Edición Anterior: 18 de Agosto de 2019
Edición impresa // La Ciudad
Historias de solidaridad, sufrimiento y lucha
Mujeres que se organizan en sus barrios para hacer frente a la pobreza y la exclusión
Viven en diferentes barrios de los arrabales de la ciudad. Son mujeres solidarias. Que sufrieron mucho la falta de todo y que hoy, aún a pesar de no tener trabajo o padecer carencias, se organizan. Asumen responsabilidades en merenderos, en el armado de viandas o en conseguir ropa para compartir con sus vecinas y vecinos. La clave está –como dice una de ellas- en "ver al que tenés al lado".
Claudia Rafael

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El merendero de María, en el barrio Trabajadores, peligró este miércoles. La mujer tuvo que batallar para conseguir una garrafa o algo de leña para la salamandra. Hay 60 niñas y niños de 5 a 12 años que toman la leche en su casa. Que tres veces por semana llegan con la tacita y, si la cosa pinta bien y María tuvo suerte, alguno se va con algo de arroz o tomate para la cena. La solidaridad conseguida a través de redes sociales le acercó una solución temporal. Se hizo la magia no estatal y las garrafas aparecieron.

Es una de tantas mujeres que la pelean desde hace años. Que batallan por sus vidas pero que entendieron, de la mano de cada ayuda que ellas mismas fueron recibiendo, que la clave está –como define Cintia, del barrio Coronel Dorrego- en "ver al que tenés al lado". Mujeres de barriadas diferentes de la ciudad cuentan sus propias historias y las crónicas de vida de quienes a diario se cruzan en la calle, en la plaza o se acercan a merenderos, comedores o, a sus propias casas, a pedir algo de ayuda para superar un mal trago. Que demasiadas veces se extiende en el tiempo.

Cintia tiene 37 años y cuando su bebé recién nacido cumplía 10 días, hace ya 14 años, una meningitis le generó una parálisis cerebral. El mundo entero cambió para ella. Se separó. Y durante cinco años anduvo "un poco por acá y por allá" hasta que "me regalaron un terrenito y me empecé a hacer mi casita. Desde la Municipalidad me levantaron una pieza de tres por tres que al tiempo se me empezó a llover, a quebrarse las paredes, a romper toda. Me robaron tres veces en un mes". Un grupo de militantes la empezó a ayudar a partir de una nota en Canal Local. Le consiguieron materiales de construcción y Cintia se arremangó y comenzó a edificar. "Ellos le ponían más pila porque veían cómo yo me esforzaba y me conseguían más cosas. Y ahí sí me pude hacer una casa porque ahora sí la puedo llamar casa". La lista de oficios que fue incorporando para sostener a su familia, que luego se completó con dos hijas más, es larga y variada. Corta pasto, es albañila, electricista, soldadora, tatuadora. Un poco de esto y de aquello. Y entre medio, decidió terminar la escuela secundaria. "Con súper buenas notas. Mandé currículums a todas partes. Pero no conseguí trabajo. Si el año próximo consigo algún empleo para poder pagar a alguien que me cuide a los chicos, quiero seguir mis estudios".

Hace tiempo se sumó a la Mesa de Emergencia local. Junto a su hermana organizaron viandas, tiene un roperito en su casa, "la gente viene, se lleva algo y si le sobra, trae". Está bien plantada en la vida. Aprendió a la fuerza. Y dice que "no hay que dejarse voltear por nada. Mi pilar son mis hijos. Y yo no quiero que les falte nada. Me gusta mucho ayudar porque veo el reflejo de las cosas que yo pasé; es que la mayoría de las personas que ayudo son mamás solas. Y me veo a mí misma queriendo arrancar sin saber qué hacer y todo lo que cuesta levantarse todos los días y decir "hoy hay que comer, hoy hay que ir a la escuela, mis hijos tienen que tener sus cosas" y eso te da fuerzas. Yo me acuesto pensando en qué voy a hacer mañana y ahora yo ya tengo mi vida más o menos resuelta. Yo tengo planeada la comida de todos los días para una semana y entonces me gusta preocuparme porque otras personas la tengan. Por lo menos las que me pidieron ayuda a mí y yo me comprometí. No es mucha la ayuda que doy. Me gustaría dar mucha más. Yo me pongo en su lugar. Yo sé lo que es no tener. Y me gusta que mis hijas vean eso. Porque sé que el día de mañana ellas también lo van a hacer. Porque les ayudo a que así sea. A ver al que tenés al lado. No me gusta eso de ver que una persona está mal y si tenés en tus manos la posibilidad de ayudar no lo hagas, dejarlo pasar".

