Edición Anterior: 11 de Octubre de 2020
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 60
Martirio
La angustia reflejada en el rostro de esa mujer a la que todavía no le conocía el hombre, obligó al comisario Peralta a darle unos momentos antes de arremeter con la primera pregunta.

—Lo lamento, comisario —dijo por fin, en un hilo de voz.

—No se preocupe. —Llenó un vaso con agua y se lo ofreció. Espero a que se calmara y empezó con lo más sencillo. —¿Cuál es su nombre?

La mujer respiró hondo y sacó un pañuelito de seda de su bolso.

—Me llamo Vilma Acuña.

Peralta entró en alerta. Descubrió de inmediato de quién se trataba.

—Es la madre de Leonor, ¿verdad?

Vilma Acuña asintió.

—Algo malo le pasó a mi hija, comisario. Hace dos noches que no duerme en casa y nunca antes lo había hecho. —Hizo una breve pausa para beber un poco más de agua—. Sé que con su trabajo no debería preocuparme demasiado; pero Leonorcita siempre me avisa cuando planea dormir en otro lado.

—¿Cuándo la vio por última vez?

—El lunes a la tardecita, antes de que saliera para el cabaret.

—¿Notó alguna cosa extraña en su comportamiento? —El olfato detectivesco de Peralta le indicó que no podía ignorar la intuición de una madre desesperada. Leonor Peralta no aparecía y a esas alturas, era muy probable que no lo hiciera con vida. Desechó la posibilidad de una huida voluntaria. De ser así, se habría llevado con ella el dinero que le había dado a Victoria.

—Estaba como siempre. Tal vez un poco más contenta de lo habitual.

—¿Sabe si había algún hombre en su vida?

—Si lo que insinúa es que se largó con algún fulano de esos que la frecuentan en el cabaret, desde ya le digo que no. Mi hija jamás se hubiese ido sin despedirse de mí.

—¿Y alguna relación sentimental fuera de ese lugar? —El comisario pensaba en Dante Grimaldi.

La mujer se encogió de hombros.

—Si la tenía, lo ignoro. Leonorcita siempre fue muy discreta con sus romances.

El comisario se peinó el bigote. Aguardó un momento antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Qué me puede decir del aspecto monetario?

—No lo entiendo.

—¿Es posible que su hija tuviese en su poder más dinero de lo habitual?

Vilma Acuña frunció el ceño y se quedó meditabunda.

—El otro día me regaló esta pulserita. —Levantó el brazo y se la mostró.

Peralta no era experto en joyas finas; pero parecía que la joven se había gastado una suma importante en agasajar a su madre. Antes de que se lo pidiera, la mujer le entregó una fotografía de Leonor.

—Se la tomó este verano, en Buenos Aires, en la casa de sus tíos. Es la más reciente que tengo.

Martín la observó con atención. Sin dudas, era una muchacha muy bonita. No era extraño que un hombre acostumbrado a tenerlo todo como Dante Grimaldi se hubiese dejado seducir por ella.

—La va a buscar, ¿verdad?

—Quédese tranquila, señora Acuña. Anoche precisamente estuve en La Nuit porque quería hablar con su hija.

—¿Por qué razón la buscaba?

—No puedo revelarle los detalles. Comprenda que hay una investigación en curso y sería una imprudencia de mi parte hablar de más.

El rostro de la mujer se desencajó.

—¿Acaso…? ¿Está insinuando que la desaparición de mi hija tiene algo que ver con la muerte de esas dos muchachas? En el diario dicen que usted es quien investiga esos horribles crímenes.

Peralta guardó silencio. Si hubiese tenido a Lautaro Madariaga frente a él en ese momento, le habría reprochado, por enésima vez, que se inmiscuyera en la labor policial escudándose en su rol de periodista.

—No nos precipitemos en sacar conclusiones, señora —aseveró, tratando de no demostrar preocupación. Lo que menos necesitaba a esas alturas de la investigación, era una madre presa del pánico ante la ausencia de su hija. Todavía existía la posibilidad de que Leonor reapareciera sana y salva. Él haría hasta lo imposible para que eso sucediera. Le pidió a Vilma Acuña que dejase todo en sus manos y le prometió que se pondría en contacto con ella apenas tuviese noticias de la joven. La acompañó hasta la salida y regresó a su despacho. Tomó la fotografía de Leonor y la clavó en un panel de madera que colgaba detrás de su escritorio con una chincheta. No había tiempo que perder. Cuando Rivas volviese de su visita al perito, pondrían en marcha el operativo de búsqueda.

Leonor Acuña debía aparecer, y debía hacerlo con vida. No solo por la tranquilidad de su madre. La muchacha tenía muchas preguntas que responder.

*

Esa mañana, Victoria llegó a la biblioteca con diez minutos de retraso. Se extrañó de no ver a Dorita encaramada a la escalera, ordenando los libros que habían enviado del Ministerio. Dejó el bolso encima de una mesa de arrime y se deshizo del sombrero. Se disponía a colgar el abrigo en el perchero cuando escuchó unos sonoros aplausos detrás de ella. Cuando se dio media vuelta, se topó con sus amigas. Sin darle tiempo a reaccionar, se le abalanzaron encima, sofocándola con un caluroso abrazo.

—¿A qué se debe tanta efusividad? —logró preguntar, atrapada entre ambas muchachas.

—¡Leímos la nota en el diario! —exclamó Estelita, incapaz de controlar su euforia—. ¡No todos los días tu mejor amiga sale en las páginas de El Popular!

—¡La foto es divina! —vociferó Dorita mientras buscaba el ejemplar del diario para mostrársela.

—¡Pero no se le ve la cara! —protestó Estelita.

—¡Esa era la idea! —retrucó Victoria, dejándose contagiar del entusiasmo de sus queridas amigas. Cuando les contó todo sobre la reacción de su tía al enterarse de la verdad y de lo orgullosa que estaba por tener una sobrina artista; las muchachas volvieron a enfrascarse en un abrazo para celebrarlo.

Alguien carraspeó con fuerza para hacerse notar. Lautaro Madariaga acababa de entrar a la biblioteca. Pasar a buscar a su hermana le volvía a dar la excusa perfecta para ver a Victoria sin sentir que la estaba importunando. Se acercó con una sonrisa en los labios y la miró directamente a los ojos.

—Quería felicitarte por la nota que te hizo Pagano.

—Gracias, Lautaro.

Un silencio incómodo provocó el intempestivo alejamiento de Dorita y el gesto adusto de Estelita.

Victoria no supo qué hacer. Cuando Lautaro le preguntó si podía esperarla a la salida; no fue capaz de negarse.

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