Edición Anterior: 13 de Octubre de 2019
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Jonathan Navarro, el pibe del barrio Eucaliptus en la ultramaratón de Río de Janeiro
Con la bandera del Ara San Juan, en la pista entre favelas cruzada por balas narco
Nació en el barrio Eucaliptus, fue un pequeño periodista a los diez años, fue ciclista, se rompió los ligamentos, supo de los desaparecidos del Ara San Juan y comenzó a correr con la bandera de los 44. Con el nombre de Diego Wagner recorrió el país, se convirtió en ultramaratonista, fue a Uruguay y a Brasil. El 4 y 5 de octubre le cambió la vida: quedó en medio de una guerra de narcotraficantes en una pista brasileña entre favelas mientras corría su carrera de madrugada. Supo de la crueldad del mundo. Y no la comprende.
Silvana Melo

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Jonathan Navarro tenía una vida tranquila, de empleado de comercio, ciclista y padre de familia. Hasta el día en que se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla, debió operarse y la vida deportiva se detuvo durante casi un año. Esa vida, de simpleza cotidiana, hizo un click el 15 de noviembre de 2017 cuando con su esposa Paula escucharon las noticias sobre la desaparición del Ara San Juan. Jonathan comenzó a correr por esa bandera hasta convertirse en ultramaratonista. En todo el país lleva la bandera de los 44 y el nombre de Diego Wagner, el olavarriense que formaba parte de la tripulación del submarino. Hasta que llegó a Brasil, este 4 de octubre. Y en una pista atlética encerrada por dos favelas, corriendo a las cuatro y media de la mañana, sintió que las balas de la guerra entre los narcotraficantes y el ejército brasileño le silbaban sobre la cabeza. Y se escondió entre unas ramas, en una soledad aterradora. Hoy Jonathan Navarro es otro: en esos días de octubre se topó brutalmente con la crueldad del mundo.

En plena rehabilitación de su rodilla se enteró Jonathan de la desaparición del submarino Ara San Juan con 44 tripulantes. "Todos estábamos pendientes de lo que sucedía con ellos, pasó una semana de la desaparición y no se sabía nada…" En esos días se corría "la carrera Unión de los Pueblos, que son 100 kilómetros". Y "yo no hacía nada desde hacía un año… pero le dije a Paula voy a correrla. Necesito que me apoyes".

Nunca había corrido más de diez kilómetros. Pero se largó, apenas al final de la rehabilitación. "Lo hice por ellos. Me puse la bandera y me largué para recordar a los chicos del Ara San Juan". Previsiblemente "terminé muy mal físicamente. Estuve 15 días acostado en una cama, me tenían que ayudar a ir al baño". Pero "desde ese día empecé a correr llevando la bandera de los chicos. Para que nadie los olvide".

Después, todo se dio maratónicamente: "fui a un lugar donde diseñan ropa, me encontré con uno de los hermanos de Diego (Wagner), hice una amistad muy grande con la familia; todo esto me pone muy feliz, que ellos se preocupen por mí como si fueran de mi familia". Y "vino otra carrera, otra más, el campeonato argentino de maratón, recorrer el país, siempre con la bandera de Diego, llevando el nombre de los 44, a lugares donde yo llego y el número 44 es para mí; en todos lados reconocen lo que estoy haciendo y todo empezó como una promesa, como un recuerdo y me llevó a cumplir un sueño: nunca me imaginé estar en Uruguay, en Brasil, en un ranking argentino, en un ranking mundial de ultramaratón…" Y siempre superándose, como si el cuerpo no tuviera límite, como si las piernas pudieran más y más. "En Puerto Madryn corrí mi primera carrera de 24 horas con la bandera de los 44. Un día entero encerrado en una pista de 400 metros corriendo. Hoy lo mínimo que corro son seis horas", dice Jonathan Navarro y sonríe.

En medio de la guerra

Estos días de octubre serán, seguramente, la segunda bisagra en la vida de ese atleta vital que es Jonathan. El paso por Brasil para correr la Ultramaratón Río 2019 será amargamente inolvidable.

