Edición Anterior: 19 de Julio de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Las angustias, los temores, las esperanzas. Y la incertidumbre por lo que vendrá
Un coro de nueve miradas íntimas de la vida en tiempo de pandemia
Nueve voces muy diversas responden a preguntas que rondan los aprendizajes, los miedos y las dudas que nacen en este nuevo formato de vida en pandemia. Relatos que construyen parte del rompecabezas de Olavarría en 2020.
Claudia Rafael

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Desde sus 18 años, Antonia Ayesa siente que "ya no va haber una normalidad como la conocíamos y me aterra. Porque eso significa reconfigurar nuestra maneras de relacionarnos". Esa definición es demoledora y el sólo hecho de pronunciarla le genera angustia. Si algo tiene una pandemia es que –aunque siempre se vivan en estremecedora primera persona- las angustias son compartidas. Es un mal colectivo pero, a pesar de serlo, eso no calma. En todo caso, permitiría un alivio si esa reconfiguración de las relaciones sociales tuviera el reaseguro de que devendrá una humanidad que modifique su modo de ser y de estar amorosamente en el planeta. Los interrogantes siguen teniendo respuesta abierta.

Nueve testimonios de personas con raíces o con años transcurridos en la ciudad dan cuenta de su propia mirada de este 2020 vivido casi entre paréntesis y del mundo que esta pandemia parirá de aquí en más. Miedos, esperanzas, transformaciones íntimas y personales o nuevas definiciones del tiempo. El que marcan los relojes y el que provoca íntimamente este nuevo paradigma. Que configuran el rompecabezas al responder a interrogantes que hablan de lo perdido y de aquello por recuperar, los nuevos hábitos y acercamientos, las angustias e incertidumbres y, donde las hay, las esperanzas nacidas de lo inédito.

Eduardo Schmale vive en Bahía Blanca. Es ingeniero, músico y escritor de aguafuertes enraizadas sobre todo en esa Loma Negra que tiene tatuada en la infancia y en la piel habla de las cercanías con los afectos, de los besos y abrazos añorados, del "paseo diario con mi perro. Salir a la calle sin miedos y esa duda al regresar a casa, de si estoy volviendo con el virus a cuestas". Como tantos, siente que el refugio en las redes ha sido una constante y una maravilla: "descubrir cosas de mi casa, lugares, libros que creía perdidos, volver a tocar la guitarra y a reirme en largas charlas telefónicas con mis hermanas y amigos". Temores y esperanzas (ausentes sin aviso) van casi de la mano: "el miedo es que sea eterno el virus, que mute y se quede" y el dolor de ver que rigen "un sálvese quien pueda y el egoísmo a pleno".

Normalidades

En las antípodas de la vida, pero no de los miedos, Antonia Ayesa había arrancado su primer año de universitaria en la Facultad de Artes de La Plata que hoy cursa desde Olavarría en modo virtual. Como tantas y tantos jóvenes estrenaba esa libertad que alcanzó a saborear apenas: "hace unos meses tenía el entusiasmo de quedarme en La Plata y no volver más hasta las vacaciones de invierno, quería alejarme de acá y todo lo que eso conllevaba pero la situación me obligo a quedarme en Olavarría por razones económicas y también porque hay más contagios en La Plata". Convirtió su habitación en "mi taller de arte" y se autoimpuso crear una pintura diaria y subirla a @antoniarte_, su cuenta de Instagram. Vive en carne propia el dolor de ver a muchos compañeros que debieron abandonar la carrera por "las desigualdades sociales, que claramente se agravan día a día". Y habla de la tristeza y el temor de que "se contagien mis abuelos, o que les pase algo grave y nosotrxs no podamos ayudarlos o no poder despedirme de ellos. Me di cuenta de lo importante que es el abrazo, el afecto y cosas que teníamos tan naturalizadas que parecen tan lejanas ahora. No va haber una normalidad como la conocíamos y me aterra porque eso significa reconfigurar nuestra maneras de relacionarnos".

