Edición Anterior: 8 de Noviembre de 2020
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Desde la gripe española al covid. Desde el nacimiento de Cementos Portland a la sociedad posindustrial
De pandemia a pandemia: un siglo de sueños, industrias y fábricas sin obreros
Un siglo atrás había sueños imperiales en la ciudad. Se tejía un futuro industrial que atravesó la historia. El país vivía otra pandemia en la que los medios cuestionaban a Yrigoyen por clientelar. La Olavarría posindustrial provocó una estocada feroz a la ciudad. Sin grandes sueños pero atravesada también por otra pandemia. Esta vez mucho más demoledora.
Claudia Rafael

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Si los despachos de cemento en el país se habían reducido en 500.000 toneladas en este abril pandémico -uno de los niveles más bajos de los últimos 14 años- septiembre y octubre mostraron un crecimiento de los despachos que vuelve a ubicar a Argentina en cifras pre-pandémicas. Un siglo atrás, los ritmos eran otros, las preocupaciones también y se multiplicaban las ilusiones de un futuro industrial. En 1920 –de acuerdo a los archivos de este diario- "los conocidos hacendados de Olavarría, señores Juan y Alfredo Fortabat, han descubierto en sus posesiones de San Jacinto una nueva riqueza, consistente en grandes yacimientos de caolín, de 1,50 a 3,50 metros de espesor, cuya producción se calcula en más de un millón de toneladas, siendo el costo de extracción de alrededor de 10 pesos y su precio de venta de 20 a 25 pesos la tonelada"

Estaba naciendo –anunciaba la noticia- "el imperio cementero más grande de la Argentina y uno de los mayores del mundo".

Hacía dos años, en 2018 y 2019, Argentina había atravesado –como buena parte del mundo pero con menor impacto- la famosa gripe española que en el país dejó 15.000 muertes. Y en una coincidencia de los tiempos, el presidente Hipólito Yrigoyen fue fustigado, con particular énfasis por el diario La Nación, por "clientelismo" por la ayuda social a los más golpeados. "La epidemia de gripe, por su dimensión y por su impacto, desnudó las falencias de un Estado que todavía estaba en conformación, la impotencia de una medicina que aún no se consolidaba como garante de la salud y el desequilibrio económico y geográfico de la sociedad", se lee en "Historia de una epidemia olvidada. La pandemia de gripe española en la Argentina, 1918–1919".

Los latidos de la ciudad

La identidad de la región fue atravesada en esos 100 años transcurridos entre aquel descubrimiento de caolín de los hermanos Fortabat y este presente por esa industria que marcó los latidos de la ciudad. No hay dudas de que el mayor crecimiento se produjo en los años del primer peronismo. Que redundó en el bienestar de la población. Y si de números se trata, hacia los años 70 las distintas cementeras sumaban casi 6.000 trabajos directos que llegaban, incluyendo los indirectos, a aproximadamente 84.000. Es decir, en una ciudad de casi 90.000 habitantes, es obvio que esa fuente de trabajo se distribuía por la región.

Repasar esos hitos e incluir en ellos la tecnificación de los 90, la desaparición de la minería como caudal de empleo y la posterior llegada de una ciudad posindustrial de fábricas sin obreros, implica hablar de la identidad de estas tierras. Que no redunda sólo en poner al debate cuestiones netamente económicas. El impacto va mucho más allá. Porque significa hablar de vidas, de sentimientos de pertenencia, de ritmos horarios, de organización social y, por supuesto, de bienestar. Y tal vez, en ese recorrido, el concepto de fábricas sin obreros sea la conceptualización más preponderante.

Hoy además hay que sumar a ese concepto el de obreros sin fábricas. En un camino que incluyó además los desaprendizajes más contundentes y peligrosos de la historia. Porque la desindustrialización, el crecimiento de los emprendimientos de servicios, las salidas creativas para zafar y tratar de hacerle alguna zancadilla a las cíclicas crisis socioeconómicas y las políticas importadoras de todo tipo de productos, derivaron en una sociedad que perdió la riqueza del saber en oficios. De aquel tiempo en que el oficio se transmitía desde la pava del mate y la observación en el taller artesanal a este otro en que sólo habrá que oprimir un par de botones para poner en funcionamiento una entera maquinaria y el resto, los sobrantes del sistema, no tienen ni tendrán ingresos fijos sostenidos ni tampoco el saber que otorga identidad.

Ya entre 1975 y 1980 en una franja de años ocupada mayoritariamente por la última y cruenta dictadura militar la participación de los trabajadores asalariados dentro de la totalidad de quienes tenían una ocupación descendió notoriamente frente al fenómeno reluciente de los cuentapropistas. Y en Olavarría puntualmente fue un fenómeno que terminó de forjarse durante el período de cese de trabajadores cementeros que produjo una grave estocada a la identidad cultural de la ciudad.

La quimera del oro

Un siglo atrás –se lee en los archivos de El Popular de 1921- "la Compañía Argentina de Cemento Portland tuvo desde sus inicios una política de apoyo a las actividades comunitarias". Sin embargo, esa marca de nacimiento para una política de captación de simpatías sociales se sostendría a lo largo de la historia. Del mismo modo en que ya en esos años iniciáticos y ante una etapa (cien años atrás) de escasez de ventas se determinó el despido de 200 trabajadores. Ayer y hoy suele primar como bandera el viejo vicio de compartir fracasos pero no compartir los éxitos.

Eran tiempos, aquellos, en los que no sólo se desnudaban los sueños de forjar un imperio sino que hubo quien experimentó una suerte chaplinesca de quimera del oro. Un vecino olavarriense llamado Emilio Montenegro se había presentado ante el ministerio de Obras Públicas "pidiendo que se le tenga como descubridor" de yacimientos de oro y plata. De los archivos periodísticos se desprende que Montenegro ubicó esa mina en un campo fiscal al noroeste de Sierras Bayas, en un lugar llamado Boca Sierra.

Habrán soñado unos cuantos con los grandes negocios que devendrían de esos múltiples hallazgos. Tal vez, incluso hayan hecho algunas cuentas en sus libretas de ingresos y egresos las propietarias de las dos casas públicas de la ciudad sobre el impacto que descubrimientos de ese tenor tendrían en el negocio. En días en los que se declararon en huelga de servicios prostibularios para protestar contra el brillante emprendimiento coimero de la respetable institución policial de la época.

Nada es nuevo bajo este sol. Ni la logia de los dedos en la lata, como gustaría definir a la policía el gran Rodolfo Walsh cuarenta años más tarde ni las prácticas de vaciamientos o despidos masivos ante un manojo de pérdidas.

Y los sueños, cien años más tarde, ya no son imperiales ni majestuosos. Suelen resultar mucho más módicos y a la vez, en demasiados casos, mucho menos posibles de concretar. Al menos para las grandes mayorías, castigadas, olvidadas o postergadas.

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