Edición Anterior: 15 de Diciembre de 2019
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Sergio Javier Arambel y sus cincuenta años con el ajedrez
De niño prodigio a director de escuela
A los doce años mostraba la seguridad conceptual de un veterano, virtud que mantuvo a lo largo de su carrera. Y la que parece haber volcado también en su rol de maestro. Es sinónimo de ajedrez en Olavarría. Por su huella, por sus logros y su hacer escuela. Una historia que comenzó cuando era muy pequeño y los Reyes Magos despejaron el camino con un tablero de ajedrez.
Daniel Puertas

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Si hay quienes aseguran que se aprende más de las derrotas Sergio Javier Arambel está seguro que tres de sus victorias más resonantes le aportaron una “enseñanza de vida” que, al menos la primera vez, fue tan sorprendente como grata, quizá porque entonces era un niño. Cuando ocurrieron las dos experiencias siguientes el niño prodigio del ajedrez ya era un hombre.

“Juan Carlos Hase era maestro internacional, había integrado el equipo olímpico nacional. Y en un abierto de Mar del Plata yo le gané. Lo tomó muy tranquilamente, no se fue enojado. Cargó un termo con agua y tomando mate analizamos la partida hasta que nos echaron porque se iban todos”, recuerda Sergio ahora mientras aguarda en la bibioteca “Coty Laborde” que llegue su alumno Augusto Araña, un chico que tiene más o menos la misma edad que tenía él cuando venció a Hase, convirtiéndose en noticia nacional.

Sergio quedó tan maravillado con la actitud del maestro internacional de tomar su derrota ante un niño con tanta filosofía, sin buscar excusas ni consuelo que ese ejemplo lo acompañó por el resto de su vida. Entrado ya el nuevo siglo, muy lejos aquella victoria resonante Sergio enfrentó en un torneo a doble vuelta al gran maestro danés Bent Larsen, radicado en la Argentina y años atrás una estrella del ajedrez mundial, uno de los animadores habituales de los Torneos de Candidatos en lo tiempos que surgía la estrella refulgente del nortemericano Bobby Fischer, cuando Tigran Petrosian, Victor Korchnoi, Vasili Smyslov y Boris Spasski brillaban Larsen despedía una luz de similar intensidad.

Sergio entabló una de las partidas y ganó la otra. “Larsen ni se inmutó y se puso a analizar la partida conmigo con total tranquilidad”, tomando esa derrota ante un desconocido como algo absolutamente normal.

Y la misma actitud tuvo el gran campeón brasileño Rafael Leitao, otro gran maestro destacado. Fue en 2005, en el Campeonato Continental de las Américas, donde el brasileño era el 10º preclasificado entre 152 jugadores, 34 de ellos grandes maestros.

Leitao tampoco apeló a ninguna excusa y se tomó las cosas con absoluta tranquilidad. Y también entró en largos análisis de la partida junto a Sergio.

“Que jugadores de ese nivel se comportaran de esa forma tras perder una partida fue para mí una lección, una verdadera enseñanza de vida”, dice ahora Sergio, pocos días después de haber sido agasajado con una fiesta sorpresa por sus bodas de oro con el ajedrez.

Cuestión de magia

Todo comenzó cuando Elvira, su madre, decidió incluir entre los regalos de Reyes un jueguito de ajedrez, a pesar de que ni el padre, Juan “Chiquito” Arambel y menos Sergio, un niñito, sabían cómo se jugaba. Gustavo y Pablo, los otros hermanos, eran más pequeños todavía.

Por alguna razón, Juan se empeñó en aprender y metió a su hijo en un mundo del que ya no saldria jamás. Federico Knoll ofició de maestro. Sergio tendría “siete u ocho años cuando pasamos por la calle Vélez Sársfield, casi esquina 9 de Julio y vieron a un grupo de chicos jugando al ajedrez.

“Papá paró el auto, nos bajamos y preguntó si podía jugar. Ellos sabían jugar bien, esa era la casa de Gabriel Iglesias, que era el campeón juvenil de Estudiantes”, cuenta Sergio.

Gabriel Iglesias, hoy disputando el campeonato senior de la ciudad, recuerda las primeras partidas con ese niñito, que siempre perdía hasta que en un momento comenzó a ganar.

“Empezamos a ir a la Biblioteca 1º de Mayo, donde enseñaban ajedrez. Recuerdo que iba Pablo Améndola, los hermanos Santiñaque, Daniel Santellán. Después jugamos ahí torneos para menores. También uno que era largo, que no lo organizaba la Federación y se llamaba ‘En actividad’. Así comencé”.

Ya Dante Brun le había regalado un libro de Rubén Fine sobre el medio juego. También tenía un texto de Palau sobre celadas y seguramente no tardó en entrar al universo de Roberto Grau y sus libros sobre aperturas, medio juego y finales, en los que, a pesar de algunas críticas académicas, miles de ajedrecistas argentinos se adentraron en los misterios de la estrategia.

Ascensos y apoyos

Los Arambel conocieron a Alfredo Pietrobono, por entonces campeón de la ciudad y quien también comenzó a oficiar de maestro del niño prodigio que se insinuaba.