María Cecilia Melo tiene 33 años, es bioquímica y trabaja en el Hospital. Es mamá de un bello niño dentro del espectro autista y siente que esta pandemia la hizo atravesar de prepo por múltiples etapas: "desde no tener que correr todos los días con las actividades de Facu, jardín, terapias, pileta, cumpleaños; hasta modificar la forma de trabajo y muchas veces horarios según la fase en la que estemos". Atrás quedaron "los almuerzos diarios en la casa de mi mamá. Por una cuestión de distancias y organización todos los días de la semana nos encontrábamos ahí con mi hermana y mis sobrinos". Y su mirada que echa luz sobre dos aspectos a la vez: "mucha gente que nunca entendió que sus acciones repercuten en toda la sociedad" por un lado y por otro "la cantidad de personas que hicieron donaciones de barbijos, camisolines, cofias, máscaras".

Entre las pérdidas ubica el "tiempo" a la cabeza. "Tiempo con mis viejos, sobrinos, hermanos, mis tías, mi familia política, amigas. Tiempo de ver a mi hijo en su última sala de jardín. Eso es impagable y no se puede recuperar". Y hace lugar a la angustia por "lo que venga después". Las deudas económicas y la falta de ingresos para muchos. Pero habla también de la necesidad de aprender "como me enseña mi hijo desde hace mucho" a "disfrutar de las cosas simples".

Genocidios

Desde hace tiempo las series, las películas y la literatura vienen abriendo más y más el camino a las historias distópicas. La humanidad coquetea con esas crónicas que hablan del fin del mundo o de un planeta arrasado y carente de utopías. Algunas ficciones rayanas con la ridiculez y otras temibles como "Years and years" o "El cuento de la criada", por citar apenas dos.

La inesperada pandemia (pero muy preanunciada por científicos preocupados por la relación humana con el planeta) arroja a las personas a inquietudes y desasosiegos que rompen con los hábitos y las rutinas.

Samuel Bendersky fue, por varios años, defensor oficial en la ciudad. Habla de angustias "muchas y variadas" y analiza que "creo que hay mucho que perdí en forma personal y como sociedad. Nuestra vida social se ha visto afectada y nuestros temores han aumentado, especialmente en mi caso por mi edad. Es probable que muchas de estas sensaciones no desaparezcan en un corto plazo, pero la vida continua y seguramente a partir de ahora con nuevos desafíos personales y sociales". Y advierte que "el encierro, la restricción -si se quiere- de nuestra libertad, me crea sensaciones extrañas que nunca pensé que me sucederían. He notado con tristeza que en muchos países que se llaman desarrollados han permitido un verdadero genocidio de personas de edad avanzada, dejándolos librados a su suerte. Esto me ha causado realmente estupor. El abandono de personas mayores ha sido desde mi óptica, algo terrible". Pero deja lugar al optimismo porque "soy una persona que, en general, nunca pierde las esperanzas" y hace lugar al deseo de que "todo esto y, en homenaje a los muertos, nos haga mejores como sociedad".

Sub 30

Es de la generación sub 30. Magdalena Agosta es empleada bancaria y ubica –como tantos- en un lugar preferencial al particular sentido del tiempo y de la redimensión de las cosas más simples que genera esta pandemia. "Volví a encontrarme con el arte, cosa que había dejado a un lado total. El mismo día que se anunció la cuarentena –una hora antes del anuncio del presidente- fui a buscar la guitarra a lo de mis papás, porque ya me latía cómo venía la mano". Hablar de las esperanzas la lleva a pensar en la necesidad de "despertar del consumismo extremo. Empezar a notar las cosas innecesarias que se consumían y sin un sentido claro, y eso puede que cambie en cierto punto. Porque hay toda una cultura de consumir y tirar, una cultura de lo descartable. Mi esperanza es que eso cambie en la mentalidad de la gente".

