Edición Anterior: 29 de Marzo de 2020
Edición impresa // La Ciudad
En el hospital, en el barrio, en los recuerdos de lo que fue
Sobre aislamientos, miedos colectivos y esperanzas
Cuándo un encierro así. Cuándo un temor colectivo. La esperanza y el miedo de lo que vendrá. Laura Ayesa recuerda el 80. El patólogo Gustavo Zanelli, el miedo pre SIDA. Alicia Cabri y los cucos. Maribel García y las historias de fin del mundo. Cintia, el aislamiento y el hambre en el barrio. María Inés Berrino y la desigualdad de los encierros. Los virus y los lobos.
Silvana Melo

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No sólo es el encierro ni el aislamiento social. Es una sensación de fin del mundo que queda en los sentidos: porque no es la tierra propia, no es el país que se desbanda, como pasa dos por tres. Es el globo. Que se sacude de muertes y contagios y una mira por la ventana para ver cuándo va a pasar el monstruo pero no pasa nunca. Entonces es pararse a pensar cuándo se vivió algo así. ¿Así? Nunca. Tal vez el encierro, cuando las aguas de los 80 rodearon a miles de almas en Olavarría y hubo que amucharse sin saber qué pasaba afuera y parecía el fin del mundo sin whatsapp ni instagram. O el miedo colectivo ante otros virus que en su momento prefirieron presentarse con tarjeta de selección social. Sin avisar que al final atacaban a todos, aviesos como de uniformes en barrios pobres. O acaso el COVID19 venga a desnudar lo horrible, a darle la razón otra vez a Hobbes: el hombre es lobo del hombre, a confirmar que el capitalismo como única alternativa hará monstruos en serie, uno tras otro.

Alicia Cabri, periodista, adn de LU32, buscó en su memoria, un disco duro infalible. "La gripe A tuvo lo suyo, por la suspensión de clases y el temor que en ese momento produjo, pero aislamiento no hubo. El ántrax no nos llegó, que era el cuco; el ébola tampoco y era el recuco. Pero ahora este cuco llega inexorablemente".

Gustavo Zanelli es patólogo. Es decir que tiene ante sus ojos retazos de mucosas humanas que esconden diagnósticos. A veces temibles. Después de catorce días de cuarentena –participó en un congreso en Estados Unidos- volvió al Hospital de Oncología. "Esto es totalmente distinto a cualquier otra cosa –concluyó después de pensar experiencias anteriores-, porque no lo hemos vivido y creo que el impacto de las redes en tiempo real, juega de una manera absolutamente diferente".

Lo que percibe Zanelli, algo que sí lo conduce a otra vivencia, "es ese miedo del otro, de tu vecino, de si estuvo o no estuvo, de esa otredad que es sospechosa. Que te pueden infectar y te podés morir. Yo era médico del Hospital de Clínicas cuando empezamos a hacer las autopsias por SIDA y las medidas que teníamos que tener y este miedo al contagio me hizo merodear cierta cercanía de esa sensación del miedo".

Zanelli tiene bien en claro que "quien diga que no tiene miedo es infantil" pero "lo que me disgusta es que este distanciamiento social hace que todo lo que está alrededor tuyo es sospechoso y te puede dañar".

"Algunas personas que conozco acercan videos de nuevos gurúes de esta suerte de oportunidad de ser mejores, o de limpiar la naturaleza", dice María Inés Berrino, trabajadora social. "Algunos me enganchan. Compro y desestimo ideas". Pero tiene activados varios alertas: "que el cuidado de la salud no se vuelva en miedo al otro ser humano, en denunciadores compulsivos, en creerse mejor que el otro".

"A veces, mientras camino a casa de mi mamá de 83, con mi declaración jurada de ‘asistencia a persona mayor’, siento al barrio como una gran cárcel y busco el panóptico por donde nos controlan".

La abolición –al menos temporal- de los abrazos y el alejamiento del otro por desconfianza ponen en tensión los cimientos de humanidad. Que habrá que reconstruir cuando se retome la comunidad.

En el barrio

Cintia vive en barrio Dorrego. Cuando se hizo la noche en el país y el hambre se desparramó por las barriadas, se sumó a la Mesa de Emergencia. Supo que no sólo se trataba de pedir: había que pelearla. Hoy "la estamos pasando bastante feo. Mis vecinos no tienen nada", dice. El virus no se les vino encima con la fiebre y la tos, sino que les arrebató el trabajo y los dejó solitos en el barrio, sin nada. El aislamiento y la cuarentena, saben, son fundamentales para ponerle un muro al COVID19. Pero a la vez les condiciona la vida y la subsistencia. "A unos pocos la Municipalidad les trajo algunas cosas que no les alcanzan para nada" y "para la mayoría que vivimos el día a día si no trabajamos no comemos. Y no se puede trabajar". Y da ejemplos: "mi vecino estaba cortando el pasto en la otra cuadra y la policía le dijo que no podía trabajar. Yo hago tatuajes. Y no puede venir nadie a mi casa. Otro vecino que es del campo se quedó varado acá y no se puede ir, viene gente a mi casa a ver si tengo mercadería y le tengo que decir que no porque no tengo ni para mí. En los almacenes nos hacen el aguante y nos fían pero cuando agarremos plata se va a quedar toda ahí".

