Edición Anterior: 13 de Septiembre de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 56
Y no le erré
—¿Por qué tenés vos el dinero de esa mujer? —la increpó Martín, arrugando el ceño.

Victoria respiró hondo. Después de contarle cómo el fajo de billetes había ido a parar a sus manos, se sintió increíblemente más aliviada.

—No pensé que estuviese haciendo algo malo —se justificó, tratando de aplacar el enojo del comisario.

—Te pusiste en peligro, Victoria. Es probable que esa mujer esté involucrada en un asunto muy turbio y que ese dinero sea la prueba de su delito.

Victoria se quedó boquiabierta. Cuando quiso acribillarlo a preguntas para saber de qué estaba hablando; la voz poco amable de Mirna desde el otro lado de la puerta le avisó que en cinco minutos subía al escenario. Martín le robó un último beso y la dejó a solas para que terminase de arreglarse. Antes de salir del camarín, él mismo escondió el dinero en un lugar seguro. Si esa noche no conseguía hablar con la tal Leonor; lo confiscaría como prueba en la investigación. Después se encargaría de hablar con el juez de la causa para darle las explicaciones pertinentes.

Toda presurosa, Victoria se acomodó la peluca y se retocó el lápiz labial. La presencia de su tío acrecentaba sus nervios; pero sin dudas, lo que le había dicho a medias Martín sobre el dinero que le había guardado a Leonor, no le permitía tranquilizarse. Se bebió un vaso de agua y contempló su medallita de la suerte para que Victoria dejara la inquietud dentro de las cuatro paredes del camarín y Gardelia se luciera en el escenario, delante de su tío Armando.

*

La búsqueda de Leonor resultó infructuosa. Peralta habló con sus compañeras mientras de fondo se escuchaba a Gardelia entonar uno de sus tangos preferidos: A media luz. Mirna Vallejos, con su típica actitud evasiva, se limitó a responder que no sabía nada de la joven desde el día anterior. Cuando Felipe Santibáñez llegó al cabaret y se encontró con que el comisario andaba de vuelta con los interrogatorios, no tuvo más remedio que recibirlo en su despacho porque sabía que Peralta no se iría hasta no hablar con él.

—Busco a una de sus muchachas. Se llama Leonor.

—¿Leonor Acuña?

El comisario ignoraba el apellido de la alternadora; todos se habían referido a ella solo por su nombre de pila. Igualmente asintió.

—Debería estar cumpliendo su turno —contestó Santibáñez haciéndose el distraído mientras buscaba algo encima de su escritorio. —Entra al cabaret a las 10.

Peralta lo observó mientras Felipe Santibáñez clavaba la mirada en su costoso reloj pulsera.

—No ha venido a trabajar hoy. Nadie la ha visto desde ayer.

El dueño del cabaret torció la boca en un gesto que no le pasó desapercibido al comisario.

—Una de sus empleadas comentó que Leonor era su favorita; que, si llegaba tarde o no aparecía, usted se lo perdonaba.

Santibáñez sonrió.

—Usted comprenderá, comisario, que en un lugar como este, con tantas mujeres rondando por los pasillos, es muy fácil caer en la tentación. —Se aclaró la garganta antes de continuar—. No le voy a negar que siento cierta fascinación por Leonor, pero ella sabe que tampoco le voy a permitir que trasgreda las reglas del cabaret o que se tome ciertas libertades por el simple hecho de que me caiga más simpática que las demás.

Peralta no hizo ningún comentario al respecto. A él le traía sin cuidado la relación que Santibáñez pudiera tener con sus empleadas. Lo que más le interesaba saber era si esa preferencia por Leonor incluía el chantaje y las amenazas.

—Una vez le pregunté si conocía a Alcira Grimaldi y me dijo que no. ¿Qué hay de su hermano Dante? ¿A él sí lo conoció?

Felipe Santibáñez tuvo la fuerte sensación de que, en esta oportunidad, mentir no era la mejor opción. Aun así, pensó durante unos cuantos segundos qué responder antes de abrir la boca.

—Solía frecuentar el cabaret hace unos meses, pero de un tiempo a esta parte, no lo he visto más.

—¿Qué clase de relación tenía con él?

—No teníamos ninguna relación. El señor Grimaldi era cliente de La Nuit y de vez en cuando intercambiábamos saludos y alguna que otra palabra.

—El propio señor Grimaldi me contó que sostenía un romance precisamente con Leonor, su favorita. —Escudriñó la expresión de asombro en el rostro de su interlocutor—. También me comentó que había sido víctima de una extorsión.

—¿Una extorsión? —el rostro de Santibáñez palideció.

—Sí. Alguien amenazaba con arruinar sus aspiraciones políticas dando a conocer una fotografía en donde se lo veía en una situación comprometedora con la tal Leonor.

Felipe Santibáñez no dijo nada.

—Sospecho que usted estaba al tanto de lo que sucedía… es más, casi puedo asegurar que fue quien orquestó ese turbio plan con la complicidad de esa muchacha y la de algún fotógrafo amigo.

La reacción de Santibáñez terminó de convencer al comisario que no andaba tan errado en sus teorías. Lo notó más nervioso que de costumbre y se rehusaba a mirarlo a la cara.

—¿Tiene alguna prueba de lo que está diciendo? —se atrevió a cuestionar.

—Pruebas no tengo —respondió Peralta—. Pero me bastaría presionar un poco a su empleada favorita para conseguir que suelte todo lo que sabe. Es demasiada casualidad que sea precisamente ella la que aparece en la foto con Dante Grimaldi. Además, hay otro indicio que la señala como parte del chantaje: Leonor poseía una fuerte suma de dinero. Carmen Pacheco también me dijo que su hermana Laureana tenía escondido un fajo de billetes. Apostaría la mitad de mi sueldo que ella también sostenía un "romance" con algún cliente importante al cual después chantajear y amenazar para obtener plata fácil. ¿Me equivoco?

Santibáñez no supo qué hacer. Aunque Peralta no tuviese pruebas de la acusación que acababa de lanzarle, se estaba acercando demasiado a la verdad. Tenía que moverse con cautela si no quería que su "otro negocio" se fuera al garete.

—Cuando pueda probar lo que dice, volveremos a hablar, comisario —retrucó, sabiéndose triunfador de momento. Una sospecha no valdría de nada delante de un juez. Antes de que la policía metiera sus narices en sus asuntos, él se encargaría de borrar todas sus huellas.

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