En la misma franja etaria, Nicolás Martínez parte desde el lugar de trabajador de la cultura que se quedó desocupado en esta cuarentena. Coordinador de danzas municipal fue víctima de los recortes amparados en las decisiones políticas de pandemia. "Principalmente se modificaron la rutina y las costumbres, vinculadas sobre todo con el trabajo como gran organizador de la vida, en los horarios y en lo económico. En mi caso, esta cuarentena se quedó con mi trabajo y con el de muchos compañeres más. No creo que sea una causa perdida, porque estamos organizados y vamos a seguir defendiendo nuestro trabajo, tenemos la obligación de hacerlo. Y duelen mucho las pérdidas en vidas y en puestos de trabajo que generó esta pandemia". Habla de la capacidad organizativa de la sociedad y pone el acento en las movidas solidarias. "Entender que nadie se salva solo y que para tener una sociedad más justa e igualitaria es necesaria la empatía. Quizás lo que más angustia genera es la incertidumbre de no saber qué va a pasar mañana no sólo en lo sanitario sino también en lo económico-social, cómo vamos a atravesar este duro momento. Y hay muchos compañeres que la están pasando mal".

Desde sus 28 años, vuelca su mirada sobre el miedo a la falta de aprendizajes pero hace lugar a la esperanza de que se pueda entender, desde lo colectivo, que hay transformaciones necesarias y que es imprescindible entender que "lo fundamental no es el mercado o la generación de riquezas sino que la gente tenga mayores oportunidades e igualdad. Y que uno no se salva solo, que la solidaridad y el compromiso son lo que nos salvan".


Preguntas

Las mismas cinco preguntas. Que giran en torno de las íntimas miradas de la vida en tiempos pandémicos. Cada uno dejó al desnudo su propia humanidad en clave de cuarentena:

1) -¿En qué se modificó radicalmente tu vida y tu propia mirada de la vida en estos cuatro meses?

2) -¿Qué considerás que perdiste y que creés que no vas a volver a recuperar?

3) -¿Qué cosas –hábitos, sentimientos, acercamientos- lograste como maravillas en medio de un dolor colectivo?

4) -¿Qué angustias, qué miedos y qué incertidumbres te planta la pandemia?

5) -¿Qué esperanzas te despliega –si es que lo hace- algo tan colectivo y tan absolutamente inédito?


Sexualidad y dolores colectivos

Carlos Rodríguez es militante desde siempre. Es parte fundamental de Chesida, trabaja en el Patronato de Liberados y escapa a los estereotipos. Respondió a las cinco preguntas en ineludible primera persona.

1) Hubo modificaciones. En el campo de la sexualidad, de tener sexo y practicarlo… radicalmente, estoy más calmo. Tiendo a ser un poliamorose jerárquico. Entre mis amantes tengo siempre un a, un b, un c o un 1, un 2, un 3… Achiqué la cantidad de amantes pero este temor me hizo repensar nuevamente algo que viví como sobreviviente, que es el temor al otro. Que el otro puede ser fuente de contagio, de infección, puede traer el virus a mi departamento, a mi cama, a mi cuerpo. Y, como todo sobreviviente, quiero vivir. En mi mirada reforzó aquello que hace algún tiempo sentí, por esta cuestión de haber sobrevivido a otra pandemia. Me recuerdo azorado y asombrado ante las primeras imágenes de las primeras muertes por día en Italia, las muertes en las calles de Ecuador. Cómo los medios me lo mostraban como algo cotidiano y pensé entonces lo vulnerable y lo frágiles que somos como seres humanes.

2) Y, alguna mirada inocente, naif de la economía, la política, el poder y la vida. Estos momentos ponen blanco sobre negro.

3) Mi madre, que tiene 77 años, aprendió a usar el whasapp para mensaje escrito y, una mañana, cuando tuvimos conciencia del peligro y la posibilidad de muerte, me preguntó cómo estaba. Me dijo que me quería mucho y que ella muchas veces no había manifestado muestras de cariño porque no le habían enseñado. Entonces confirmé que el cariño, el amor, el cuidado se aprenden y me puse feliz. Y yo también pude decirle y aprender a decir más seguido y a emocionarme más fácil y manifestar por sobre todo estos sentimientos copados, estas pasiones alegres.