Ellos no tienen memoria de algo similar. Lo sufren hoy y el hambre es hoy. "Yo si no tenía, salía a cortar el pasto, a coser, a cortar el pelo. Pero ahora no se puede hacer nada, no tengo quien me cuide los nenes… nunca estuvimos así. De la municipalidad no vino nadie. Los que tienen trabajo no pueden trabajar. Encima en los negocios están aumentando los precios y nadie controla nada. La bolsa de papas estaba a 350 pesos y hoy está a 450. Supuestamente no iban a aumentar las cosas. No se puede trabajar, no entra plata en las casas, encima suben las cosas… va a llegar un punto en que vamos a explotar", dice Cintia y le sale una risa nerviosa desde el fondo de la impotencia.

"Son muy desiguales los aislamientos preventivos para las personas que tienen dinero para alimentos, datos móviles, celular e internet, que para quienes no", dice María Inés Berrino. "Se me estruja el alma cuando me avisan que no están comiendo por no poder salir a hacer la changuita del corte de pasto o de cuidar al bebé de la señora". O cuando "veo a los estudiantes que tienen mala conectividad de internet o directamente no tienen y siguen las clases hasta que les dé el dinero para datos. Por más que el coronavirus nos iguale en posibilidad del contagio ("vieron que se contagió el rey de Mónaco" decían en la verdulería), en otros accesos a los bienes socioculturales no estamos en igualdad".

Lo que vendrá

Desde el encierro inundatorio del 80, Laura Ayesa (ver recuadro) vio: "la madre de la piojosa de la escuela trajo cinco kilos de polenta y todos comimos sin prejuicios, sin cáscaras". Y desde sus ocho años soñó "con la idea de que viniera un mundo apenas más justo. Y nosotros, con ganas de mirar. De estar ahí". Mucho no se dio. Pero la esperanza sigue parada ahí. Implacable.

Desde el laboratorio de Oncología, Gustavo Zanelli siente que "los 900 muertos de Italia en un día me estremecen" pero "soy un optimista ADN y quiero creer que no vamos a ser iguales después de esto".

Quién sabe cómo será cuando el planeta abra las puertas y se pueda salir a la calle donde no haya enemigos invisibles que ataquen. O será un medioevo del tercer milenio militarizado y dictatorial. O un mundo comunitario con la conciencia de que la ferocidad del capital contra la naturaleza finalmente acaba descargando la fatalidad de su consecuencia en los más frágiles. O tal vez siga resbalando todo en la piel del mundo y todo ruede igual.

Mientras Techint despide a 1.450 empleados en medio de la cuarentena y la pandemia, con todo el poder económico como para bancarlos, María Inés Berrino piensa que "hay gente que devuelve las esperanzas en una sociedad más justa en derechos y respetuosa de las singularidades". Por ahora, prefiere celebrar, "sólo veo muchos pajaritos que se muestran más dueños de los cielos".


El encierro del agua que rodea

Probablemente no olvide nunca cómo corrían las nubes en esa tarde cuando las vi por la ventana de la casa del barrio CECO, sobre avenida Avellaneda. Después se descargaban con una ferocidad inexplicable hasta que el Tapalqué rebasó y cubrió por dos metros la casa en la que había vivido hasta hacía quince días.

En el otro extremo del barrio estaba el terraplén. Una inmensidad de agua. Todos decían que iba a reventar. Esa era la palabra. Y si sucedía, el barrio sería arrastrado como Tailandia por el tsunami de 2004. Entonces nos encerramos en casa. Para no volver a salir. Teníamos un sol de noche con la mecha ya negruzca. Un equipo de música con dos parlantes importantes y unos cuantos vinilos de Los Beatles y Queen. En sobres de Shirley Bassey había varios de Quilapayún. Como para engañar a los predadores.

Nos amuchamos en la cocina mis viejos y yo. Las cocinas son siempre los lugares más acogedores donde una se encierra cuando siente, cortazarianamente, que la casa está tomada por la soledad. Estaba encendida la radio, como única conexión con el afuera, oscuro y hostil. Ni un teléfono había en casa. Apenas un televisor concedido por el patriarca para el mundial 78. Sólo la radio.

A las diez de la noche Miriam Onchalos –creo- dijo que tenían el agua al cuello. Y que LU 32 dejaba de transmitir. Aun hoy no encuentro en el archivo populoso de la memoria una sensación de desamparo tan gélida.

Nada más. No había nada más. Y si se terminaba el mundo, nuestro mundo, ése que era una mota de polvo en el planeta, a nadie se le movería un pelo.

Y yo me quedaría con todo el futuro por vivir. Con todos los poemas por escribir. Con todo el mundo por cambiar.