"Sé las necesidades de la gente"

Desde el barrio Matadero, Eli relata que "la vengo remando en lo que puedo. Tengo una hija de 12 años y hace cinco que estoy separada. Siempre trabajando con los planes sociales que salían. Cuesta salir adelante día a día porque las cosas aumentan y cada día me levanto y le voy poniendo el pecho a las balas como quien dice. Soy hipertensa. Tengo problemas de salud. Y he tenido que dejar por mucho tiempo de tomar mi medicación. Siempre quise que a mi hija no le faltara nada. Dejé todo en manos de dios y gracias a dios he podido salir adelante".

Cada día se levanta a las 6 de la mañana, prepara a su hija para ir a la escuela y por temor a que pueda ocurrirle algo en el camino la acompaña en el colectivo (que sigue sin ingresar al barrio) y la espera a que entre a clases. Reconoce que si hoy tiene estructurados sus gastos le costó mucho. "Con mi hija mayor, de 28 años, aprendimos juntas. Fue muy duro y largo aprender a administrarme, a manejar el dinero. Y terminaba en cama con picos de presión. Pero pude salir adelante. Empecé a trabajar con el barrio hace 12 años. Han llegado distintas agrupaciones y con vecinos nos fuimos organizando. Dábamos fútbol, merienda, la leche a los nenes, si conseguíamos facturas o masitas las dábamos y si no, nos juntábamos con alguna mamá y poníamos harina, huevos y lo hacíamos".

Para la vida de Eli fue fundamental aprender a ayudar a los otros. "Me gusta ayudar a la gente humilde, a la gente como yo, a la gente que sabe pelearla y remarla todos los días. Es mi barrio, es mi gente. Son barrios olvidados. Muchos les dicen los negros. En la escuela nos llamaban ´los indios´. Y después, pasamos a ser ´los negros´. Todo duele. Sé las necesidades de la gente y me molesta cuando dicen ellos no necesitan nada porque son los negros. Yo sé que necesitan".

La sabiduría de esta mujer que siente al barrio Matadero en su sangre la lleva a definir que "la persona a la que nunca le faltó un pedazo de pan o un plato de comida no sabe lo que es la pobreza. A mí me faltó. Después de que murió mi papá y hasta que mi mamá pudo empezar a cobrar la pensión comía el que era más chico". Por eso –y reivindica una y otra vez las enseñanzas de su padre- "recorro mi barrio todos los días. Son barrios que la gente no ve, no saben cómo viven, no ven las necesidades de los chicos que golpean la puerta y te piden: ´dijo mi mamá si no te quedó algo de ropa que tu nena no use´. O ´¿tenés azúcar, aceite, algo…?´ volvimos a lo de antes". Pero Eli la rema. Y concluye: "compartir es algo que también me hizo bien a mi propia salud para no quedar hundida en mi enfermedad, en la depresión".

Ayer a las 10 de la mañana, Eli se arremangaba y empezaba a cocinar para el preparado de viandas "con mucho entusiasmo y alegría". Se reparte con un grupo de vecinas entre el merendero, las viandas y el roperito que permite "que los que lo necesitan, se lleven algo que les sirve". Y resalta cómo "personas muy humildes llegan y dicen ´hoy retiro la vianda porque lo necesito pero cuando consiga una changa, un trabajo la dejo para otros a los que les haga falta".

