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Graciela Alderete y el recuerdo de su hijo, Germán Navarro, asesinado en 2004
Dieciseis años después, el mismo dolor
Aún cuando los caminos legales parecen agotados, Graciela Alderete no resigna su pedido de justicia y de respuestas y, como cada 28 de octubre, recuerda a su hijo asesinado en 2004.
Con el mismo dolor del primer día, los deseos ineludibles de una justicia que ha sabido serle esquiva y la necesidad de alguna certeza que traiga un poco de calma a tanta convulsión interior, Graciela Alderete repetirá hoy el gesto de llevar flores al monolito con que se recuerda a su hijo, Germán Esteban Navarro, a exactamente 16 años de su desaparición.

El 28 de octubre de 2004 está grabado a fuego en su memoria: fue la última vez que vio a Esteban con vida, despidiéndola mientras ella abordaba un colectivo que la llevaba a Sierra Chica. Seis largos meses separaron esa despedida del hallazgo del cuerpo, que le sería entregado mucho después, con una demora intermedia de 8 meses para certificar, por ADN, que se trataba de su hijo, de tan sólo 17 años. El 26 de abril de 2005 lo encontraron en el descampado y ella pudo enterrarlo recién el 3 de enero de 2007.

"Sigo buscando una respuesta, buscando una justicia que lamentablemente no la tengo. No sé ni por qué motivo lo mataron, y tampoco por qué hicieron desaparecer el cuerpo. Y he tenido tantos abogados, hasta tuve uno que al mes de tomar mi caso lo ascendieron a juez y se fue sin decirme nada". Las preguntas se repiten una y otra vez. Pero nunca hubo respuestas concretas, por más que la mayoría de los fiscales locales pasaran por la dirección de la causa e incluso en algún momento se alcanzara la imputación de uno de los sospechosos para pedir un juicio, luego desechado. No hubo avances y la causa quedó "estacionada", definirá Alderete.

Octubres

"A mí me entregaron el 10% del cuerpo", dice ahora, 16 octubres después. Y meticulosa, pero quebrada en llanto, enumera "el cráneo pelado, 19 costillas, 8 vértebras, un fémur, una tibia y unos huesitos del pie, además de algunos dientes sueltos. No tenía manos, no tenía caderas, no tenía nada". Faltaban dos días para cumplirse seis meses de la desaparición cuando apareció el cuerpo, en un descampado cercano al actual emplazamiento del Bingo, que en una línea recta imaginaria, podría unirse con el lugar donde se levanta su monolito.

"Pasaron otros 8 meses más para que me entregaran el resultado del ADN y a la semana siguiente me trajeron los restos. Me avisaron a las 9 de la mañana y me los trajeron acá a mi casa, a la mesa, como si me trajeran una planta que tenía que plantar, lo mismo", aunque ella antepuso "que un profesional certificara lo que me estaban dando".

No ha recuperado todavía "los efectos personales de Esteban, su mochila, un morral negro tejido al crochet y la ropa, que me dijeron que quedaba para un posible juicio".

Graciela reconoce que octubre agiganta los fantasmas del dolor. "Es que se me junta con el Día de la Madre. Y no puedo dejar de evocar que aquella vez cayó 24, y Esteban me regaló el rosario que yo tanto quería". El grupo de autoayuda en el que viene buscando refugio en los últimos tiempos no puede contenerla: dejó de funcionar a causa de la pandemia.

Como contrapartida, aparecen los recuerdos lindos, de la gente que quería a su hijo. Como Alba Mancinella, que fue su maestra y lo evoca en una copla; o Pancho Fuentes, que le dedicó una canción.

"Era una criatura, tenía apenas 17 años -analiza Graciela Alderete-. Y muchos se han afanado en ensuciarlo, en asegurar que vendía drogas, que se quedaba con los vueltos. El vivía en un mundo de fantasías". Ese mundo de "fantasías", de aventuras y experiencias se borró de un plumazo cuando apenas Germán comenzaba a idearlo. Cursaba estudios en la Escuela de Piloto, mientras buscaba dar forma a su sueño de ser peluquero y diseñador de modas. "Le truncaron todo, y a mí también", puntualiza sobre ese hijo que hoy tendría 33 años.

En su narración mezcla, claro, nombres de supuestos responsables del crimen, complicidades nunca confirmadas y, siempre, la necesidad de saber por qué. "Si hubo un testigo de identidad reservada que vio y contó cómo lo mataron, que le pegaron una puñalada en el abdomen y él quedó tirado, ¿por qué no llamó a una ambulancia o a la policía? ¿Y cómo hicieron para hacer desaparecer el cuerpo? ?¿Alguien los ayudó?", se pregunta una y otra vez.

Más de una vez, y a partir de esas suposiciones, se imagina en la piel de una justiciera por mano propia. Sin embargo y por fortuna, la detienen sus afectos. "Tengo mi hija, mis dos nietos, tres bisnietos. El de 6 años, que es que más comparte conmigo y pide venir con la bisa Graciela, parece copiado de Esteban. Si comparás fotos de ambos, no sabés cuál es cual". Y eso es, definitivamente, lo que le da fuerzas para seguir adelante.

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