El miércoles 2 aterrizó en Río de Janeiro y fue recibido en el hotel, muy cercano de la villa olímpica Maso Alto. "Cuando lo vi ya me di cuenta de que no era el lugar que imaginaba. La pista estaba entre dos favelas. Decidí quedarme adentro y no bajar, casi. A cinco cuadras estaba el lugar donde se hacía la competencia. Los profesores eran espectaculares pero me adelantaban lo que se estaba viviendo: me decían que estaban en situación de guerra, que había tiroteos y enfrentamientos". En ese contexto, "el jueves a la noche se escuchaban lo que yo creía que eran fuegos artificiales, pregunté y un compañero brasileño me hacía con las manos pam pam pam… Fue una noche de terror. Hubo un enfrentamiento muy grande, con ocho muertos, habían prendido fuego un colectivo, murió el hijo de un narcotraficante. Al otro día me levanté, fui a almorzar y me dijeron que el viernes me quedara directamente en la villa, que no fuera al hotel, para que el sábado me levantara y viera a los corredores para la carrera de la mañana".

Hizo eso. Y a las seis y cincuenta de la mañana del sábado, con el sol a pleno, "se escuchó el primer disparo. Fueron dos horas y media de una balacera increíble. Se cruzaban de una favela a la otra. Usaban de escudo las paredes de la villa olímpica. Había mucha gente nerviosa… A las 9 se largaba la carrera. Y la mía era recién a las 9 de la noche".

"Vi la largada de la carrera, estaba el ejército, pasaron una marcha, se cantó el himno. Una hora y media antes había una guerra ahí adentro…" Lo que sintió fue una tremenda incertidumbre. "¿Corría? ¿Me iba? Tenía que tomar la decisión. Si no corro, y no pasa nada en la madrugada, ¿cómo les explico yo a los que me ayudaron? ¿Y si pasa? ¿Qué hago? Yo ya no estaba concentrado en la competencia".

Al final "me cambié y decidí correr. Unos cuantos se bajaron".

"Aunque parezca mentira, corrí con auriculares", recordó, cuando el buen oído era fundamental para escuchar eventuales disparos. "Tengo una música que me gusta y un audio de mi nena, que lo escucho cuando estoy bajoneado".

Arrancó con energía, a devorarse la pista. "Yo me sentía muy bien, venía haciendo la mejor carrera. Pasé la mitad y me sentía muy bien. A eso de las 4 y media escuché el primer disparo. La primera favela está pegada a la pista donde estábamos corriendo. Ahí se escuchaba que estaban de fiesta. Pero uno de los corredores me dijo, haciéndome señas, que cuando parara todo ese ruido, ‘bum bum’… y hacía una pistola con las manos".

Después del primer disparo hubo una especie de pausa que les permitió a los atletas buscar refugio. "Una chica que tenía delante se tiró al piso y por eso supe que estaba pasando algo. Yo por los auriculares no escuché. Y me escondí en el paredón entre unas ramas. Fue una hora y media o dos de guerra. Yo me había quedado solo ahí. Me saqué la remera argentina para que no me vieran. Hasta que arrancó una balacera tremenda y me agarró una desesperación de nervios, de llanto. Levanté la cabeza y miré para dónde iban las balas, que eran un tipo de balas con punta de fuego que se convertían en bengalas entonces se veía para dónde caían. Mi desesperación era porque caían para donde estaba la gente y yo no veía a nadie… ¿mataron a todos?, me preguntaba… Entonces vi que empezaban a bajar por la pared de la favela, y yo de los nervios le pegaba a la pared, nos van a matar a todos, pensé, yo estaba tirado en el piso, arrastrándome".

Nunca se había imaginado verlos bajar por la pared desde la favela hacia la pista. Estaba en el medio de la guerra. "Cuando pudimos llegar todos al refugio cayó el ejército, pedíamos que llamaran a una ambulancia, pero las ambulancias no entran, la gente se muere. Y todo lo paga la gente común, la que no tiene nada que ver, porque toda esa rabia después se vuelve venganza, es una cadena, es muy triste. Había muerto una nena de ocho años, después murió el hijo de uno de los narcos y aparecía la foto en los medios, es impresionante lo que habían hecho con él. Gracias a Dios hoy lo puedo contar".