4) El dolor colectivo se transformó en eso, en un dolor colectivo de ver lo que empezaba a ocurrir y de estas tensiones entre economía y salud, entre economía y vida, cómo aquellos vulnerados y vulnerables comenzaban a estar más vulnerados y más vulnerables.

5) Es ambivalente. Por momentos quiero tener algún grado de esperanza de que podremos construir una humanidad mejor, cuidando la ecología, pensando nuevos modos de organizarnos política y económicamente. Con una distribución más justa, con aquello que los pueblos originarios llaman el buen vivir, con otra relación con la naturaleza. Nuestra ciudad, conservadora en un montón de aspectos, es capaz de organizarse como sociedad civil de múltiples maneras y de ayudar a los otros. En esa humanidad prefiero creer. Somos como seres humanos un misterio asomado en medio de otros misterios. El doctor Mángano me decía que los virus y las bacterias en términos científicos y de origen del mundo preceden a la vida humana sobre el planeta y que posiblemente nos sobrevivan. Eso también me da una adrenalina especial. Ojalá podamos ser mejores.

En el primer tiempo estuve muy enojado y pensando cómo nos cuesta y por qué la metáfora bélica en la palabra presidencial hablando de un enemigo invisible, un virus que se aloja en el cuerpo. Todo eso me trajo reminiscencias de todos los discursos que aparecieron con el tema del VIH y la discriminación. Me acuerdo de cuando se conoció en Olavarría que había un primer caso de covid se vio la horda de vecinas y vecinos llamando a prender fuego la casa. Y ahí creo menos en la humanidad.


La generación de los 70

Lucy Iguerategui es actriz, creativa, múltiple hacedora cultural. Lleva meses "guardada" entre las paredes de su casa y suele decir que este es un tiempo que le despliega con enorme facilidad las emociones. A la hora de responder, cede a la tentación de guionar una escena teatral:

1) En tiempos de pandemia, nada debe quedar librado al azar. El 16 de marzo, decidí recluirme. Es una sensación extraña. Una está en casa, aguardando instrucciones y decidida a cumplirlas sin discutir. Desde la radio una voz pausada y amable te aconseja. "Llegó el momento de ordenar el placard, de fijar una rutina, de leer, de hacer gimnasia, de pensar cuánto hace que no llamás por teléfono". Un nuevo orden. La ventana, es mucho más que la ventana. El patio, el lugar desde donde ves el cielo y escuchás ese silencio que unos pájaros se encargan de cortar. Nada es espontáneo. Hay horarios, distancias, prioridades. Alcohol y lavandina, ¡quién te ha visto y quién te ve! El etílico, a precio del Dom Perignon, "uno por persona y a vos porque sos cliente". La casa, refugio; la calle, lo incierto; el encuentro con otros, un peligro. Mi compañero es el que sale, el que hace mandados, el que entra, alcoholiza las zapatillas y la campera y va a la oficina, instalada en casa. Otra forma de vivir. Así de concreto.

2) Perdí por estos días, una manera de vivir. Un hacer cotidiano, sin tantos cuidados. Un cruzar la calle porque sí, para hablar con Delia, mi vecina. Treparme a la bici y salir, ¿a Macondo? ¿a ver a Camilo (bisnieto)? ¿a pasar por PAMI para matear con Sandra (hija)? No, primero los chinos, después la carnicería y esas lapiceras de colores que vi en el centro. Pasar por el revistero de Pringles casi Del Valle y hablar a los gritos con mi amigo, de política, siempre. Los malabaristas de Saavedra y Del Valle, que no están en la esquina, Fiama, la pequeña Mona y Amílcar. Todos están ahora, en otra parte, esperando, como todos.

3) ¡Ahh! Yo odio barrer la vereda. No lo hacía cuando era horrible y no lo hago ahora que es nueva y linda. Pero, ¿qué pasó? Escuche que los chinos, en China, tiran agua con jabón o lavandina en sus veredas para impedir que el bichito se pegue y viva. Y allí me lancé, a tirar agua jabonosa, para ponerle límites al invasor. Festejé las charlas con mis vecinos y me alegré con vernos y sabernos todos más atentos y cuidadosos.

