Edición Anterior: 8 de Noviembre de 2020
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Capítulo 64
Desencuentro
Esa noche, aunque Gardelia deleitó al público con su voz interpretando los mejores tangos de su repertorio, era evidente que estaba más distraída de lo habitual. Y fue Martín el primero en darse cuenta. Había llegado al cabaret más tarde de lo que le hubiese gustado, pero tras haberse sumado a la búsqueda de Leonor Acuña; no había podido llegar a tiempo para hablar con Victoria antes de que se subiera al escenario. Aceptó la invitación de sus tíos de compartir la mesa y ahora, mientras la escuchaba cantar, supo que algo andaba mal. Una de las camareras se le acercó para ofrecerle un trago. Tenía la garganta seca, pero lo rechazó. No quería tentar a la suerte. Llevaba sobrio varios días y planeaba mantener la promesa que le había hecho a Eulalia de no volver a claudicar delante de una botella. Don Armando, quizá percibiendo su inquietud, le ofreció un cigarrillo. Martín lo aceptó. Necesitaba matar los nervios de alguna manera hasta que tuviese la oportunidad de hablar con Victoria.

Cuando la vio hacerles señas a los muchachos de la orquesta para que se tomaran un descanso, supo que sus sospechas no eran infundadas.

Gardelia se apoderó del micrófono para dirigirse al público.

—Les pido disculpas. Volveré en un momento para ofrecerles un tema más. –Se levantó un poco la falda del vestido para poder bajar las escalinatas con mayor comodidad y se dirigió directamente hacia el camarín sin siquiera detenerse para saludar a sus tíos y a Martín.

Peralta se levantó de la silla como si hubiese sido lanzado por un resorte y salió detrás de ella. La alcanzó en el pasillo, antes de que llegara al camarín.

—Victoria, ¿qué te pasa? –Puso la mano alrededor de su brazo cuando comprendió que pretendía continuar evitándolo.

Victoria se detuvo y lo miró.

Fue entonces que el comisario Peralta descubrió el miedo en sus ojos. La sujetó del rostro, obligándola a levantar la cabeza apenas ella intentó escapar de su escrutinio.

—Por favor, decime qué sucedió –le suplicó.

Ella se arrojó sobre su pecho, con desesperación. Ahora él también estaba asustado. La escuchó sollozar y la estrechó con más fuerza para que ya no lo hiciera. No estaba habituado a que una mujer perdiera la compostura de esa manera y que, además, lo hiciera entre sus brazos. Cuando logró que se calmase, la llevó al camarín para poder hablar con ella y averiguar por qué estaba tan angustiada.

Victoria se dejó caer en la butaca, se quitó la peluca rubia y bebió de un solo sorbo el vaso de agua que le dio Martín.

—¿Me vas a contar qué es lo que te tiene tan asustada? –Su intención no era perturbarla más de lo que ya estaba, pero nunca antes la había visto tan aterrada.

Victoria sabía que era demasiado tarde para ocultarle a Martín lo que había sucedido. Ella misma se acababa de delatar al mostrarse tan nerviosa. La amenaza pronunciada por Leonor esa tarde no dejaba de atormentarla. La alternadora había sido muy clara al advertirle que no quería involucrar a la policía. ¿Pero cómo no hacerlo si le había exigido que le devolviese su dinero? Miró a Martín. Quedarse callada no era una opción. Necesitaba contárselo todo porque solo él sabía cómo salir de aquella situación tan desesperante.

—Hoy recibí una visita desagradable en la biblioteca —le soltó por fin, armándose de valor. No le había hablado a nadie de la terrible experiencia que había sufrido y ya no podía seguir guardándoselo.

Peralta la miró de hito en hito. No dijo nada; prefirió dejar que le contase todo con calma, sin ningún tipo de interrupciones.

—Leonor quiere recuperar su dinero, pero no está dispuesta a hacer tratos con la policía. Tiene mucho miedo. Me dijo que, si abre la boca, va a terminar igual que Tita y la Morocha. Cuando le expliqué que ya no estaba en mi poder porque la policía lo había requisado, me amenazó con lastimarme a mí o a mis tíos si no lo consigo de vuelta. —Hizo una pausa para recobrar el aliento. Estaba temblando desde la cabeza hasta los pies—. Me dio plazo hasta mañana a la mañana.

—¿No te mencionó ningún nombre?

—No. Solo me dijo que no puede hablar, que su vida corre peligro. Quiere ese dinero para poder irse de la ciudad con su amigo.

—¿Lo habías visto antes?

Victoria negó con la cabeza.

—¿Dónde tenés que dejar el dinero? —preguntó Martín, pensando en cuál era la mejor estrategia para atrapar a Leonor y obligarla a contarle todo lo que sabía. Si no podían contar con las pruebas suficientes para llevar al culpable de los asesinatos a la cárcel; el testimonio de la joven sería su mejor baza.

Victoria le contó con lujo de detalles el plan que había urdido Leonor para recuperar su dinero y el comisario, seguro de que estaba a punto de resolver el caso, la escuchó con suma atención.

*

El templo San José se encontraba ubicado frente a la plaza principal de Olavarría. Victoria fingió contemplar su reloj por enésima vez mientras desviaba la mirada hacia el automóvil que estaba estacionado al otro lado de la calle en donde el agente Rivas aguardaba el momento de entrar en acción. Leonor le había dicho que entrase a la iglesia, se sentara en un banco de la última fila y que dejara allí el dinero en un bolso. Faltaban cinco minutos para la hora pactada y apenas podía controlar sus nervios. Ni siquiera el hecho de que Martín estaría cerca la tranquilizaba. Subió el escalón y empujó la pesada puerta de madera con su mano derecha. A simple vista, todo indicaba que el templo se encontraba vacío; sin embargo, Victoria sabía que Martín se hallaba escondido en el confesionario, preparado para interceptar a Leonor y a su cómplice cuando aparecieran.

Victoria se sentó en el banco y colocó el bolso, en donde se suponía que estaba el dinero, sobre su regazo.

El tiempo parecía transcurrir con lentitud o quizá era la necesidad de acabar con todo de una buena vez.

Diez y cuarto. Nadie apareció

Diez y media. Victoria comenzó a impacientarse.

Cuando las campanadas de la iglesia anunciaron que ya eran las once de la mañana; tanto Victoria como Peralta se resignaron a que Leonor nunca iba a llegar.

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