En poco tiempo Sergio ascendió a primera y tenía apenas doce años cuando enfrentó a Kurt Held en un match por el campeonato de Olavarría, el que ganó con facilidad.

La presencia permanente de Juan y Elvira,los padres, junto a Sergio en cada torneo, hacían temer a algunos bienintencionados que existiera una presión paterna sobre ese niño, como tantas veces ocurre en muchas disciplinas deportivas.

Otro maestro al que Sergio cree deber mucho es el uruguayo Hebert Pérez, que trabajaba como viajante de comercio y conoció a los Arambel en el Hotel Savoy, donde se alojaba y además se podía jugar al ajedrez.

“El siempre andaba con el libro de Nimzovich ‘Mi sistema’. Fue quien me enseñó a estudiar”, asegura Sergio ahora.

Hoy Sergio aclara las cosas: “Papá nunca me presionó para nada. Lo que yo sentí siempre es que me apoyaba, me acompañaba”.

Pero la muerte temprana golpeó a los Arambel cuando eran chicos todavía. Cuando ya estaban seguros de que la familia participara de un torneo por equipos, ya que estaban jugando el padre y los tres hermanos, el corazón le jugó una mala pasada a “Chiquito”.

Cerca del final de los años setenta Juan Carlos Trachsel, otro de los grandes ajedrecistas que tuvo Olavarria, volvió a la actividad, ganó el torneo de primera y el derecho a jugar un match con Sergio por el título de la ciudad. A pesar del triunfo de Sergio en la primera prtida, Trachsel ganó el match.

Aunque Sergio había cumplido detacadas actuaciones en campeonatos argentinos juveniles y en torneos como el de Mar del Plata evidentemente no pensó en profesionalizarse. En 1978 prácticamente se retiró al llegar la hora de la facultad, aunque siempre había un torneo para despuntar el vicio.

Se recibió de ingeniero pero apenas trabajó alrededor de un año en esa profesión. Tuvo que encargarse de administar la explotación agropecuaria de la familia, ya que sus hermanos Pablo y Gustavo no estaban en Olavarría. Hoy Gustavo regresó y Pablo vive en los Estados Unidos.

Ser maestro

Poco a poco Sergio fue volviendo a la actividad plena. La pasión por el ajedrez estuvo siempre viva. Trece años atrás lo atrapó otra de las fases de este juego: la enseñanza.

Hoy admite que la competencia sigue siendo lo que más lo atrae, pero que alguien “debe dejar las bases para que se formen otros jugadores. Alguien tiene que hacer que otros puedan aprender”.

En 2006 Helios Eseverri aceptó que hubiera una tercera etapa para la Escuela Municipal de Ajedrez. La primera concluyó con la victoria electoral de Juan Manuel García Blanco y la segunda con un conflicto interno.

A Sergio le ofrecieron dirigirla y finalmente aceptó. De las primeras movidas de esa nueva etapa de la escuela participaron las hermanas Caparuccia, docentes como la inspectora Araceli Alves, dirigentes políticos como Ernesto Cladera, funcionarios como Antonio Russo. Las conversaciones se extendieron por meses.

“El origen de esta nueva escuela fue institucional -rescata Sergio-. Hay que reconocer que los intendentes posteriores, José Eseverri y Ezequiel Galli continuaron apoyando a la escuela”.

Así Sergio dividió su actividad ajedrecística entre la competencia y la enseñanza. En materia de competencia consiguió convertirse en maestro FIDE, el grado de la Federación Internacional de Ajedrez inmediatamente anterior a la de maestro internacional. Ese grado lo alcanzan los jugadores que llegan a tener 2300 puntos ELO -gradación internacional- durante una cantidad determinada de partidas.

Herramienta pedagógica

En Olavarría se jugaron algunos magistrales de alto nivel y en uno de ellos Sergio terminó invicto aunque entre los participantes había varios de los mejores jugadores del país. En Mar del Plata, uno de sus torneos favoritos tuvo otras buenas actuaciones.

Defendió varias veces su título olavarriense, alguna vez lo perdió y volvió a recuperarlo. Hace un par de años fue desplazado por Horacio Pereyra y este año no intentó recobrarlo.

Como docente aclara que la intención no es formar jugadores de ajedrez sino utilizar el juego como herramienta pedagógica, Hoy se dictan clases de ajedrez en el marco de talleres de matemáticas, aunque también hay competencia.

Por la cantidad de participantes en torneos interescolares y en encuentros Sergio estima que hoy en Olavarría puede haber más de dos mil escolares que hayan establecido vínculos con el ajedrez. La ciudad tiene representantes en todas las categorías infantiles y algunos participan de las competencias nacionales.

Sergio relata todo sin nada más enfático que la sonrisa. Siempre elude el autoelogio y, curiosamente, su mirada tiene la misma transparencia de cuando era un niño prodigio que sorprendía por su juego claro, efectivo, más cercano a la seguridad firme de la estrategia que a las explosiones a veces engañosas de la táctica.

A los doce años Sergio mostraba la seguridad conceptual de un veterano, virtud que mantuvo a lo largo de su carrera. Y la que parece haber volcado también en su rol de maestro. Felices de sus alumnos.

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