Son mujeres aguerridas. Que quieren facilitar el camino a chicas muy jovencitas, algunas con hijos. "Armamos charlas, grupos para hablar con ellas, muchas mamás solteras, sobre el cuidado sexual, la violencia. Es algo que nos hace bien a todas porque nos sentimos muy bien", concluye Eli.

El boca a boca

Ruth tiene 47 años, cuatro hijos y siete nietos. El 9 de agosto del año pasado puso en marcha, junto a sus tres hijas, el comedor "Pocho Lepratti", que funciona en la Sociedad de Fomento del barrio Provincias Unidas. Se lo propusieron desde la entidad. En ese momento, por el boca a boca, empezaron a asistir 46 personas que luego se transformaron en 70 y en las últimas semanas llegaron a 110. Funciona lunes, miércoles y viernes con el sistema de viandas. Aquel mismo sistema que defendía el histórico Mario Méndez cuando –en plena crisis del 2001- reivindicaba que las familias tenían que comer en su casa. "Como en el caso mío, hay muchas mamás que están solas. Se las va involucrando en la cocina, en otros eventos y en el cuidado y organización del roperito del barrio. Es mi cable a tierra y estoy feliz de ayudar a otra gente que está en la misma situación que yo".

Entre esa gente habla de familias que "duermen donde los agarra noche". Pero se siente una privilegiada cuando dice que "más allá de que yo esté sin trabajo, tengo mi techo. No tengo mucho pero tres veces a la semana tengo la comida en la mesa. Hay muchas mamás solas que no tienen trabajo y esto les da una mano. O que lo tienen pero ganan poco y ese poco lo usan para la garrafa, para el alquiler. Y esto es un aporte. Vienen con los nenes a colaborar, a doblar la ropa, lavar un piso, las ollas. Todo eso te llena el alma. Como cuando los chicos dicen ´che, Ruth, ¿qué vas a cocinar hoy?´".

La conciencia social de Ruth –que quizás la arrastra por historia o a lo mejor la fue adquiriendo a fuerza de angustias- la lleva a afirmar que "un comedor tendría que estar vacío. Cada uno tendría que estar en su casa sabiendo que te ganaste tu plato de comida con trabajo. A muchos que les da vergüenza yo los invito a hacer algo. Picar cebolla, ordenar".

Hace rápido las cuentas. Tiene todo fríamente calculado en su cabeza. "Con el pan, nos resultaba todo más fácil porque una panadería nos donaba. Pero se les puso difícil a ellos también y bajaron un día, después dos y ahora nos lo dan cada dos semanas o cuando pueden. Ahora que tenemos 110 personas, si hacés guiso son 12 kilos de pollo, 8 cajas de puré de tomate, 11 ó 12 kilos de arroz o de fideos. Cuando es carne picada necesitamos 6 kilos. Si querés hacer algo con papas, se te va de media bolsa para arriba. Pero cuando te comprometés, es así. No podés decir ´no me alcanzó´".

Las estadísticas del informe que hizo la Mesa de Emergencias local entre junio y julio arrojan que seis de cada diez consultados en las zonas más frágiles de la ciudad se alimenta en comedores. De ese total, el 30 por ciento en comedores barriales. El resto, en comedores escolares. La mitad de los desocupados consultados tiene entre 18 y 39 años. El 85 por ciento de quienes reciben algún tipo de ayuda percibe la AUH.

La realidad es dura y los estamentos estatales esquivan muchas de las respuestas imprescindibles. Que, como en los relatos de estas mujeres, aparecen de la mano de los de abajo. De quienes por sus propias historias de vida entendieron que la salida colectiva es lo que salva.


