que es una violación eterna. Y por eso acá se la considera violación aunque las personas no se toquen.

-¿De qué manera se resguarda la infancia de este tipo de delitos?

-Yo no tengo una respuesta. Los niños entienden más de lo que uno cree. Pienso que, por un lado, no tenemos que dejarlos solos. No tenemos que darles instrumentos antes de que tengan la madurez para manejarlos. Y fundamentalmente explicarles. Cuando yo era chico en Azul me explicaban que si venía un tipo y me decía: "vení, vamos a entrar a este zaguán", yo no tenía que entrar. Me enseñaban que un camión es peligroso. Que tengo que mirar para los dos lados cuando cruzo la calle. Mis padres me trataban de proteger de los peligros de esa época. Los peligros de esta época son diferentes. Tenés el camión, tenés el tipo que te puede meter en un zaguán pero también tenés una nena con pelo rubio en un juego que dice que tiene 11 años pero que en realidad es un viejo hijo de puta de 60. Y los chicos lo tienen que entender. Que hay que tener cuidado con los juegos. Y que no todos son lo que dicen que son. Hay que tener un diálogo. Los niños tienen derecho a una cierta autonomía. No podés estar todo el tiempo como un policía arriba de ellos a ver cómo hacen y cómo no. Pero de alguna manera hay que vigilarlos, controlarlos y comunicarse. Tener un diálogo continuo. Porque el mundo de los juegos es de internet, que es apasionante y divertido. Pero hay que explicar los peligros que tiene y creo que hay que explicarlo de una manera bastante explícita.

-Que tiene un hilo finito que va desde la explicación explícita y que alerta y la generación de terror que lleve a la parálisis.

-No hay una respuesta unívoca. Es muy difícil de manejar. Hay alguna de esta gente que es muy sofisticada. Saben el lenguaje que utilizan los chicos. Los chicos escriben de una manera muy especial, rápido, con palabras modificadas y acortadas. Lo aprenden y suenan como si tuvieran 11 años.

-Snapchat. Donde los mensajes desaparecen después de segundos. Y la misma aplicación tiene una cámara para sacar una foto o para filmar. Y es, a veces, muy difícil de recuperar. La vía es a través de estos juegos muy comunes, como Minecraft o Planet, que son populares. Conocen a alguien y les proponen pasar a snapchat.

-Alrededor de los 9, 10, 11 años. La víctima más joven que yo tengo tiene en estos momentos 4 años. En su caso, por ser tan chico, el pedófilo no consiguió grandes cosas. Pero sí tratan. Y suelen llegar hasta los doce aproximadamente. Hay cierta curiosidad sexual. Y vivimos en una sociedad donde es muy importante que nos miren, que nos confirmen que existimos, a través de redes sociales. Y de repente tenés una persona que te idolatra, que todo lo que decís es un milagro, que sos linda, sexy, hermosa, que cantás, bailás o te movés muy bien. Que te alimenta el hambre que esta sociedad te genera.


"En un momento tenés que dejar de migrar"

A más de 13.000 kilómetros de distancia y a poco menos de 40 años de haber dejado forzadamente el país, el azuleño Eduardo Grutzky despliega un manojo de nostalgias. Aquello que siente que extraña y que, en algunos aspectos, ya no existe. "Extraño el humor, la relación íntima con un idioma, el mate y no porque no pueda tomarlo pero tomar mate solo es más aburrido que chupar un clavo. Y el Azul que yo extraño, no existe más. Aquellas casas hermosas que ya no son en las que vivía tal o cual y están todos muertos. El país pasó mucho sufrimiento", cuenta desde Estocolmo.

Y reflexiona: "Nunca dejás de ser lo que eras pero ya no lo sos totalmente. Y no llegás a ser un 100 por ciento del nuevo lugar. Al mismo tiempo, hay muy poca gente que es 100 por ciento algo. Yo ni sé las veces que me he mudado. Hay gente que vive toda su vida en la misma casa en la que nació y las admiro. Me gustaría vivir esa vida pero no es lo que me tocó. Hay algo que siempre te falta. Pero si yo te dijera que no soy sueco, te mentiría. Porque hace como 36 años que vivo en este país. Viví más años acá que en Argentina. Y cuando yo doy conferencias digo "nosotros los suecos". Yo no me considero un inmigrante. Era un inmigrante hace 20 años. Pero hoy día es medio absurdo. He tenido roles de peso en la policía sueca, he tenido 45 personas a cargo, he escrito libros en sueco. No tiene ningún sentido decir que soy un inmigrante. Lo fui. Y en un momento tenés que terminar de migrar. También te podría decir que siento nostalgia por la Suecia a la que yo llegué. Era una Suecia socialdemócrata con Olof Palme como primer ministro, donde la cohesión social, la sensación de seguridad y protección de la sociedad que te generaba sentir que no estabas solo, que si te enfermabas te iban a atender lo mejor posible y con la mejor tecnología aunque no tuvieras un centavo. Todo eso fue empeorando. El sistema económico ha destruido gran parte de las cosas que eran buenas aunque no totalmente. Esto todavía es un país donde vino casi un millón de personas de Medio Oriente y no vienen acá de casualidad. Acá cada persona que llega tiene derecho a vivienda, dinero para comer, para aprender el sueco, acceder a la medicina. Y eso lo hace un país relativamente único".


"Tikun Olam"

"Yo soy judío. Y nosotros hemos tenido la experiencia de tener que movernos. Mis ancentros vienen de Rusia, de Ucrania, que en esa época era todo uno, se tuvieron que ir. Y a los que quedaron, los mataron. Nadie sobrevivió a los nazis. Y siempre crecí con la idea de que uno vive en una sociedad de acuerdo a las posibilidades que uno tiene pero no necesariamente va a estar ahí toda la vida. Medio en serio y medio en joda, nunca sabés cuándo llega el próximo pogrom". Esa idea acompañó el largo periplo vital de Eduardo Grutzky probablemente desde mucho antes de nacer. Y lleva colgada sobre sus espaldas una mochila filosófica del judaísmo que se conoce como "tikun olam". Que es -explica el azuleño devenido sueco- algo así como aportar para reparar el mundo. "Está basado en las cosas que uno hace y no en las cosas que uno cree. El judaísmo no te pide que seas creyente sino que hagas las cosas para corregir el mundo. Y bueno… yo traté de corregir Argentina y así me fue: estuve 7 años en cana. Después estuve en Israel y también traté de corregir haciéndome miembro del Movimiento por la paz". Y hoy lo sigue poniendo en práctica desde esa tierra que lo enamoró desde que, en 1984, divisó sus bosques desde un avión y se dijo: "esto es mi lugar".

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