La soledad profunda que sintió en ese momento, cuando lo único que necesitaba era salir de esa locura y regresar a su lugar en el mundo, se le plantó en el corazón. "Cuando terminó todo sentí que iban a atacar de nuevo como represalia, vi que venía el ejército, que se estaba preparando para subir, entonces agarré mis cosas, quise parar un taxi, no te paraba ninguno, entonces caminé cinco o seis cuadras solo, me tomé un taxi y fui al aeropuerto. Me quedé ahí, no quería moverme. Hasta el horario de salida del avión. Faltaban muchas horas todavía. Pero ahí me sentía seguro". Recién pudo desahogarse, dice, "cuando llegué a la Terminal de Olavarría y estaban esperándome todos… ahí me descargué".

Acababa de llegar de la crueldad del mundo. Estuvo en medio de lo que los diarios llamaron una disputa territorial entre el Comando Vermelho y el Terceiro Comando Puro, dos de las organizaciones criminales brasileñas. Un horror contextualizado en el gobierno de Jair Bolsonaro que, lamenta Jonathan, "tiene la decisión de hacer limpieza dentro de las favelas y lo que más me duele es la gente que no tiene nada que ver, que no tiene dónde ir. ¿En ellos no piensa el presidente, el estado? ¿En los chicos no piensa? ¿Qué culpa tienen ellos? A mí no me entra en la cabeza. Qué fácil es matar…".


"Cuando era chiquito te entrevisté"

Lo conocí en el barrio Eucaliptus, a fines de los 90. El país se caía y, en pleno derrumbe, armamos un taller de Periodismo en los barrios Belén y Eucaliptus con Claudia Rafael. Eran todos minúsculos: entre ocho y diez años. Familias grandes, calles de tierra y vidas arduas, agotadoras. Entre ellos estaba Joni. Frágil como pocos. Hicimos pequeños periodistas que aprendieron a ponerle palabras a la dureza de ese tiempo. Que salieron por el barrio a encuestar a sus propios vecinos antes de las elecciones del 99 y se sorprendieron tanto de que ganara Menem. Que aprendieron las canciones de Teresa Parodi que hablaban de ellos y de nosotras mismas en la oscuridad de esos días. Y las cantaron a los gritos mientras íbamos en un viejo Falcon a ver a Teresa, que nos esperaba en la recepción del hotel. Todos se le pararon alrededor y le cantaron Creo. Ella les cantó Resistiendo, como la determinación que les marcó la vida hasta hoy.

Joni recuerda que tenía diez años, se había operado recién de apéndice y caminando despacito llegó al Santa Rosa. Había que entrevistar a León Gieco, que nos esperaba. Que hacía esperar al periodismo adulto para recibir a la pequeñez que le preguntaba sobre la vida y lo hacía cantar.

Hoy que corre con la bandera de los 44 del Ara, Joni no se olvida del lazo de aquellos periodistas minúsculos con los ex combatientes de Malvinas. "Hace poco me invitaron a una cena con mi familia y estaba Ricardo Moreno. Nos pusimos a charlar y le dije ‘cuando yo era chiquito te entrevisté…’". Pasaron veinte años. El mundo es igual de áspero. Pero la ternura sigue abriendo fisuras.


15 de noviembre

El 15 de noviembre se cumplen dos años de la desaparición del Ara San Juan.

Y en su determinación de abonar la memoria de los 44, especialmente el nombre de Diego Wagner, Jonathan Navarro tomó una decisión. "Voy a salir desde la base naval de Mar del Plata el 15 de noviembre, corriendo, para llegar a Olavarría el 17". La idea es arribar a Hinojo, al monumento, momentos antes del comienzo del acto que se va a realizar en la plaza donde se encuentra la réplica del submarino.

"Voy a hacer cien kilómetros por día. Va a estar todo armado, con mucha gente acompañándome, con paradas en Balcarce y en Tandil. La familia de Diego va a acompañarme y apoyarme".


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