Cartonera de la vida

Desde hace tres años, María junta cartones para vivir. Cuando empezaba a dar su testimonio a esta periodista estaba buscando desesperadamente cómo conseguir una garrafa o leña para preparar la leche para los chicos que lunes, miércoles y viernes van al merendero. Finalmente consiguió unas ramas y algunos trozos de madera con los que prendió la salamandra. Después, la solidaridad le acercó una solución que la tranquilizará por unos cuantos días. Este viernes la visitaron empleados de la cooperativa de luz para cortar el suministro. Debe 1300 pesos que no podrá afrontar. Su marido –cuenta- es diabético y guarda insulina en la heladera.

Vive en el barrio Trabajadores. Tiene 53 años. "Empecé el año pasado con tres nenitos. Era mayo. Ahora vienen unos 60 chicos entre 5 y 11 ó 12 años más o menos a tomar la leche. Si consigo arroz o tomate para que se lleven a la casa les doy. Es que la cosa está complicada. Hay muchas mamás solas. Cada una tiene de cuatro chiquitos para arriba. No tengo comedor porque no puedo. Entonces no me comprometo más que para la merienda tres veces por semana. A veces llegan las mamás y preguntan: ´María, ¿tenés colchón? ¿tenés una frazada?´ Pero yo no tengo. No son cosas que estén a mi alcance. Yo recorro negocios, distribuidoras y por ahí me dan masitas que no pueden poner a la venta porque el paquete tiene algo fallado y así voy juntando".

Sale a cartonear a la tardecita. Después de la última taza de leche. "Salimos con mi marido desde hace tres años con un carrito cuando empieza a atardecer y hasta las 10 de la noche. Ayer me dijeron "ay, señora. Cómo tiene sus manos". Pero qué voy a hacer… con algo de artrosis en los dedos y la vida que uno tiene, cómo voy a tener las manos. Ahora estamos tratando de conseguir alguna bicicleta para cartonear porque tenemos nuestro carrito pero es caminar y caminar".

Carmen, del Facundo Quiroga II, se sumó al comedor Pocho Lepratti hace tiempo. Lunes, miércoles y viernes atraviesa tres barrios a pie. Cincuenta cuadras ida y vuelta. Busca la vianda que comparte en su familia y colabora en lo que puede. Hace mucho ya que pide ayuda municipal para reparar su casa. Los tirantes de madera del techo están podridos. La casa no tiene puertas ni en las habitaciones ni en el baño. La garrafa es lo que sirve para cocinar y para calefaccionar. Pero sale más de 400 pesos y se acaba pronto. La humedad en la casa deteriora la salud. Pero demasiadas veces la vida se empeña en jugar en contra.


Trabajadoras sin trabajo

Yesica vive en una pensión donde está hacinada con mucha otra gente en condiciones de precariedad terribles. Terminó la secundaria. Es una de tantas trabajadoras sin trabajo. "Se la pasa cirujeando para hacer de comer a los nenes. Repartiéndose un montón para llegar a fin de mes. Ella tenía a su marido, que la reventaba a palos así que no funcionó y se vino de otra ciudad para acá", cuenta una de las vecinas que le da una mano. La misma pensión cobija, entre el frío y la desazón, a un matrimonio mayor. Ella está enferma. Los dos consiguieron trabajo en un galpón en el que clasifican metales. Alguna vez tuvieron casa. Ya no.

Entre las personas a las que Cintia le brinda ayuda está Estela. "Trabaja en blanco pero gana 8000 pesos. Y por trabajar en blanco le sacaron la asignación de los chicos y le dan la otra que es apenas de 1000. Tiene que mantener una casa siendo sola. Vive con esa plata. Paga la luz y no le alcanza para nada más". Y también le extiende una mano a una chica, madre de tres niños a la que le prestaron una casita. "Vive en condiciones muy precarias. La nena más chica ahora mismo está internada. Se le vive enfermando de bronquiolitis. Le llevamos la viandita, le avisamos cuando llega ropa de chicos. Le conseguimos una cama porque no tenía. Colchón, frazadas. Pero nada basta".

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