La casa de arriba

"Lo más cercano al encierro en una casa en la que viví fue en la inundación del 80. Pero tan distinto: sin redes, sin memes por whatsapp, sin siquiera tele. Apenas y sobre cualquier cosa, la radio: ‘Elpidio González avisa a su señora Mónica que no pudo llegar al puente, que sigue en Las Carmelitas y que se encuentra bien’. Y en una casa que no era nuestra", relata magistralmente Laura Ayesa.

"Estábamos en Recalde, yo tenía ocho y mi papá tan alto y joven era el delegado del pueblo. Cuando abajo, en «la delegación" llegamos a los veinte centímetros de agua, después de haber subido las sillas a las mesas, los juguetes a la parte alta de los roperos, las cacerolas apiladas a la mesada, los grandes dijeron que nos íbamos arriba. Arriba era la casa de las maestras que venían en la semana, en el primer piso. No estaban, no sé si porque era sábado o porque los caminos a esa altura ya estaban anegados. Forzada la cerradura, entramos los cuatro a la casa ajena y ahora, precariamente nuestra. Con mi hermano empezamos a mirarlo todo con ojos del que no fue invitado, de curiosidad ladrona, pero ahí estábamos, con un par de ropas en una bolsa y la emergencia que sonaba en la boca de mamá. Distribuyó las camas y lavó unos platos que dormían, sin apuro, en la pileta de la cocina. Dijo que igual íbamos a hacer cosas en el cuaderno de deberes aunque no fuéramos a la escuela. Lo dijo para llenar el aire. ¿Habrán sido quince noches? Es confuso a la distancia".

Laura recuerda que "fue la primera vez que comimos dulce de leche Sancor a cucharadas. Más tarde o a la mañana siguiente apareció una bolsa con galleta vieja que trajo mi padre después de salir al mundo con botas de goma que cubrían todo el largo de sus piernas. Había andado por los caminos, contó que se enfrentó con víboras y llevaron familias al club en un camión. Que las vacas se morían y eran como manchas negras en el borde de lo que brilla". La memoria de los libros y después, "mucho después encontré el diario de Ana Frank y me pareció tan banal la circunstancia de nuestro encierro. Tan confortable". Con los años, recordó Laura más encierros, "vinieron los mineros de Chile, los 33. Y lo vimos en directo, en cada casa la cápsula, el más horrible capitalismo de cualquier mundo en la esclavitud de lo subterráneo. Los poderosos queriendo mostrar el rostro de lo humano. En vivo y en directo".

Vuelta a la inundación, a esos encierros rodeados de agua, dice Laura que "la cofradía del encierro tenía, a veces, lugares de risa con gente que no hubiéramos conocido en otra circunstancia. Un colectivo nos amuchaba, una terraza o el tercer piso de los cajetillas de la cuadra. Ahí éramos lo mismo, un montoncito esperando a que pase, soñando cada uno con esa cuadrada rutina que nos nombraba. Ah, pero en el mientras tanto algo debimos aprender. La madre de la piojosa de la escuela trajo cinco kilos de polenta y todos comimos sin prejuicios, sin cáscaras. Con mi inocencia verde de los ocho años".


Abuelas y fines de mundo

Dice Maribel García que a estos momentos de temor colectivo "los relacioné con un episodio que siempre cuenta mi abuela Irma: ella nació en 1930 y cuando tenía más o menos diez años decían que ese fin de año se terminaba el mundo. Ellas eran huérfanas, escuchaban lo que comentaban sus tíos y tenían una tremenda angustia. Con su hermana la noche ‘del último día del mundo’ se abrazaron antes de dormir y se despidieron llorando. Cuenta mi abuela que durmieron abrazadas toda la noche. Nadie les explicaba qué sucedía, ni podían preguntar".

No fue el primer ni el último fin del mundo prometido. "Mi abuela ya pasó por varias predicciones que finalmente (y por suerte) fallaron. Hoy el mundo está en peligro pero ya no depende de las profecías sino de cada uno de nosotros. El final éste depende de nosotros. Mi abuela me llama todos los días para saber cómo estamos y me dice que a la noche antes de dormir reza un padre nuestro por todos los hombres de la familia y un avemaría por las mujeres (no sé cómo divide el rezo por géneros pero, bueno…) Y dice que ella no cree mucho, pero por las dudas..."

La abuela Irma me recordó a la mía, Nicolasa Cañal, gallega de Galicia, que relataba su propio fin del mundo en 1918 cuando cayó del cielo una lluvia gris que anocheció el día, enloqueció de tos y alergias y asmas a todo el mundo, dejó medio metro de un colchón jamás visto, tapó el cielo y ella y el resto del universo rezó para arriba suplicando el perdón de todísimos los pecados.

Hasta que a duras penas el sol empezó a correr semejante nuberío y diez días después –así llegaban de rápido las noticias en los diarios- supieron que habían entrado en erupción tres volcanes chilenos y las cenizas habían cubierto la provincia de Buenos Aires. Depositando en las almas piadosas un manto de suciedad y de fin de mundo que costó mucho remontar. Después, limpiaron las ollas con las cenizas como puloil y quedaban hermosas.

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