4) La gran paradoja de estos tiempos: el tiempo. Saber que si se apura, se acorta el tuyo y rogar que corra para pase esto. La pandemia concentra la existencia, la hace tangible, brutal, frágil. No es sólo tu vida la que corre peligro, es la vida de todos los que habitan el planeta. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Que hicimos, qué dejamos de hacer? ¿Qué deberíamos desterrar de nuestras vidas, qué incorporar?

5) Nunca entendía a mis tíos que decían: "la gloriosa clase del 38". Va un tardío homenaje. Nací en el 45, a dos meses del glorioso 17 de Octubre. Me crié escuchando: "Viejo andá a comprar fideos, la radio dice que reina la paz y la tranquilidad en todo el país". Pasaron por mi lomo, golpes blandos, golpes duros, negros, dictaduras, primaveras maravillosas pero sangrientas, un gobierno radical y recordable, el Turco, el sonámbulo, un puñado de presidentes en pocos días, Néstor, Cristina, Cristina, ¡el Tilingo! y ahora, bailando con el más feo, Alberto. No es una vacuna ser de la generación del setenta, pero que alivia, alivia.


Hambre de abrazos

Se lanzó de lleno a esas pasiones que adquirió en tiempos pre-pandémicos. María Isabel Gainza es difícil de encasillar. No se mueve de sus convicciones y es una de esas mujeres que dicen lo que piensan y no se callan. Fue senadora provincial en un paso que dejó muchas huellas.

1) Modificó absolutamente mi cotidianeidad. Días de distancia, tapabocas, lavandina y alcohol y, en mi caso, por la edad, encierro total. Me aboqué como todos a construir una serie de hábitos para compensar la imposibilidad de salir. Mis hijos e internet son los que suplen mi libertad. La pandemia nos enseñó súbitamente la inmensidad de nuestra vulnerabilidad y cómo un virus puede aniquilar un sistema construido y custodiado celosamente por los hombres y mujeres más poderosos. De todos modos, creo que todos los comunes hemos buscado lo mismo: transcurrir de la mejor manera este tiempo.

2) He perdido la libertad ambulatoria. Pero lo más duro es haber perdido en estos cuatro meses el contacto diario, el abrazo y los besos con mis hijos, mis nietos y mis amigos. Eso me produce una profunda tristeza. ¿Qué no recuperaré? No lo sé. El tiempo dirá.

3) Me maravilla la capacidad de adaptación que todos tenemos. Gobernantes, científicos, trabajadores, familias, alumnos, todos nos hemos zambullido en Zoom para seguir con lo nuestro. Todos hemos ganado mucho más tiempo para nosotros. A cada uno le tocó decidir cómo administrarlo positivamente. Comencé con algo a lo que me había negado sistemáticamente (debe ser por la edad): comprar por internet. En mi caso, he comprado libros para dos pandemias, papeles divinos para origami y lanas para tejer a mis nietos. No me llegó la ola "cocineros en pandemia". Me he mantenido al margen. En realidad, no he hecho nada diferente. He buscado la forma de hacer lo mismo de otra manera.

4) Me angustia la pobreza que hay y la que vendrá. Me angustian los niños sin plaza, sin amigos, sin escuela, ni siquiera por Zoom. Me angustian los niños más pequeños que sienten su vida muy cambiada, que no entienden por qué, ni lo pueden expresar. Me angustian las mujeres encerradas con sus parejas violentas que siguen matando igual o peor que antes. Me angustian los viejos en geriátricos, sin visitas y encima enfermando y muriendo. Me angustian los que han perdido el trabajo, los que no pueden salir a "changuear". Me angustia pensar las consecuencias de la gran emisión monetaria que tenemos. El cierre de fuentes de trabajo. Me angustia la desigualdad que cada día pinta mayor.

5) La esperanza es la de siempre, quizás ahora con más ansiedad: Una sociedad más igualitaria. Esa sería una enorme fortuna.

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