Edición Anterior: 15 de Marzo de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 30
La he visto con otro
Ni Victoria ni Martín se dieron cuenta de que alguien los estaba observando. Abandonado uno en brazos del otro, no fueron capaces de ver lo que ocurría a su alrededor.

A pocos metros de distancia, en el interior de un lujoso Chrysler del año 24, Felipe Santibáñez mascullaba una sarta de maldiciones mientras presenciaba el beso entre Gardelia y el comisario Peralta. Después de que la muchacha se largó del cabaret sin siquiera despedirse, le había pedido a Mirna que averiguara su dirección para ver si llegaba a alcanzarla. La reacción adversa de Gardelia ante su intento de acercamiento, lo había orillado a aparecerse allí con el único propósito de pedirle disculpas, y de paso, cambiar la imagen que seguramente tenía de él. Tras hacer oídos sordos a los consejos de su socia al decirle que era una locura buscarla en su casa, se había aventurado a ir de todos modos. Y ahora estaba allí, mirando a hurtadillas como su exitosa cantante de tangos se dejaba manosear, nada más y nada menos, que por el inepto de Martín Peralta. Él, que pensaba que su "rival" era Lautaro Madariaga, venía a descubrir que la inocente de Victoria jugaba a dos puntas. Mientras el estanciero devenido en periodista la rondaba, ella se veía a escondidas con el comisario. Sin dudas, esa rivalidad latente entre ambos hombres no haría más que recrudecerse ahora que la bella Gardelia estaba en el medio. Su mal humor se evaporó tan rápido como el humo del cigarro que acababa de encender. Comenzó a reír mientras ponía el auto en marcha.

Él sabría aprovecharse muy bien de la situación. Si jugaba bien sus cartas, terminaría llevándose el preciado botín que ahora se disputaban Peralta y Madariaga.

*

El martes por la mañana, Peralta llegó temprano a la comisaría y se encerró en su despacho. El oficial Rivas, quien se jactaba de ser quien más lo conocía entre todos sus pares, lo vio distinto. La media sonrisa que se asomó en sus labios al saludarlo con un breve "Buenos días" no era habitual. ¡Si hasta se había afeitado la barba! Con la excusa de llevarle un café con una lágrima de leche como a él le gustaba, Rivas llamó a su puerta, pidiéndole permiso para entrar.

El comisario le agradeció el gesto y se bebió el café con placer. El oficial no le quitaba los ojos de encima. Parecía que intentaba descifrar qué le ocurría a través de un gesto o algún descuido que lo pusiera en evidencia. Sin embargo, Martín Peralta podía ser el más enigmático de los hombres con solo proponérselo.

—Llamaron del laboratorio —le dijo, para atraer su atención. ¡Hasta disperso estaba! —Encontraron un par de huellas en el interior de la cartera de Rosa Cardozo. No son suyas y no hemos logrado identificarlas todavía.

Peralta asintió.

—¿Y del pañuelo han sabido algo más?

—Aunque usted asegura que le pertenecía a la señorita Grimaldi, le pediremos a alguien de su familia que se acerque a la comisaría para una identificación oficial. Si le parece, puedo convocar a su padre o a su hermano para que comparezca hoy mismo.

—Que sea su hermano, mejor —sugirió Peralta—. No es necesario molestar a don Alberto.

—Como usted mande, comisario. —Se disponía a retirarse, pero se detuvo a mitad de camino y se dio media vuelta—. Sé que no es de mi incumbencia, jefe, pero si hay alguna cosa que le preocupe o le esté molestando, puede confiar en mí. Y no hablo solo del caso. Discreción es mi segundo nombre.

El último comentario de Rivas provocó que el comisario sonriera. La verdad es que le agradecía el gesto. Su círculo de amistades nunca había sido demasiado amplio. Todavía conservaba un par de amigos de la infancia, pero no vivían en Olavarría y los veía muy de vez en cuando. En la comisaría, con el único que tenía afinidad era con el oficial Rivas ya que llevaban trabajando juntos casi cinco años. Aun así, se resistía a tratar con él cualquier asunto ajeno al ámbito laboral. Estaba su querida Eulalia; esa mujer que se había convertido en su segunda madre y que lo conocía mejor que nadie. Sin embargo, no se había animado a hablarle de Victoria todavía. Quizá le hiciera bien desahogarse con alguien. Miró a su compañero mientras terminaba de beberse el café.

—Lo del diario me dejó bastante preocupado —le confió—. Temo que esa manía que tiene Madariaga de menospreciar mi capacidad de deducción se acentúe ahora más que nunca. Puede poner en riesgo la investigación y eso sería imperdonable.

Rivas no pasó por alto el tono con el cual el comisario se había referido a las maniobras del periodista para desacreditar su trabajo.

—¿Por qué ahora más que nunca? —indagó, curioso.

Peralta se mesó el cabello antes de responderle. Podía quedarse callado, pero decidió seguir su consejo y le habló de Victoria. Después de contarle lo que había sucedido entre ellos la noche anterior y del interés que tenía Madariaga por la joven cantante, se sintió más ligero. Obvió mencionarle la parte en la cual Victoria se había ofrecido a colaborar con la investigación para no ocasionarle ningún problema. Seguía pensando que no era buena idea involucrarla en el caso, pero también sabía que no iba a renunciar a darles una mano.

Rivas se reclinó contra uno de los ficheros, cruzándose de brazos.

—Estaba seguro que esa muchacha le gustaba, comisario. Me bastó ver cómo la miraba aquella noche… y a ella, usted no le es indiferente.

—Me acerqué a Victoria por el extraordinario parecido con Alcira, Rivas —repuso, sacudiendo la cabeza.

—Puede ser —concedió el oficial—, sin embargo, no es por causa de eso que siguió buscándola, ¿o me equivoco?

—No se equivoca, Rivas.

El joven sonrió.

—Olvídese de Madariaga. No gana nada haciéndose mala sangre —le aconsejó.

Peralta asintió. Al menos lo intentaría. Ahora tenía una razón mucho más poderosa para enfrentarse al periodista: Victoria.

La charla fue interrumpida por la abrupta aparición del agente encargado de atender el teléfono.

—Han encontrado el cuerpo de una mujer en un descampado cerca del hospital.

Peralta y Rivas salieron del despacho como alma que lleva el diablo.

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